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Lo que yo creo 161 que han hecho el mal, la desgracia eterna: «E irán

Lo que yo creo

11. Lo que yo creo 161 que han hecho el mal, la desgracia eterna: «E irán

éstos al castigo eterno y los justos a la vida eter- na» (Mt La condenación de los pecadores es obra de la justicia divina. Es el pecador quien lo ha querido, no se le puede sacar de allí sin me- noscabar la justicia de

justicia? Podemos preguntarnos si una concepción así de la justicia, como «retribución equitativa», a cada uno según sus obras, no es la proyección en Dios de nuestras categorías huma-

No esa ésa la justicia de Dios, tal como nos ha sido revelada en la Escritura.

¿Qué es, entonces, la justicia de Dios? El pro- feta Isaías nos habla más de veinte veces de esa Justicia de Pero en El no es lo que nosotros pensamos. «Más que el reparto equitativo que ase- gura la justicia distributiva, esta justicia aparece como la misericordiosa fidelidad conforme a la cual Dios mantiene sus de salvación; tanto es así, que justicia y salvación prácticamente se identifican» «Que se abra la tierra, que brote la salvación y que germine al mismo tiempo la justicia» hay otro Dios fuera de mí. Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí» (Is «Mi justicia se acerca y mi salva- ción no tardará»

Sí, nuestro Dios es un Dios justo y fuerte: «Reinará sobre el trono de David, al que estable- cerá y afirmará sobre el derecho y la justicia»

(8) Oecuménique de la

La salvación llega a los infiernos

Pero su justicia es «Su justi- cia consiste en conceder gracia» «Se levanta- rá para manifestarnos su misericordia, por- que el Señor es un Dios justo; ¡dichosos todos los que esperan El!» 3 0 , 1 8 ) .

Esta justicia de Dios desconcierta al hombre. No está en proporción al trabajo y a las obras del hombre, sino que es la manifestación de la gratui- dad de Dios y de su amor. Extraña justicia, que llena de indignación a los que han estado trabajan- do toda la jornada y ven a los obreros de la hora undécima cobrar el mismo salario que ellos. Pro- testan, pero el dueño de la viña les replica: «¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que yo

va a ser tu ojo malo porque yo soy (Mt 2 0 , 1 5 ) .

En la historia de los hombres, la justicia de Dios es la manifestación de su bondad, de su gra- tuidad, de su misericordia infinita. En ella se reve- la Dios como es: El es caridad, ágape, amor gratui- to. Su Nombre es Jesús: el que salva. El propio Cristo es la revelación última de esta justicia de Dios que es salvación del hombre y don de sí.

Sin embargo, es cierto que esta bondad miseri- cordiosa no suprime el sino que lo transfor- ma. Dios es equitativo. El pecado es un mal, un mal que lleva en sí la semilla de las desgracias más terribles, de la muerte y de un sufrimiento sin fin. Esa es la luz que Dios nos da sobre le peca- do, mediante la revelación del infierno. Pero la justicia de Dios, que no forma sino una única cosa

Lo que yo creo

con su amor, abarca con una misma mirada el mal del pecado y la miseria del pecador.

He aquí el trono en que se sienta el Rey. El tribunal en que Dios juzga al mundo es la Cruz de Cristo. Los teólogos acusan a los pecadores: Su falta no tiene medida porque el ofendido es de una majestad infinita. La pena ha de ser propor- cionada a la falta y, por lo tanto, sin medida, eter- na.

Jesús dice: «Padre, perdónalos porque no sa- ben lo que hacen» Las palabras de Jesús en la Cruz tienen un alcance universal. Des- de luego que se trata de verdugos, pero esos ver- dugos son todos los pecadores cuyos crímenes son la causa de su muerte. ¡Qué buen abogado para ellos! Sí, la falta humana es inmensa, puesto que clava en la Cruz al Hijo de Dios. Pero no son culpables más que de lo que han querido; y no han querido lo que no han conocido. No saben. Es en parte su falta y en parte su excusa. Jesús atien- de a la excusa.

En su bondad, realiza El mismo, hasta el fin, lo que nos dijo que hagamos: «Perdonad a vuestros enemigos y seréis perfectos, como vues- tro Padre celestial es perfecto.» Si Dios perdona,

condenará? Si Jesús, víctima inocente, aboga por sus verdugos ante Dios, volverá a entablar proceso contra ellos? ¡Eso es justicia! Justicia de su bondad que perdona; y, al mismo tiempo, equidad de Dios, porque sabe lo que hay en el hombre y que su pecado es el fruto amargo de su miseria y de su ignorancia. La supre-

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expresión de la justicia de Dios es su miseri- cordia con los pecadores.

