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Los acusadores acusados de aquello mismo que acusan

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1. Para que mi refutación sea completa voy a demos- trar que sois vosotros los que cometéis tales crímenes, parte en público, parte a escondidas, siendo ésta quizás la razón de que lo hayáis creído de nosotros.

2. En África los niños eran públicamente inmolados a Saturno43 hasta el proconsulado de Tiberio, quien hizo

Lucha entre gladiadores

“¿Dónde están, sino entre vosotros, los que, al combatir los gladiadores malvados en la arena del circo, han bebido

con avidez para curarse de la enfermedad comicial?”

43 Se trata del dios fenicio Baal Amon, adorado en Cartago, confun-

dido después con el Saturno romano. Correspondía al Moloc de los ti- rios, en cuyo culto eran esenciales los sacrificios humanos, tan conde- nados por los profetas hebreos del Antiguo Testamento. Mientras se sacrificaban los niños se hacía tocar la flauta y otros instrumentos que ahogasen los gritos de las desgraciadas víctimas ante las desdichadas madres.

Los acusadores acusados de aquello mismo que acusan

En África los niños eran públicamente inmolados a Saturno43 hasta el proconsulado de Tiberio, quien hizo exponer vivos en cruces votivas a los mismos sacerdotes de ese dios en los árboles de su propio templo.

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exponer vivos en cruces votivas44 a los mismos sacerdotes

de ese dios en los árboles de su propio templo, que encu- brían sus crímenes con su sombra. Testigo de ello es mi propio padre, quien, como soldado, ejecutó la orden del procónsul.

3. Pero aun hoy día persevera en secreto este crimen sagrado. No son únicamente los cristianos los que os des- precian, ni hay crimen que quede para siempre desarrai- gado, ni hay dios alguno que cambie sus costumbres.

4. Saturno, que no perdonó a sus propios hijos, per- severó también en no perdonar a los extraños a quienes sus padres los ofrecían, cumpliendo de grado algún voto, y acariciando a sus hijos para que no llorasen mientras eran inmolados.45 Y sin embargo, mucho difiere el homi-

cidio del parricidio.

5. Entre los galos se segaba para Mercurio a mayores de edad. Relego a los teatros las fábulas de Diana en Táurida.46 En esta religiosísima ciudad47 de los piadosos

descendientes de Eneas hay un cierto Júpiter que en sus juegos es rociado con sangre humana. Pero decís: “Es san- gre de un bestiario”. Es, opino, ¿es menos que sangre de hombre? O ¿no será todavía algo más vergonzoso por ser sangre de un mal hombre? Lo cierto es que se derrama como un homicidio. ¡Oh Júpiter cristiano, hijo único de su padre por su crueldad!48

6. Mas como el infanticidio es siempre infanticidio, poco importa sea cometido en un rito sacro o por simple capricho, salva, sin embargo, la diferencia que constituye

44 Votivis crucibus, llamadas así por la promesa o voto que había hecho

el procónsul de colgar los sacerdotes que “sacrificaban hombres en las cruces de las ramas de los árboles; que usaban los gentiles para plantar árboles infructíferos a la puerta de los templos, según cuentan Plinio y Apuleyo. La espesura de los árboles, considerados sagrados, daban un aire misterioso al templo y, como aquí se dice, ocultaban las abomina- ciones en él cometido. En ellos se suspendían los exvotos o anatemas.

45 Era de mal augurio que llorara la víctima.

46 En Táurida (Grecia) se sacrificaba a la diosa Diana a los náufragos

extranjeros.

47 Se refiere a Roma, conocida por su superstición, adoradora de

numerosos dioses.

48 “Júpiter cristiano.” Lo que con fina ironía Tertuliano quiere decir

es lo siguiente: “Júpiter fue hijo de Saturno, que se comía los hijos nada más nacer. Júpiter es venerado en el Lacio (Roma) con sangre humana. Si el cristiano se consagra con sangre humana, como decís, será Júpiter gran cristiano, porque con sangre escapó de los dientes de su padre y con sangre se venera”.

Mas como el infanticidio es siempre infanticidio, poco importa sea cometido en un rito sacro o por simple capricho, salva, sin embargo, la diferencia que constituye el parricidio.

