Prof Abraham Zylberman
III. Hacia el dominio nacionalsocialista (1918-1935)
1. El trasfondo
Hasta el final de la guerra, en 1918, se esperaba en Alemania si no un triunfo, al menos una paz decorosa. El armisticio tranquilizó a los alemanes: su territorio no era invadido, nada perdían. Muchos pensaron que la adhesión al sistema de- mocrático sería bien visto por los vencedores. De esta manera nació el instru- mento para enfrentar este período de profundas conmociones: la República de Weimar.
Aunque se trataba de una sólida estructura democrática, el gobierno –nacido en medio de la vergüenza y la confusión– no logró conseguir el apoyo de gran- des sectores de la sociedad alemana y careció de la imprescindible fuerza para hacer frente a sus enemigos internos y a sus propios problemas. Los junkers, los militares, los industriales y los obreros –grupos que prestaban atención sólo a sus propios intereses– consideraban que la nueva administración era antinacio- nalista y dependía en exceso de las potencias aliadas.
La “paz de Versalles”, con la cual las potencias triunfantes habían creído so- lucionar el problema alemán, trajo consigo la oposición de nacionalistas y pan- germanistas de todas las tendencias, que reivindicaban el orgullo de ser porta- doras del renacer nacional frente a la humillación de la derrota. Las condicio- nes de paz provocaron un doloroso shock: sin haber sido derrotada definitiva- mente, Alemania debía aceptar su división, su desarme, su puesta bajo vigilan- cia y control. Incluso para los moderados esto parecía exagerado, y todos los que se beneficiaban de la nueva situación se convertían en sospechosos, incluso en enemigos.
No obstante, la proclamación de la república favorecía a los judíos: implica- ba una disminución de la influencia de las antiguas clases dirigentes; sin llegar a desaparecer, la aristocracia y la alta burguesía se vieron obligadas a renunciar a sus antiguos privilegios. La sociedad les abrió sus puertas a los judíos, y éstos –por su parte– lo aprovecharon ampliamente. Las profesiones liberales y la ad- ministración dejaron de constituir dominios reservados, y a partir de 1919 ya no tropezaron con barreras que les impidieran asentarse en las ciudades; su emi- gración hacia ellas se aceleró. Esta repentina irrupción en la sociedad y la vida pública significaba, para los judíos, un verdadero problema: aparecieron como los beneficiarios de la victoria aliada, y desde esta perspectiva era tentador pre- guntarse si no habían sido ellos quienes provocaron la derrota o le “dieron una mano” al enemigo.
La república y la asimilación de los judíos se encontraron, así, íntimamente mezclados desde el primer momento y suscitaron una violenta hostilidad. Cada vez más desesperados, muchos alemanes buscaban un argumento tranquiliza- dor que les permitiera explicar la desgracia de su país, y la resurrección del an-
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tisemitismo lo proporcionó: los culpables habían sido los judíos. Renació, en- tonces, la leyenda de la eterna conjura impulsada por el judío, “pérfido animal alojado en el cuerpo de la nación alemana para sabotear sus éxitos”.6
La aparente integración de los judíos contribuyó, en cierto sentido, a agravar el antisemitismo: las reacciones antijudías fueron más violentas que las de fines del siglo XIX. Todas las culpas recayeron sobre los judíos: la pérdida de la gue- rra, Versalles, la inflación, con la que decían que habían lucrado. En síntesis, los judíos eran acusados de haber asestado la “puñalada por la espalda”7a Alema-
nia para lograr su postración.
El desarrollo del antisemitismo se combinó con la antipatía general contra la república liberal de Weimar, a la que se llegó a conocer como “la república judía”: su Constitución fue redactada por un judío, Hugo Preuss; su primer mi- nistro de Relaciones Exteriores, Walter Rathenau, también fue judío. Había sufi- cientes argumentos para que los antisemitas atribuyeran al gobierno ser un ins- trumento de la “conspiración judía” contra Alemania. En este clima apareció un conjunto de organizaciones extremistas, de ideas nacionalistas y antirrepublica- nas. La influencia de estos grupos creció con el correr de los años, ante la debi- lidad de los sucesivos gobiernos y los errores que éstos cometieron.
2. Las ideas
El renacer nacionalista –en el cual se confundía el movimiento pangermanista, siempre vivo– encontró expresión en el racismo feroz e intransigente de los im- pulsores de la “revolución alemana”, la cual –lejos de ser portadora de ideas y de fuerzas nuevas– apelaba a los pensamientos más oscuros de la tradición alemana.
Entre los más eminentes escritores reaccionarios y guía del nacionalsocialis- mo se hallaba Oswald Spengler (1880-1936), autor de La decadencia de Occi- dente, su obra más famosa; un pensador vinculado a las ideas del darwinismo. Splenger exaltaba la guerra “como elemento primordial de la política de todo ser viviente”. Lo que cuentan son las guerras de los hombres contra otros hom- bres, no las luchas de ideales y la divergencia de principios. Contra la demo- cracia, “el peligro del siglo XX”, exaltaba las virtudes del jefe, de la gran perso- nalidad (“lo más importante no es poder actuar, sino poder mandar”), encarna- ción de la raza, fuente de la “energía cósmica”.
