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Aventuras Del Aprendiz Lapich

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Academic year: 2021

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IVANA BRLICi-MAZÚRANIC

LAS AVENTURAS DEL APRENDIZ LÁPICH

ILUSTRACIONES DE SUSANA GONZÁLEZ

EDITORIAL ANDRÉS BELLO

Barcelona • Buenos Aires • México D.F. • Santiago de Chile

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EN CASA DEL MAESTRO GRUÑO

El aprendiz Lapich

Este es el cuento del viaje un aprendiz de zapatero, huerfano de padre y madre, llamado Lápich.

Lápich era pequeño como un codo,* alegre como un pajaro , valiente como el Príncipe Marcos,** sabio como un libro y bueno como el sol.

Todo el día permanecía sentado, con sus pantalones rotos y su camisa roja, un banquillo de zapatero de tres patas, todo el día claveteaba botas o cosía zapatos. Todo el día silbaba y cantaba mientras hacía su trabajo. El patrón de Lápich, el maestro Gruño duro y temible, era tan alto, que su cabeza llegaba al techo del

tallercito. Tenía el pelo desgreñado, como un león, y los bigotes largos hasta los hombros. Su voz tronaba fuerte y poderosa, como la de un oso.

El maestro Gruño, cierta vez, sufrió una penosa

desgracia y, desde aquel día, corazón se endureció. La causa de su desdicha la conoceremos más adelante. El maestro Gruño era, pues, de corazón duro y

sumamente injusto. Cuando dominaba el mal humor, siempre retaba gritoneaba a su aprendiz.

La esposa del maestro, en cambio, e muy buena. A ella también le aconteció misma desgracia; pero, desde entonces, fue aún más bondadosa y de buen corazon. Quería mucho a Lápich.

Ella también le temía al maestro Gruño. Cada vez que le llevaba al aprendiz un trozo de pan tierno, debía

esconderlo bajo su delantal para que el maestro no lo viese, porque le había ordenado que le diera al niño, únicamente, pan duro y añejo; sin embargo, la buena

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mujer sabía que a Lápich le gustaba comer el pan fresco.

El aprendiz tenía, solamente, unos pantalones rotos y otros que su patrona le cosió de una tela verde. La tela sobró de un delantal del maestro y este le ordenó que le cosiese unos a Lápich. En estos pantalones, las piernas del niño se veían tan verdes —iguales que ranas

verdes— que no le agradaban, porque otros aprendices se reían de él. El maestro le obligaba a ponérselos los días domingo. Pero Lápich, que nunca perdía el buen humor, cuando debía vestirse de pantalón verde, se burlaba de sí mismo. Croaba “cro-cro” como rana. Cuando los demás aprendices vieron cómo se divertía, no le gastaron más bromas. Desde entonces jugaban con él los domingos y lo querían mucho.

Lápich debía jugar a escondidas del maestro, porque si este lo sorprendía, lo mandaba a casa inmediatamente. Así, pues, vivía Lápich en casa del maestro Gruño: lo pasaba mal. No obstante, él habría permanecido allí, sepa Dios cuánto tiempo, si no hubiese acontecido un hecho que lo entristeció muchísimo.

Las botitas

Cierto día, un rico señor encargó al maestro Gruño un par de botitas para su pequeño hijo. Estas quedaron muy hermosas. Sus cañas relucían como oro al sol. El mismo Lápich claveteó las suelas de esas botitas. Cuando vino el señor con su hijo para llevárselas y el niño las calzó, le quedaron, desgraciadamente, muy apretadas. Por tal motivo, el señor se negó a aceptarlas. El maestro discutió con él, pero el cliente no cedió, no quiso llevarse ni pagar las botas.

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Tan pronto se marchó, el maestro Gruño se enfureció y gritó a Lápich:

—(tú, bribón, tienes la culpa! ¡Tú, haragán e inútil! ¡Tú

eres culpable de la estrechez de las botas! —Gruño vociferaba furioso. Entonces, agarró las botitas y con estas le propinó a Lápich una paliza sobre sus espaldas. Era demasiado injusto, puesto que él mismo midió y cortó las botas y Lápich no era culpable de nada.

