Un incendio en la aldea
Lápich nunca en su vida durmió tan suavemente como esa noche recostado en el heno.
En verano, en realidad, resulta maravilloso dormir en el heno.”
El heno es fragante y a su alrededor hay paz y nadie se desvela. En las aldeas, la gente buena duerme de noche. Sólo las lechuzas y los murciélagos permanecen
despiertos. Mas ellos, que vueLan tan delicadamente, no despertaron a Lápich.
Pero, ¡qué pena!, cuando uno lo está pasando de lo mejor, suele ocurrir una desgracia.
Y ocurrió esa misma noche.
De repente, Lápich despertó en medic del heno y oyó que los labriegos voceaban:
—Fuego, fuego!
Saltó rápidamente del heno. Aún era noche oscura. Sólo en la aldea encandilaba una luz resplandeciente, porque allá ardía un gran fuego, rojo como en lo infiernos.
Ardía el establo de un aldeano a quien nombraban Gregorio el Malo.
En la aldea nadie lo quería, pues no era buena persona. Pero cuando se esta quemando la casa de alguien, no se pregunta quién quiere a quién, sino que se debe correr para apagar el fuego.
Los labriegos corrieron a la aldea para ayudar a extinguir el incendio, y Lápich se sumó a ellos.
De todas las casas corrían campesinos blandiendo cada uno un palo largo con un gancho para apagar el fuego. Asimismo, corrían muchas mujeres. Cada una llevaba un balde para dominar las llamas. Y corrían muchos niños tomados del delantal de sus madres y llorando. Todos gritaban y se apresuraban en la oscuridad hacia el siniestro.
La pequeña aldea no contaba con bomberos.
“Dios mío!, cómo acabará esto sin bomberos”, pensó Lápich cuando se acercaron al fuego.
Mas, la gente de esa aldea era muy inteligente y sabía cómo apagarlo, incluso sin bomberos. Formaron una fila igual que soldados, y la fila era tan larga, que el primer aldeano se hallaba parado junto a n pozo y el último, cerca del fuego. El primero, junto al pozo, sacaba un balde Lleno de agua y, rápidamente, se lo pasaba al segundo. El segundo le entregaba el jalde a un tercero, el tercero, al cuarto y, así, aceleradamente, se pasaban unos a otros el agua; el último, que permanecía muy cerca del fuego, desde una escalera, arrojaba el agua sobre el establo en llamas. este aldeano era tan fuerte, que lanzaba el agua muy alto, igual que la bomba de los bomberos.
Todo operaba apresuradamente. Sin embargo, los hombres se exigían a voces:
“Apúrate!”, y las mujeres gritaban: “Apúrense!”, porque temían que se incendiara la casa vecina al establo.
¡Mas, todo fue en vano! Cuando apagaron el fuego del establo, empezó a quemarse la casa, pues la cubrían apenas unas tablitas.
¡Dios mío, qué terrible es cuando arde una casa! ¡Cómo gritaban las mujeres y los niños cuando el techo
principió a chisporrotear por el fuego! Los hombres, cansados de tanto apagar llamas, comenzaron a discutir:
—Hay que subirse al techo para echar el agua desde arriba —clamó uno.
—Yo no me subo a ese techo viejo para caerme dentro del fuego —tronó otro.
—Tú eres un cobarde —gritó un tercero.
Discutían tanto, que la casa y quizás las gorras en sus cabezas se habrían quemado antes de terminar su discusión. Pero, en ese momento, desde el techo se escuchó una VOZ:
—Denme, rápido, un balde de agua!
Todos miraron hacia arriba y vieron en el techo a alguien sentado, de camisa roja, pantalones verdes y gorro reluciente.
Era Lápich, quien se había encaramado al techo mientras los hombres discutían.
Los aldeanos le pasaron, rápidamente, balde tras balde, colmados de agua, colgados de los palos. Lápich,
fuego que se acercaba más y más a él. Las llamas crecían y crecían.
Las mujeres lloraban a gritos.
—Ay, ese pobre niño sucumbirá en el techo!
