II. SEGUNDA PARTE: IRRUMPE EL MOVIMIENTO DE MASAS
17. COYUNTURA DE PODER Y PASOS UNITARIOS
¿Por qué no fue capaz el movimiento guerrillero de aprovechar la coyuntura de poder que se abrió en estos meses?
Facundo: En lo que a las FPL se refiere, debemos recordar que entre 1975 y 1976 como antítesis a la línea del PC de la lucha por la vía electoral y a las tesis insurreccionales del ERP, que se expresaban en la formación de los comités militares, se comenzó a machacar con lo de la estrategia de la guerra popular prolongada.
Esta estrategia se convirtió prácticamente en un planteamiento cliché, de carácter muy general, muy abstracto. Nos hizo perder la visión concreta de la coyuntura de poder que se estaba generando en los últimos años de la década del 70. Al concebir la guerra como factor de acumulación para construir el partido, el ejército, el frente de masas, y para lograr la derrota total de la oligarquía, ejército e imperialismo, nos hacía mirar a un plazo mucho más largo, no ayudaba a tener una visión de lo que se podía hacer con el nivel de acumulación que había en ese momento.
No atinamos a encontrar en ese momento factores que nos hicieran introducir variaciones estratégicas. Nada elaborábamos en torno a la cuestión de la conquista del poder. Se nos antojaba demasiado elucubrativo ponernos a imaginar el momento decisivo, y proseguimos con la
proyección anterior de la guerra popular prolongada. Estábamos dedicados al aceleramiento y a propiciar el salto, pero no había un esfuerzo por establecer hipótesis de vuelco y desenlace.
Valentín: Precisamente nuestro atraso era ése. En 1979 tuvimos frente a nosotros dos fenómenos nuevos, como fueron el triunfo de los sandinistas, y un aceleramiento simultáneo del proceso revolucionario en El Salvador que entraba en una crisis general.
Este acontecimiento nacional se volvería una motivación determinante para los cambios y
adecuaciones que debíamos realizar. La organización estaba sensibilizada, como también lo estaban otras fuerzas democráticas y revolucionarias, aunque es necesario reconocer que estas fuerzas estaban más concientes que nosotros en lo que se refería a la necesidad de ciertos pasos políticos en la nueva coyuntura.
A las FPL, particularmente, nos hacía pasar a un proceso de reflexión y autocuestionamiento, que exigía ante todo un esfuerzo por interiorizar las nuevas realidades. Entonces vinieron
deliberaciones, apreciaciones y una adopción de posiciones de cara al período. En los días que siguieron, sin embargo, y a pesar de tales esfuerzos, nosotros continuamos reaccionando a fuego lento de cara a ciertos fenómenos de orden político.
El pensamiento se nos quedaba rezagado en relación con los elementos nuevos que iban
apareciendo y, aunque el horizonte político se nos había ensanchado, el mundo del clandestinaje en el que debía actuar el grueso de la dirección, y sobre todo por la falta de intercambios políticos entre las fuerzas revolucionarias, imponían sus limitaciones principalmente en la política de alianzas. Quizá también debamos examinar otro ángulo del problema, una arista si se quiere más sutil, pero que nos permitiría examinar íntegramente el planteamiento estratégico y la conducta de una organización revolucionaria como las FPL. Durante todos esos años, tuvimos una debilidad generalizada asociada a las izquierdas y que consiste en una defensa más afectiva que racional respecto a la propia línea política; una actitud muy ligada a una malentendida lealtad partidaria, traducida en sectarismo, vinculada a esa actitud política de afirmarse como única alternativa, o autoerigirse por sobre los demás como el factor de avanzada en los procesos, postergando
autocríticas y rectificaciones. Esa actitud estaba sustentada realmente en el desarrollo exitoso de esa línea.
Y tal como suele ocurrir entre algunas fuerzas de izquierda en nuestro país, actitudes como la nuestra entraban a una especie de círculo vicioso, donde el comportamiento político de uno generaba en otros ciertas conductas reflejas, semejantes y hasta refractarias en el necesario contrastamiento de las ideas. Esto dificultaba la identificación de las afinidades que objetivamente teníamos y el afianzamiento de los puntos que podían unirnos.
En el caso de ustedes ¿era toda la organización o solamente una parte de la misma la que se aferraba a lo de la guerra popular prolongada?