71 el parricidio; me dirijo ahora al pueblo: ¡Cuántos de esos

hombres que nos rodean y que suspiran por sangre de cristianos; cuántos aun de esos gobernadores, para voso- tros justísimos, para nosotros severísimos! ¿Queréis que pulse sus conciencias diciéndoles que matan a los hijos que acaban de nacerles?

7. A la verdad existe todavía una diferencia en cuanto al género de muerte, siendo ciertamente más cruel el aho- gar, o el exponer al frío, o al hambre, o a los perros, pues el morir por el hierro de la espada sería preferido en la edad adulta.49

8. A nosotros, en cambio, una vez que el homicidio nos está prohibido, tampoco nos es lícito matar al infante concebido en el seno materno, cuando aún la sangre pasa al ser humano desde la madre. Es un homicidio anticipado impedir el nacer, sin que importe se quite la vida tras nacer o que se destruya al que nace. Hombre es también el que ha de serlo, así como todo el fruto está ya en la simiente.50

9. Y volviendo a esa comida de sangre y a esa clase de trágicos platos, leed dónde se halla relatado –creo que en Herodoto– que ciertas gentes, al contraer pacto, se han procurado sangre y la han gustado haciéndola fluir de los brazos de las partes contratantes. No sé si también bajo Ca- tilina se probó sangre de parecido modo. Dícese que en cier- tas naciones de escitas el difunto es comido por los suyos. 10. Mucho me alejo. Hoy mismo, aquí, la sangre salida del muslo abierto y recogida en la palma de la mano se da a beber a los consagrados a Belona para señalarlos.51 Y

más: ¿dónde están, sino entre vosotros, los que, al comba- tir los gladiadores malvados en la arena del circo, han bebido con avidez, para curarse de la enfermedad comi- cial, la sangre caliente de los criminales estrangulados que corría de su cuello?52

11. Más aún: ¿quiénes son los que se comen la carne de las fieras que salen muertas de la arena, los que se

49 Algunos romanos, por encubrir el adulterio mataban a sus hijos.

Otros los dejaban al frío, otros los arrojaban al río y otros a los perros.

50 Homo est et quie est futurus, argumento clave contra el aborto uti-

lizado por los cristianos desde el principio.

51 Los sacerdotes de la diosa Belona sacrificaban a la diosa los

jarretillos de los muslos.

52 Plinio decía que la sangre humana caliente era remedio para el

mal de corazón, remedio del que se burlaba Ateneo.

Los acusadores acusados de aquello mismo que acusan

A nosotros, en cambio, una vez que el homicidio nos está prohibido, tampoco nos es lícito matar al infante concebido en el seno materno, cuando aún la sangre pasa al ser humano desde la madre. Es un homicidio anticipado impedir el nacer, sin que importe se quite la vida tras nacer o que se destruya al que nace. Hombre es también el que ha de serlo, así como todo el fruto está ya en la simiente.

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abalanzan al jabalí y clavan el diente en el ciervo? ¿El que limpió a ese que al luchar se quedó teñido de sangre humana? ¿Ese jabalí que se lamió la sangre del hombre a quien había matado en la lucha? ¿Ese ciervo que se tumbó sobre la sangre del gladiador muerto? ¡Se buscan aun los miembros de los osos que todavía no han digerido la carne humana! ¡Eructa, pues, un hombre la carne comida de otro hombre! Los que esto coméis, ¡cuántos distáis de los con- vites de los cristianos!

12. Y los que, por monstruosa pasión, apetecen los miembros humanos, ¿serán menos culpables por devorar- los vivos? ¿No son también por medio de sangre humana consagrados a la impureza, por lamer lo que ha de ser san- gre? Cierto que no se comen niños, pero sí adolescentes.53

13. Deberíais avergonzaros de vuestro error sobre los cristianos, los que en nuestros suculentos banquetes ni siquiera admitimos sangre de animales y por esto mismo nos abstenemos de comer animales ahogados o muertos, para no contaminarnos con sangre alguna, aun de la que quedó dentro de las carnes.54

14. Uno de los medios que usáis también para some- ter a prueba a los cristianos es presentarles unas morcillas de sangre, convencidos de que eso les está vedado y de que es un medio de hacerles salir del camino recto. Así, pues, ¿cómo podéis creer que quienes se horrorizan de la sangre de un animal, lo cual ya admitís; cómo pensáis que han de estar ávidos de sangre humana, a menos que vosotros mismos no hayáis quizás experimentado ser más dulce?

