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El problema filosófico de Petrarca es el problema del hombre. No era el hombre un problema para la filosofía de las universidades medievales, como no lo es hoy ni lo será jamás para los que no ven lo que Petrarca vio. Los seres humanos, atraídos como encan- tados por el maravilloso espectáculo de la naturaleza, tendemos siempre a distraernos del problema fundamental de la filosofía. Y sin embargo, el problema del hombre es el punto de partida necesario de cualquier intento nuestro por entrar en relación con lo que vemos (alrededor) o con lo que simplemente intuimos (arriba o abajo) como realidades distintas pero constitutivas del mundo en el que nuestras vidas se despliegan.

Petrarca sintió vivamente el problema del hombre, y un fastidio infinito hacia las huecas doctrinas que –al amparo del prestigiado nombre de Aristóteles– resona- ban entre las paredes de las escuelas medievales y en sus viejos modos de filosofar:

¿Quién no conoce el garrular de los dialécticos, abundante, inagotable, repetitivo, para definir pontificando y sembrar discusiones sobre cualquier definición? Su parloteo no tiene fin. Se vanaglorian de sus eternas controversias, pero en realidad, de la verdad de la cosa de la que hablan no saben nada. Vomitan definiciones

sumarias, como aquella de hombre, tan mecánica, irreflexiva y despiadadamente

repetida en las escuelas que no sólo las orejas de los oyentes están hartas y can- sadas; también las columnas de los edificios y los muros de las aulas sienten la

misma repugnancia y hastío.10

9 Senilium rerum libri XVIII, 1,Epistole. Frase citada por Pablo Sol Mora en su artículo “Petrarca,

spes unica nostrum”.

10Cf.Secretum, pp. 61-62. Sigo el texto editado y traducido del latín al inglés por Carol E. Qui-

170 Maruxa Armijo El problema filósofico de Petrarca 171 Definen al hombre –sigue hablando Petrarca– como animal racional y después... después nada, pues no hay uno sólo que ordene su vida según la razón. Lo que dicen, no lo sienten; no lo piensan de verdad; no son serios; no están convencidos. Son sólo palabras; de las cosas, ningún pensamiento:

Una aborrecible y malévola monstruosidad ha surgido [en las universidades]. Se trata de una desgraciada multitud de seres que se autonombran “hombres de letras”. Van de aquí para allá, de ciudad en ciudad, de una escuela a otra. Tienen mucho qué decir en los salones de clase acerca de cómo vivir bien, pero nada de

lo que pregonan ponen en práctica.11

¿Y la Ética de Aristóteles? ¿No era acaso la Ética de Aristóteles un gran libro?

El joven Francesco había tomado clases de ética en la universidad de Bologna (en

1320), esperanzado de poder dar satisfacción a las insatisfacciones de su espíritu.12

“Video nempe virtutem ab illo egregie diffiniri et distingui tractarique acriter, et quae cuique sunt propria, seu vitio seu virtuti.” (Por supuesto que veo distinguir y definir las virtudes con agudeza y penetración, y tratar aquello que les es propio, sea vicio,

sea virtud).13 Sí. Todo lo que dice el Maestro son cosas bellas; después de aprender-

las, sé, es cierto, algo que antes no sabía; pero mi ánimo se queda como estaba, la voluntad es la del principio. Sigo siendo el mismo hombre. Ciencia informativa. La cantidad de conocimientos aumenta; la voluntad permanece inalterada.

¿Por qué no cambio? ¿Por qué no puedo? ¿Qué es lo que me impide avanzar a pesar de mis esfuerzos? ¿Cuál es la razón de que mis meditaciones aumenten mis angustias y me provoquen nuevos terrores? pregunta Francesco (Franciscus) a San

Agustín (Augustinus):14

Arranqué mis cabellos, golpeé mi frente contra el muro, estrujé mis manos, abracé con los brazos mis rodillas, llené el aire celestial con desgarradores lamentos, y a la tierra cubrí con copiosas y amargas lágrimas; imploré clemencia y mi voz se hizo débil y ronca de tanto llorar. Quería –al menos eso creía– que mi vida tomara un nuevo rumbo. Pero, no obstante mi enorme sufrimiento y mi desesperado deseo

por cambiar, yo seguí siendo el mismo infeliz y miserable hombre de siempre.15

El santo responde:

Confías demasiado en tu intelecto. Presumes de haber leído muchos libros, pero examina tu corazón y dime ¿qué provecho has sacado de tus lecturas? Suponiendo

11 Ibid., p. 98.

12 Aunque sólo un manuscrito de Aristóteles ha sido identificado como perteneciente a Petrarca

(precisamente una Ethica Nichomachea comentada que tiene en los márgenes algunas cuantas anotacio- nes personales), a juicio de Charles Trinkaus, Petrarca conoció bastante bien la Rethorica. Véase Petrar- ch. The Poet as Philosopher and the Formation of Renaissance Consciousness, p. 15.

13De sui ipsius et multorum ignorantia, p. 66.

14 En realidad, Franciscus y Augustinus, los dos dialogantes del Secretum, son los dos Petrarcas. “Fran-

ciscus” es el poeta enamorado, “Augustinus”, el aspirante a filósofo estoico-cristiano (Séneca-San Agustín).

172 Maruxa Armijo El problema filósofico de Petrarca 173

que sabes mucho ¿en qué cambian las cosas? ¿Qué importancia tiene que hayas estudiado las órbitas de los planetas y los secretos de la naturaleza? Mírate y ob- serva la tristeza en tu rostro, el color amarillento de tu piel, tus noches insomnes, tu mente atormentada, tu extrema delgadez, tus enfebrecidos esfuerzos por alcanzar el poético laurel, tu olvido de Dios. ¿Te parecen éstas, señales de salud? ¿De qué te

sirve saber tanto si no sabes en qué consiste ser hombre, [...] si no sabes vivir?16

Porque los seres humanos somos esencialmente voluntad, un hombre sigue

siendo el mismo hombre mientras no transforme su voluntad. “Querer” (velle) no es

suficiente; hay que desearlo (cupere) ardientemente y por encima de cualquier otra

cosa; amarlo (amare) y perseguirlo con obstinación (optare).17Lúcidas palabras de

Petrarca: “aliud est scire atque aliud amare, aliud intelligere atque aliud velle” (una

cosa es conocer y otra amar; una la inteligencia, otra la voluntad18).

Si la esencia y el valor del hombre está en su voluntad más que en su intelecto, el uso del intelecto no podrá nunca, por sí sólo, aumentar ese valor... a menos que nos lleve a dar respuesta al problema del hombre y resulte, en consecuencia, en un

enriquecimiento de la personalidad.19 Una ciencia que no sirve para iluminar míni-

mamente la naturaleza del hombre, su origen y su destino, que es lo que máxima- mente importa saber, no es verdadera ciencia.