Las llamas casi lamían los pies de Lápich; se debatía sofocado y además cansado, porque había arrojado mucha agua y sus manos temblaban. Los hombres,
abajo, también temblaban de miedo por lo que le podía suceder al niño.
Lápich comprendió que con el agua solamente no podía apagar el fuego. La llamas le llegaban hasta los pies. Apenas podía respirar por el calor que se levantaba del techo.
—Denme un palo! —gimió con voz ahogada, pues no podía hablar más.
Los hombres, velozmente, le pasaron un palo largo con un gancho de fierro Lápich, con el palo, golpeó lo más que pudo las tablas que ardían bajo sus pies.
Las chispas saltaban como estrellas alrededor de Lápich y las llamas silbaban contra él, como inmensas
serpientes. De pronto, se escucharon chirridos y crujidos. Las tablas crepitaban en el fuego toda la ardiente esquina del techo se desplomó al suelo. Los aldeanos, gritando corrieron y apagaron el fuego con lo palos.
Arriba, ya no saltaban llamas; la casa se encontraba a salvo.
En un instante —qué desgracia!— Lápich desapareció del techo y se esfumó.
—Ay, pobre Lápich! —lamentábanse los aldeanos—. ¡Tan bueno que era! Quiso ayudar a todos y ahora nadie sabe si está vivo o muerto.
Un gran milagro
Lo que le ocurrió a Lápich al caer del techo, fue un verdadero milagro.
Ciertamente debía ser muy bueno, puesto que no sólo se salvó de un modo milagroso, sino que, además, se alegró de veras.
Cayó, pues, del techo al desván. ¡Milagro de milagros! ¡Cayó derecho a un cajón lleno de harina! Cayó en blando, como sobre plumas y nada le ocurrió. Y lo primero que vio, al recorrer el desván con su mirada, fue un milagro, todavía mayor, que nunca habría imaginado.
¡En el desván, frente a él, colgaban sus bellas y pequeñas botas!
Un poco más allá, colgaba la chaqueta azul del primer labriego; algo más distante, el hacha del segundo y, al lado de ella, el jamón del tercero; y muy al rincón, el bolso del cuarto. La blanca cajita de Ghita reposaba en el piso.
—Oh, oh! —gritaba Lápich sentado en la harina, igual que un ratón asomando en afrecho—. ¡Eh, eh, todo el mundo venga aquí arriba! ¡Atrapé mis botas en el aire! La gente creyó que Lápich había enloquecido al caerse del techo, pues las botas no se cazan en el aire como mariposas. Sin embargo, todos subieron corriendo al desván.
Al llegar, lo encontraron lleno de cosas robadas. El desván repleto parecía un almacén. Ahora se supo por
qué Gregorio nunca estaba en casa de noche. La gente comprendió que Gregorio y el Hombre Negro eran amigos y que en el desván ocultaban sus robos.
Los aldeanos quedaron muy felices. Cada uno tomó lo suyo, y el que recuperó su bolso con el dinero fue el que más se alegró.
A Lápich lo celebraron como a una torta de bizcocho, lo subieron en hombros y lo condujeron al patio. El traía sus queridas botitas en la mano y se mostraba dichoso igual que un zar.
La madre de Gregorio
Ahora todos estaban contentos, salvo la anciana y enferma madre de Gregorio, que lloraba en su cama. Hasta entonces, ignoraba que tenía un hijo tan
malvado. Gregorio, por cierto, no se hallaba en casa; de noche acostumbraba andar en malos pasos. Su madre temía que los campesinos lo encontrasen y le diesen una gran paliza, pues escuchó lo que conversaban en el patio:
—Si Gregorio estuviese aquí, ¡qué zurra le daríamos! — dijo un campesino.
—Le romperíamos la cabeza —dijo otro.
—Lo echaríamos al fuego —dijo un tercero. De tal modo amenazaban los campesinos.