Cuando el maestro Gruño se enojaba, no distinguía lo justo de lo injusto.

Por lo tanto, golpeó a Lápich en sus espaldas con las botitas, las arrojó a un rincón y le rugió a su mujer: —Mañana las echarás al fuego, no quiero ver más esas botas! —Y como un león, vuelto hacia Lápich, lo

amenazó con su enorme puño y su voz de trueno: —Las botas serán quemadas pero tú, haragán, todavía me las pagarás. —Le advirtió de este modo que recibiría aún más golpizas por causa de las botas.

Cuando Lápich se fue a dormir por la noche, no silbó ni cantó como acostumbraba, sino que permaneció

cavilando por largo rato.

Lápich dormía en el suelo en un rincón de la cocina. Ocupaba un duro colchón de paja y disponía de una

manta rota y de un cabo de vela metido en una papa, en lugar de palmatoria.

Se acostó, apagó la vela, que apenas sobresalía de la papa, y comenzó a pensar. Pensaba y pensaba, hasta que resolvió huir aquella misma noche de la casa del maestro Gruño para recorrer el mundo. Aunque esto no era fácil, sino además peligroso, Lápich se decidió.

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realizar! La huida

Cuando todo dormía profundamente, Lápich se levantó. A su alrededor todo era negro como en un baúl cerrado. Sigilosamente, igual que ratón, salió de la cocina y se introdujo en el taller, donde también reinaban las tinieblas. Al encender un fósforo, algo por el suelo

empezó a meter ruido en todas las direcciones, a crujir y a escapar. Eran los ratones que de noche

mordisqueaban cuero. Pero Lápich no se inquietó por ello, porque tenía bastante que hacer para preparar su viaje.

Primero, cogió un pedazo de papel viejo y un gran lápiz de zapatero. Sentado en el banquillo de tres patas, escribió una carta:

Usted quiso arrojar las botas al fuego. Yo me apeno po eso y me voy al mundo para suavizarlas. Entonces no quedaran estrechas. Sea mejor. con su nuevo aprendiz. Dele mas sopa y pan mas blando. Le devo!vere las botas. Lapich

Demoró en escribir, pues no era diestro en caligrafía. Sus letras, grandes y jorobadas, semejaban peras. Cuando firmó la carta, se levantó cuidadosamente y la prendió en el delantal del maestro, que colgaba en una pared. Después, se sentó y se dedicó a redactar una segunda carta:

Querida señora: gracias por su bondad. Me marcho a

recorrer el mundo. Pensare en usted y ayudare a. todos,

igual como usted m. ayudaba a mi.

Se levantó en silencio y prendió la carta en el delantal de la señora, que también colgaba en la pared.

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En seguida, tomó su bolso de cuero rojo e introdujo lo que necesitaba para el camino. Primero, un trozo de pan y un trozo de tocino. Esta era su comida de la noche anterior que no pudo comer por lo triste que se

encontraba.

Guardó en el bolso un pañuelo azul, una lezna, un poco de hilo zapatero y varios pedacitos de cuero. Lápich era un probado zapaterito, y zapatero sin lezna ni hilos es como un soldado sin fusil. En seguida, metió en el bolso su cuchillito y ya no cupo otra cosa.

Al terminar esto, se vistió para el viaje:

descolgó sus pantalones verdes y se los puso. Al

hacerlo, estuvo a punto de croar, ¡tan acostumbrado se hallaba a esta broma! Pero permaneció mudo, como ratón, para no despertar al maestro Gruño, quien dormía en el cuarto del lado.

Luego Lápich zurció un codo de su camisa roja y se la colocó. Del rincón, cogió las lindas botitas causantes de la paliza del día anterior.

