II. SEGUNDA PARTE: IRRUMPE EL MOVIMIENTO DE MASAS
16. MONSEÑOR ROMERO: SÍMBOLO DE LA RESISTENCIA
He oído decir que monseñor Romero jugó un gran papel como líder de las masas que entonces se movilizaban, ¿es así?
Facundo: El papel de monseñor Romero hay que verlo en dos momentos. Cuando es nombrado en la arquidiócesis de San Salvador, para sustituir a monseñor Luis Chávez y González, sinceramente nosotros recibimos la noticia con escepticismo, porque toda su trayectoria era la de obispo
conservador...
¿Cuándo ocurrió eso?
Facundo: Yo creo que en 1977, porque los dos Romeros llegaron juntos, el Romero dictador presidente y el Romero obispo. Pero monseñor Romero, a pesar de ser conservador, tenía la característica de ser un hombre muy sensible a los problemas de la comunidad; se preocupaba mucho porque la Iglesia trabajara en obras de proyección social. Lo que ocurre es que, en relación con los obispos que apoyaban en ese momento todo el proyecto de la Teología de la Liberación, monseñor omero era conservador. Incluso nosotros sospechábamos que su nombramiento había sido una decisión del Vaticano para impedir que monseñor Rivera y Damas, que en esa época se
identificaba mucho más con ese proyecto, asumiera la arquidiócesis de San Salvador, la principal del país.
Pero, ¿qué ocurre? Pocos días después que asume su cargo, el 10 de marzo de 1977, es emboscado por los cuerpos militares del gobierno y asesinado en forma salvaje el jesuita Rutilio Grande, en Aguilares. Este era un sacerdote muy integrado a las comunidades cristianas de base, muy querido por los campesinos de esas zonas. Es el primer cura, del que yo tenga memoria, que fue asesinado de esa forma. En esa ocasión, los campesinos de las comunidades cristianas montaron una gran concentración en la zona en apoyo a la labor que había hecho ese sacerdote. Después de esto, el enfrentamiento en esa región se agudizó. Y ése quizá es el primer choque que recibe monseñor Romero.
A esta situación se agrega que en aquella época también se incrementaron los niveles de represión, especialmente cuando se inician las tomas de tierra. Los campesinos acudieron mucho a monseñor Romero para que los ayudara a resolver el conflicto por la conquista de la tierra. En eso él siempre supo escuchar y jugó un papel activo, identificándose con lo que le pareció justo. Las comunidades cristianas de base constantemente estuvieron insistiéndole que les diera respaldo ante la política represiva del gobierno y del ejército, pero especialmente de la guardia nacional y las policías de hacienda y policía nacional. Eran decenas, centenares de cartas de las comunidades que le eran enviadas por estos motivos.
Cuando el 10 de noviembre de 1977 nos tomamos el Ministerio del Trabajo, fuimos a buscar a monseñor Romero como a las 11 de la noche estaba allí, en la capilla donde luego lo
asesinaron, para pedirle sirviera de mediador entre nosotros y el gobierno, y aceptó la petición. Y la aceptó de muy buena manera, bastante convencido de la justeza de nuestras demandas. En aquella ocasión jugó un papel importante.
Es natural que el choque con la realidad lo fuera cambiando. Recuerdo que hizo una gira, en el 77, por Chalatenango y allí tuvo una especie de confrontación con los campesinos, porque comenzó a realizar más bien una prédica anticomunista. Pero los campesinos le decían: “¿Es comunismo luchar por mejores salarios, luchar por la rebaja en los precios de los insumos para la producción agrícola,
luchar por rebajas en los arrendamientos de las tierras? Eso es lo que nosotros estamos haciendo y por eso nos están reprimiendo, por eso nos están encarcelando, por eso nos están matando...” La gente le demostró la justeza de su lucha, sin meterse en la discusión de si era comunismo, socialismo o capitalismo. Se vio enfrentado a la problemática concreta que la gente tenía. Yo estoy convencido de que todo el ambiente que se fue generando en ese período: el incremento de la represión, la bestialidad de la oligarquía, el no ceder ante ninguna de las reivindicaciones de los trabajadores, el terrorismo de estado, las torturas y desapariciones implementadas por el gobierno, todo eso lo fue sensibilizando, desde el punto de vista político. Terminó por darse cuenta de que tenía que definirse. A esas alturas, la situación en El Salvador estaba tan polarizada que no había espacio para posiciones intermedias: o se respaldaba el torrente de lucha popular, encabezado por las organizaciones de masas de las organizaciones político-militares y por sectores de la misma Democracia Cristiana, o se inclinaba en favor del proyecto represivo criminal del gobierno. Y monseñor Romero sí optó por la primera en forma consecuente y definida.
