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lochet L._ La Salvación Llega a los Infiernos

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Academic year: 2021

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(1)

LOUIS LOCHET

o

LA SALVACIÓN

LLEGA A

LOS INFIERNOS

I

Ü.

(2)

Hoy día resulta difícil dar con un lenguaje adecuado para hablar del cielo y el infierno. No sabemos qué decir... y callamos. Y a fuerza de no hablar,

dejamos también de pensar en ello. Ciertos abusos y desenfoques del pasado nos han puesto en esta situación.

Pero los "fines últimos", el infierno entre ellos, siguen siendo una palabra repetida en la

Buena Noticia de Jesús. Palabra que no se puede tachar, ni dejar de traducir y transmitir.

He aquí una exposición luminosa de cómo se inserta la noticia del infierno en la Buena Noticia

de Jesús-Salvador, el cual se ha hecho solidario de todos los hombres, desde lo más alto del cielo a lo más profundo de los infiernos;

solidario de todas las miserias humanas

y de todos los pecadores, cuya condena compartió para poder llevarlos a todos a la Salvación.

La ternura, la misericordia y la salvación de Dios no tienen límite, pues El es Señor de lo imposible. ¿Quién podrá salvarse?

Jesús es vencedor del infierno porque, bajando al infierno, abrió camino donde no lo había. Creo en el infierno.

Creo en la salvación universal.

E D I T O R I A L

v—

i

(3)
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LOUIS LOCHET

L A S A L V A C I Ó N

L L E G A A L O S I N F I E R N O S

E D I T O R I A L « S A L T E R R A E » G u e v a r a , 2 0 - S A N T A N D E R

(5)

Título del original francés

Jésus descendu. aux enfers

Les Editions Du Cerf

Traducción de Juan J. García Valenceja Portada de Jesús G.a Abril

© Editorial SAL T E R R A E - Santander Con las debidas licencias

Printed in Spain

ISBN: 84-293-0577-7 Depósito Legal BI-2.659-1980

(6)

Í N D I C E

Introducción 7 1. MISIÓN IMPOSIBLE 15

¡Anunciar el cielo y el infierno, hoy día, es algo

imposible! 18 Un cambio histórico 21 Una transformación de la sensibilidad colectiva 23

Una nueva concepción del hombre 24 2. COMO LOS INFIERNOS PASARON A SER

EL INFIERNO 29 Del sheol al infierno 30 Cristo habla del infierno 34 3. ,;QUIEN, PUES, SE PODRA SALVAR? ... 41

Jesús, Salvador de todos 42 Todo lo que ha sido creado está llamado a quedar

reunido en Cristo 46 El universalismo del pecado apela al universalismo

de la salvación en Jesucristo 48 4. SEÑOR DE LO IMPOSIBLE 51 Las contradicciones luminosas 52 El Éxodo o el Paso imposible 54 La esterilidad fecunda 56 La risa de Sara 56 La oración de Ana 57 El cántico de María: la Virgen Madre 58

Resucitar a los muertos 59 Victoria sobre la segunda muerte 62

5. ¿Y COMO PODRA SUCEDER ESTO? 67 El universalismo de la salvación mediante la Cruz 71

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Jésus descendu aux enfers

Les Editions Du Cerf

Traducción de Juan J. García Valenceja Portada de Jesús G.a Abril

© Editorial SAL T E R R A E - Santander Con las debidas licencias

Printed in Spain

ISBN: 84-293-0577-7 Depósito Legal BI-2.659-1980

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Í N D I C E

Introducción 7 1. MISIÓN IMPOSIBLE 15

¡Anunciar el cielo y el infierno, hoy día, es algo

imposible! 18 Un cambio histórico 21 Una transformación de la sensibilidad colectiva 23

Una nueva concepción del hombre 24 2. COMO LOS INFIERNOS PASARON A SER

EL INFIERNO 29 Del sheol al infierno 30 Cristo habla del infierno 34 3. ¿QUIEN, PUES, SE PODRA SALVAR? ... 41

Jesús, Salvador de todos 42 Todo lo que ha sido creado está llamado a quedar

reunido en Cristo 46 El universalismo del pecado apela al universalismo

de la salvación en Jesucristo 48 4. SEÑOR DE LO IMPOSIBLE ... 51

Las contradicciones luminosas 52 El Éxodo o el Paso imposible 54 La esterilidad fecunda 56 La risa de Sara 56 La oración de Ana 57 El cántico de María: la Virgen Madre 58

Resucitar a los muertos 59 Victoria sobre la segunda muerte 62

5. ¿Y COMO PODRA SUCEDER ESTO? 67 El universalismo de la salvación mediante la Cruz 71

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DORES 79 La línea de la sustitución 80

El lenguaje del culto: Cristo derramó su sangre

co-mo sacrificio por nosotros 80 El lenguaje del derecho: Cristo da su vida como

res-cate por la multitud 82 El lenguaje del amor: el justo se hace solidario de

los pecadores 88 La Cruz: solidaridad de Cristo con los pecadores 88

El Cordero que lleva el pecado del mundo 93 7. LA SOLIDARIDAD QUE NOS SALVA ... 100

Solidaridad, acto de amor humano 101

Jesucristo, hombre solidario 102 Esta solidaridad nos salva 104 La solidaridad en Cristo nos adentra en la intimidad

del Padre, mediante el Hijo, en el Espíritu 106 8. DESDE LO MAS ALTO DE LOS CIELOS

A LO MAS PROFUNDO DE LOS

INFIER-NOS * ... 108 Cristo, glorificado como Salvador en los infiernos 109

El misterio del Sábado Santo 112 9. A LA BÚSQUEDA DE ADÁN 114

Las grandes imágenes 116 Los dos Adanes ... 120 La solidaridad universal 124 El Universo entero es humano 125

10. LOS SANTOS VAN AL INFIERNO 129

La solidaridad misionera 131 La solidaridad mística 134 La intercesión de los santos 144 El misterio de la historia: tiempo de salvación 145

11. LO QUE YO CREO 149 ¿Cree usted en el infierno? 150 ¿Qué hace usted de la libertad humana? 157

¿Qué hace usted de la justicia de Dios? 160

¿Se salvarán todos? 164 Yo creo en Jesucristo..., que descendió a los

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Introducción

Hablar hoy día del cielo y del infierno es una necesidad. Sí, un desafío, un reto. Tal vez hasta una urgencia.

Henri Fresquet escribía recientemente en el diario Le Monde un artículo titulado: «Decantar el cristianismo». Hace allí la reseña del libro de Hans Küng Ser cristiano y con esa ocasión dice: «Cada época tiene su espacio de credibilidad que es preciso respetar. Si el cristianismo tiene preten-siones de universalidad ha de ser aceptable para los hombres de todas las épocas.»

Es evidente que el «espacio de credibilidad» de nuestra época no tolera ya el anuncio de lo que todavía ayer se llamaba «los fines últimos». Ya no hay en la predicación un lenguaje para hablar del cielo y del infierno. Más aún, en un mundo

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marca-do por la crítica marxista de la religión, tomarca-do anuncio del más-allá se hace de antemano sospe-choso de desviar a los hombres de la urgencia de las tareas presentes.

Al no saber qué decir, uno se calla. Y a fuerza de no hablar, tampoco se piensa en ello.

Cuando se dice «infierno», la imaginación co-lectiva de los pueblos de cultura cristiana no se representa sino imágenes propias de la Edad Me-dia: grandes calderas donde se cuecen los conde-nados, diablos cornudos manejando la horca, su-plicios variados según el tipo de pecado de que se trate. Todas esas ilustraciones circunscriben la pa-labra bíblica al área de lo fantástico imaginario y de terrores superados. Es algo que parece sin rela-ción con la seriedad de la vida. ¡Las imágenes del infierno ya no estremecen y las del cielo no sedu-cen!

La preocupación de los mejores discurre al ni-vel de la historia presente. La fe convoca hoy a los cristianos militantes al compromiso activo en me-dio de las estructuras colectivas de lo profesional y de lo político. Su centro de interés es el combate por la justicia social, la lucha por la defensa de los oprimidos, por las reformas y las revoluciones que aseguren, en el plano mundial, una justa distribu-ción de los bienes, el respeto a la libertad y a la dignidad de todos. ¡Ya tienen suficiente peso los combates del mundo presente! No es el miedo al infierno, ni la atracción del cielo, lo que les mue-ve, sino el sentido del hombre.