Faltó poco para que silbara de alegría cuando se calzó las botitas, ¡tan suaves las sentía! Tampoco debía silbar, porque el maestro se despertaría. Quiso, además,

llevarse su gorro, pero estaba muy roto y sucio. Por tal razón, cogió un pedazo de cuero brillante, sobrado de las botitas, y con este cosió una ancha cinta alrededor del gorro. ¡Fácil era para él coser cuero, siendo

zapatero!

El gorro ahora brillaba como el sol y se lo encajó en la cabeza.

Lápich, listo para el viaje, llevaba puestos sus

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gorro reluciente y el bolso rojo al hombro. ¡Parecía general de un ejército maravilloso!

Entonces, silenciosamente, se escabulló del taller al patio.

Allí estaba amarrado el perro Pelusín. Lápich y Pelusín eran grandes amigos y por eso no se acercó a él:

comprendía que el perro gemiría al verlo partir. Para Lápich era igualmente triste y doloroso abandonar a Pelusín.

Justamente cuando el niño salió al patio, dudando si abrazar o no al perro, el maestro Gruño comenzó a toser en su cuarto; tosía sin despertar. Le picaba la garganta, porque el día anterior le gritó mucho a

Lápich. Cuando el niño escuchó la tos se aterró: creyó que el maestro había despertado.

—Escápate ya, Lápich, lo más rápido que puedas! —se dijo, y velozmente atravesó el portón de la casa, que por suerte se encontraba sin llave, y salió a la calle. Todavía era noche oscura. Las casas parecían altas, hasta las nubes. Lápich marchaba muy de prisa. No divisó a nadie; la gente aún dormía.

PRIMER DÍA DE VIAJE

El pequeño lechero

Lápich caminó y caminó en la oscuridad por muchas calles, pues la ciudad era grande. Tantas recorrió, que el maestro Gruño no lo sorprendería en ninguna.

Continuó caminando hasta que el día comenzó a

clarear. En la última calle, vio que avanzaba hacia él un anciano en su carrito tirado por un burro, trayendo muchos cántaros de leche a la ciudad. El carrito y el

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encorvado.

El anciano se detuvo delante de una casa de tres pisos, tan alta, que todavía la luna miraba sus ventanas

superiores. Entonces, tomó un cántaro lleno de leche y pretendió llevarlo. Pero, como era débil, tropezó con el primer peldaño y casi se cae. Empezó a lamentarse y se sentó.

En ese momento, se le acercó Lápich, de pantalón verde y camisa roja, con sus lindas botitas y su gorro

reluciente. Cuando lo vio el anciano, se sorprendió tanto, que terminó de quejarse.

—Permítame, abuelito, que yo le lleve la leche a esa casa.

—Y tú, ¿de dónde eres? —preguntó el anciano al multicolor Lápich.

Como no le agradaba contar lo del maestro Gruño, el chico le replicó:

—Yo soy el aprendiz Lápich. El Rey me envía para que le ablande las botas a su hijo y para que ayude en su reino a cuantos lo necesiten.

El anciano entendió que Lápich bromeaba; pero le agradó tanto, que terminó de quejarse y hasta se rió. —A qué piso hay que subir la leche?

—Al tercero —le informó el anciano.

Lápich era muy fuerte: cogió el pesado cántaro y lo llevó hasta la casa como si fuese una pluma.

Las escaleras aún estaban oscuras.

Lápich subió con el cántaro al primer piso, luego al segundo y, al fin, al tercero. Este piso era tan alto, que la luna todavía miraba sus ventanas.

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sumamente negro. Sólo brillaban dos puntos iguales a dos luces rojas. Ciertamente, se trataba de un gato cuyos ojos centelleaban.

—Oh, disculpe! —dijo Lápich al gato—. Ya traje la leche. Indíqueme usted el camino, por favor.

El gato levantó alegremente la cola y, corriendo delante de Lápich, se paró ante una puerta.

Lápich buscó la campanilla y la hizo sonar. La criada de la casa corrió el cerrojo y abrió la puerta.