Valentín: En nuestro caso, era una actitud que abarcaba al partido en su conjunto, al menos hasta ese momento. Hacíamos una defensa a ultranza de la línea estratégica, de esas que a menudo realizamos algunas entidades de izquierda. Alegatos que, vistos en el fondo, no tienen una plena sustentación ideológico-política; porque se comprende que una acertada fundamentación debe conectarse a realidades inmediatas y cambiantes, y, sobre todo, sensibilizarse ante lo nuevo. Necesitábamos una mayor vivacidad en el campo propiamente ideológico, que motivara más nuestros reflejos políticos y nos permitiera registrar matices, ritmos, urgencias, detalles de la situación. Al no rebasar del todo esas limitaciones, nosotros volvíamos a ciertas generalidades y hacíamos determinadas abstracciones que nos llevaban a juicios y posiciones desajustados en relación con algunos aspectos de la vida política.
Una mal entendida mística, por un lado, y una actitud de autosuficiencia como organización, por otro, inhibían la renovación y el salto que necesitábamos dar. Esto podría estimarse como un elemento secundario, pero no lo era, porque cuando esa actitud ideológica va unida a la pasión
política que distingue a los revolucionarios, tiene una incidencia concreta y es una de las más difíciles de superar, por corresponder justamente a una dimensión subjetivizada de la práctica. En lo fundamental, se valoró correcta la concepción originalmente adoptada (1970), porque correspondió a una etapa bien determinada y concreta, donde el planteamiento político-militar surgía como una respuesta inmediata y activa, enfilada a alterar estratégicamente una correlación de fuerzas desventajosa en todos los terrenos; porque fue una línea política levantada con una
proyección ofensiva y rupturista frente a una dictadura militar que se sostenía en el poder por el peso de las armas.
A pesar de nuestras flaquezas, aquella idea de la guerra popular prolongada cobró prestigio entre el pueblo, a tal grado que el mismo enemigo, contra su propia voluntad, se encargó de aumentar su popularidad al colocarla como centro de ataque en sus campañas desinformativas y de la llamada “guerra sicológica”. Hasta la fecha incluso, los aparatos del régimen siguen batiendo lanzas contra lo que ellos denominan “la guerra popular prolongada”.
Ahora, mirando el conjunto de la izquierda ¿no crees que uno de los factores que impidió que se crearan las condiciones del asalto al poder fue la falta de unión de la izquierda y el movimiento revolucionario?
Valentín: En relación a la cuestión central del poder, recuerdo que ya en el balance que hiciéramos luego de la crisis de mayo del 79, se evaluó por primera vez que si prácticamente con la sola fuerza social de las FPL se había librado aquella gran batalla que puso en crisis al gobierno, ¿qué no haríamos todas las fuerzas revolucionarias unidas? Caíamos en cuenta que el movimiento revolucionario en su conjunto, con toda su fuerza de masas se había constituido en un factor de poder, cuya fuerza crecía y se volvía cada vez más amenazante. Sin embargo, este pensamiento no se tradujo en pasos unitarios. El lastre del sectarismo y del gradualismo mecanicista pesaban mucho.
En octubre del 79, lo que se ponía a la orden del día era un problema de poder y de nuevas definiciones, y ello estaba indisolublemente vinculado a la cuestión de la unidad de las fuerzas del pueblo. En realidad es a partir de ahí que nosotros comenzamos a ser permeados por esa necesidad, pero el carácter contradictorio del pensamiento y conducta que a veces mostramos las izquierdas, se deja sentir, de manera bien clara en nosotros, cuando se plantea la necesidad de participar en el Foro Popular. El BPR rehúsa integrarse, más que todo porque opinábamos que ese esquema de alianzas iba a ser hegemonizado por los partidos burgueses, y que con ello, las masas populares irían igual que otras veces como furgón de cola. Más o menos así razonábamos, postergando los pasos unitarios con el resto de fuerzas y denotando una actitud temerosa y defensiva que no se correspondía a las realidades alcanzadas y a las conclusiones generales de carácter ofensivo que nosotros mismos habíamos extraído para otros planos de la lucha política y militar. Todavía seguíamos aferrados a la línea mecánica de pasar primero por la construcción del polo
revolucionario de masas, antes de dar pasos hacia alianzas más amplias. Esto se contradecía con aquel imperativo de actuar con sentido de poder, como solíamos decir en esos días.
El Foro Popular se disgregó, pero fue un ejercicio y un mensaje político muy importante para la mayoría de nuestro país. Creo que dentro de la organización desde entonces, comenzó a haber gente más autocrítica y sensible a estas cosas. Pero es entrado ya en el año 80 cuando las FPL afirman con toda claridad que guerra popular prolongada no significa guerra interminable, que el carácter dilatado que pueda abarcar un proceso liberador no es una decisión de los revolucionarios, sino una determinación marcada, en última instancia, por el desarrollo y posibilidades de la situación, y que en nuestro país, la extensión de la guerra estaría determinada por la resistencia ofrecida por la dictadura y el imperialismo al empuje de la revolución. Se concluye que su carácter prolongado no puede elevarse a rango teórico-doctrinario, como algo obligado o deseable. Se sostiene incluso que
política, pero también moralmente, los revolucionarios estamos siempre en la obligación de poner toda nuestra iniciativa, toda nuestra capacidad creadora y combativa, para buscar y propiciar la posibilidad revolucionaria en cada momento, de acuerdo, claro está, al juego y tendencia de las correlaciones de fuerzas objetivas.