Lo elevado de una perspectiva de este tipo, con todo lo que de cristiano encierra; la necesaria

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Introducción 9

reacción contra una predicación de «los fines últi-mos», que ha impulsado a los cristianos a evadirse del presente y a acomodarse a las injusticias de este mundo, todo ello nos incita a adoptar una especie de silencio táctico o repliegue estratégico en lo tocante al anuncio del más-allá: ¡No hable-mos más de ello, ya que no dice nada a nadie y corre el riesgo de devaluar nuestro Evangelio!

Comprendo estas reacciones. Las he vivido. Sin embargo, a la larga, esta actitud me plantea ciertos interrogantes. Como pastor, estoy encarga-do del anuncio de la Palabra. No soy yo quien inventa el mensaje. Soy un enviado para transmi-tirlo. Tengo el deber de traducirlo para los hom-bres de mi tiempo, pero no tengo derecho a supri-mir de él lo que a ellos no les agrade o a mí no me convenga. Pasar en silencio, sistemáticamente, una parte importante del mensaje, sería una trai-ción. Hay un todo consistente en la Palabra de Dios. Suprimir una parte del Evangelio es defor-marlo por entero. Ser incapaz de expresar una par-te de nuestra fe es menoscabar la credibilidad del todo;

Reducir el mensaje al «mínimo creíble» de nuestro tiempo equivaldría gradualmente a recon-ducirlo a aquello que todo el mundo sabe y piensa ya — p o r más que no lo ponga en práctica—: a la fraternidad universal y al interés por la justicia para todos.

El propio Jesús apenas será ya más que el ga-rante de un proyecto social o político, conservador o revolucionario. Y así, en fin, el Evangelio no contendrá nada original. Se conservan los

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térmi-nos de misión, de evangelización, pero en realidad no hay nada que decir.

Y hay otra cosa todavía. Creo que este eclipse total del lenguaje acerca de «los últimos fines» no perjudica únicamente al mensaje que hay que transmitir, sino al hombre mismo a quien va diri-gido. El Evangelio es una Buena Noticia para el hombre. Suprimir una parte de él a nuestro capri-cho, conforme a nuestros gustos del momento, ¿no acabaría por perjudicar al hombre mismo a quien se dirige? ¿Tenemos derecho a modificar la composición o la dosis de un remedio por el hecho de que es demasiado amargo, aunque con eso per-judiquemos la salud del enfermo?

Esta pienso que es la situación. En nombre del sentido de la persona humana y de la urgencia del servicio a la Humanidad en el mundo actual, se ha atenuado muchas veces el anuncio de un más-allá. Hoy, precisamente en nombre del sentido de la persona humana y de la urgencia de los compromi-sos en los momentos actuales, es preciso volver a tal anuncio. ¿Por qué?

Tenemos la prueba ante nuestros ojos. ¿De dónde procede, en muchos países de Europa y de América del Norte, el extremado hastío de los jó-venes, su falta de compromiso político, su desgana por la acción y por la vida misma? Es el mal del siglo; el mal de un mundo sin fe, que ha tomado conciencia de su total insignificancia. Hace tiempo que lo diagnosticó Paul Ricoeur: la más grave cri-sis del mundo presente es la falta de sentido. Si la historia del mundo no sabe ya nada sobre el cum-plimiento final que ella misma prepara y espera en

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Introducción 11

Jesucristo, se repliega sobre sí misma. Se convier-te en su propio «fin». Más exactamenconvier-te, deja de tener un fin. No conduce a nada. No construye nada. Corre hacia la nada. El descubrimiento de su caducidad se convierte en conciencia de su pro-pia insignificancia. La carencia de significado de la totalidad de la historia coloca a todo el mundo en el absurdo de una vida sin finalidad, vaciando la acción humana de toda orientación constructiva. ¿Por qué entusiasmarse? ¿Para qué comprometer-se? Para una persona que sea lúcida no queda sino la desesperación: el suicidio para acabar o la eva-sión para olvidar. ¿Olvidar qué? «Olvidar lo estú-pida que es la vida.»

¿Dónde está el remedio, sino en el anuncio de «los últimos fines», en el anuncio de quien es el término único, el único sentido de la historia: Je-sucristo, luz del mundo?

Hay en el campo de las ciencias un determina-do número de físicos y matemáticos que se dedi-can a la «investigación fundamental». Una investi-gación sobre un punto de partida «gratuito», sin miras inmediatas de aplicaciones técnicas. Y con frecuencia ocurre que la fecundidad de tales in-venciones abre sectores enteros de realizaciones nuevas.

La investigación que proponemos, en el plano de la fe, es un poco análoga. No se trata, en pri-mer término, de descubrir tal o cual orientación práctica. Se trata de redescubrir la gran luz que proporciona su significado y su orientación a toda la historia humana revelándole su finalidad. A partir de esa Luz, que da su sentido a la totalidad

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nos de misión, de evangelización, pero en realidad no hay nada que decir.

Y hay otra cosa todavía. Creo que este eclipse total del lenguaje acerca de «los últimos fines» no perjudica únicamente al mensaje que hay que transmitir, sino al hombre mismo a quien va diri-gido. El Evangelio es una Buena Noticia para el hombre. Suprimir una parte de él a nuestro capri-cho, conforme a nuestros gustos del momento, ¿no acabaría por perjudicar al hombre mismo a quien se dirige? ¿Tenemos derecho a modificar la composición o la dosis de un remedio por el hecho de que es demasiado amargo, aunque con eso per-judiquemos la salud del enfermo?

Esta pienso que es la situación. En nombre del sentido de la persona humana y de la urgencia del servicio a la Humanidad en el mundo actual, se ha atenuado muchas veces el anuncio de un más-allá. Hoy, precisamente en nombre del sentido de la persona humana y de la urgencia de los compromi-sos en los momentos actuales, es preciso volver a tal anuncio. ¿Por qué?

Tenemos la prueba ante nuestros ojos. ¿De dónde procede, en muchos países de Europa y de América del Norte, el extremado hastío de los jó-venes, su falta de compromiso político, su desgana por la acción y por la vida misma? Es el mal del siglo; el mal de un mundo sin fe, que ha tomado conciencia de su total insignificancia. Hace tiempo que lo diagnosticó Paul Ricoeur: la más grave cri-sis del mundo presente es la falta de sentido. Si la historia del mundo no sabe ya nada sobre el cum-plimiento final que ella misma prepara y espera en

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Introducción 11

Jesucristo, se repliega sobre sí misma. Se convier-te en su propio «fin». Más exactamenconvier-te, deja de tener un fin. No conduce a nada. No construye nada. Corre hacia la nada. El descubrimiento de su caducidad se convierte en conciencia de su pro-pia insignificancia. La carencia de significado de la totalidad de la historia coloca a todo el mundo en el absurdo de una vida sin finalidad, vaciando la acción humana de toda orientación constructiva. ¿Por qué entusiasmarse? ¿Para qué comprometer-se? Para una persona que sea lúcida no queda sino la desesperación: el suicidio para acabar o la eva-sión para olvidar. ¿Olvidar qué? «Olvidar lo estú-pida que es la vida.»

¿Dónde está el remedio, sino en el anuncio de «los últimos fines», en el anuncio de quien es el término único, el único sentido de la historia: Je-sucristo, luz del mundo?

Hay en el campo de las ciencias un determina-do número de físicos y matemáticos que se dedi-can a la «investigación fundamental». Una investi-gación sobre un punto de partida «gratuito», sin miras inmediatas de aplicaciones técnicas. Y con frecuencia ocurre que la fecundidad de tales in-venciones abre sectores enteros de realizaciones nuevas.

La investigación que proponemos, en el plano de la fe, es un poco análoga. No se trata, en pri-mer término, de descubrir tal o cual orientación práctica. Se trata de redescubrir la gran luz que proporciona su significado y su orientación a toda la historia humana revelándole su finalidad. A partir de esa Luz, que da su sentido a la totalidad

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del mundo, es como podremos redescubrir el sen-tido mismo de nuestra existencia personal y vol-ver a encontrar el gusto por la vida y la necesidad del compromiso.

Esta perspectiva, lejos de ser alienante y des-movilizadora, es la única que permite hoy día, a quienes reflexionan, motivar sus compromisos, a los que se entregan por entero, toda vez que sabe uno el porqué y que merece la pena. También aquí es verdadero el dicho: «Buscad el Reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura.»