Al ver a Lápich de tantos colores, la criada se asustó: chilló con toda su fuerza y palmoteó. El gato se asustó de sus chillidos y saltó a la cabeza de Lápich; de esta, a un hombro de la criada y, de ahí, ¡paf!,

derecho a una olla repleta de agua. ¡Qué comedia!

El gato maúlla, el agua salta, la olla rueda, Lápich brinca para no mojarse las botas y la criada ríe tan

fuertemente, que hace vibrar los vidrios de las ventanas.

—Ja, Ja! —reía la criada—. ¡Qué muñeco más pintarrajeado eres tú! ¿Eres papagayo o pájaro carpintero? ¿Quién eres tú?

—No se engañe usted, señorita —respondió el niño—; yo soy Lápich y le traigo la leche. El anciano está débil y no puede subir las escaleras. Habría sido mejor que usted no hubiese gritado.

La criada ya no reía. Le recibió la leche y, cuando Lápich quiso irse con el cántaro vacío, cogió una vela y lo

acompañó escaleras abajo, porque el niño le había caído en gracia.

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leche cada día? Si hoy me pudo acompañar, bien podría ir sola a buscar la leche, el anciano es débil y no puede subir el cántaro al tercer piso.

La criada se avergonzó por no habérsele ocurrido y le prometió que en adelante bajaría todos los días a retirar la leche.

Ante esta promesa, Lápich ofreció traerle flores al regreso de su viaje.

Cuando bajó a la calle, le rogó al anciano que le

permitiese seguir repartiendo la leche, puesto que aún el carro se veía completo.

El anciano no esperaba nada mejor y Lápich, cogiendo al burrito de sus riendas, se dispuso a repartir la leche. El inteligente burro se sabía de memoria todas las casas donde debía dejar la leche y se detenía, puntual, frente a sus puertas. El niño, muy sorprendido de la

inteligencia del burro, le preguntó al anciano por qué la gente le dice “burro” o “asno” a un animal tan

inteligente. El anciano, a pesar de sus años, no halló qué responder.

—Cuando yo nací —recordó— los burros ya tenían ese nombre.

Esto no le pareció justo a Lápich y se lamentó de no saber escribir mejor.

—Si yo supiese escribir mejor, escribiría un libro para que a los animales inteligentes se los llame con

nombres más bonitos, y el nombre “burro” o “asno” lo reservaría, únicamente, para los seres que lo merezcan —razonó el aprendiz.

En tanto, al inteligente burro no le preocupaba cómo lo llamaban los hombres ni lo que Lápich y el anciano

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conversaban de él: seguía deteniéndose frente a las puertas donde correspondía.

Lápich tomaba un cántaro y, rápido como el viento, corría escaleras arriba. De este modo, el carro se vació en un santiamén, quedando un tiesto chico con el

desayuno del anciano.

El anciano agradeció al buen Lápich y lo convidó a beber sabrosa leche. Después se alejó con su burro y el carro, mientras Lápich reanudó su camino.

El día aclaró.

Lápich continuó avanzando y pronto salió de la ciudad. Ya no se divisaba ninguna casa, únicamente grandes campos, arbustos, árboles y una larga carretera. La ciudad se perdió de vista.

—Gracias a Dios! —se dijo Lápich y se sentó bajo un árbol. Se sentía muy somnoliento, porque había

dormido poco la noche anterior. Acomodó el bolso rojo bajo su cabeza y se acostó en la honda hierba.

La hierba era blanda, pero bastante dura como para acostarse en ella. Lápich, de todos modos, se durmió dulcemente cual una liebre.

¡Pues, que duerma y duerma! Lo importante es que el maestro Gruño quedó lejos, y más importante aún es que Lápich ignora cuánto bien y cuánto mal le aguardan en el camino.

Si lo supiese no dormiría tan plácidamente.