San Pablo resume este misterio de justicia y de amor con estas palabras «Si le negamos, también El nos negará; si somos infie- les, El permanece fiel, pues no puede negarse a

mismo» (2 2,12-13). La misericordia de

Dios es su fidelidad: El no puede negarse a sí mis- mo. Permanece fiel a su criatura infiel: el Creador se vuelve Salvador. El paralelismo de estiquios queda roto: la lógica de la justicia se rompe ante el amor del Salvador.

salvarán todos?

Oigo a alguien decir: «En último término, lo que usted nos propone como línea de reflexión y de interpretación de las Escrituras, ¿no es una vuelta encubierta a la teoría de Orígenes cono- cida con el nombre de El anunciaba la restauración final en la unidad de todas las cria- turas, aun las condenadas y los demonios purifica- dos por el fuego, dentro de la amistad de Dios. El origenismo fue condenado ya en 543 por el Síno- do de es inútil volver a él. Res- ponda, pues, claramente a esta pregunta: ¿Cree usted que todos serán

Pregunta fundamental, en efecto. Afortunada- mente, se le plantearon ya al mismo Señor Jesús de diversas formas. No poseemos otra certeza más que la que nos viene dada en su enseñanza, ni otra esperanza que la luz que El nos da.

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La pregunta se plantea primero de esta «Señor, pocos los que se salvan?»

Es la cuestión que nos ocupa, la del nú- mero de elegidos: ¿un pequeño nú- La pregunta viene referida en el marco de un capítulo que empieza por una llama- da a la conversión y que prosigue con el anuncio del crecimiento del Reino, comparable a un grano de mostaza o a un puñado de levadura, «que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina,

hasta que fermentó todo» ¿Es el

anuncio de la salvación universal? ¿Se salvarán, por fin, todos o sólo unos

Jesús responde: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos preten- derán entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estáis fuera a llamar a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y responderá: No sé de dónde sois» 13,23-25). Esta advertencia empalma con la de Mateo: estrecha es la entrada y qué angosto el camino que lleva a la y pocos son los que la encuentran»

La pregunta de la apertura de la salvación a todos se plantea de nuevo un poco más adelante, en el momento en que el joven rico aban- donarlo todo para seguir a Jesús, porque tenía muchos bienes. «Jesús dijo: ¡Qué difícil es que los

que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios. Los que lo oyeron, dijeron: Pues, ¿quién se

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podrá salvar? Lo imposible para los hombres es posible para Dios»

Respetemos la enseñanza del Señor. El es quien ha dicho: estrecha es la entrada y qué angosto el camino que lleva a la

7,14), y el que dice « Y o soy la puerta...» (Jn 10,7). El es quien ha dicho: angosto es el camino y qué pocos los que lo

y el que dice también: «Cuando vo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia M í » (Jn El es quien ha dicho: «Entonces, el dueño os dirá: Apartaos de mí todos los que hacéis el mal» y el que dice también: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El» Es aquel de quien Pablo escribe a Timoteo: Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la El que se entregó a sí mismo como rescate por todos»

El lenguaje de Jesús es el de los profetas. La aparente contradicción es de todos los profetas. No hay profetas de la amenaza que anuncien casti- gos y profetas de la promesa que anuncien la sal- vación. impulsados por un mismo movi- miento que es el del Espíritu, anuncian terribles castigos que van a abatirse sobre el Pueblo de Dios si no se convierte, y todos renuevan la pro- mesa de un Salvador, el anuncio de un restableci- miento maravilloso y de una extraordinaria exten-

sión del Reino de Dios.

Hay que entender el lenguaje de Jesús como perteneciente al de los profetas. Amenazas y pro-

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mesas son la expresión del mismo amor. Amor apasionado de Dios por su Pueblo, que le pone en guardia contra todas las calamidades que le abru- marán si se aleja de su Dios; amor fiel que no le abandonará y que, finalmente, le recogerá si vuel- ve a El. Amor que llama a la conversión y prome- te su perdón: Dios que llama a sí y anuncia su salvación.

El mensaje de Jesús es pedagogía de salvación. El no vino a revelarnos datos históricos del pasa- do o del futuro para satisfacer nuestra curiosidad. Vino para recordarnos la urgencia de la salvación.

