Prof Abraham Zylberman
IV. La cristalización de las ideas
El antisemitismo sedujo los espíritus porque no exigía esfuerzos: los judíos eran un rival concreto y, además, inofensivo. En este primer tiempo, Alemania estaba demasiado débil para dirigir la atención pública hacia los verdaderos enemigos –Francia, o las potencias aliadas en general– y los grupos de derecha eran dema- siado endebles para atacar a la República de Weimar. Era necesario un oponente lo bastante concreto como para usarlo en la propaganda dirigida a los sectores más populares y lo bastante débil para asegurarles a los nazis una fácil victoria, tanto psicológica como física. Los judíos alemanes llenaban esa necesidad.
A esto se agregó otro factor: conmocionados por la derrota, la revolución y la inflación, los alemanes buscaban una idea a la cual aferrarse. La encontraron en el sentimiento, tantas veces repetido, de su “originalidad nacional”: el alemán es un ser aparte y posee, en sí mismo, una fuerza que le ayudará a renacer. Esta promesa de perduración no aparecía ligada a un territorio (acababa de ser des- membrado) ni a una lengua (los judíos también hablaban alemán), se basaba en la raza. El racismo latente desde fines del siglo XIX renació en el XX con una fuerza nueva; fue exaltado en todas partes: en los movimientos de juventud, en las asociaciones de antiguos combatientes, en las agrupaciones profesionales y en los nuevos partidos políticos.
Uno de ellos fue el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), el cual –fundado en 1919– se consagró al renacimiento de la nación sobre bases totalitarias y racistas. El 24 de febrero de 1920 fue aprobada su pla- taforma, cuyo artículo 4º sostenía que: “No pueden ser ciudadanos del Estado
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más que los integrantes del pueblo. Sólo pueden formar parte del pueblo quie- nes tienen sangre alemana, sin tomar en cuenta su creencia religiosa. Por lo tanto, ningún judío puede ser miembro del pueblo”.
El programa del NSDAP habría sido redactado por Anton Drexler, fundador del partido, y otros integrantes del mismo. Pareciera ser que su versión final fue obra de Hitler. La misma, sin parecerse a programas de otras agrupaciones ul- tranacionalistas, centraba sus propuestas en una política extremista, al igual que las del resto de los partidos derechistas. Este hecho fundamenta la conducta de Hitler en este período temprano: de veintidós discursos partidarios pronuncia- dos entre noviembre de 1919 y fines de 1920, en diez se refirió a la política ex- terna; en siete, a temas afines a ella; y en cinco, a política interna. Los argu- mentos antisemitas –que no faltaban en esos discursos– dependían de su rela- ción con la política exterior. Puede pensarse que su política hacia los judíos se debió a la seguridad de que así atraería hacia el NSDAP a las masas que simpa- tizaban con otras agrupaciones de derecha.
El crecimiento del partido fue inusitado. Hacia 1923 tenía 20.000 afiliados, y en las elecciones de 1930, con casi 2.500.000 votos, obtuvo 107 bancas en el Reichstag (Parlamento). Sus adherentes eran los jóvenes, los desocupados y los descontentos. Estos últimos se dividían en dos grupos: los antiweimaristas y los pangermanistas. Los segundos abarcaban un conjunto de racistas y militaristas y se inspiraban en las ideas que presagiaban el triunfo final del Volk alemán.
Durante la decenio 1920-1930, el desarrollo del partido se produjo a la par de una declinación en la situación de los judíos. En junio de 1922, Rathenau fue asesinado; un ministro de Relaciones Exteriores judío no podía, evidentemente –en opinión de los fanáticos–, menos que pensar en el hundimiento de Alema- nia. En el otoño de 1923 hubo un pogrom en Berlín.