Esto lo tenemos ahora más claro que entonces. Pero fue a mediados del 80 cuando comienza a predominar en nosotros el espíritu de refrendar y ponderar no solamente los elementos positivos de nuestra estrategia, sino también comenzamos a sacar a luz los factores de rezago, en una apertura real a la autocrítica, tanto del pensamiento como de la práctica política. Y aun cuando la confianza en el camino recorrido era muy fuerte, ya nadie se aferraba a las formulaciones de cliché, como lo hacíamos anteriormente.
Aquello era posible, además, por todo el proceso de lucha ideológica que se venía desarrollando en el seno de la izquierda y, particularmente, por los señalamientos de las otras organizaciones revolucionarias al sectarismo y al purismo político de las FPL.
En realidad fueron dos asuntos estratégicos, cuando menos, los que comenzarían a modificarse. En primer lugar, el estrategismo que se expresaba en aquella generalidad largo placista con la que veíamos las cuestiones decisivas del poder, y como consecuencia de ello, tendería a replantearse la importancia de la unidad.
La guerra adquirió un carácter prolongado, mas no por una previsión conceptual o una determinación de las fuerzas del pueblo, sino principalmente por la existencia de la política interventora de Estados Unidos que ejerce una contención al impulso liberador de las masas, postergando una victoria popular, que de cualquier forma será inevitable.
La tercera semana de diciembre del año 79, se constituye una coordinadora político-militar conformada por el PC, la RN y las FPL que tiene una significación histórico-estratégica.
¿Por qué creen ustedes que se plantea este intento unitario a fines del 79? ¿Qué influyó en ello? ¿Cuáles fueron los pasos previos que lo prepararon? ¿Qué pasos se dieron? ¿Cuál es el balance que hacen de este primer intento?
Valentín: Ese era el paso que debía darse para actuar en correspondencia con la crisis nacional que había madurado.
Este primer acuerdo unitario viene a ser, sin duda alguna, el acontecimiento más importante en casi una década de acción revolucionaria. Esa tripartita se propuso desde el principio la incorporación de las demás fuerzas político-militares. Sin una plena integración de las cinco organizaciones no podía pensarse en preparar las batallas decisivas con posibilidades de victoria.
Por otra parte, su fundación marca el real inicio de la unidad estratégica entre las fuerzas
revolucionarias político-militares, que tiene su hilo de continuidad y de salto con la constitución de la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU), el 22 de mayo del 80, en donde se integran
plenamente los compañeros del ERP y del PRTC. Este segundo paso se consolida con la creación del FMLN y su comandancia general, el 10 de octubre de ese mismo año. Su creación pone de manifiesto la comprensión y la decisión de avanzar en los primeros niveles de coordinación de un conjuntamiento de fuerzas, dentro de una proyección de encaminarnos al lanzamiento de batallas decisivas.
¿Qué significó para cada fuerza la creación del FMLN?
Valentín: La formación del FMLN es la adopción de una identidad unitaria para todos, un nombre en común, una bandera, un símbolo y una línea política en común. Pero, además, expresa una decisión de pertenencia de cada partido al FMLN como un frente unificado, pero donde sus
componentes conservan su personalidad política y, por consiguiente, sus diferencias. Se trata de un frente pentapartidario. Cada uno está persuadido de la importancia de asegurar su presencia plena y la acción mancomunada en lo militar y lo político, de la necesidad de crear y fortalecer instancias, organismos y medios unificados, que contribuyan a superar la yuxtaposición formal, y a perfilar efectivamente una instancia unitaria dotándola de capacidad, dinámica y fuerza propia.
En la base de aquella decisión de conformar el FMLN estaba la maduración del sentido de
responsabilidad frente a la situación del país y, particularmente, frente a las exigencias del proceso revolucionario protagonizado por vastos sectores sociales. Por eso es que el FMLN se funda no con la idea de una alianza temporal o parcial, sino con una idea unitaria más permanente y profunda, sustentada ya en una proyección programática.
Esto es lo que deja las perspectivas abiertas para desarrollar la unidad, disolviendo progresivamente las rémoras del sectarismo para sobreponer un esfuerzo de creciente entendimiento e identificación en los diferentes planos: ideológico, político, teórico, metodológico, organizativo y hacia una cooperación material. Es obvio que la constitución del FMLN concentra y potencia el poder de conducción y convocatoria de las organizaciones revolucionarias y con ello sus posibilidades ofensivas.