Una gran cabeza aparece en la hierba

Lápich durmió a pierna suelta y por largo tiempo. Cerca de él, pasaban por la vía muchos carretones, muchos campesinos y campesinas. Los caballos

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traqueteaban por la carretera, la gente conversaba y gritaba, los carretones crujían y los gansos, que las campesinas acarreaban a la ciudad, graznaban. Lápich dormía sin escuchar nada, como si tuviera

saúco* metido en los oídos. Hundido en la alta hierba, nadie lo vio.

Llegó el mediodía. Por la carretera no transitaba nadie. De pronto, Lápich comenzó a despertar. Oyó que algo se arrastraba y deslizaba en la hierba. Cada vez oía

mejor cómo algo pisoteaba el césped y escuchó, ya muy cerca de él, que ese algo respiraba y resoplaba

agitadamente. Aquello le pareció extraño.

Lápich, adormecido aún, no veía ni escuchaba claro. Por esto quiso levantarse un poco para ver qué era lo que se deslizaba acercándosele cada vez más.

Al instante, asomó en la hierba, muy próxima al niño, una gran cabeza enmarañada y amarillenta que le estiró su larga y roja lengua.

Esto era verdaderamente muy extraño y bastante alarmante. Quizás cualquier otro se habría asustado, pero Lápich saltó y abrazó la gran cabeza enmarañada. ¡Era la de su querido perro Pelusín! Pelusín huyó del

maestro Gruño en busca de Lápich, y después de mucho olfatear, buscar y correr, ¡al fin! encontraba a su amigo. El perro lamía las manos de Lápich con su lengua larga y roja; Lápich lo abrazaba sin cesar.

—Qué bien, mi querido Pelusín! —repetía. De pura

alegría, saltaban y daban tumbos en la hierba, como dos pelotas. Después de un rato, resolvió Lápich:

—Ya está bien, siéntate, por favor, que vamos a almorzar!

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Pelusín, muy feliz, saltaba tras las moscas y los saltamontes.

Lápich, sentado en la hierba, sacó del bolso el pan, el tocino y su cuchillito; se persignó, se quitó su gorro y empezó a comer. Una lonja de tocino se echaba a la boca y la siguiente se la tiraba a Pelusín. El perro esperaba cada lonja en el aire y se la zampaba al instante.

Lápich cortó un pedazo de pan para él y tiró otro a Pelusín. ¡Chap! hizo Pelusín y el pan desapareció. Y de esta manera, pronto acabaron su almuerzo, se levantaron y prosiguieron camino.

Arreciaba el calor; la carretera era extensa, blanca y polvorienta.

La casa de la estrella azul

Durante bastante tiempo, Lápich y Pelusín marcharon alegremente por la carretera. Pero, al final, las plantas de los pies le comenzaron a arder.

En eso, llegaron a una casita de gente pobre. La casita, parchada y chueca, tenía dos ventanucos. Debajo de uno, se veía una gran estrella pintada de azul. La estrella se divisaba de lejos y, por ella, la casa entera semejaba una viejita que ríe.

Alguien lloraba en la casa a moco tendido. Esto apenó a Lápich y le recordó lo que había dicho: que recorría el mundo para socorrer a quien necesitase ayuda. Por lo tanto, entró a la casa para averiguar qué sucedía. En la pieza encontró a un niño. El pequeño que se llamaba Marcos, se encontraba llorando, muy solo,

sentado en una banca. Era del porte de Lápich y lloraba, porque había perdido dos gansos mientras los

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apacentaba. ¡Por cierto que esto no es desgracia tan grande; pero depende de quién se trate!

Marcos era huérfano de padre y, siendo su madre muy pobre, debía cuidar los gansos, pues cada uno valía trescientas coronas.

Cuando Lápich, de pantalón verde, camisa roja y relucientes botas, entró a la pieza, Marcos se

sorprendió tanto, que abrió su boca lo más que pudo y dejó de llorar.

—Por qué llorabas?

