¿Cuándo fue la última vez que nos preguntamos en serio sobre la naturaleza humana? El relativismo posmoderno defiende el carácter construido de las identidades y afirma que no existen esencias en el ser humano. Un nuevo concepto ha venido despla-
zando la vieja naturaleza humana: nuestro moderno concepto de normalidad.
Nuevas profesiones y ocupaciones han surgido, y las publicaciones, congresos, cursos, conferencias, centrados en el estudio de la normalidad, se multiplican conti- nuamente. El análisis de curvas de distribución normal con todo y regresión hacia la
media –o reversión a la mediocridad20– se ha convertido en pasatiempo bien visto y ge-
nerosamente patrocinado. El razonamiento en términos de normal y normalidad des-
empeña hoy por hoy un papel protagónico en campos muy variados del conocimiento, en nuestras inverosímiles ferias de vanidades académicas y, de modo eminentísimo, en nuestras vidas cotidianas.
Los orígenes modernos de este proceso son complejos. Pero hagamos un poco de historia y exploremos significados más antiguos del término “normal”: afortunada- mente podemos hacerlo, gracias a que las palabras guardan profundas memorias que lubrican nuestra chirriante retórica.
16 Ibidem, p. 72 y p. 126. 17 Cf. ibidem, p. 57.
18De sui ipsius et multorum ignorantia, p. 68.
19 Esto, según Petrarca, sólo sucede cuando el conocimiento se obtiene por observación y experiencia
directa de los fenómenos de la naturaleza. El que se acumula en las universidades en nada aprovecha.
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Norma es palabra latina y significa escuadra. La palabra entra en las lenguas
modernas tan pronto la geometría de los griegos se expresó en latín. Ortho, en grie-
go, equivale a perpendicular o en ángulo recto. Normal y ortogonal son sinónimos en geometría. Son palabras muy poderosas. Por un lado describen, por el otro, eva- lúan. Dos líneas pueden ser ortogonales o no serlo. Esta es una descripción. Pero en el trasfondo de los ángulos rectos, acecha lo “correcto” y esto es una evaluación. Es simplemente un hecho que un ángulo sea recto, pero un ángulo recto es también un buen ángulo, un ángulo correcto. Las ortodoncias, ortopedias, ortolalias, ortografías son correcciones. En el momento en que lo normal es afirmado como un valor, la polaridad emerge de modo casi necesario pues, si algo es apreciado, su contrario será despreciado como un disvalor.
Desde luego que filósofos y no filósofos sabemos de la diferencia entre hecho y valor. El mundo es como es; nosotros quisiéramos que fuera de otra manera. Los
seres humanos somos injustos; creemos que debemos ser justos. Al mundo que es
oponemos un mundo que debe ser. Los lógicos llaman falacia naturalista y falacia
normativista a la confusión entre lo que es y lo que debe ser. No obstante, esta con- ciencia de la diferencia no ha impedido que la palabra “normal” se las haya arregla- do para brincar una y otra vez sobre la distinción hecho/valor haciendo cabriolas y malabarismos. La utilizamos para decir cómo son las cosas pero también para decir cómo deben ser. La magia de la palabra está en que podemos usarla para ambas
cosas al mismo tiempo. Tenemos muchos años sirviéndonos de la palabra “normal”
para cerrar la brecha entre el ser y el deber ser. ¿Erróneamente? Quizá, pero eso es lo que el concepto de “normal” ha hecho y hace por nosotros. Los moralistas rara vez se percatan de ello.
La palabra “normal” es como esa planta californiana, ponzoñosa y camaleónica que adopta cuanta forma le convenga con tal de asemejarse a su ambiente. Ora es un agradable arbusto de 80 centímetros de altura; ora una planta rastrera que repta por la tierra; luego una trepadora que sube y envuelve el altísimo tronco de un madroño para volver a salir por una de sus ramas a una distancia que la separa 40 metros del suelo. A veces es roja, a veces verde, a veces se cubre de hojas, a veces no tiene una
sola, pero la savia corre siempre por su interior deseosa y dispuesta a atacar.21
Así es nuestra palabra “normal”. Por un lado es un concepto estadístico, frío y desangelado, que indica lo que es, lo común, lo típico, lo más frecuente, la media de una curva gaussiana. Por el otro representa lo bueno, lo sano, lo que debe ser. Es dicha ambivalencia lo que ha convertido a esta aparentemente neutra e inocente palabra en una de las herramientas ideológicas más poderosas del último siglo.
Categoría inventada para confirmar lo propio e instalar el control, la normali-
dad expulsa, corrige, censura, moraliza. Establece demarcaciones entre lo bueno y
lo malo, lo uno mismo y lo otro, los normales y el resto: un resto que comprende a los deformes, los locos, los enfermos, los rebeldes, los neuróticos, los ciegos, los sordos, los raros, los rengos, los tontos, los pobres. Todos ellos víctimas de una ab-
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175 surda pseudo-ética que se niega a reconocer que la discapacidad no es un fenómeno
biológico sino una retórica cultural.
Finalmente, mimetizada en lo dado, la normalidad pudo instalarse como estra-
tegia de homogeneización de la sociedad y, en ese tránsito, el otro fue convencido
de que está mal ser lo que es. Pensar distinto; comer, hablar, caminar, sufrir, gozar, actuar diferente es ser a-normal; en consecuencia, el diablo nos aconseja esforzarnos
día con día por parecernos menos a nosotros mismos y más al average man, al hom-
me moyen, al “hombre promedio”. Habrá recompensa: “Quien lo consiga, obtendrá
la paz, la perspectiva de la muerte y la esperanza del infierno”.22
¿Cuándo fue la última vez que nos preguntamos en serio sobre la naturaleza
humana?Perdidos entre los análisis, a menudo incomprensibles y contradictorios,
de estadígrafos y científicos sociales, casi hemos olvidado por completo cómo tomar en serio la naturaleza humana. ¿Quién tiene tiempo para buscar esencias generales cuando las minucias de la hiper-especialización reclaman toda nuestra atención?
En lugar de averiguar en qué consiste ser hombre, ahora nos preocupa saber si este o aquel comportamiento o situación cae dentro de la normalidad o no: ¿es normal inhalar cocaína?, ¿es normal que los niños trabajen?, ¿son normales tus ni- veles de colesterol?, ¿seremos acaso una pareja normal? Y ante conductas corruptas o deshonestas diremos, u oiremos decir, con esa nostalgia perezosa tan típica en los temperamentos posmodernos, “así es la naturaleza humana... es normal... qué le vamos a hacer”, “such is life”, “c’est la vie”, “ni modo, así somos y no hay nada que hacer”. Éstos son nuestros comentarios más profundos sobre el gran problema filosófico que atormentó a Petrarca. Juzguen ustedes la pertinencia, conveniencia o urgencia de leer y releer –hoy más que nunca– a Francesco Petrarca, filósofo, poeta, maestro.
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