«A la pregunta de si pocos que se salven, Jesús no responde directamente; respon- de a su manera, con una llamada a la conver- sión: «Esforzaos por entrar por la vía estrecha.» Respetemos esta pedagogía, aceptemos esta in- certidumbre. Nos viene bien. Nos moviliza para el esfuerzo de la conversión y del apostolado. Si nos preguntan: salvarán respon- deremos conforme al «No lo sé».

«No lo sé» quiere decir, en primer lugar: «No tengo ninguna certeza de que todos acaben salvándose». El amor de Cristo aspira a atraer a todos los hombres hacia sí; por eso sube a la Cruz y baja hasta el fondo del infierno.

Pero aun a este amor perfecto y a este sacri- ficio perfecto alguien puede o cuántos, se responder con un rechazo aun en el eterno y decir: «Yo no quiero». Esta te- mible posibilidad de la libertad, que la Iglesia conoce bien, es la que ha llevado a rechazar la doctrina de los origenistas»

168 La salvación llega a los

La diferencia radical de nuestra proposición con la de los origenistas es que Orígenes anuncia- ba la salvación al término de un ciclo de purifica- ciones e iluminaciones inspirados por una filosofía neo-platónica; nosotros, en cambio, esperamos la salvación de todos de la misericordia infinita de Dios, manifestada en Jesucristo.

¿Se salvarán todos? Podemos responder con San Agustín: «Entendamos bien que Cristo libera y salva a todos los que El

salvarán todos? « N o lo sé». Esto quiere también decir que yo no tengo ninguna certeza de que no se salven todos. Toda la Escritura está llena del anuncio de una salvación que alcanza a todos los hombres, de un Salvador que reúne y reconcilia a todo el universo. Esto basta para que esperar la salvación de todos no esté en contradic- ción con la Palabra de

Esa es la verdad del Evangelio. Nos queda suficiente incertidumbre sobre la salvación de to- dos para temer; tenemos suficiente luz para espe- rar. Este temor saludable ante la posibilidad de la condenación nos inspira la vigilancia, nos llama a la conversión y al compromiso apostólico. Pero al mismo tiempo, esta luz que nos permite esperar la salvación de todos, nos llena de una indecible ale- gría.

Esta esperanza no es Al con-

trario, si la salvación de todos estuviera asegurada desde ahora, podríamos vernos tentados de aban-

an SAN Ep. 164, 14; PL 33, 715. A propósito

de la bajada a los infiernos: salvisse et

11. Lo que yo creo 169

dono. Si la condenación de muchos estuviera ya anunciada, podríamos vernos tentados de desa- liento. Esta incertidumbre y esta esperanza respe- tan la densidad dramática de nuestra existencia histórica.

La pedagogía de la Iglesia se apoya en esta

«La Iglesia Olivier ha condenado la certeza origenista de una salvación universal, que sería, en definitiva, automática y necesaria. Pero ha preservado la esperanza de una salvación universal y, en su más alta espiri- tualidad, la ha convertido en compasión univer- sal y en plegaria para que todos ios hombres se

salven»

Así, la esperanza de la salvación de todos es una dimensión de la vida de la Iglesia, una orien- tación viva en su tradición:

«En Oriente el P. von Clemente, Orígenes, Gregorio Naciance- no, Gregorio de Nisa, mantienen una certeza de fe, oculta, de que la gracia tendrá piedad de todos. Esta esperanza griega vive en Rusia bajo una forma más profundamente enraizada aún: se funda en la conciencia de la solidaridad entre

n o

elemento del cristianismo, sino su centro y su mismo corazón»

La viva esperanza de la salvación universal sostiene la plegaria de la Iglesia, su acción y su

OLIVIER sur l'home Stock,

p. 21.

170 La salvación llega a los infiernos

ofrenda. En medio de esta alegría inmensa es co- mo anunciamos el Evangelio a todos los pueblos. En la alegría de esta esperanza vivimos el miste- rio de la Iglesia, descubriendo en su universalismo en expansión el anuncio del universalismo defini- tivo de la salvación en Jesucristo.

