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3.4 El discurso de los personajes

3.4.2 El monólogo

El monólogo puede definirse como el parlamento de un personaje que no se dirige a otro, es decir, hay emisor, pero no receptor en la escena. Se le ha clasificado arbitrariamente en monólogo puro, el cual permite que el personaje reflexione en voz alta y comunique así al lector o espectador sus pensamientos, dudas, temores, etc.; monólogo aparente, que se da cuando el autor hace que un personaje hable con otro, del que no recibe contestación; monólogo cuyo receptor es el lector o espectador; y monólogo narrativo, mediante el cual el autor da a conocer hechos ocurridos fuera de escena que son necesarios para el desarrollo dramático, pero cuya representación supone dificultades insuperables, bien por economía temporal, bien por otra razón.37

Tanto los monólogos como los soliloquios se consideran formas dialógicas porque presuponen la existencia de un oyente (el espectador) y presentan una fisura interna que da lugar a voces que suelen exponer puntos de vista contradictorios. Por ejemplo, la voz de la

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conciencia puede emerger para rendir cuentas de sí misma ante el espectador, que representa una especie de tribunal universal.38 Según Ubersfeld, la diferencia entre monólogo y soliloquio es que este último es un discurso de autorreflexión, cuyo destinatario puede ser de cualquier tipo, incluso imaginario, y que por lo tanto limita el papel del espectador al de mirón; sugiere además que es posible que en el teatro no exista un caso puro de soliloquio y que el espectador no es un verdadero mirón porque en realidad participa en una relación triangular característica del diálogo dramático: aquella que se desenvuelve en presencia de una tercera parte y, de hecho, es concebida teniendo presente a esa tercera parte.39

Los personajes que entablan monólogos en Ante varias esfinges son Isidro, Marcos, Carlos, Marta y Tere. Sus monólogos pueden estar dirigidos a la persona amada, a dios, a la propia conciencia o incluso a la casa. En el monólogo que sigue, el cual puede clasificarse como puro, se distingue la contradicción en la que vive Isidro; por un lado, expone hechos a manera de reproche contra sí mismo y, por el otro, se dirige a un ser superior para implorar su perdón al tiempo que justifica su conducta porque “es tan aburrido pensar en el pecado”:

ISIDRO: Yo, yo, Isidro, tengo relaciones sexuales con mi cuñada. Fornicación, adulterio, incesto, porque Tere, mi querida Tere, es pariente mía de segundo grado en línea horizontal. Yo soy vertical. Tere y yo somos perpendiculares. Oblicuos más bien. Dios mío, perdóname, pero es tan aburrido pensar en el pecado. (II, 153-154)

Antes de esta revelación, Isidro se había limitado a insinuar en sus monólogos la naturaleza de su relación con Tere, por ejemplo, al despertarse: “Otro día más. ¿Para ensuciarlo?” (II, 151), y al imaginarse lo que le dirá a Tere: “Mira Tere: llega un momento en que la gente se cansa. Tuvimos una relación puerquísima de la que no sacamos más que

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Anne Ubersfeld, op. cit., p. 25.

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malos ratos […]” (I, 126). En casi todos sus monólogos predomina el tema de la mujer y su último parlamento es precisamente una exaltación de la belleza femenina tal como él la percibe: “Hace frío. Mira hacia fuera. Qué visión tan extraordinaria. Una mujer. ¡Qué bonita! ¡Qué blanda!, ¡Qué tibia debe ser! Queda mirándola.” (III, 193).

A diferencia de los monólogos de Isidro, el de Carlos es único, muy breve y no está dirigido a una persona sino a la casa: “Pobre casa. Todavía respiran. Va a la puerta por donde entró. Acaricia una pared. Pobre casa. Sale. Entra al cuarto de Isidro que se sobresalta.”(I, 148).

Al final del primer acto, Marcos cobra conciencia plena de la inminencia de su muerte y entabla un monólogo aparente en que, sin lugar a dudas, se dirige a dios, que adquiere en ese contexto la categoría de personaje diegético:

MARCOS: Como quien reza. Dada la proximidad de mi muerte, que tendrá lugar un día de éstos, en la ciudad de México, en esta casa y muy probablemente en este mismo cuarto, me permito suplicar a usted, a quien corresponda, se digne concederme un cierto margen de tranquilidad en mis últimos y tristes momentos, ya que los afectos mundanos, lícitos o no, me tienes desde hace algunos días, sin el menor cuidado. Esta petición la hago sólo porque la lucha por sobrevivir físicamente en que estoy metido y que fue idea suya y no mía, me tiene desde hace días completamente absorto. Respetuosamente: Marcos González. (I, 148)

Los monólogos de las mujeres tienen dos aspectos en común: incluyen la lectura en voz alta de algún texto y su parte medular consiste en preguntas que aluden a la relación con el sexo opuesto. Después de leer en voz alta el segundo telegrama que recibe de su marido, Marta se pregunta: “¿Por qué no entienden los hombres? ¿Por qué no entiende Bernardo que a mí no me importan sus exigencias? Ni sus medidas legales. Ni me importa su pésame, sino mis hijas. ¿Por qué no me dice cómo están? ¿Por qué tienen que ser así los

maridos? ¿Por qué una se casa con ellos?” (III, 179). Y Tere, mientras espera a Isidro y después de leer algunas frases del libro que tiene entre las manos se expresa así: “¿Por qué no viene ese imbécil? ¿Por qué me tiene aquí, como una tonta? Leyendo esto: ‘Silvio Pellico, Mis Prisiones’. ¿Por qué no viene?” (I, 127).

Un caso aparte es la lectura en voz alta de la lista de la compra que Aurelia hace al entrar al salón donde Alejandro y Marcos conversan; la clave de su razón reside, al parecer, en el comentario de Marcos: “Oye a tu mamá. Está hablando… con la muerte.” (I, 128).