—Perdí dos gansos mientras los apacentaba —

respondió Marcos, rompiendo a llorar con más ganas aún.

—Eso no es nada. Nosotros los encontraremos. Vamos. Y Pelusín, Lápich y Marcos partieron a buscarlos.

No lejos, se extendían unas grandes aguas en cuyas orillas Marcos solía apacentar los gansos. Lápich nunca había visto tantas aguas, porque siempre había vivido en ciudad. Alrededor de las aguas, se alzaban

incontables arbustos, y lejos, en la orilla opuesta, crecían juncos. Cuando llegaron, Marcos empezó a llorar de nuevo.

—Ay, ay! Nunca encontraré a mis gansos. —Lloraba tan fuerte que Lápich debió prestarle el pañuelo azul para que enjugase sus lágrimas.

A Lápich también le parecía imposible hallar, junto a esas aguas tan grandes, a dos gansos tan pequeños. Pero prefirió callar para no apenar más a Marcos, y ambos empezaron a buscar los gansos entre los

arbustos. Entretanto, Pelusín corría, olfateaba y ladraba alrededor de ellos, cada vez más enérgicamente.

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De pronto, el desgreñado Pelusín se lanzó a correr, saltó al agua y nadó, cruzando las extensas aguas.

—Pelusín, Pelusín! —llamaba Lápich, mas el perro no le obedecía; sólo sacudía la cabeza y seguía nadando hacia el otro lado del agua, perdiéndose entre los juncos. Lápich temía perder a Pelusín. Si perdía a su perro, seguramente él también lloraría. Pero no podría llorar, porque prestó su pañuelo a Marcos. Ni tiempo tuvo, porque de la lejana orilla, entre el ramaje, se escucharon sacudones y un batir de alas; sonoros graznidos y más sonoros ladridos. Eran los gansos de Marcos, que

Pelusín buscó y encontró confundidos en el ramaje del otro lado de las aguas. Allá lejos, por supuesto, ni

Marcos ni Lápich jamás habrían alcanzado.

Marcos brincaba de alegría cuando Pelusín arreaba los gansos hacia él. Las aves nadaban adelante, abriendo el pico cuanto podían, y graznaban furiosamente. Pelusín nadaba detrás de los gansos y los correteaba, ladrando también con furia.

Todo acabó bien; Pelusín condujo a los gansos, sin problemas, hasta los muchachos y muy contento salió del agua.

—Qué inteligente eres! Cuando yo sea rico te compraré una salchicha de diez coronas —prometió Lápich a su perro.

Marcos agarró un ganso y Lápich el otro y, sujetándolos bajo el brazo, regresaron a casa. Iban tan contentos, que silbaban por el camino igual que mirlos. Mientras marchaban, Marcos le comento a Lápich:

—Vaya, qué cabeza tan grande tiene tu Pelusín! —Es por eso que es tan inteligente

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—respondió Lápich—. ¡Si tuvieses tú una cabeza tan grande, habrías encontrado a los gansos sin el perro! Al cabo, llegaron a la casa de Marcos. La madre de este, que ya se encontraba allí, le permitió a Lápich que

durmiese con ellos, pues le quedó muy agradecida de que su perro encontrase a los gansos. De este modo, Pelusín obtuvo para su amo su primer alojamiento. Ya anochecía, y Marcos y Lápich se sentaron en un

peñasco situado delante de la casa y recibieron, en una fuente jaspeada, polenta con leche y dos cucharones de madera.

Mientras cenaban, Lápich preguntó a Marcos: —Dime, ¿quién dibujó la estrella azul en la casita?

—Yo! Cuando mi madre pintaba el cuarto, tomé pintura y la dibujé. Creí que mis gansos reconocerían la casa por la estrella; pero ahora veo que fue en vano, porque los gansos cruzan las aguas, tenga o no tenga estrella la casa.

Lápich memorizó bien aquella estrella azul. Y quien lea este librito, que la recuerde. Le será útil cuando lleguen los difíciles días que vivirá Lápich.