Estas son las convicciones que la vida y el ministerio pastoral han hecho crecer en mí. La primera: que ya no sabemos cómo anunciar a este mundo los «fines últimos», el cielo y el infierno, el fin del mundo y la última venida de Cristo. La segunda: que hoy día es urgente para la vida y para el futuro del mundo en su misma dimensión temporal, volver a dar con un lenguaje para hacer-lo. La tercera: que hay que buscar, y buscar jun-tos. De ahí proceden las reflexiones reunidas en este libro y en el que un día quisiera escribir acer-ca de la alegría del cielo: «Entra en el gozo de tu Señor.»

Añadiría que para mí se trata de una cuestión vital. De ella depende mi felicidad. Desde mi más tierna infancia sé que no puedo ser feliz sin que todos los demás lo sean. ¿Es posible la felicidad a ese precio? Es la pregunta que me viene una y otra vez desde siempre, la que llevo en mí, la que, iba a decir, es yo. ¿Es posible plantearla? Y aun cuando sea imposible encontrar ahora una respuesta satisfactoria, ¿es posible interrogar a la Palabra de

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Introducción

Dios hasta que ella indique un camino que lleve un día a la respuesta? Es lo que he intentado hacer.

Afortunadamente, sé que los grandes teólogos del momento han reencontrado la dimensión esca-tológica del mensaje cristiano. Hombres como Jür-gen Moltmann, Walter Kasper, Urs von Balthasar, Olivier Clément y tantos otros, nos han permitido reencontrar esa gran tensión de toda la historia hacia la última venida de Cristo Salvador. Nos han hecho posible superar una problemática morali-zante de simple «retribución», de recompensa y castigo, para dar de nuevo con la gran perspectiva bíblica de la historia de la salvación. Nos han abierto los ojos para redescubrir, a la luz de la Palabras, que, según el proyecto de Dios, es el futu-ro lo que ilumina el presente, lo que le imanta y orienta. Nos han enseñado a ver de nuevo a esta

luz el acontecimiento de hoy como llegada de Aquel que viene. Su mensaje me ha abierto, a partir de la Biblia, un camino de luz hacia

horizon-tes que no conocía.

Pero a veces su mensaje es difícil. Por eso creo que esta renovación del pensamiento teológico y su orientación escatológica no ha llegado todavía al conjunto del Pueblo de Dios y no le ha propor-cionado aún colectivamente esa gran esperanza ca-paz de reavivar su alegría y animarle para grandes empresas. Es preciso que despertemos en medio de la luz del Día de Cristo que viene, para trabajar en este tiempo que El nos concede.

Yo no soy ni un especialista en exégesis ni un teólogo profesional. ¡Podrá verse en seguida! Soy

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simplemente un cristiano que quiere profundizar su fe y un pastor que intenta expresarla a los hom-bres de su tiempo. Esta búsqueda se verifica en la Iglesia y para ella. Me sentiré siempre muy feliz de aprovechar las luces de quienes poseen mayor competencia, experiencia o autoridad.

Mi propósito es, pues, modesto. Se trata de transmitir el mensaje que yo he recibido, intentan-do traducirlo sin traicionarlo, para hacerlo accesi-ble a un mayor número de personas. Estas lo transmitirán, a su vez, «hasta que toda la masa quede fermentada». ¿Y qué otra cosa hacemos to-dos nosotros, los cristianos, sino recibir la Palabra de Dios para transmitirla en un lenguaje que to-que el corazón y el espíritu de nuestros hermanos?

Confieso que, durante mucho tiempo, numero-sos pasajes del Evangelio que se refieren al cielo y al infierno han permanecido para mí impenetra-bles e intransmisiimpenetra-bles. Había renunciado a la pre-dicación ingenua o aterradora que había conocido cuando niño y no había dado con otra. Los teólo-gos de la esperanza me abrieron un camino. Re-descubrí el misterio de la redención a la luz de Cristo, «que bajó a los infiernos». Descubrí el in-fierno como un lugar de la manifestación de Cris-to Salvador y una dimensión del misterio de la salvación. Esas páginas del Evangelio que yo ha-bía dejado de gustar y de transmitir se han conver-tido para mí en una advertencia y una llamada a la conversión. Sin quitar nada de su realismo, se han convertido en una Buena Noticia: una fuente ina-gotable de alegría en la irradiación de Cristo Salva-dor. Quisiera anunciar aquí esta Buena Noticia a todos.

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1

Misión imposible

«Descendió a los infiernos.» Esta expresión tiene el riesgo de inducir a error. Parece introdu-cir una reflexión acerca de este artículo del Símbo-lo de Símbo-los Apóstoles que desde el sigSímbo-lo tercero han repetido tan frecuentemente los cristianos para afirmar su fe. Podría, asimismo, esperarse un estu-dio bíblico acerca de los textos de la primera carta de San Pedro, que son la base más firme de nues-tra fe en la bajada de Jesús a los infiernos: «Fue también a predicar a los espíritus encarcelados» (1 Pe 3,19) y «hasta a los muertos se ha anun-ciado la Buena Noticia» (1 Pe 4 , 6 ) .

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Nuestro enfoque es aquí más amplio. Nos pa-rece, en efecto, que la bajada a los infiernos, afir-mada por la Iglesia en su Credo y revelada por la Escritura, no es sólo una especie de episodio extra-ño y un tanto mítico de la misión de Jesús: pasaje sin consecuencias para nuestra vida presente y para nuestra esperanza cristiana. Certeza que ni siquiera hay intención de poner en cuestión: tan carente nos parece de importancia concreta. Fe cantada pero no vivida, cuyo contenido parece haber que-dado oprimido para siempre entre la celebración de la muerte gloriosa de Jesús el Viernes Santo y la de su resurrección el día de Pascua. La admirable revalorización del misterio pascual en la investiga-ción bíblica, en el pensamiento teológico y en la celebración litúrgica, parece haber dejado de lado en la conciencia cristiana esta dimensión del mis-terio que, en Occidente, no encuentra ni siquiera el lugar que podría parecerle destinado en la litur-gia del Sábado Santo.

¿Por qué ese silencio de Occidente sobre la bajada a los infiernos? ¿Quizá precisamente por-que no se ha visto en ello generalmente más por-que una especie de episodio, dentro del misterio de Cristo, inspirado en los mitos antiguos, una expre-sión de la fe cristiana según registros de imagine-ría judía o pagana, registros que una honesta des-mi tologización debe hacer caer en desuso?

Desde luego que la cuestión no es hacer un reportaje sobre el viaje de Cristo a los infiernos, a la manera de los mitos de Caronte o de Eneas, sino que más bien, siguiendo a los Padres y

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1. Misión imposible 17 de descubrir una dimensión del misterio de Cristo necesaria en nuestros tiempos.

Cuando proclamamos nuestra fe en estos tér-minos: «Creo en Jesucristo nuestro Señor, que fue concebido del Espíritu Santo y nació de Santa Ma-ría Virgen...», esta fe se refiere a acontecimientos que pueden situarse en el tiempo, aunque afirma una dimensión del misterio de Cristo que sobrepa-sa el tiempo y sin la que ningún otro aspecto de su misterio puede ser correctamente expresado y vi-vido. Cuando proclamamos: «Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto..., al tercer día re-sucitó de entre los muertos», nuestra fe se enraiza en hechos que, aun hoy día, están presentes y ra-diantes en el misterio de la salvación. Quitar del Credo la fe en la muerte y la resurrección de Cris-to no es suprimir un pasaje de su hisCris-toria, sino desconocer lo esencial del misterio.

Cuando proclamamos con toda la Iglesia: «Ba-jó a los infiernos», habrá que reconocer algún día que eso es también una dimensión de la misión de

Cristo y un aspecto siempre actual del misterio de la salvación. De suerte que desconocer práctica-mente el contenido de esta fe proclamada no care-ce de inconvenientes para la totalidad de nuestra fe, de nuestra vida y de nuestro anuncio del Evan-gelio.

Es lo que quisiéramos revalorizar en la Iglesia y para la Iglesia, en unión con la revelación bíblica y la tradición patrísica, en medio de las actuales aspiraciones del mundo.

Porque, paradójicamente, lo que nos ha lleva-do a profundizar en este artículo del Crelleva-do es el

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término «infiernos» y, concretamente, la impoten-cia en que a menudo nos encontramos para decir sobre el infierno algo que se parezca a un Evange-lio, es decir, a una Buena Noticia.