Y desde ese momento comienza a predicar ya de forma más abierta, más decidida y con mucha valentía, acerca de la necesidad del cambio, de la justicia social, de poner fin a la represión, a las torturas, y defiende la justeza de la lucha de los campesinos. El se compenetraba mucho con los campesinos, ya que era en el campesinado donde tenían su mayor base las comunidades cristianas. Llegó a asumir posiciones definidas muy drásticas y valientes en contra de la intervención
norteamericana, de los militares, del gobierno de Romero y se transformó en un verdadero líder, en un símbolo de resistencia contra el gobierno, en un símbolo de lucha por la justicia social, por los cambios estructurales en el país. En aquel instante, fue la figura que expresó mejor los intereses y la voluntad de lucha del pueblo. Si nosotros tenemos un héroe nacional contemporáneo, ése es
monseñor Romero. Fue él quien unió a toda la nación, a campesinos, pobladores de tugurios, de los barrios, maestros, a todo ese pueblo que estaba propiciando el cambio.
Pero esto no puede analizarse sólo a partir de las características individuales; yo creo que su relevancia se explica por las circunstancias del proceso en que él se inserta.
Un poco como lo que pasó con el cura Gapón86 en la Rusia zarista. El mismo Lenin dice que éste
dirigió a esas masas que se rebelaron contra el zar en enero de 1905, no por ser un cura con mucho carisma, sino porque expresó los intereses, las ansias de cambio de toda esa masa de campesinos y obreros...
Facundo: Claro. Tal vez, monseñor Romero no hubiera cambiado su actitud, sus conceptos conservadores, si no hubiera llegado a ser obispo en ese preciso momento de la historia de su país. Valentín: Después de todo, el país entero es cristiano. La base de sustentación social que tienen las banderas democráticas y revolucionarias es una base enteramente cristiana, y los ideales por los que muere y por los que lucha mucha gente tienen también un enraizamiento en los principios morales e históricos más genuinos del cristianismo. Además, aquellas masas adquirieron una metodología bastante cristiana en sus formas de organización, funcionamiento, convivencia, solidaridad. Su sentido de la justicia, su firmeza en la fe y en sus ideales provenían de esa ideología.
No cabe duda que entre las vertientes patrióticas, democráticas y socialistas que tiene este proceso político, la vertiente del cristianismo es su fuente más caudalosa. Y todo esto tiene que haber influido en la personalidad de monseñor Romero, que de alguna manera fue profética con su actitud incorruptible, su ejemplo y su mensaje.
86. Cura ruso que encabezó la movilización de enero de 1905, la que al ser masacrada por el zarismo produjo el estallido insurreccional que dio comienzo a la primera revolución rusa del siglo XIX.
¿Cuándo asesinan a monseñor Romero?
Valentín: Este asesinato ocurrió cuando Duarte y las derechas habían revertido la situación que se había creado por la Junta presidida por Majano; cuando los norteamericanos ya tenían una mano al volante y gobernaba la Junta militar-democristiana. Arrecia por entonces la cacería gubernamental, incluso contra dirigentes de la misma Democracia Cristiana identificados con los intereses
populares. Asesinaron a Melvin Orellana87 y Mario Zamora, hermano de Rubén, el 23 de febrero de
1980. Monseñor Romero es asesinado el 24 de marzo.
Hay que tomar en cuenta que el ejemplo de monseñor Romero se halla unido al de tantos catequistas, seminaristas, celebradores de la palabra, monjas, curas y pastores evangélicos que fecundaron el camino con su palabra, con su presencia, con su sensibilidad y su coraje. Muchos sufrieron encarcelamientos, desapariciones e incluso la muerte, cuando celebraban algún servicio religioso. Me recuerdo del padre Navarro, de tantos sacerdotes asesinados y de las monjas: Mariknol que corrieron igual suerte.
Por todo esto, guardamos una estimación y un respeto profundo por aquel hombre que, ajeno a sectarismos políticos o religiosos, sabía generar unión entre su pueblo. Pero lo más importante de todo es que monseñor Romero no constituye para este país un recuerdo del pasado, sino una fuerza espiritual transformadora y práctica en el presente.
La revolución en nuestro país es obra de los cristianos. Esto es un hecho y no se puede establecer alianzas entre cristianos y revolución, porque la revolución no se puede entender ni es posible sin ellos. Su actitud revolucionaria es una consecuencia de la realidad en que viven y de la necesidad de cambio que mueve a esas mismas mayorías.