Vida pastoril
Al día siguiente, a Ghita y a Lápich les fue penoso
separarse de los aldeanos, porque se encariñaron con ellos como
si hubiesen vivido juntos tres ____ años. Esto, porque apagaron el incendio entre todos. Siempre sucede lo mismo cuando los hombres comparten unidos una gran desgracia.
Ghita y Lápich se sentían entristecidos por despedirse, y los aldeanos, cuanto más tristes los veían, tanto más colmaban el bolso de Lápich de asado, pan y
empanadas, pues ignoraban cómo consolarlos de otra forma. Finalmente, el bolso de Lápich engordó tanto como un enorme abejorro cuando se sacia de miel. Ghita no pudo contener la risa al ver el bolso así colmado. Finalmente partieron irradiando alegría.
Lápich marchaban por la carretera, como dos hormigas por aquella paja.
Después de mucho caminar, llegaron a un lugar donde la carretera se dividía en dos direcciones. Una cruzaba una ancha llanura y la otra subía hacia un cerro y a un bosque. Tal lugar se llama encrucijada.
Se cuenta que en tiempos remotos se citaban en las encrucijadas hechiceros, brujas y vampiros. Pero hoy no es así. En las encrucijadas, en verano, se sientan los
pastorcitos y tallan bastones o recogen moras blancas o negras. Y en invierno, las liebres juegan de noche,
cuando hay luna y nieve.
Ahora era verano y en aquel prado, cercano a la encrucijada, varios pequeños pastores y pastoras apacentaban vacas y asaban choclos.
Había cinco pastorcillos: dos niñitas y tres niñitos. El más chico era tan bajo que cualquier hierba alta le hacía cosquillas en la nariz; vestía, solamente, una camisita que lo cubría hasta el suelo. Tan bajo y tan
gordo era, que Lápich adivinó, de lejos, que le apodaban el Meñique.
Los pastores se reunieron alrededor de Ghita, Lápich, Pelusín y el loro, sin saber quiénes eran esos
multicolores seres bastante curiosos. Les preguntaban cosas, y el Meñique, acordándose de que en la aldea vivió un capitán con uniforme militar, indicó a Lápich con el dedo y comentó:
—Este también es capitán. Pero cuando crezca, su gorro le quedará muy estrecho.
Eso enfadó a Lápich, porque no le agradaba que le
indicándole su larga camisa:
—Y tú, cuando crezcas, te podrás me te a fraile blanco con tal sotana. Te quedará justa de largo.
Se entrometió el hermano mayor del Meñique y respondió a Lápich.
—No insultes a mi hermano.
—No lo insulto, solo hablo en broma —se defendió Lápich.
No satisfecho, el hermano del Meñique se enfrentó a Lápich, lo miró con desdén y le insistió:
—Esto no es broma y no te metas con mi hermano. Lápich, quien desde hacía tiempo era aprendiz, sabía que cuando los niños hablan de tal modo es porque desean pelear.
Pero Lápich no quería pelear, a pesar de ser más fuerte que cualquiera de los pastorcitos.
Por esto le propuso al hermano del Meñique:
—No vamos a pelear, pero arrojemos una piedra y veamos quién es más fuerte de los dos.
Lápich levantó una gran piedra del camino y la sostuvo, apoyándola en el hombro, como si fuese una pluma. Entonces, ganando impulso con el hombro, la lanzó. La piedra voló alto y lejos, por encima de ramas y arbustos, hasta la pradera.
De seguro que así, tan hábilmente, el Príncipe Marcos también lanzaba piedras cuando era chico. Ningún pastor lanzó la piedra a esa distancia.
El hermano del Meñique guardó silencio y se alegró de que Lápich no pelease con él. Y las niñitas, a quienes no les agradaba ver pelear a los niños, comentaron:
Meñique.
Entretanto, Ghita con las pastoras bajaron a la pradera a poner choclos en las brasas.
—Qué lindo chisporrotean los choclos!
—exclamó Ghita—. ¡Quedémonos aquí un poco más! A Lápich le agradó la idea, porque los pastores lo
admiraban y esto le complacía.