—Todo esto no sería prudente —pensó Lápich—, pues a fuerza de palos no se corregirá Gregorio. Lápich entró a la pieza y en voz baja, para que los campesinos no oyesen, le habló a la madre de Gregorio:
—No llore! Yo conozco a su hijo; los labriegos me lo mostraron ayer cuando pasaba por la pradera. Si lo encuentro en mi camino, le advertiré que no regrese a
la aldea. Le aconsejaré que abandone al Hombre Negro, que se vaya lejos y sea honrado.
—Dios te bendiga, hijo mío! —le contestó la anciana, y el corazón de la pobre mujer, en el acto, quedó aliviado, comprendiendo que al menos Lápich no guardaba
enojo contra su Gregorio.
Entonces, le pasó a Lápich un pañuelo El pañuelo anudaba una moneda de plata.
—Entrégale esto a mi Gregorio, si lo encuentras —le pidió al niño, y se puso a llorar otra vez.
Lápich se lo prometió y, tomando el pañuelo, se despidió de la anciana y se encaminó al patio.
La gente ya no estaba. Cada uno, contento, se llevó lo suyo a casa. Lápich cogió la cajita de Ghita y se la
entregó. Ella, de alegría, lo abrazó tan fuerte, que Pelusín ladró, creyendo que lo estrangularía.
Era pleno día. Nadie pensó en dormir más.
La cicatriz de Ghita
Aquel día no ocurrió ninguna otra novedad. Gracias a Dios, pues todos se encontraban cansados. Por tal motivo, en la aldea tampoco se trabajó mucho, pero sí se habló bastante. Junto a cada cerco, dos mujeres
conversaban del incendio. Bajo cada árbol, tres o cuatro hombres, acostados, lo comentaban también. Y en
cada acequia, jugaban los niños. Los niños, olvidados del siniestro, cazaban ranas. La gente celebraba a Lápich por la valentía que demostró en el incendio. Lápich se había herido un talón. Por andar descalzo, lo quemó una llama cuando apagaba el fuego en el techo. Mientras Ghita le vendaba la herida él le dijo:
hubiese robado las botas. —Y por qué te alegras?
—Porque si en el incendio hubiese estado calzado con las botas, ellas tendrían la herida en el talón. Habría sido una pena. A mí no me inquieta la herida, ya que pronto cicatrizará.
A Ghita le pareció extraño que Lápich se preocupase tan poco por su herida. Ella habría llorado seguramente tres días si se hubiese herido de aquel modo.
Mas, para darse importancia, le mostró el pulgar de su mano derecha
—Ves? También yo tuve una herida, aquí!
Efectivamente, en el pulgar de Ghita se observaba la cicatriz de una herida, una cicatriz en forma de cruz. —Cuándo te hiciste esa herida? —preguntó Lápich—. ¿Te dolió mucho?
—No recuerdo cuándo me la hice. Era yo muy
pequeñita todavía. Sucedió antes de llegar al circo. —Y de qué lugar llegaste al circo?
—Tampoco lo sé.
—Y quién te llevó allá?
—Tampoco lo sé. El patrón del circo dice que no tengo ni padre ni madre y yo preferiría no tenerlo ni a él,
porque no lo quiero. Sus ojos son muy feos. Cierta vez, en plena noche, lo pude oír cómo cuchicheaba con unos hombres frente al circo. Seguramente es un hombre malvado.
Luego, algo pensativa, agregó:
—Lo que yo más querría es tener una madre. ¿Qué se siente, Lápich, cuando uno tiene madre?
una patrona que a menudo me protegía de mi maestro. Cuando de noche me rendía el sueño, tomaba la escoba de mis manos y barría el taller por mí. Esto, quizás, le debe ocurrir siempre al que tiene madre.
—Entonces, lo que más me haría feliz es que tu patrona fuese mi madre —concluyó Ghita.
Lápich quiso explicarle que esto, en ningún caso, podría ser, pero no alcanzó, porque los campesinos asaban un cordero al palo en su honor y él fue a darle vueltas. Esa noche todos andaban muy contentos, comían empanadas y asado y a Lápich le pidieron que se
quedase con ellos, hasta que su herida cicatrizara más.