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Crítica personalista a las éticas modernas

MARCO TEÓRICO: LA BIOÉTICA

EJEMPLOS DE PRINCIPIOS BIOÉTICOS Fundamentales, complementarios y unánimemente reconocidos:

1.3. EL MODELO PERSONALISTA

2.3.4. Crítica personalista a las éticas modernas

Desde una óptica personalista Santiago (2004) enjuicia a las “éticas modernas de inspiración neokantiana”, por tres razones:

- El papel del médico deslucido papel que estas conceden médico y en general al bioeticista.41 - El contenido de las determinaciones morales

- La dicotomía entre moralidad y orden natural

La primera gran diferencia entre el bagaje doctrinal personalista y las éticas modernas es el papel menor que le conceden al médico. Las éticas modernas parten de la idea que la ética debe ser elaborada desde el punto de vista de un observador externo e imparcial, que a la manera de un juez racionaliza y juzga las acciones realizadas por los otros. Es decir, se trata de éticas elaboradas desde el punto de vista de una tercera persona, la cual, arrogándose la perspectiva mayoritaria acerca de la cuestión, puede preguntarse y contestar si las acciones realizadas por otras personas son o no lícitas. La ética moderna no se interroga acerca del modo de pensar del médico como persona individual, sus valores, sus creencias, su modelo de vida o su idea acerca de su propia felicidad personal. Ese es su problema, y como tal debe decidirlo en libertad. Subyace de fondo una concepción o una definición de la ética orientada básicamente a fundamentar unas reglas para la convivencia civil, según las cuales el hombre -como individuo libre y sujeto de deseos e intereses - puede y debe conducir su vida y sus propias necesidades sin dañar a otros hombres o -como

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En las éticas modernas, subyace una concepción de la ética que dista mucho ver con buenos ojos el punto de vista personal del médico, sus valores, o el telos histórico en el que cristalizó la sabiduría médica, en suma, sus preferencias morales. Es más, si éstas están en oposición con las demandas de la sociedad, el médico puede llegar a ser mal visto e incluso considerado como una persona "antigua" o retrógrada. El mundo médico ha sido hasta ahora incapaz de percibir el lento proceso de disolución de su deontologismo en el teórico deontologismo social, y la coacción moral que la sociedad o la estructura política puede llegar a ejercer sobre ellos, sobre todo a título personal.

mantiene el utilitarismo- perjudicando a unos pocos sólo, en la medida estrictamente necesaria para obtener una situación social mejor para la mayoría. Lo que cada uno haga o piense allá él, en tanto que la ética sea concebida como un proceder para delimitar las fronteras fuera de las cuales la actividad deja de ser privada. En suma, desde la perspectiva de la ética moderna la única virtud importante a los efectos prácticos estriba en la disposición a acatar las reglas sociales vigentes, deontológicamente concebidas (por ejemplo, al modo del observador imparcial de Rawls) o de un modo consecuencialista o utilitarista, cuyo fin a la postre no es tanto contribuir a la felicidad del hombre cuanto a limitar las consecuencias negativas de la condición humana- como mantenía Hobbes. La idea del "mérito", de la superioridad moral de una concepción sobre otra, queda asumida por lo individual y por debajo de lo más mediocre si no representa una demanda o un interés colectivo. Las sociedades democráticas y liberales frecuentemente se convierten en autoritarias e intolerantes con los profesionales que rechazan determinadas prácticas, que estiman inmorales. El médico deja de tener deberes para pasar a tener obligaciones ante la sociedad.