Pretender que la primera carta de Pedro nos proporciona una revelación sobre el «infierno» en el sentido que los Concilios, a partir del siglo V, dieron a este término, sería sólo un desafortunado juego de palabras. Cuando Jesús dice a Pedro: « T ú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas de la muerte no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18); o cuando Pedro mismo escribe de Cristo que «fue a predicar a los espíri-tus encarcelados» (1 Pe 3,19), se trata del sheol judío o del hades pagano —esos oscuros lugares donde vegetan los muertos—, no exactamente del infierno en el sentido que nosotros damos hoy a ese término.

Sin embargo, precisamente yendo hasta el fin de lo que esa «bajada de Cristo a los infiernos» nos revela sobre el misterio de la salvación, es co-mo podeco-mos reencontrar un nuevo impulso para volver a proclamar a los hombres de hoy la totali-dad del Evangelio. Iluminando los extremos es-como se mide mejor la grandeza del todo,

s

¡Anunciar el cielo y el infierno, hoy día, es algo imposible!

Ha sobrevenido un gran hundimiento. La ense-ñanza sobre el infierno, que era uno de los pilares de la predicación cristiana, ha desaparecido casi totalmente en unos años.

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1. ¡Misión imposible 13 Durante siglos, muy especialmente entre el X I V y el X I X , la predicación sobre el infierno fue uno de los temas fundamentales de la catequesis, de las misiones y retiros. Y después, bruscamente, en unos años que se pueden situar en la primera mitad del siglo X X , entre 1930 y 1950, este tema desapareció casi por completo; hoy ya no se dice una palabra sobre el infierno. Muchos cristianos que cuentan alrededor de 30 años podrían afirmar que jamás han oído, ni en la parroquia ni en los «movimientos», predicación alguna acerca del in-fierno. ¿Qué ha sucedido para que se provocara un desplome tan rápido y tan total de uno de los pilares del edificio? Constituiría un largo y apasio-nante trabajo estudiar la historia de la predicación cristiana sobre los fines últimos.

Un punto de referencia importante en esa lar-ga historia sería ciertamente el influjo de los

Ejer-cicios de San Ignacio. Elaborados durante su es-tancia en Mantesa en 1522, fueron redactados en los años que siguieron y han sido repetidas veces

recomendados por los Papas.

El quinto ejercicio de la primera semana es la meditación sobre el infierno. Se invita al ejercitan-te a «pedir inejercitan-terno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo me-nos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado» ( 1 ) .

(1) IGNACIO DE IX) YOL A, Ejercicios Espirituales,

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término «infiernos» y, concretamente, la impoten-cia en que a menudo nos encontramos para decir sobre el infierno algo que se parezca a un Evange-lio, es decir, a una Buena Noticia.

Pretender que la primera carta de Pedro nos proporciona una revelación sobre el «infierno» en el sentido que los Concilios, a partir del siglo V, dieron a este término, sería sólo un desafortunado juego de palabras. Cuando Jesús dice a Pedro: « T ú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas de la muerte no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18); o cuando Pedro mismo escribe de Cristo que «fue a predicar a los espíri-tus encarcelados» (1 Pe 3,19), se trata del sheol judío o del hades pagano —esos oscuros lugares donde vegetan los muertos—, no exactamente del infierno en el sentido que nosotros damos hoy a ese término.

Sin embargo, precisamente yendo hasta el fin de lo que esa «bajada de Cristo a los infiernos» nos revela sobre el misterio de la salvación, es co-mo podeco-mos reencontrar un nuevo impulso para volver a proclamar a los hombres de hoy la totali-dad del Evangelio. Iluminando los extremos es;

como se mide mejor la grandeza del todo. •\

¡Anunciar el cielo y el infierno, hoy día, es algo imposible!

Ha sobrevenido un gran hundimiento. La ense-ñanza sobre el infierno, que era uno de los pilares de la predicación cristiana, ha desaparecido casi totalmente en unos años.

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1. Misión imposible 19

Durante siglos, muy especialmente entre el X I V y el X I X , la predicación sobre el infierno fue uno de los temas fundamentales de la catequesis, de las misiones y retiros. Y después, bruscamente, en unos años que se pueden situar en la primera mitad del siglo X X , entre 1930 y 1950, este tema desapareció casi por completo; hoy ya no se dice una palabra sobre el infierno. Muchos cristianos que cuentan alrededor de 30 años podrían afirmai que jamás han oído, ni en la parroquia ni en los «movimientos», predicación alguna acerca del in-fierno. ¿Qué ha sucedido para que se provocara

un desplome tan rápido y tan total de uno de los pilares del edificio? Constituiría un largo y apasio-nante trabajo estudiar la historia de la predicación cristiana sobre los fines últimos.

Un punto de referencia importante en esa lar-ga historia sería ciertamente el influjo de los

Ejer-cicios de San Ignacio. Elaborados durante su es-tancia en Mantesa en 1522, fueron redactados en los años que siguieron y han sido repetidas veces

recomendados por los Papas.

El quinto ejercicio de la primera semana es la -meditación sobre el infierno. Se invita al ejercitan-te a «pedir inejercitan-terno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo me-nos el temor de las penas me ayude para no venit

en pecado» ( 1 ) .

(1) IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales,

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término «infiernos» y, concretamente, la impoten-cia en que a menudo nos encontramos para decir sobre el infierno algo que se parezca a un Evange-lio, es decir, a una Buena Noticia.

Pretender que la primera carta de Pedro nos proporciona una revelación sobre el «infierno» en el sentido que los Concilios, a partir del siglo V, dieron a este término, sería sólo un desafortunado juego de palabras. Cuando Jesús dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas de la muerte no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18); o cuando Pedro mismo escribe de Cristo que «fue a predicar a los espíri-tus encarcelados» (1 Pe 3,19), se trata del sheol judío o del hades pagano —esos oscuros lugares donde vegetan los muertos—, no exactamente del infierno en el sentido que nosotros damos hoy a ese término.

Sin embargo, precisamente yendo hasta el fin de lo que esa «bajada de Cristo a los infiernos» nos revela sobre el misterio de la salvación, es co-mo podeco-mos reencontrar un nuevo impulso para volver a proclamar a los hombres de hoy la totali-dad del Evangelio. Iluminando los extremos es como se mide mejor la grandeza del todo.

¡Anunciar el cielo y el infierno, hoy día, es algo imposible!

Ha sobrevenido un gran hundimiento. La ense-ñanza sobre el infierno, que era uno de los pilares de la predicación cristiana, ha desaparecido casi totalmente en unos años.

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1. Misión imposible 1! Durante siglos, muy especialmente entre el X I V y el X I X , la predicación sobre el infierno fue uno de los temas fundamentales de la catequesis, de las misiones y retiros. Y después, bruscamente, en unos años que se pueden situar en la primera mitad del siglo X X , entre 1930 y 1950, este tema desapareció casi por completo; hoy ya no se dice una palabra sobre el infierno. Muchos cristianos que cuentan alrededor de 30 años podrían afirmar que jamás han oído, ni en la parroquia ni en los «movimientos», predicación alguna acerca del in-fierno. ¿Qué ha sucedido para que se provocara un desplome tan rápido y tan total de uno de los pilares del edificio? Constituiría un largo y apasio-nante trabajo estudiar la historia de la predicación cristiana sobre los fines últimos.

Un punto de referencia importante en esa lar-ga historia sería ciertamente el influjo de los

Ejer-cicios de San Ignacio. Elaborados durante su es-tancia en Manresa en 1522, fueron redactados en los años que siguieron y han sido repetidas veces recomendados por los Papas.

El quinto ejercicio de la primera semana es la meditación sobre el infierno. Se invita al ejercitan-te a «pedir inejercitan-terno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo me-nos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado» ( 1 ) .

(1) IGNACIO DE LO YOL A, Ejercicios Espirituales,

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(2) Ibid., nn. 66-70.

Ese es el fin de esta meditación. El medio será la aplicación de los sentidos al misterio del infier-no: «El primer punto será ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las ánimas como en cuerpos ígneos. El segundo, oír con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Cristo Nuestro Señor y contra todos sus Santos. El terce-ro, oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas. El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el ver-me de la conciencia. El quinto, tocar con el tacto, es a saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas.» ( 2 )

Viene después el coloquio con Cristo Salva-dor.