Además, en la pradera uno se siente muy a gusto. ¡Cuánto disfrutan los pastorcitos cuando se sientan en la pradera alrededor de una fogata y ponen choclos a asar en las brasas o papas en el rescoldo! Esto es muy difícil de describir. Es preferible no escribirlo, porque no toda la gente disfruta como los pastorcitos y muchos se apenarían al saber que otros lo pasan mejor.
Cuando vieron que Ghita y Lápich se acercaban, los pastores que permanecían junto al fuego debieron
buscar más choclos, pues aumentarían los comensales. —Y es permitido cortar choclos? —preguntó Lápich. —Nosotros sí podemos, porque los cuidamos —
explicaron los pastores.
—Y cómo los cuidan si los cortan? —preguntó Ghita.
—Los protegemos de las vacas. Si no fuese por nosotros, no habría choclos
—afirmó con orgullo un pastorcito algo más crecido. —No es verdad —dijo Lápich—. A mí me enseñaron en la Escuela de Aprendices que si no existiese Dios,
Nuestro Señor, tampoco habría choclos.
—Dios nos da, primero, choclos y después nosotros los debemos cuidar.
—Y cómo saben ustedes que Dios da choclos y todo lo demás si no fueron a la escuela? —preguntó Lápich. —Nosotros todos los días recorremos campos y
praderas y observamos cómo la hierba crece cada día más y más y cómo los maizales cada vez son más
tupidos. Por ello, sabemos que nadie, salvo Dios, puede hacerlo —habló el mayor de los pastores.
Sus palabras sorprendieron bastante a Lápich, pues él ignoraba que a partir de la hierba y del maíz, el hombre aprende muchas cosas y que la sabiduría llegó de los campos y de las praderas a los libros escolares de Lápich y a todos los demás libros.
Luego corrieron juntos a cortar choclos. Lápich se quitó las botas para no estropearlas, porque la hierba se
hallaba muy húmeda.
Pero inmediatamente percibió que el Meñique las observaba. Por ello le advirtió:
—No toques las botas, Meñique! Son las botas del Rey y site las pones te morderán.
Y uno de los pastores agregó:
—Por supuesto que morderán —y metió en cada bota algunas ortigas, sin que el Meñique se fijase.
Entonces todos, menos él, se fueron a cortar choclos. Cuando el Meñique se halló solo, largo tiempo observó las botas. Le parecían más y más bonitas. Al fin, no pudo convencerse de que mordían.
Por esto, paso a paso, se acercó a ellas. Como el
Meñique era prudente, lenta y cautelosamente metió la mano dentro de una bota.
—Ay, ay! —gritó cuando lo quemaron las ortigas escondidas—. ¡Es verdad que muerden!
Se detuvo pensativo.
El pastorcillo conocía bien las ortigas y pronto adivinó lo que guardaban las botas. Envolviendo una mano en su larga camisa, sacó las ortigas con cuidado, una tras otra. Cuando los pastores, Ghita y Lápich regresaron, el
Meñique avanzó a su encuentro calzado con las botas de Lápich. Le llegaban hasta la cintura y era tan cómico verlo con ellas, que ni Lápich se enojó.
—Qué pasó, Meñique? ¿Acaso no te muerden? — preguntó Lápich.
—Mordían, pero les saqué los dientes... Todos se rieron del Meñique; él, entones, se quitó las botas y se las
devolvió a Lápich, quien se las puso. Y ambos quedaron satisfechos.
Si la gente fuese tan buena como Lápich, a menudo sería feliz; incluso dos hombres, con un solo par de botas.
En seguida se sentaron en torno al fuego. Las niñitas avivaban las brasas con sus delantales y los niños ensartaban choclos en largas varillas para asarlos. Lápich, sentado frente a ellos, le relataba acerca del maestro Gruño, del Hombre Negro y de Gregorio el Malo.
—Mi mayor preocupación es encontrar a Gregorio para entregarle el pañuelo y la moneda de su madre —dijo Lápich.
—Y dónde lo hallarás? —preguntó Ghita.
—No lo sé! Pero le entregaría con tanto agrado y gusto lo que su madre le envió, que a cada momento imagino
a Gregorio, que de repente, de alguna parte, podría caer delante de mí.