Para Santigao (2004) la segunda gran diferencia entre el bagaje doctrinal personalista y las éticas modernas, a los efectos de la formulación ética, estriba en sus contenidos, esto es, en las determinaciones morales. En la medida en que estas determinaciones son más explícitas, más confrontan la realidad de las tradiciones y creencias de los pueblos, e inevitablemente hacen más rápidamente aflorar los desacuerdos en los individuos y en la sociedad. Desaparece lo que se denomina el "objeto" moral. La fórmula operativo consagrada y aparentemente intocable, a falta de fe real en el debate de la razón, es el carácter meramente formal de las proposiciones morales en las éticas modernas. Es decir, en las éticas contemporáneas nunca se proponen normas de conducta concretas, valores morales, modelos de felicidad etc., sino meros principios procedimentales a través de los cuales los individuos, las personas, pueden elegir las normas que estimen racionales y concretas. El mayor grado de aceptación y por tanto de implantación se consigue así, como quería Kant, tras hacer abstracción de los contenidos morales o de los valores dependientes de situaciones concretas. El principio, la máxima o el criterio de moralidad, queda en un simple enunciado ("haz el bien", "no hagas el mal", etc.) que prejuzga sólo un juicio de intenciones. En el mundo médico esto se traduce prácticamente por un "haga cada cual lo que quiera"; y en el plano doctrinal por la más amplia y generalizada capacidad de aceptar las posiciones más encontradas y por un deslizamiento institucional hacia una dimensión epistemológica de la ética médica, esto es, lo que científicamente es útil es normalmente bueno. La mayor parte de estas éticas modernas se nutren de un cierto paradigma moral existencialista, de un subjetivismo radical que interpreta al hombre como pura libertad, incondicionado, como un ser que crea sus valores, su esencia y que, en fin, es incapaz de legitimar su propia conducta en ningún modelo de valores o referencia normativa que esté allende él y su conciencia; no hay verdades morales, no hay "esencia" o "naturaleza" humana, no hay valores universales, sólo libertad y libertad, y más libertad.

La tercera gran diferencia entre la ética personalista y las otras corrientes éticas modernas, nos dice Santiago, es un redivivo dualismo, una dicotomía entre moralidad y orden natural. Lo moral, lo ético, se vincula con lo personal, lo que de suyo es correcto; pero lo que no es correcto es identificar lo personal con una libertad opuesta a la "naturaleza", concepto al que se excluye del debate moral. Para Engelhardt, lo que distingue a las personas es su capacidad de tener conciencia de sí mismas, de ser racionales y de preocuparse por ser alabadas o censuradas. Para él no todos los seres humanos son personas, pues no todos son autorreflexivos y racionales y por esta razón no tiene sentido hablar de respeto por la autonomía de los fetos, de los niños o de los retrasados mentales profundos, que nunca fueron racionales. Para ese filósofo lo que nos hace agentes morales, sostiene, es nuestra condición de persona y no la pertenencia a la especie homo sapiens.

Para Gamboa (2006) el paradigma principialista se resume en la formulación de los principios de autonomía, de beneficencia, de no maleficencia y de justicia. Y aunque es indudable que estos principios contienen elementos válidos, su mutua articulación no guarda la coherencia antropológica que es necesaria cuando de personas se habla, y no aclaran qué se debe entender, por ejemplo, por el bien de la persona y por la autonomía del individuo. Además, tales principios se interpretan a la luz de dos teorías que poco pueden tener de coincidente: el utilitarismo y la deontología.

Añade Gamboa que el principialismo carece de una antropología fundante; los principios sostenidos por él están indeterminados, y esto lleva necesariamente al relativismo ético; no hay una jerarquía entre los cuatro principios. Sin una antropología que corresponda a la realidad de persona humana no puede haber una verdadera Ética y, como consecuencia, tampoco una Bioética verdadera. Por el contrario, la bioética con enfoque personalista se apoya en la realidad del ser personal, en su dignidad propia e inalienable, en el estatuto objetivo y existencial (ontológico) de la persona, en su unitotalidad de cuerpo y espíritu. Este personalismo está muy lejos de poderse confundir con el individualismo subjetivista –al que podría parecerse– que subraya, casi como constitutivo único de la persona, la capacidad de autodecisión y de elección. Gamboa señala que la bioética personalista habla también de principios, pero los toma en su genuina acepción, y no los considera exentos, sino íntimamente ligados a la realidad del ser personal y a su correspondiente dignidad. Estos principios muestran su alcance en la reflexión sobre los diversos casos de la biomedicina y en el estudio de los principales momentos éticos, vinculados con la práctica biomédica, incluida la cirugía pediátrica.