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Los santos van infierno

Los santos van al infierno

(2) TERESA DEL NIÑO

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su ternura es tal, que ni siquiera el infierno puede detenerla.

Hoy, Silvano ya ha muerto. Y Teresa del Niño Jesús, y el Santo Cura de Ars. Pero no lo dude- mos, hay otros que llevan en su cuerpo y en su espíritu el llamamiento de Cristo a bajar con El, en solidaridad con todos los pecadores, hasta el fondo de los infiernos, y a ofrecer con El «la san- gre del corazón». Esta intercesión durará hasta el fin del mundo.

En esta oración, en esta ofrenda por la salva- ción de todos los hombres, los santos no están muertos, sino vivos. podríamos imaginar que quienes toda su vida alimentaron por la gracia del Espíritu, en lo más profundo de su ser, deseo de la salvación de todos y la ofrenda por la salvación de todos, vayan a dejar de vivir aquello que constituyó lo mejor de sí mismos y vayan a dejarlo a partir del momento en que entran en la plenitud de vida del cielo? El sufrimiento pasa, pero la intercesión sigue. La carta a los Hebreos nos muestra en el cielo «a Cristo siempre vivo para interceder por nosotros; de ahí que esté en condiciones de salvar de forma definitiva» (cfr. Heb Y todos los santos con El.

El misterio de la tiempo de

Esta perspectiva nos abre una dimensión nue- va del misterio de la historia. La historia santa del pueblo de Dios no termina con la historia de la Iglesia en la tierra, acaba en el cielo. Más allá de

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la muerte es donde cada uno dará la plena medida de la irradiación de su amor, ya sin medida, pues- to que bebe en las fuentes de Dios. Teresa del Niño Jesús decía al morir: «Va a empezar mi

sión».

La salvación está conseguida para todos y siempre en Jesús muerto y resucitado por noso- tros. Pero el anuncio, la irradiación, el cumpli- miento de esta salvación hasta los confines del mundo, es obra de larga duración. Se necesitará mucho tiempo hasta que la última oveja perdida sea devuelta al aprisco. ¿Cuánto tiempo? Es el secreto de Dios.

Ese tiempo, ese día de la plenitud de la salva- ción, será el Día del advenimiento de Cristo salva- dor del mundo. Dijo Jesús: «Nadie sabe el día ni la hora, ni siquiera el Hijo, sino únicamente el Padre»

Ese instante está más allá del tiempo. No se sitúa en la sucesión de los días y de las horas, de los años y de los siglos de nuestros calendarios. Ya sabemos que antes de la aparición de la tierra y del sistema solar, en la evolución cósmica, no había años, ni días, ni horas. Pero nosotros

dificultad en imaginarnos una duración mis- teriosa cuya medida era la maduración del mundo con la aparición del sol, de la tierra y del hombre. Eso duró «el tiempo necesario» para que el mun- do se hallara dispuesto para la aparición de la tierra y del hombre. Tal es el sentido de la histo- ria cósmica en los dos primeros capítulos del Gé- nesis.

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Lo mismo al otro cabo de la historia: el tiem- po de la intercesión en el cielo, de Cristo, de Ma- ría y de los santos no se mide en días y años. Durará «el tiempo necesario» para el pleno cum- plimiento del misterio de salvación y la plena glo- rificación de Cristo creador y salvador del univer- so. Hasta que en la tierra todos los pueblos hayan escuchado la Buena Noticia y en el cielo todos los hombres hayan sido reunidos en Cristo.

La medida de esta duración espiritual de la historia de la salvación es la paciencia de Dios: « N o se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la

Pe 3,9).

El misterio de la historia es ser a la medida de la misericordia de Dios: nadie conoce sus

¡si es que existen! Tiempo de gracia, tiempo de perdón, tiempo de misericordia, era de la salva- ción hasta que todos sean reunidos en Cristo: «Porque plugo a Dios reconciliarlo todo por El y para El, sobre la tierra y en los cielos, habiendo establecido la paz mediante la sangre de su Cruz»

(Col 1,20).

Ese será «el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos» Tes Sí, allí se encontrarán todos, a la vez como testigos de la gloria del Creador y del Salvador y como participantes con El para siempre de la salvación de todos los hombres, que constituirá su felicidad.

Toda la historia se halla en camino, en tensión hacia ese término dichoso. Lo espera y lo prepara.

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Será una última manifestación del amor gratuito de Dios más allá de cuanto hayamos podido

y aun esperar. Al mismo tiempo, será el fruto de todo el esfuerzo, de toda la ofrenda, de toda la oración de la Virgen y de todos los santos. Enton- ces descubriremos que toda la historia es la pro- gresiva manifestación de su misericordia infinita, la epifanía de Dios que es Amor, la irradiación de su gloria hasta los confines del mundo, y no sabre- mos sino cantar nuestro agradecimiento.

Toda la historia del mundo aparecerá ilumina- da por su Rostro, embellecida por su gracia, y toda criatura proclamará a Jesús, Hijo del Hom- bre, Creador y Salvador del mundo: «Cuando hayan sido sometidas a El todas las cosas, enton- ces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a El todas las cosas, para que Dios sea

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