—Ello, con toda seguridad, no ocurrirá
—anotó, riéndose, el mayor de los pastores—. Si una pera no puede caer delante de ti si no está bajo un
peral, menos podrá caer un hombre, de repente, ante ti. De cómo un hombre cayó
delante de Lápích
Tan pronto el pastor acabó de hablar, se escuchó un gran estruendo en el camino que subía a los cerros. Algo corría y rodaba por él.
Se escuchaban gritos y maldiciones.
Lápich y los demás fijaron la vista en el camino. Desde el cerro, cuesta abajo, corría un carretón. Los
caballos, desbocados, venían a una velocidad tremenda. Levantaban su cabeza y echaban espuma alrededor, como si estuviesen rabiosos. El carretón rodaba y se balanceaba de un lado a otro, igual que un columpio. Parecía que en cualquier momento se estrellaría en la acequia que bordeaba el camino.
En el carretón venían sentados dos hombres con caras de pavor. Uno tiraba una de las riendas; la otra, cortada, azotaba a los caballos que galopaban cada vez más
furiosos.
—Oh! —exclamó Lápich—. Detengamos ese carretón. Y corrió hacia él, se plantó en medio del camino, levantó sus brazos y sin dejar de agitarlos, gritó a voz en cuello. Lápich vio, en varias ocasiones, que de ese modo se detiene a los caballos espantados.
causaba miedo verlo correr directamente contra Lápich. Pero, antes de que llegase hasta él, el carretón se
balanceó y una de sus ruedas chocó contra unas piedras de la orilla y volcó con gran fuerza.
Los caballos se encabritaron, enderezándose como dos torres, y los hombres salieron disparados del carretón y rodaron derechamente a la acequia cerca de Lápich. —Ea! —gritaron Ghita y todos los pastorcitos, quienes atravesaron corriendo el camino.
Los caballos, resoplando como dos dragones de fuego, al tumbarse el carretón, quedaron tiesos.
—Oh, oh! —dijo Ghita, y de un brinco se acercó a los caballos agarrándolos de sus riendas.
—Caraco1es! ¡Qué lindo y precioso es este caballito! Vamos a desengancharlo. ¡Yo lo montaría! ¡Oh! ¡Este caballo es casi tan lindo como mi Halcón!
Ghita se acordó de su caballito del circo, y tanta fue su alegría, que no pensó en nada más. A las niñitas esto le sucede con frecuencia.
Pero Lápich comprendió que ahora había que hacer algo más serio. Por esto, abandonó los caballos en manos de Ghita y los pastores y fue a la acequia para ver qué les ocurría a los dos hombres caídos del
carretón.
Si Lápich hubiese sabido qué mayúscula sorpresa lo esperaba, en verdad habría pensado algo mejor que hacer. Pero en tal caso, por supuesto, no habría sorpresas.
En efecto, en la acequia jadeaban tendidos... —Dios mío! ¡A Lápich se le heló el corazón!—, allí jadeaban tendidos el
Hombre Negro y Gregorio el Malo, y justamente decidían levantarse cuando Lápich se les acercó.
Al no atinar qué hacer, Lápich expresó lo que siempre se puede decir:
—Buenos días!
—Justo, buen día! ¿Acaso porque nos dimos vuelta? — preguntó el Hombre Negro, aún en la acequia, con voz profunda como de ultratumba.
—Es buen día porque han quedado vivos —contestó Lápich en voz alta. Pero inmediatamente pensó: “El día es bueno también porque le podré entregar a Gregorio el pañuelo con la moneda”.
Y reflexionó Lápich: “Cómo concluirá esto cuando el Hombre Negro observe que encontré mi botas?”. Pero el Hombre Negro ni siquiera miró a Lápich de tan apurado que se agitaba. En cuanto se levantó, le gritó a Gregorio con rabia:
—Y tú, ¿por qué estás sentado? Las piernas y los brazos nos quedaron enteros y no hay tiempo para conversar. Veamos qué les ocurrió a los caballos.
Se notaba su gran prisa. Salieron de la acequia y se dirigieron al carretón.
Pelusín reconoció al Hombre Negro. Le gruñó
rabiosamente, saltó sobre él y le agarró su capa negra. El Hombre Negro rechazó al perro de una patada, lo quedó mirando y dijo:
—Oh, a ti en alguna parte te oí gruñir! Junto a Pelusín estaba Lápich. Y el Hombre Negro recién ahora lo vio y reconoció y... ¡sus botas también!