El avance victorioso del NSDAP se debió, más que a otro factor, a Hitler. Dueño de una gran capacidad oratoria y organizativa, se apoderó del partido nazi desde el momento de su ingreso: organizó una guardia armada, con cuyo apoyo fue ampliando su poder autoritario, y desplegó una capacidad de trabajo que abrumaba a sus camaradas. Agregó pocas innovaciones originales a la ideo- logía del partido, pero reforzó su tendencia antisemita con el fanatismo que había asimilado en Viena cuando su alcalde fue Karl Lueger (1844-1910), quien sostenía que los judíos tuvieron oportunidad de obtener ganancias y progresar gracias a la sociedad abierta por el proceso de laicización y el retiro de la Igle- sia de su posición especial dentro del Estado, y de los derechos excesivos que se les habían otorgado, en una nación que debía ser cristiana.
Hitler creyó, de esta manera, que los judíos constituían una peligrosa amena- za, pero también fue bastante sagaz para comprender que el antisemitismo era una poderosa arma política. En una ocasión le dijo a Hermann Rauschning, un tardío adherente al nazismo, luego arrepentido: “Mis judíos son un valioso
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rehén que me han proporcionado las democracias. La propaganda antisemita en todos los países es un medio casi indispensable para la extensión de la cam- paña política. Verá qué poco tiempo necesitaremos para trastornar las ideas y normas del mundo entero con el simple medio de atacar al judaísmo. Es, sin lugar a dudas, el arma más importante en el arsenal de la propaganda”.9
Aunque tuvo muchos precursores en el siglo XIX, que habían manifestado –en su casi totalidad– una reacción contra el liberalismo o la expresión de rei- vindicaciones nacionalistas o raciales, el antisemitismo de Hitler superó a todos ellos. Este odio era nuevo: el judío ya no era un simple “chivo emisario” o un miembro de una raza inferior, sino la causa de todos los males y problemas, el destructor, el envenenador de la sangre aria. No podía enmendarse, y ni el bau- tismo o la abjuración del judaísmo podían redimirlo. La solución era nueva y sencilla: ¡Mueran los judíos! Hasta en los hogares se elevaba esta plegaria:
Bendición de la mesa
Danos, Señor, otro Moisés/y que se larguen con los suyos a otra tierra de promisión./Vuelvan a abrírseles las aguas y que las olas, muy derechas,/parezcan murallas de roca. Y cuando tengas en la acequia/a todo el pueblo de Israel,
dale, Señor, golpe a la tapa,/y, ¡qué tranquilos quedaremos!10
¡Por fin había nacido un antisemitismo trascendental que se prestaba a todos los fines y entusiasmaba a todos los sectores de la sociedad alemana! Los argu- mentos usados contra los judíos diferían según la clase de población entre la que se quería ganar adeptos: al sostener que purgaría a la vida profesional del país de elementos judíos, ofrecía la posibilidad de trabajar al elevado número de graduados de las universidades y las escuelas secundarias y técnicas que no te- nían empleo; al “luchar contra los elementos extranjeros” convocaba a los na- cionalistas; y al concentrar la atención en los judíos como beneficiarios de la in- flación suministraba una “cortina de humo” a los industriales y terratenientes, mientras pasaba como amigo del obrero alemán.
Sin embargo, los judíos no fueron usados sólo para estos propósitos concre- tos. Era necesario encontrarles un lugar en la concepción de mundo hitlerista, basada en “raza” y “suelo”. Allí donde el Estado nazi no alcanzaba aún a resol- ver los problemas y las contradicciones de la sociedad alemana, surgía el judío al acecho, dispuesto a debilitar la existencia nacional del pueblo alemán, a be-
9 Conversaciones políticas con Hitler sobre sus objetivos reales, en Rauschning, Hermann. Hitler me dijo. 1939.
10Poesía nazi del libro editado por la Iglesia Católica de Baviera Kreuz und Hakenkreuz (Cruz y cruz gamada). Munich, s/f. En Poliakov, Leon-Wulf, Josef. El Tercer Reich y los judíos. Bar- celona, 1963.
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neficiarse del trabajo de los obreros alemanes; de tal modo, se intentaba ocultar a los trabajadores alemanes, quienes eran sus verdaderos explotadores. Esta con- cepción fue vertida en Mein kampf, base ideológica del nacionalsocialismo, cuyo hilo conductor es el racismo como problema del espacio vital y exaltación de la raza aria.