¿Qué papel tuvieron las FPL en la construcción de las bases unitarias de las fuerzas revolucionarias?
Valentín: Las FPL tuvieron un papel muy importante en esto. La organización participa en el proceso inmediato de contactos y aproximaciones que lleva a la creación de la coordinadora político-militar. También participa del esfuerzo colectivo que lleva a la formación de la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU) y a la vez aporta a las bases políticas que permiten el lanzamiento del FMLN. Nuestra participación fue integral y constante en todo ese período, tanto en la esfera político-militar, como en el terreno de las alianzas políticas y estrictamente de masas.
En una apreciación de conjunto, podemos afirmar que, con las naturales diferencias y porcentajes de fallas que cada uno tuvimos, todos invariablemente pusimos una cuota decisiva en ideas, voluntad y espíritu constructivo, para la configuración y consolidación de esta totalidad armónica que ahora es el FMLN.
¿Por qué ni el ERP ni el PRTC estuvieron presentes en el primer esfuerzo unitario? Valentín: Yo pienso que la no participación del ERP y del PRTC en aquel primer acuerdo de diciembre, fue bastante circunstancial. Naturalmente que estuvo relacionado con cuestiones
políticas, más que todo relacionado con el retraso general que venía sufriendo el proceso de unidad. Ese atraso en el acercamiento, en el reencuentro, en el mutuo conocimiento, el esclarecimiento de errores y malentendidos y en la superación de viejas cargas subjetivas entre nuestras organizaciones e influido, en alguna medida, también fue motivada por dificultades operativas en la comunicación. Pero lo importante era que la inicial ausencia de dos organizaciones no expresaba una falta de voluntad unitaria de parte de ellas, ni una disconformidad con la creación de aquella coordinadora. Por el contrario, me acuerdo de unas reuniones con la dirección del ERP y del PRTC, donde los compañeros mostraban un alto grado de comprensión y de vocación unitaria, y gran disposición a integrarse.
El que empezáramos tres organizaciones no fue un paso que entorpeciera la dinámica unitaria, más bien ponía condiciones colectivas y políticas para avanzar. Potenció de inmediato el proceso en su conjunto, y no transcurrió más de un mes para la conformación de la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), donde se aglutinaron todos los frentes político-laborales con orientación
¿En qué contexto se forma la Coordinadora Revolucionaria de Masas y quiénes participan en ella? ¿Cuánto dura esta experiencia y qué balance hacen de ella? ¿Qué tiene que ver con el Frente Revolucionario y luego en el Frente Democrático Revolucionario?
Valentín: La formación de la CRM se da cuando la ola revolucionaria está en su punto más alto. Viene a intensificar la movilización de las masas, eleva su nivel, y profundiza la crisis del régimen, contribuyendo a madurar condiciones para la ofensiva.
Formalmente se lanza el 10 de enero de 1980, pero su fundación fue el resultado de un gran
esfuerzo de aproximación, entendimiento y concertación. En ella participaron el FAPU, el BPR, las Ligas Populares 28 de Febrero, el Movimiento Popular para la Liberación y la UDN.
Al mismo tiempo, se había perfilado dentro del país otro campo de fuerzas democráticas estrictamente políticas, entre las que se agrupaba el Movimiento Nacional Revolucionario de Guillermo Ungo y Héctor Oquelí, que era un partido socialdemócrata bastante activo en el país; más un partido naciente de orientación socialcristiana encabezado por Rubén Zamora y que era un sector que renunció al Partido Demócrata Cristiano, rechazando el pacto que en aquel momento mantenía el PDC con los mandos fascistas. Este sector se identificó a partir de entonces como el Movimiento Popular Social Cristiano. Con ellos confluyó asimismo un Movimiento de Profesionales y Técnicos, conocido como el MIPTES, al igual que una diversidad de personalidades opositoras. En conjunto formaban un Frente Democrático, que por sus ideas y actividades en favor de la democratización del país, de las transformaciones sociales y económicas y por su posición patriótica en contra de la intervención, coincidían con la Coordinadora Revolucionaria de Masas.
De esta relación, pero sobre todo de la necesidad de presentar la alternativa de un gobierno democrático revolucionario de amplia base social, es que se llega a un acuerdo para establecer una alianza política entre la Coordinadora de Masas y ese Frente Democrático. Adquiere cuerpo entonces el Frente Democrático Revolucionario (FDR). Esto acontece el 18 de marzo de 1980. Un empresario muy connotado por su trayectoria democrática y humanista y de lucha en favor de una verdadera reforma agraria figuró como presidente fundador del FDR, Enrique Álvarez Córdova, y también como presidente del MIPTES, quien más tarde fuera asesinado junto a gran parte de la dirección de ese frente, entre los que se encontraban Juan Chacón, secretario general del BPR;