El influjo de los Ejercicios Espirituales tuvo una irradiación inmensa, tanto en los retiros como en la predicación de las misiones parroquiales y en el anuncio del misterio cristiano de las catequesis. San Carlos Borromeo, San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl, el Cura de Ars, San Alfonso Ma-ría de Ligorio, los practicaron y enseñaron. De modo que durante siglos esta predicación fue uno de los temas fundamentales de meditación cristia-na sobre los que se apoyó constantemente la lla-mada a la conversión.

Y luego bruscamente, en pocos años, lo que parecía un dato fundamental de la predicación cristiana desaparecía casi por completo. ¿Por qué?

(30)

1. Misión imposible 21

Un cambio histórico

No resultará inútil discernir las razones de es-te cambio profundo, para poder abrir los caminos de un nuevo lenguaje de la fe.

Un historiador, Jean Delumeau, relaciona este anuncio del infierno, como tema capital de la pre-dicación, con la época de cristiandad. Esta forma de predicación se desarrolló en tiempos de la re-forma católica y protestante, que intentó, por to-dos los medios, convertir las costumbres y superar el paganismo que permanecía vivo, a pesar de los santos, bajo las monumentales instituciones cris-tianas de la Edad Media.

«¿Cómo hacer que centenares de millones de personas se inclinaran por una espiritualidad y una moral austeras que en la práctica no se habían exigido a sus antepasados? ¿Cómo se quiso obtener en el ámbito católico la conver-sión deseada? Mediante la culpabilización de las conciencias, mediante una obsesiva insistencia

en el pecado original y en las faltas cotidia-nas..., mediante la amenaza incesantemente es-grimida del infierno, mediante una pastoral del temor» (3).

Es seguro que este constante recuerdo de los fines últimos pudo motivar, por razones que no son extrañas a la Revelación, la práctica religiosa y la conducta moral de un gran número de cristia-nos. La misa del domingo, la comunión pascual, la

(3) JEAN DELUMEAU. Le Cristianisme, va-t-il mourir'i

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confesión misma, se exigían «bajo pena de pecadc mortal», es decir, bajo la amenaza del infierno.

El temor de Dios era entonces el principio de la Sabiduría, pero este temor de Dios, entendido en el sentido de miedo, estaba ligado a un mundo socio-cultural hoy día superado. Eso suponía un sistema de autoridad en el que la Iglesia de los obispos y de los sacerdotes imponía sus leyes a toda la vida de un pueblo, constituyéndose el po-der civil, a menudo, en garante de la ley religiosa. Eso suponía que los clérigos tenían una especie de monopolio del conocimiento, una autoridad

incon-testada para decir e imponer lo que había que creer y obrar.

«La difusión del conocimiento fuera del con-trol y de la dependencia de la Iglesia entre los «laicos», la separación de la Iglesia y del Esta-do, trajeron consigo, en el siglo X X , una «con-testación» global del poder clerical de enseñar y de obligar, de forzar y amenazar: en nuestros días, la teología del temor ya no tiene audiencia y el público está tanto o más instruido que quienes «ofrecen» la religión» (4).

El temor del infierno no es ya suficiente para hacer que se viva como cristianos. Pertenecería, pues, a un mundo superado y ya no tendría sitio en la predicación cristiana de hoy día.

Este silencio tiene, según creo, razones toda-vía más profundas. Admitamos que una transfor-mación social y política del mundo haya podido conducir a no servirse ya de la predicación del

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1. Misión imposible

infierno como motivación de temor para arrastrar a la práctica religiosa. ¿Por qué esta revelación, que tan amplio lugar tiene en el Evangelio, ha pasado en silencio, precisamente en este siglo, en el que la profundización de los estudios bíblicos ha hecho redescubrir de forma tan notable la ac-tualidad del Evangelio y de la Palabra de Dios?

Una transformación de la sensibilidad colectiva

No es sólo el mundo que nos rodea lo que ha cambiado, sino nuestra sensibilidad y nuestro pen-samiento, nuestras relaciones con el mundo y con los demás, y en definitiva, nuestra concepción mis-ma del hombre. Ha cambiado el hombre y no po-demos mantener el mismo lenguaje. El progresivo descubrimiento de la totalidad del mundo, las co-municaciones sociales que nos permiten conocer la voz y el rostro de los hombres de todos los países, han engendrado, poco a poco, un profundo senti-do de la solidaridad humana. A nivel de sensibili-dad y de corazón, el anuncio del infierno provoca en nosotros reacciones y preguntas que los anti-guos no se planteaban o no se atrevían a plantear-se, toda vez que expresarlas hubiera sido ya pecar. Esta censura está superada.

Las preguntas planteadas por la vida son au-ténticas preguntas que no se pueden resolver con el recurso a una prohibición de su planteamiento. He aquí las que yo veo a propósito del infierno: — ¿Cómo podrá una madre ser eternamente feliz

en el cielo mientras su hijo sufre atrozmente para siempre en el infierno?

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— ¿Cómo podrá una esposa olvidar eternamente a su esposo hasta el punto de ser perfectamen-te dichosa, sabiéndole a él eperfectamen-terna y espantosa-mente desgraciado para siempre?

— ¿Cómo podrán los hijos tener un gozo perfec-to para siempre mientras están sus padres con-denados?

— ¿Cómo podrá un sacerdote ser eternamente feliz mientras los hombres que tenía a su car-go se verán eternamente condenados, quizá en parte por su culpa?

— ¿Cómo podrá la Iglesia, Pueblo de Dios, cele-brar para siempre su alegría si un gran número de personas se ven condenadas, quizá incluso porque esa misma Iglesia no ha sido suficien-temente fiel al Evangelio?

— ¿Cómo ser feliz sin los otros, sin todos los otros?

Las preguntas que hace la gente son también nuestras preguntas. Los bienaventurados, ¿esta-rán en el cielo ignorantes para siempre de lo que pasa en el infierno, como en esos Estados totalita-rios, en los que se disimulan ante la opinión las cárceles y los lugares de tortura?

Y si conocemos su sufrimiento, ¿cómo podrá nuestra alegría ser perfecta?

Una nueva concepción del hombre

Pero las mayores dificultades nacen hoy día en el plano de la reflexión. ¿Cómo pensar en el in-fierno? ¿Qué palabra acerca del hombre puede

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1. Misión imposible 2¡>

entregársenos en el corazón de esa fe? ¿Qué pala-bra acerca de Dios?

La intuición de Claudel nos alcanza a todos, hoy día, cuando escribe: «Si me son necesarios todos vuestros astros, cuánto más todos mis her-manos.» ( 5 ) El poeta no expresa ahí únicamente un sentimiento, sino un pensamiento. Y un pensa-miento que está en el corazón de la mentalidad contemporánea. Ese pensamiento va ligado a una mutación muy profunda de la concepción del hom-bre que se ha producido en la mitad del siglo XX y que, sin decirlo, ha sido prácticamente homolo-gada en el Concilio Vaticano I I . Este cambio de antropología es el que no permite ya hoy día hacer los mismos razonamientos que ayer.

El pensamiento de la Iglesia occidental ha es-tado largo tiempo impregnado de una concepción del hombre tomada del platonismo. A través de las grandes obras de Marius Victorinus, de San Agustín, de Dionisio Areopagita, ese platonismo ha marcado el pensamiento, la ética y la sensibili-dad misma de la Iglesia. El hombre quedó defini-do por su alma.

El punto de mira de la Iglesia es la salvación de las almas. Los habitantes de un pueblo se cuen-tan en «almas».

En semejante perspectiva antropológica, la realidad fundamental del hombre es su vincula-ción con Dios, quien le inspira directamente su alma y la hace a su imagen. Los demás no están en

(5) PAUL CLAUDEL, «Cantique de Palingre», La mai-son fermée, p. 304.

(35)

relación con él más que a través de su propia unión con Dios. Por eso, si Dios los rechaza en un

juicio justo, ya no son nada para mí; más aún, yo me incorporo en Dios al juicio de Dios y los

con-deno con El.

Hoy día ha nacido una nueva antropología que rápidamente se ha convertido, en sus líneas esenciales, en bien común de la Humanidad con-temporánea. El cuerpo ya no es sólo el lugar de exilio de un alma esencialmente espiritual o la par-te unida de un compuesto de dos parpar-tes, de las que una sería materia y la otra espíritu, aun cuan-do al final se admita que esas cuan-dos partes no for-man más que un todo.

El cuerpo es el hombre mismo. Sí, el hombre modelado por Dios, no fuera del mundo, sino en el corazón del mundo, al término de la admirable evolución de la materia hacia la vida y hacia el pensamiento.