El partido nacionalsocialista era considerado un instrumento de esta concep- ción de mundo nacionalista-popular (völkisch), y la tarea suprema del Estado era la “conservación y el incremento de la raza, del Herrenvolk”. La más sagra- da tarea del Estado völkisch consistía en salvaguardar la pureza racial de su pue- blo contra las degeneraciones derivadas de los cruces raciales y de cualquier otra tarea que pudiese contaminar la raza y hacerla –por lo tanto– inferior.
La fuerza de los nazis, aunque débil, comenzaba a ascender en algunos de los estados de la república, al igual que la difusión de su propaganda, que ya co- menzaba a rendir sus frutos. La primera ley antisemita fue promulgada a prin- cipios de 1930, en Baviera: se prohibió la shejitá (degüello ritual de animales). Como en otros estados, los antisemitas tuvieron éxito cuando lograron que sus discusiones sobre ese tema trascendieran el marco partidario.
Un tiempo antes, en febrero de 1930, la fracción nazi en el Parlamento de Sa- jonia exigió la implementación del numerus clausus en los institutos educati- vos de nivel superior. A pesar de que el destacado dirigente y rabino Félix Goldman sostuvo que el objetivo de esa pretensión era una primera señal para anular los derechos civiles de los judíos y reclamó su discusión y votación par- lamentaria, el hecho no produjo reacciones en la opinión pública. La misma, por otra parte, no tenía idea de qué pensaban hacer los nazis con el “tema judío” si llegaban al gobierno. Es que no difundían informaciones al respecto.
La primera sorpresa se produjo a comienzos de junio de 1932, cuando un se- manario –Munchner Wochenschau, del 11 de junio de 1932– reprodujo una de- claración de Goering, considerado –en ese momento– la segunda figura en im- portancia jerárquica en el partido, acerca de los planes hacia los judíos: no había intención de luchar contra la religión e Israel; en todo caso, lo que había era el propósito del régimen de defenderse de los judíos: no toleraría matrimonios de alemanes con miembros de razas no blancas ni, por supuesto, con judíos. Trató también, como ya ocurriera en otras oportunidades, el tema de promulgar una ley que prohibiera la entrada de inmigrantes judíos de Europa oriental y justifi- có la expulsión de aquellos que entraron a partir del estallido de la Gran Gue- rra. Agregó que “todos los judíos que, de una u otra forma, atentan contra el pueblo alemán serán llevados a la frontera y expulsados o castigados, según la ley, por el delito que cometieron”. Continuando con sus declaraciones, Goering recordó la eliminación de los judíos de todos los puestos directivos en la pren- sa, el cine y el teatro, en las escuelas y universidades, y finalizó sosteniendo que los nazis tenían buenas intenciones: “El comerciante judío que tenga una con-
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ducta correcta y quiera permanecer en Alemania como extranjero, bajo la pro- tección de la ley (huésped), podrá desarrollar sus actividades sin ser molestado ni perjudicado”.
Estas declaraciones fueron hechas en ocasión de las elecciones para el Reichstag. Dos meses antes se habían realizado comicios para los parlamentos locales en muchos estados alemanes; entre ellos, Prusia. Allí, el resultado per- mitió al nacionalsocialismo obtener la mayoría, y sobre este éxito se apoyó el partido ante la opinión pública para encabezar, en el Reichstag, la oposición a la república. Comenzó, de esta manera, una etapa de transición hacia la toma del poder.
En este marco, la intolerancia racial y la denuncia de la conjura del judaísmo internacional y el bolchevismo contra la pacífica y laboriosa Alemania consti- tuirían uno de los elementos esenciales para la preparación de la guerra contra los judíos:
[La doctrina judía del marxismo] niega el valor individual del hombre,
cuestiona la importancia de la entidad étnica y de la raza, y priva, así, a la humanidad de la condición previa a su existencia y civilización. Ad- mitida como base de la vida universal, esa doctrina acarrearía el fin de todo orden humanamente concebible. Y así como una ley semejante no podría conducir sino al caos en este universo (...) ella significaría, acá
abajo, la desaparición de los habitantes de nuestro planeta.11
Teniendo como base tales premisas político-ideológicas, el paso de la teoría a la práctica no habría de demorarse mucho.