15. Era, pues, preciso emplear también sangre huma- na para probar a los cristianos, lo mismo que el fuego del sacrificio o que el cofrecillo del incienso. Serían, en efecto, descubiertos, tanto apeteciendo la sangre humana como re- husando sacrificar; habría, por el contrario, que negar su culpabilidad de cristianos si no gustaban de la sangre hu- mana, como si accedían a sacrificar. ¡Y ciertamente no os faltaría sangre humana mientras interrogáis y condenáis a los detenidos!

53 “¿Comen menos aquellos que con lujuria de brutos comen miem-

bros humanos? Esto no es comer muertos, sino vivos; no es comer niños, sino hombres” (trad. de Pedro Manero).

54 Seguían así fielmente lo ordenado en Hechos cap. 15.

Deberíais avergonzaros de vuestro error sobre los cristianos, los que en nuestros suculentos banquetes ni siquiera admitimos sangre de animales y por esto mismo nos abstenemos de comer animales ahogados o muertos.

73 16. Y siguiendo: ¿quién más incestuoso que aquellos

a quienes el mismo Júpiter enseñó a serlo? Refiere Ctesias que los persas se mezclaban con sus madres. También los macedonios son sospechosos, pues al oír por vez primera la tragedia de Edipo les hizo reír el dolor del rey, y gri- taban: “Échate sobre tu madre”.55

17. Recapacitad ahora cuán fáciles son los errores que llevan a cometer incestos, supeditando a veces el desorden de la lujuria. En primer lugar exponéis vuestros hijos, para que los recoja la piedad extraña de algún transeúnte,56 o

bien los emancipáis, a fin de que sean adoptados por pa- dres mejores. Es irremediable que con el tiempo se borre el recuerdo de su familia, para ellos ajena; y tan pronto co- mo el error hubiere arraigado, con la criminal expansión de la familia se extenderá también la ocasión del incesto. 18. Por fin, donde sea que os encontréis, en casa, de viaje, allende los mares, la pasión os acompaña y los saltos que por doquier da pueden fácilmente, casi sin quererlo, haceros procrear aun de un pariente, de suerte que esos niños diseminados, por las relaciones que entre los hom- bre se traban, caen sobre sus autores sin que lo reconozcan, ignorando un incestuoso parentesco.

19, Nosotros, en cambio, tenemos garantías contra tal eventualidad por la muralla de una diligentísima y vigi- lantísima castidad y estamos al abrigo tanto del estupro y de todo exceso después del matrimonio como lo esta- mos de la caída en el incesto. Y aun alguno de nosotros, mucho más seguros, alejan todo peligro de este error por una continencia virginal, así viejos como jóvenes.

20. Si consideraseis que semejantes crímenes entre vosotros se dan, veríais, por lo mismo, que no están entre los cristianos. Los mismos ojos os hubieran dictado lo uno como lo otro. Pero fácilmente coexisten dos especies de ceguera para no ver lo que es y creer ver lo que no es. Es lo que iré demostrando. Hablaré primero de lo que es público.

55 En la tragedia de Sófocles, Edipo se casa con su madre Yocasta, sin

saberlo, atrayendo con ello males sin cuento a la ciudad de Tebas. Un día descubre ser culpable del incesto. Dolorido entonces y avergonzado, se arranca los ojos y se destierra a sí mismo, guiado por su hija Antígona.

56 En Roma había una columna llamada Lactaria, en la plaza del

Aceite, en la que se exponían los niños huérfanos para ser recogidos por quien quisiere.

Los acusadores acusados de aquello mismo que acusan

Si consideraseis que semejantes crímenes entre vosotros se dan, veríais, por lo mismo, que no están entre los cristianos. Los mismos ojos os hubieran dictado lo uno como lo otro. Pero fácilmente coexisten dos especies de ceguera para no ver lo que es y creer ver lo que no es.

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