«El hombre no sólo tiene un cuerpo; es ese cuerpo.» ( 6 ) Por el cuerpo nos encontramos en el mundo, surgidos de su historia, solidarios de su aventura.

«El cuerpo es un fragmento del mundo que nos pertenece de tal manera que somos ese frag-mento.» ( 7 ) «Nuestro ser es esencialmente un ser-con.» ( 8 )

Esta realidad ontológica constituye el funda-mento radical de toda solidaridad humana: el

(6) W. KASPER, Jesús le Christ, p. 301 (trad. cast: Jesús, el Cristo, Sigúeme, Salamanca, 1978).

(7) Ibid,, p. 302.

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1. Misión imposible

cuerpo viene a ser así «presencia del mundo en el hombre y del hombre en el mundo» ( 9 ) .

Pero eso que es verdad del mundo es más ver-dad aún de los demás. Hemos salido, en el sentido más fuerte de la palabra, de la misma cepa, perte-necemos a la misma historia desde hace millones de años y estamos enrolados en el mismo destino: si el mundo está en mí y yo en él a nivel de comunes orígenes, es preciso decir también que

los otros están en mí y yo en ellos.

Estas consideraciones no son sólo especulati-vas; se han convertido en prácticas. Esta ontología se ha visto expresada en una psicología. El sentido de la solidaridad humana universal es una de las adquisiciones más positivas de la mentalidad mo-derna. Esta solidaridad ha entrado en la concien-cia, es lo mejor de la vida.

La técnica de los medios de comunicación so-cial ha sido un elemento decisivo en esta toma de conciencia.

La misión del hombre se ha hecho planetaria, y su conciencia vive cada vez más como ideal esa solidaridad universal. La Humanidad ya no es úni-camente una palabra, sino una multitud de ros-tros, y el hombre de estos tiempos se siente llama-do a ser «hermano universal». Por más que este ideal esté lejos de verse realizado, queda la utopía motriz de la construcción de un mundo más huma-no: ¡llegar a ser todos solidarios!

Indudablemente, hay en esto un inmenso pro-greso. Pero, ¿cómo anunciar en este contexto

(37)

cio-cultural, en el corazón de esta Humanidad, que adquiere conciencia de su unidad y vive cada vez más la solidaridad, cómo anunciar el misterio cristiano de los fines últimos que serán un último desgarrón del tejido humano y del universo mis-mo, en el que la felicidad de una parte de los hombres podrá coexistir con la conciencia de la desdicha irreparable de todos los demás?

¿Qué palabra sobre el hombre, qué Buena No-ticia para el hombre, podemos anunciar hoy en este terreno?

Y para terminar, hemos de añadir: ¿Qué pala-bra sobre Dios? Porque el rostro de Dios se nos revela a nosotros en la historia de los hombres. Jesús nos revela en el Evangelio el Rostro de Dios que salva; ¿habrá que añadir que nos revelará también, al fin de los tiempos, el Rostro espantoso

del Dios que condena?

No nos corresponde a nosotros rehacer la Re-velación, sino escucharla. Nuestra palabra acerca del hombre, lo mismo que nuestra palabra sobre Dios, no puede ser otra para el hombre de hoy que la del Evangelio. ¿Cuál es, pues, esa Palabra de Dios?

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Cómo los infiernos

pasaron a ser el infierno

No nos toca inventar el mensaje, sino transmi-t i ó . Antransmi-tes de hablar transmi-tenemos que escuchar. An-es de traducir hemos de comprender. Aun cuando la palabra que nos anuncia el misterio del juicio, la tólvación de los justos y la condenación de los vprobos sea dura, tenemos que oírla porque viene Je Dios. La palabra de Dios nos ha sido

comunicá-is en Jesucrcomunicá-isto como Palabra de salvación. Toda

».iIubra de Cristo ha de ser recibida como

alimen-(i de vida. Sólo entonces podemos anunciarla co-mo Buena Noticia.

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En cuanto a nosotros, no se trata de eludir ni una sola palabra, ni una sola letra del mensaje evangélico, sino de dejar que penetren nuestro co-razón hasta que en ellas descubramos la revelación del Dios de amor. No rechazar las palabras duras del Evangelio por el hecho de que no nos conven-gan. Más bien, acogerlas en la fe hasta que todas ellas se conviertan en fuentes de luz y de alegría.

¡Qué camino para recorrer! Del sheol al infierno

No podemos entender el significado del men-saje evangélico si no es reencontrando sus raíces en el Antiguo Testamento. Para anunciar el miste-rio del juicio, el de la salvación de los elegidos y el de la condenación de los reprobos, Jesús se sirvió constantemente de los temas e imágenes de la Bi-blia. Si nos atenemos a las palabras, todo cuanto El afirma parece estar ya dicho. Y, sin embargo, en El todo es nuevo. Descubriendo a la vez esta

continuidad y esta novedad es, sin duda, como más profundamente se penetra en el mensaje del Nuevo Testamento.

Pero el Antiguo Testamento transmite ya una historia, una evolución, unos progresos. La histo-ria de un pueblo que, bajo la acción del Espíritu, se convierte en revelación del designio de Dios sobre el hombre, manifestación del misterio de Dios entre los hombres: epifanía de su Amor.

Al principio, el sheol judío es simplemente la morada de los muertos. Parece ser que podría en-contrarse su equivalente en más de un pueblo

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pa-2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 31

gano, en el griego o egipcio, por ejemplo: la Biblia usa sus términos: el hades o el tártaro. Es un mundo subterráneo, «el mundo de abajo» (Sal 1,12). Los muertos moran allí todos juntos en una especie de vida disminuida, sin fuerza y sin actividad; son sombras, los «refaim», cuya mo-rada es «polvo y tinieblas».

El aspecto más desgarrador de su condición es no solamente la separación de los suyos, sino la separación incluso de Dios. Dios parece haberlos olvidado para siempre: «Soy como un hombre aca-bado: relegado entre los muertos..., aquellos de los que no te acuerdas más...» (Sal 88,6) Por eso, en este lugar de desgracia las voces se apagan y ni siquiera se escuchan ya las alabanzas a Dios: «La morada de los muertos no puede alabarte, ni la muerte celebrarte...» (Is 3 8 , 1 8 ) . «Porque, en la muerte, nadie de ti se acuerda; en el sheol, ¿quién te puede alabar?» (Sal 6,6; cfr. Sal 30,10; Bar 2,17). De este modo, el sheol queda para siempre encerrado en una desolación y una sole-dad eternas.

Sin embargo, en medio de esta noche un grito resuena. Al principio es la voz suplicante de la que

se hace eco el salmo 88:

Me has echado en lo profundo de la fosa, en las tinieblas, en los abismos... cerrado estoy y sin salida, mi ojo se consume por la pena. Yo te llamo, ¡oh, Yahvé!, todo el día, tiendo mis manos hacia Ti.

¿Acaso para los muertos haces maravillas, o las sombras se alzan a alabarte?

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íSe habla en la tumba de tu amor, de tu lealtad en el lugar de perdición?

¿Se conocen en las tinieblas tus maravillas, o tu justicia en la tierra del olvido?

Mas yo grito hacia ti, Yahvé... ¿por qué, Yahvé, mi alma rechazas, lejos de mí tu rostro ocultas? (Sal 88,7-15).

«¿Acaso para los muertos haces maravillas?» Pues bien, sí. El Señor ha oído su grito. Jonás queda para siempre como el modelo y arquetipo de cuantos han llamado al Señor desde el fondo del abismo y han sido salvados:

«Entonces, Jonás oró a Yahvé, su Dios, des-de el vientre des-del pez. Dijo: Desdes-de mi angustia clamé a Yahvé...; desde el seno del sheol grité y tú oíste mi voz... Echó la tierra sus cerrojos tras de mí para siempre, mas de la fosa tú sacaste mi vida, Yahvé, Dios mío» (Jon 2,2-7).

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Esta Luz de Dios en medio de las tinieblas de la muerte lleva consigo un esclarecimiento nuevo. Su venida opera un discernimiento definitivo; es un juicio que separa para siempre a buenos y ma-los. Los profetas escenifican ese gran juicio de Dios sobre todos los pueblos: «¡Despiértense y suban las naciones al valle de el-Señor-juzga (Josa-fat)! Que allí me sentaré yo para juzgar a todas las naciones... Porque está cerca el Día de Yahvé en el valle de la Decisión.» (Joel 4,12-14.) Y así, también, las grandes imágenes apocalípticas del profeta Daniel, en quien el juicio se reserva al Hijo del Hombre (Dn 7,13).