Junto con Splenger, pero desde posiciones distintas, el representante más no- table del nuevo renacimiento nacionalista fue Arthur Moeller van der Bruck (1876-1925), reconocido por su obra Das dritte Reich, aparecida en 1923. Como
6 Colloti, Enzo. La Alemania nazi. Buenos Aires, 1986, pág. 10.
7 Mito creado después de la derrota alemana, como respuesta a la desilusión sufrida por los resultados de la guerra, al no haber sido Alemania ocupada por fuerzas extranjeras ni de- rrotada de manera aplastante, dejando flotando dudas acerca de la real situación del país.
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otras obras surgidas de la misma fuente cultural, es una mezcla de filosofía de la historia, sociologismo y literatura visionaria, en la cual la crítica y la autocrí- tica del pasado alemán pretendían fundamentar una evolución alemana que vol- viera a nutrirse de los valores originales del primer Reich germánico.8
El presente alemán ofrecía únicamente desolación: la paz de Versalles fue “una paz que ha mutilado a Alemania, que nos ha robado una parte del suelo patrio”. Aun insistiendo en los temas comunes de los planteos nacionalistas, Van der Bruck percibía –sin embargo– en las heridas de la posguerra y la reac- ción nacionalista, los gérmenes del desquite y de una nueva dignidad de vida (“El pueblo se hace nacionalista, la nación quiere ser libre”). También analizó las grandes ideologías políticas de los tiempos modernos (el marxismo era con- denado por el mismo hecho que Marx –como judío y, “por tanto, extraño a Eu- ropa”– no podía ser sino un intruso en las cuestiones europeas), proponiendo otra nueva síntesis entre democracia y nación, entre socialismo y nación; sínte- sis que podía realizar, en el Tercer Reich, un partido nuevo, distinto de los tra- dicionales: “El partido de todos los alemanes que desean salvar a Alemania por amor al pueblo alemán”.
También le cabe un importante lugar a Ernst Junger, quien –partiendo de la experiencia vivida en el frente europeo de la Gran Guerra– prefiguró lo que ha- bría de ser el hombre de la sociedad futura, surgida de la guerra y forjada por la técnica moderna, llamada a realizar la síntesis de nacionalismo y socialismo. En su visión de una sociedad totalmente anónima y despersonalizada al máximo, el nuevo Estado es dominado por la figura mítica del trabajador (“soldado del trabajo”) y el guerrero, surgidos como ejemplos de un nuevo tipo humano y una nueva jerarquía biológico-racial, una nueva aristocracia.
Walter Darre (1895-1953), que fuera ministro de Agricultura entre 1933 y 1942, contribuyó a la teoría de la raza. Sostuvo, entre otras cosas, que determi- nadas tierras generan una natural aristocracia campesina (alusión a la raza nór- dica). No dudó en proponer que se aplicaran al hombre los mismos métodos de selección de raza adoptados para los animales inferiores, clasificando a las mu- jeres en cuatro categorías y fijando cuáles podrían procrear y cuáles tendrían que ser esterilizadas. Esta tarea estaría a cargo de higienistas, bajo responsabili- dad del Estado.
Esta versión biológico-agraria del racismo nórdico-germano, a la que se pre- tendió dar fundamento objetivo acudiendo a leyes científicas de herencia y se- lección biológica, fue superada por el fanatismo racista Alfred Rosenberg, uno de los más antiguos colaboradores de Hitler. Al publicar, en 1923, Los protoco- los de los sabios de Sión y la política mundial del judaísmo se propuso docu-
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mentar la conjura judía para la conquista del mundo y el estrangulamiento de Alemania (el judío como parásito, como sanguijuela que chupaba la sangre de cualquier herida que se abriera en el cuerpo de una nación). Sus ideas racistas coincidían ampliamente con las expuestas en Mein kampf, particularmente en cuanto al antisemitismo.
La obra principal de Rosenberg, El mito del siglo XX (primera edición de 1930), pretendía ser la “Biblia” del renovado racismo y el “nuevo socialismo”. También para Rosenberg el fundamento del racismo nórdico-germánico lo cons- tituía la exaltación del hombre ario, rubio y de ojos azules, creador de la civili- zación, ideal de belleza y base de la nueva estética racial, encarnación del espí- ritu germánico, al cual el cristianismo incluso debía sus valores eternos: Rosenberg sostenía que todos los valores creativos de Occidente se habían forjado en Ale- mania y que la desaparición de la sangre germánica en Europa significaría el desvanecimiento de toda la civilización occidental. El nuevo Estado debía edi- ficarse superando toda debilidad democrática y parlamentaria de origen semita, como también el bolchevismo.