Por un momento permaneció como petrificado. Se notaba que en su negra cabeza bullía toda clase de
negros pensamientos.
Miraba a Lápich igual que un pájaro de rapiña a su presa.
Lápich, aunque chico, se mantenía erguido como una vela y observaba al Hombre Negro directamente a los ojos, pensando:
“Sea como fuere, mientras yo esté con vida no conseguirá mis botas”. Y Pelusín, mostrando sus blancos col millo pensó: “No toques a mi Lápich”. Parecía que se armaría la gorda.
Esto duró un instante. Entonces, el Hombre Negro murmuró:
—No hay tiempo que perder! —E inmediatamente le gritó a Gregorio, que se encontraba cerca de los
caballos:
—Engancha los caballos, desgraciado!
—Las riendas reventaron —explicó Gregorio de malas ganas—, no podemos continuar.
—Debemos continuar! —insistió enojado el Hombre Negro, y agarró las riendas para ver cómo se
encontraban.
En este trance, sucedió lo que el Hombre Negro menos se esperaba. Lápich se le acercó y le dijo:
—Yo le arreglaré a usted las riendas.
—Tú, gato con botas! ¿Cómo vas a arreglar las riendas? —rugió con desprecio, midiéndolo desde las botas hasta el gorro.
—Con botas estoy ahora, aunque dos días anduve descalzo; pero gato no soy. Si fuese gato no sabría remendar: yo soy el aprendiz Lápich. En mi bolso llevo hilo y lezna y les remendaré las riendas, pues veo que
ustedes llevan prisa.
Este fue, en efecto, un bello gesto de Lápich, porque hay pocos que remendarían las riendas del ladrón de sus propias botas.
Descolgó su bolso del hombro y sacó de ahí la lezna, el hilo y un poco de cuero. Se acercó a los caballos y
empezó a liberarlos de las riendas y del correaje.
Cuando el Hombre Negro observó que Lápich tomaba en serio su trabajo dijo:
—Reconozco que tú, pequeñín, eres bueno. Remienda las riendas de prisa y olvidemos lo que ocurrió con las botas.
—De todas formas, yo prefiero llevar mis botas en mis pies que en mis recuerdos —contestó Lápich.
Luego, se sentó en una piedra a la orilla del camino para hacer su trabajo.
¡Qué maravilloso es el oficio de zapatero!
Tan pronto Lápich se dedicó a punzar con la lezna y a estirar el hilo, empezó a cantar y a silbar como
acostumbraba en el taller del maestro Gmño. Casi
olvidaba que debía conversar seriamente con Gregorio. Gregorio se sentó junto a Lápich para ayudarlo en el trabajo, mientras el Hombre Negro se alejó a reparar los desperfectos del carretón.
Ghita y los pastorcitos, en tanto, condujeron los caballos al prado para apacentarlos.
Gregorio y Lápich
Cuando Gregorio y Lápich quedaron solos, este le dijo a Gregorio en voz baja:
—Gregorio, remendaré bien las riendas, pero tú vete lejos, no regreses a la aldea. Allí te esperan los aldeanos
para matarte.
Gregorio callaba y miraba las botas de Lápich. Por ellas, Gregorio supo que los aldeanos comprobaron que él con el Hombre Negro les robaban.
—Gregorio —repitió Lápich—, tu madre te envía algo; pero no te lo entregaré si no me prometes lo que voy a rogarte.
—Qué quieres que te prometa? —preguntó Gregorio, bajando la voz.
—Prométeme que abandonarás al Hombre Negro y que te marcharás lejos. Qué- date solo y sé honrado. Te lo ordenó tu madre enferma, y lloraba cuando me entregó esto para ti.
Lápich sacó de su bolso el pañuelo con la moneda anudada y se lo entregó al mocetón.
Cuando Gregorio vio el pañuelo de su madre y oyó lo que le mandó decir, se conmovió como un niño.
Frecuentemente, cuando los hombres mayores recuerdan a su madre, su corazón se les enternece como a los chicos.