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2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 33

Dentro de una línea paralela de búsqueda y de fe, se establece en el interior del sheol una especie de corte entre justos e injustos. He aquí la última morada en las tinieblas de los grandes héroes pa-ganos que hicieron temblar la tierra:

«Hijo de hombre, haz una lamentación so-bre la multitud de Egipto, hazlos bajar, a él y a las hijas de las naciones, majestuosas, a las mo-radas subterráneas, con aquellos que bajan a la fosa... Bajaron al sheol con sus armas de guerra..., se les ha puesto la espada bajo su

cabeza y los escudos sobre sus huesos...» (Ez 32,17-28).

Tal será para siempre la suerte de los impíos, olvidados de los hombres, rechazados por Dios. Para ellos, los infiernos se convierten en el infier-no. El juicio de Dios ha hecho de su muerte una condena.

Pero para los justos ocurre algo completamen-te distinto: el sheol se ilumina con un rayo de esperanza. El juicio de Dios será su salvación. Su reclusión se convierte en espera del Salvador. En Job el misterio del justo sufriente hace que estalle esta esperanza:

«Job tomó la palabra y dijo: Bien sé yo que mi Defensor está vivo y que El, el último, se levantará sobre la tierra. Y una vez destruida esta piel que es mía, con mi carne veré a Dios...» (Job 19,1.25-26).

De esta forma, poco a poco, sobre la mansión de los muertos se levanta la esperanza de una re-surrección. Pero esta misma resurrección será la

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ejecución del juicio de Dios: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno.» (Dn 12,2.) Así, desde el Antiguo Testamento está ya presente en el hori-zonte de la historia, el último juicio que preside el Hijo del Hombre en la magnificencia de su gloria. Desde entonces los infiernos vienen a ser para siempre el «lugar» de la condenación donde los impíos se ven privados de la vida eterna, mientras que los justos, con los patriarcas, los mártires, los santos, entran en la gloria de Dios para siempre e inauguran el cielo.

Cristo habla del infierno

A primera vista parece claro que Cristo recoge los temas y los términos mismos del Antiguo Tes-tamento. Todas, o casi todas las imágenes que em-plea, habían sido ya empleadas en la Biblia y formaban parte dei mundo cultural de su tiem-po: el fuego y los gusanos, el llanto y el rechinar de dientes, y especialmente el gran tema del Juicio que recorre todo el Evangelio. En la parábola del rico malo, vuelve el Evangelio sobre el sheol. La morada de los justos, a la que es conducido Lázaro en el seno de Abraham, está separada por «un gran abismo» del lugar de perdición de los conde-nados donde se sumerge el mal rico: uno y otro están «en la morada de los muertos» (Le 16,22-2 6 ) . Hace aparición un nuevo término para desig-nar el lugar de perdición: «la gehenna». Este lu-gar maldito donde antaño se habían sacrificado

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2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 35

niños a Moloch (2 Cor 28,3) y donde, al parecer, se quemaban incesantemente los deshechos, se ha-bía convertido, en la literatura apocalíptica, en símbolo de maldición, incluso de maldición eter-na. En Mateo se emplea diez veces para significar

el lugar de la condenación eterna: el infierno. Pero no está ahí la originalidad del Evangelio. En primer lugar, hay que reconocer abierta-mente lo siguiente: Cristo habla frecuente e insis-tentemente de un juicio que conduce a la salva-ción de unos y a la condenasalva-ción de otros. Para decirlo en nuestro lenguaje actual, Cristo habla

del cielo y del infierno.

Antes de nada, se impone una advertencia: Cristo tomó sus distancias con respecto a cierto número de temas del Antiguo Testamento, más exactamente en relación a toda una concepción del mesianismo. Rechaza claramente un mesianismo temporal. Rehusa ser rey en el sentido político. Rechaza usar de su poder mesiánico para aplastar a sus enemigos o para colmar a sus amigos de alimentos terrestres o de honores mundanos. Mientras sus discípulos le incitan a usar su poder contra quienes no les habían recibido: «Manda que baje fuego del cielo sobre ellos». El se vuelve y les responde: « N o sabéis de qué espíritu sois.» (Le 9,55; cfr. Trad. Ecuménica de la Biblia, nota p). No, El no había venido para aplastar a los hom-bres, sino para salvarlos, curarlos, perdonarles, darles la vida. Ese es su mesianismo: el del Siervo sufriente de Isaías.

Y, sin embargo, este mismo Jesús que lleva el nombre de Salvador, que elige un mesianismo de

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servicio, de sufrimiento y de perdón, anuncia re-petidas veces el juicio de Dios en términos terri-bles. La mayoría de las parábolas en los Sinópticos acaban con la grave amenaza de la condenación de los pecadores: «Recoged primero la cizaña y atad-la en gavilatad-las para quemaratad-la» ( M t 13,30). Juan no ignora este juicio y habla de él a su manera. Pueden interpretarse estas imágenes, recordar el fondo mítico, pagano o judío, del que son deudo-ras, pero no es posible, sin deformar el Evangelio, eliminar la realidad que anuncian.

«Hay que tomar en serio a Jesús cuando utili-za las más violentas y más despiadadas imágenes escriturísticas del infierno: 'el llanto y crujir de dientes en el horno ardiente' (Mt. 1 3 , 4 2 ) , 'la ge-henna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga' (Me 9, 43-48; cf. Mt 5 , 2 2 ) , donde Dios puede 'perder el alma y el cuerpo' ( M t 19, 2 8 ) » i ( 1 ) .

«Cada vez que los Evangelios hablan de este infierno, lo hacen con un realismo pretendido... Alcanza al hombre entero (Me 9,43-48). Es eterno (Me 3,29)... Sin embargo, buscaríamos en vano en los Evangelios la descripción de las diversas penas del infierno tal como las descri-ben la apocalíptica judía de aquella época y la de los primeros tiempos cristianos (por ejemplo, el apocalipsis de Pedro). Lo que cuenta única-mente para Jesús es expresar la temible grave-dad del juicio de Dios, cuya sentencia es inape-lable. En sus labios, el término «gehenna»

de-(1) X. LEON-DUPOUR, Vocabulario de Teología Bíbli-ca. Herder, Barcelona, 1966, p. 376.

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2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 37

signa dos ideas: a) la «gehenna» es tiniebla (Mt

8,12; 22,13; 25,30) y significa la exclusión de la luz de Dios; b) en la gehenna habrá «llanto y

rechinar de dientes». Este «llanto y rechinar de dientes», frente a la comunidad de mesa de los paganos con los patriarcas, son la expresión de la desesperación que se experimenta a causa de la salvación perdida por propia culpa. Tal es el infierno (2).

Podrá alguien decir: ¿y qué hay de nuevo en todo esto?; ¿no se había dicho ya? ¿No se conten-ta Cristo con asumir por su cuenconten-ta la revelación y los términos mismos del Antiguo Testamento?

No obstante, la verdad es que todo es nuevo. Cristo no aporta un elemento nuevo a esta revela-ción, sino que los renueva todos radicalmente.

Allí donde nos hemos encontrado con mitos paganos, progresivamente iluminados por la reli-gión y la cultura judías, penetramos en el universo

cristiano. El infierno, en adelante, forma parte del universo asumido por Cristo; entra en el misterio de la salvación.

Lo que cambia todo, lo que da gravedad a esas afirmaciones, es que Cristo lo asume todo por su propia cuenta.

El Juicio de Dios en el último día, al fin de los tiempo, será El mismo en persona quien lo ejerza. Si toma con tanta frecuencia la expresión de Da-niel «el Hijo del Hombre» para designarse a sí mismo, es para llegar a esta última afirmación en

(2) J. JEREMÍAS, Théologie du Nouveau Testament,

Cerf, París, 1973, t. I, p. 166 (trad. cast: Teología del N.T.,

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(3) Ibid.

la que se sitúa como el Juez soberano del Juicio último: «Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, se senta-rá en su trono de gloria. Sesenta-rán congregadas delan-te de El todas las naciones...» (Mt 25,31-32).

Afirmación exorbitante, puesto que Jesús to-ma para sí lo que pertenece a Dios solo: el Juicio último.