De esta esperanza brota la oración sobre el

mundo o plegaria de oración para que to-

dos los hombres se salven, oración para que la creación entera sea reconciliada en Cristo para glo- ria del Padre. Oración de intensidad extraordina- ria, puesto que en ella se concentra todo nuestro amor a Dios y todas nuestras aspiraciones huma- nas. Oración llena de la anticipación de una in- mensa alegría, puesto que se une a la de Jesús, y en El lo espera todo del Padre, ya que El nos «Si permanecéis en Mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo consegui- réis» (Jn

Los santos, más que nadie, son sensibles a la enormidad del pecado del mundo, a la gravedad de su rechazo de Dios y de su menosprecio del hombre, a la atrocidad del sufrimiento que ocasio- na, drama de la condenación. Pero eso no les impide orar por los ofrecerse por ellos, solidarizarse con su miseria, amarlos más que ellos se aman a sí Toda su vida es la expresión de una inconfundible esperanza. ¿Cuál puede ser el significado y la influencia de esta inmensa inter- cesión, inspirada por el Espíritu, dentro del miste- rio de la salvación?; ¿hacia dónde impulsa a la historia del mundo, de la que ella forma parte?

11. Lo que yo creo 171

En el plano de la santidad es donde se juega el porvenir del mundo. «Las columnas de la Iglesia son invisibles», decía San Agustín. N o , la salva- ción de todos no está asegurada. No está todo hecho, pero aún es posible. Mientras los santos de los últimos tiempos no hayan vertido en el cáliz de Cristo el peso de su intercesión y de sus sufrimien- tos, unidos a los de la Virgen y a los de los apósto- les de todos los tiempos, nada está aún decidido. En el misterio de la salvación todo tiene su consis- tencia y quizá sean los últimos los que perfeccio- nen la salvación eterna de los primeros.

«Nadie está solo, Dios no abandona a nadie Olivier la comunión de los santos, esos pecadores perdonados, corroe la prisión última, la del yo que se encierra en sí mismo... La salvación universal no puede ser una certeza; eso sería vaciar la vida espiritual de su seriedad, y la libertad humana de su grandeza trágica. Pero la salvación universal debe consti- tuir el objeto de nuestra oración, de nuestro amor activo, de nuestra esperanza»

«Es más bueno Dios que malo el demonio», decía el Santo Cura de Ars final se verá bien

Esta esperanza basta para llenarnos de alegría; mantiene nuestra acción, anima nuestra plegaria, ilumina nuestros sufrimientos. Inmensa esperanza que orienta toda la esperanza del mundo y la

(14) OLIVIER soleil, Stock, 1975, p.

160.

172 La salvación llega a los infiernos

transforma de día en día para hacer de ella la historia de la salvación.

podría prohibirnos esperar lo que la liturgia eucarística nos hace pedir con toda la Igle- sia: «Concédenos, Padre bueno, la herencia de la vida eterna junto a la Virgen María, los apóstoles y todos los santos en tu Reino, donde podremos, junto con la creación entera liberada por fin del

pecado de la muerte, glorificarte por Cristo

Nuestro Señor, por quien concedes al mundo toda gracia y todo

podría prohibirnos pedir que todos se salven y que la creación entera se vea un día reuni- da en Cristo para gloria del Padre, puesto que es precisamente el designio de Dios, en acción en la historia del mundo: «reconciliarlo todo por El y

para El» Es decir, que se haga su

voluntad y que venga su Reino.

Yo creo en

que descendió a los

La Iglesia no olvida nada de la revelación que se le ha confiado en el Evangelio. Sabe cuál es la expresión de esa revelación que mejor nos da su sentido y es la que pone en nuestros labios y en nuestros corazones.

La Iglesia no ignora el infierno. Demos gracias al Espíritu Santo, que le ha inspirado expresar nuestra fe en estos no «Creo en la con- denación de los pecadores en el sino: «Creo en que descendió a los infier-

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Toda nuestra fe es en Cristo. No son cosas las que debemos creer ni artículos del Símbolo lo que debemos proclamar, sino alguien en quien hemos puesto nuestra fe: «Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». En El están todas las verdades de la fe.

Creo en Dios, Padre de Jesucristo, revelado por El, creador del cielo y de la tierra. Dios que está en el origen de todo, creador del universo. Dios fiel, que no ha abandonado jamás su crea- ción, aun cuando ella se apartaba de El. Dios cuya omnipotencia interviene en la historia de los hom- bres con una misericordia infinita para hacer ince- santemente posible lo imposible, en provecho de su liberación y de su salvación.

Dios Padre, que amó tanto al mundo que le dio su Hijo único para salvarlo. Sí, creo en Jesu-