Pero Gregorio no alcanzó a conversar mucho con Lápich, porque el Hombre Negro regresaba.
Rápidamente metió el pañuelo con la moneda en un bolsillo y le susurró:
—Remienda bien las riendas y gracias, mi buen Lápich! Llegó el Hombre Negro.
—Todo listo —dijo Lápich, que acababa de remendar las riendas.
—Traigan aquí los caballos! ¡Pronto! —gritó el Hombre Negro.
Uno de los caballos era negro como cuervo y brillante como el sol. De melena larga y larga cola. El más moro de los caballos moros.
—Sepa Dios si algún día volveré a ver este caballito! — suspiró Ghita cuando los caballos fueron enganchados. —Por supuesto que no lo verás, ¡langosta! —contestó el Hombre Negro—. Allá donde va este caballo, tú, seguramente, nunca llegarás. ¡Vámonos, ya! ¡Basta de conversar!
Todo estaba dispuesto.
El Hombre Negro saltó al carretón y a ;u lado se sentó Gregorio.
Lápich miró a Gregorio y lo notó triste.
“Esto va bien —pensó—, pues quien puede entristecerse, también puede ser bueno”.
El Hombre Negro azotó al moro y los caballos partieron como flechas por el camino.
Lápich, Ghita y los pastorcitos los siguieron con sus miradas. Un pastor observó:
—Corren tan rápido, como si fuesen :culpables de algo...
—Que corran no más —agregó Lápich—. No me gustaría toparme otra vez con el Hombre Negro.
—Cómo lo podrías hallar otra vez, si has dicho que este mundo es enorme? —le preguntó Ghita.
—Cuando inicié la búsqueda de mis botas, me pareció enorme y ancho como siete reinos, y hoy, cuando temo encontrar al Hombre Negro, me parece chico y angosto como un cuerno.
Después, todos se sentaron alrededorde la fogata. Lápich sacó el asado y las empanada y, debido a que en
torno al fuego se junta.ron siete niños, su bolso se yació en un santiamén. Ya no semejaba un abejorro ahora
colgaba delgado y plano igual que un libro de tres hojas. Una noche en el rincón
de la cocina
Los pastorcitos, Lápich y Ghita conversaron durante bastante tiempo acerca d lo sucedido. Anochecía y era hora d retornar a casa con las vacas. Pero con versaban tan animadamente mirando e fuego, que no se dieron cuenta de que el sol ya se había puesto, ni recordaron que debían volver a casa con los anima les.
La vaca blanca, la más grande, que pastaba cerca de ellos, se aproximó al Meñique y le lamió
silenciosamente su pie descalzo.
“Meñique, vamos a casa!”, quiso indicar la vaca con esta seña.
Y, en efecto, el Meñique alzó su cabeza y observó que el sol no brillaba en el cielo.
—Eh! ¡Ya está oscuro! —exclamó. Todos levantaron sus cabezas, comprobaron que era hora de partir y
agruparon as vacas apresuradamente. Ghita le preguntó a Lápich:
—Y nosotros, ¿a dónde iremos?
Esto no lo sabía ni el mismo Lápich. era demasiado tarde para proseguir camino, y albergue no tenían.
Ahora sí que se hallaba en apuros. Pero Ghita recordaba lo que observó se día.
Sabía que el aprendiz llevaba hilo y lezna y que aquello era un gran tesoro.
—Ofrécete a los pastores para remendarles sus zapatos y nos darán alojamiento —le propuso.
Lápich se avergonzó, porque, siendo tan inteligente, no se le ocurrió a él que podía ganarse el sustento con su propio oficio.
Los pastores prometieron alojarlos y se encaminaron a la aldea, que no distaba mucho.
Las vacas caminaban delante haciendo sonar sus cencerros.
Detrás de las vacas corría Pelusín, como si fuese perro pastor, obligándolas a ir en orden. Tras Pelusín seguían los cinco pastores, y al final, Lápich con Ghita.
Lápich portaba al hombro el loro de Ghita, con el que se hizo muy amigo. El loro escuchó mencionar ese día
tantas veces el nombre Gregorio, que se le quedé
grabado en la lengua. Los loros guardan su saber en la lengua y no en la cabeza. Cuando arribaron a la aldea, el