«Esto acrecienta singularmente la gravedad de sus palabras: Jesús no habla sólo del infierno como de una realidad amenazadora; anuncia que «El mismo enviará a sus ángeles para arrojar en el horno ardiente a los agentes de iniquidad» (Mt 13,41) y pronunciará la maldición: «Apar-taos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41). Es El quien declarará: «Nos os conoz-co» (Mt 25,12), «Echadle a las tinieblas de fue-ra» (Mt 25,30)» (3).

Más aún. Si es el propio Jesús quien pronun-cia el juicio, es también en relación a la actitud

con respecto a El por lo que, en definitiva, serán todos juzgados. Los enemigos de Dios son sus ene-migos. La repulsa de Jesús es repulsa del propio Dios. Los que no escuchan su voz, los que se nie-gan a oírle, los que no creen en El, ésos serán condenados: «Los ninivitas se levantarán en el Jui-cio contra esta generación y la condenarán; por-que ellos se convirtieron con la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás.» (Mt 12,41). Y en Juan: «El que no cree ya está juzga-do, porque ha rechazado la luz.» (Jn 3,18).

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2. Cómo los infiernos pasaron a ser el infierno 39

Igualmente, Jesús asume con autoridad las sanciones establecidas por la ley mosaica contra todas las palabras y actitudes que puedan perjudi-car al prójimo (Mt 5,21-22), pero las agrava con-siderablemente, o más bien cambia radicalmente su alcance. Para mejor o para peor, todo lo que de bien o de mal hayamos hecho a los otros, es a El a

quien se lo hemos dado o rehusado: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos herma-nos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis.» (Mt 25,40) «Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo. E irán a un castigo eterno y los justos a una vida eterna.» (Mt 2 5 , 4 5 - 4 6 )

Tal es la asombrosa gravedad y grandeza de la vida humana a la Luz de Cristo. Todas las relacio-nes con los demás, en la familia o en la ciudad, nos colocan en presencia de Jesús mismo y, por medio de El, en presencia de Dios. Esto es verdad para todos. Para todos, el amor o el rechazo del amor llevará consigo la felicidad o la desgracia eternas, el cielo o el infierno. Y el que los juzgará al fin de los tiempos será el mismo a quien habrán acogido o rechazado en el otro, aun sin conocerle: Cristo. Semejante revelación pertenece al corazón del Evangelio. Es central. Ilumina el misterio de Cris-to, el misterio del hombre. Penetra y transforma toda la ética pagana o judía para convertirla en ótica cristiana. Y esa perspectiva que abre sobre el más-allá arroja una luz decisiva sobre toda la his-toria humana en la irradiación de Cristo, el Se-ñor.

(49)

Queda un enigma: ¿Cómo ese Jesús que nos dice: « N o he venido para juzgar a los hombres, sino para salvarlos», puede ser, al mismo tiempo, el Juez que dirá a los reprobados: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles» (Mt 2 5 , 4 1 ) ? ¿Cómo es posible que el que ha venido a buscar la oveja perdida y a llevarla sobre sus hombros para que la Humanidad entera se reúna en un único redil, sea al mismo tiempo el que divide definitivamente a los hombres, enviando a unos al cielo y a otros al fuego eterno? ¿Cómo es posible que el que vino a salvar a todos y derramó su sangre en la Cruz por la multitud, es decir, por todos, sea al mismo tiempo el que condena a una parte de la Humani-dad, perdida para siempre? ¿Será Salvador en la historia y Juez en el más-allá? La revelación de su gloria al final de la historia, ¿no será la del Salva-dor de todos?

No podremos responder perfectamente a estas preguntas si no es en la luz de la eternidad. Pero tenemos derecho a plantearlas en la fe. La inteli-gencia del misterio no puede consistir en eliminar uno de los dos términos, como tantas veces se ve uno tentado a hacer, sea el realismo del infierno, sea la certeza de la salvación universal. Por el con-trario, manteniendo firmemente ambos polos de nuestra fe, descubriremos en su profundidad el esplendor del misterio de la salvación.

(50)

¿Quién, pues,

se podrá salvar?

He aquí la cuestión que más nos interesa. ¿Podemos esperar encontrarnos un día iodos jun-tos en el gozo de Cristo? ¿Se salvarán todos o sólo algunos? Por dos veces y de dos maneras diferen-tes llegan los discípulos a plantear la pregunta a Jesús: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» (Le 13,23). Tras la marcha del joven rico que rehusa seguirle y la declaración de Jesús sobre la incapaci-dad de los ricos para entrar en el Reino: «Pues,

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Jesús no responde directamente a estas pre-guntas. O más bien, El mismo es la Respuesta. También hemos de escucharla.

Después de lo que sabemos del juicio, podría-mos responder sin reflexionar más: «Desde luego que no, todos no pueden salvarse, puesto que hay condenados.» Pero ahora debemos releer estos textos en la totalidad de la Escritura para descu-brir su verdadero sentido, que quizá no sea el que nosotros habíamos pensado.

Poner juntos, como lo hemos hecho, todos los textos que anuncian la condenación de los repro-bados tiene algo de artificial. Construir una predi-cación del Evangelio a partir de esos únicos textos sería falsear radicalmente el sentido del Evangelio. La totalidad de esta enseñanza, que no puede pasarse en silencio, debe ser resituada en el con-junto de la Buena Noticia para que podamos des-cubrir su significado definitivo.

Jesús, Salvador de todos

Jesús no se presenta a sí mismo como el que condena, sino como el que salva. Esta es la gran perspectiva que domina lodo lo demás y que per-mite iluminarlo.

Porque lo que se nos ha revelado es no sólo que Jesús es Salvador, sino que es Salvador de todos.

La fe postpascual de los apóstoles y de los discípulos descubre progresivamente en el Jesús de Nazaret a quien ellos conocieron y amaron, que murió y resucitó, al Señor, al Hijo de Dios, al

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3. ¿Quién, pues, se podrá salvar? 43

Creador de todas las cosas. Pero su gloria consiste en ser el Señor que salva: el Salvador.

Es preciso que reencontremos esta fe en el Salvador en algunos textos principales de las car-tas de Pablo. En primer lugar, en el gran texto de la carta a los Colosenses ( 1 , 1 2 - 2 0 ) . Este texto, así como el de la carta a los Filipenses ( 2 , 5 - 1 1 ) , es muy probablemente la transcripción de un himno de la liturgia cristiana primitiva. Es decir, que ex-presa verdaderamente la fe de la primera genera-ción cristiana:

«...dando con alegría gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz.

El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados. El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda creación, porque en El fueron creadas

todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las

visibles y las invisibles, los Tronos, las Domina-ciones, los Principados, las Potestades.

Todo fue creado por El y para El; El existe

con anterioridad a todo y todo tiene en El su consistencia. El es también la Cabeza del Cuer-po de la Iglesia.

El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea El el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la plenitud y reconciliar por El y para El todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su Cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos»

(Col 1,12-20).

El eje de esta magna revelación quizá ha sido, en primer lugar, señalar la trascendencia de Cristo

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en relación a todos esos poderes invisibles, benéfi-cos o maléfibenéfi-cos, que preocupaban a los espíritus cercanos al paganismo o seducidos por la gnosis: Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades

(cfr. Ef 1,21).

Pero la luz de este gran texto supera con mu-cho esa coyuntura, hoy día sobrepasada. La pala-bra todo aparece ocho veces en el corto pasaje. Porque eso es lo esencial del mensaje que todavía hoy nos concierne: Que Jesús Creador de todo es

también el Salvador de todo.

La estructura del himno es de una importancia capital para la comprensión del misterio cristiano. Tras una llamada a la acción de gracias al Pa-dre que nos ha permitido tener parte en la heren-cia de los santos en la luz, dos estrofas a la gloria

de\ Hijo.

La primera canta al Hijo Creador, «Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda creación...,

todo fue creado por El y para El». La segunda, al Cristo Salvador. Es «una nueva creación» por su Resurrección: «El que es el Principio, el Primogé-nito de entre los muertos..., pues Dios tuvo a bien... reconciliar por El y para El todas las

co-sas». Es decir, que la creación nueva, por encima del pecado, renueva en Cristo, por su resurrec-ción, a la totalidad de la creación: todo ha sido creado por El y para El, todo ha sido reconciliado

por El y para El. El universalismo de la salvación en Jesucristo alcanza a la totalidad de la creación en el Hijo.

Ese es el eje fundamental de toda la

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