1. Mas como venimos diciendo que nuestra religión está cimentada sobre los antiquísimos documentos escri- tos de los judíos, cuando es generalmente sabido, y noso- tros mismos lo reconocemos, es casi nueva, pues que data del tiempo de Tiberio.
2. Quizá se quiera por ese motivo discutir su situa- ción, y se dirá que cómo a la sombra de religión tan in- signe, y ciertamente autorizada por la ley, nuestra religión rescata ideas nuevas a ella propias y sobre todo que, in- dependientemente de la edad, no estamos conformes con los judíos en cuanto a la abstinencia de ciertos alimentos, ni en cuanto a los días festivos, ni en cuanto al signo físico que los distingue [la circuncisión], ni en cuanto a la comu- nicación del nombre, lo que convendría ciertamente si fuésemos servidores del mismo Dios.
3. Pero el vulgo mismo conoce a Cristo, ciertamente como a un hombre ordinario, tal cual los judíos le juzga- ron, con lo que se nos tomará más fácilmente por ado- radores de un simple hombre. Mas no por eso nos aver- gonzamos de Cristo, teniendo por honra el llevar su nom- bre y ser condenados por causa de Él, sin que por eso tengamos de Dios distinto concepto que los judíos. Es, por tanto, necesario que digamos algo de Cristo en cuanto Dios.
4. Los judíos habían alcanzado de Dios el privilegio de la gracia en atención a la insigne justicia y a la fe de sus primeros padres, de donde floreció la grandeza de su raza y el poderío de su reino y tanta felicidad que le fue dado oír las voces de Dios, las que les enseñaban a con- ciliarse el favor divino y les prevenían contra todo lo que le ofende.
5. Pero, orgullosos por la confianza en sus antepasa- dos, se apartaron de la divina Ley de un modo impío, cometiendo toda clase de delitos. Aunque ellos mismos no lo confesasen, la desgracia en que hoy están sumidos lo probaría suficientemente. Dispersos, vagabundos, des- terrados, extrañados de su cielo y de su suelo, andan
Cristo, hombre y Dios
No por eso nos avergonzamos de Cristo, teniendo por honra el llevar su nombre y ser condenados por causa de Él, sin que por eso tengamos de Dios distinto concepto que los judíos.
100 Apología contra los gentiles en defensa de los cristianos
errantes por el mundo sin hombre ni Dios por rey,101 no
siéndoles concedido ni siquiera saludar con el pie a su tierra patria, ni como extranjeros vivir en ella.102
6. Cuando voces santas les amenazaban con estas co- sas, ellas mismas no cesaban de anunciarles a la par que en los últimos tiempos, de entre todas las naciones y de todos los pueblos y en todos los lugares Dios se elegiría adoradores mucho más fieles, a los que traspasaría su gracia, y una gracia aún mayor, debido a la capacidad receptiva de una ley superior.103
7. Vino, pues, el que ya estaba anunciado por Dios para reformar e iluminar aquella ley; vino aquel Cristo, el Hijo de Dios. Él era anunciado árbitro y maestro de la doctrina de gracia, el iluminador y conductor del género humano, no ciertamente engendrado de modo que haya de avergonzarse del nombre de hijo o de la semilla del padre, ni del incesto de la hermana, ni del estupro de la hija y de la mujer ajena.104
8. No ha tenido que sufrir a un Dios Padre con esca- mas o cornudo, o a un amador con plumas, o convertido en oro, como el amante de Danae. Todas estas metamor- fosis propias son de vuestro Júpiter.105
9. Por lo demás, el Hijo de Dios no ha nacido ni siquiera de un matrimonio: la madre misma que se conoce que tenía no estaba casada.106 Mas voy antes a explicar
su naturaleza, por donde se entenderá el modo de su natividad.
101 Cf. Oseas 3:4: “Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin
rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod, y sin terafines”.
102 El emperador romano Elio Adriano (117-138), a raíz de la última
rebelión judía encabezada por Simón Bar Kokeba (Bar Kochba), y la capitulación de Jerusalén, excluyó y vedó la presencia de judíos, bajo la pena de muerte, en la ciudad que pasó a llamarse Elia Capitolina.
103 Cf. Mt. 21:43: “Os digo, que el reino de Dios será quitado de
vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él”. Cf. Lc. 13:35 y Mt. 23:38: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”.
104 Se refiere a Júpiter.
105 Júpiter, el padre de los dioses era más pequeño y miserable que
muchos hombres, pues fue incestuoso con su hermana Juno, malvado con su hija Venus, adúltero con Helena. Le llamaban escamado porque se convirtió en serpiente, emplumado porque se transformó en cisne, cornudo porque se hizo toro y engañoso porque se hizo oro para engañar a Dánae.
106 Tertuliano no pretende negar el enlace entre José y María, sino
enfatizar la concepción virginal de Cristo. El Hijo de Dios no ha nacido ni siquiera de un matrimonio: la madre misma que se conoce que tenía no estaba casada.
101 10. Ya hemos dicho que Dios creó este universo mun-
do con su palabra, razón y poder. Entre vuestros sabios consta también que el logos, o sea, la palabra y la razón, es considerado como el artífice del universo. Efectivamen- te, Zenón lo designa como el artesano que todo lo ha formado y dispuesto; dice que se ha de llamar también “destino, dios, alma de Júpiter, necesidad de las cosas”. Cleantes acumula todo esto atribuyéndolo “al espíritu” que circula por todo el universo.
11. Y nosotros también atribuimos a la palabra, a la razón y al poder, por los que Dios lo ha creado todo, según llevamos dicho, como una sustancia propia que llamamos “Espíritu»”, en el cual está la palabra cuando manda, la razón cuando dispone, el poder cuando preside y termi- na la obra. Sabemos que Dios ha proferido ese Espíritu y que al proferirlo, lo ha engendrado, y por eso, es afir- mado Hijo de Dios y Dios por la unidad de sustancia, porque también Dios es Espíritu.
12. Y cuando el rayo sale lanzado por el sol es una parte que procede del todo; mas el sol está en el rayo por ser un rayo de sol cuya sustancia no queda dividida, sino dilatada, como luz encendida de luz. Permanece íntegra e indeficiente la materia matriz, aunque se comunique su naturaleza por múltiples ramificaciones.
13. Así, lo que de Dios fue proferido, es Dios e Hijo de Dios y ambos son uno. Y el Espíritu procede del Espíritu y de Dios, diverso en medida, es número por grado, no por naturaleza, y salió de la matriz sin separarse de ella. 14. Así, este rayo de Dios, conforme antes había sido predicho, desciende a una Virgen y, en su seno encarnado, nació hombre a Dios unido (nascitur Homo Deo mistus). La carne, informada por el Espíritu, se nutre, crece, habla, enseña, obra y es el Cristo. Aceptad por un momento esta fábula; es semejante a las vuestras, mientras os vamos demostrando cómo se prueba el Cristo y quiénes son los que han introducido entre vosotros fábulas semejantes a ésta para destruir la verdad.