Los niños conversaban mientras cenaban. Pelusín recibió polenta también. Después de comer, todos se fueron a dormir.

Lápich no durmió ni en la pieza ni en cama, porque en la casita no había lugar para él.

En el patio había un modesto y viejo establo donde se guardaba heno, y allí dorrniría.

Lápich debió trepar al desván del establo por una

escalera y meterse a través de una pequeña abertura. Al llegar, giró en torno, asomó la cabeza y gritó:

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—Buenas noches!

Pero en el patio no quedaba nadie. La noche era negra y el patio semejaba un gran hoyo negro. Arriba, en el

cielo, titilaban tantas estrellas como Lápich nunca advirtiera antes.

Entonces, se quitó sus hermosas botitas y las limpió, se acostó sobre la paja y se durmió.

Frente al establo, dormía Pelusín; arriba, en el altillo, dormía Lápich, y dentro del establo, dormía una bonita y jaspeada vaca.

Fue el primer día de viaje de Lápich. Terminó sin problemas. ¡Dios sabrá cómo le irá en el siguiente

Ldpích y

los picapedreros

De mañana, temprano, los gallos iniciaron su cantar y los gansos, su graznar; la vaca campanilleó su cencerro y Pelusín empezó a ladrar y gemir, porque no divisaba a Lápich.

Era tanto el alboroto, que el niño despertó e imaginó, en el primer momento, que se hallaba en un zoológico.

Le agradeció a la madre de Marcos, quien le obsequió un trozo grande de pan y tres huevos duros para el camino.

Lápich y Pelusín prosiguieron su andar y disfrutaron una sosegada mañana de viaje.

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llegaron a un lugar de la vía donde varios hombres sentados picaban piedras para la carretera con largos martillos. Algunos usaban grandes anteojos negros, porque temían que les saltasen a los ojos trocitos de piedra. Otros, sin temor, desdeñaban los anteojos y cantaban animadamente.

A Lápich le agradaron más estos últimos y, sin pensarlo dos veces, tomó asiento a su lado para cantar con ellos. Lápich conocía bien la canción que entonaban, porque la gente alegre siempre canta lo

a, porque siempre permanecen sentados al borde de la vía y miran pasar a todos.

Un picapedrero le respondió a Lápich:

—Al que tiene zapatos firmes, puño fuerte y cabeza inteligente le va bien en el amino.

—Y al que no tiene de eso? —insistió lápich.

—Igualmente le va bien, porque sin eso, al llegar a la primera aldea, de todos modos se aburre y regresa a casa —concluyó el picapedrero.

Lápich se levantó para proseguir su amino; pero, antes de partir, todos se rieron con ganas por lo que

aconteció en seguida:

Apareció, desde un lado, un ternerito jaspeado que deambulaba por allí.

—Es cierto que somos del mismo por te pero no hacemos pareja —se defendió Lápich y, riendo, se

arremangó las mangas y se lanzó a pelear con el ternero jaspeado.

Dos o tres veces se escuchó: ¡plaf, plaf!, y luego: ¡bang, bang! Lápich golpeaba con sus fuertes puños, y el

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El ternero saltó bien hacia atrás, para atacar con mayor impulso a Lápich.

—Oh, oh! Agarra vuelo, no más —azuzó Lápich al ternero.

Y el animal se disparó con toda su fuerza contra él. Lápich brincó a un lado y el ternero, con su cabeza

gacha, pasó corriendo a su lado y, ¡cataplum!, de cabeza rodó, igual que un zapallo, a una acequia que corría a orilllas del camino Después escapó al lugar donde recordó haber dejado a su madre.

Lápich y los picapedreros, mirando atras se reían. Lápich se bajó sus rojas manas y les explicó:

—Yo leí, hace tiempo, en el Almanaiue del Zapatero: “Si un tonto y un listo combaten, pelea pareja no hacen”. Pronto se dispuso a partir y los picapedreros se

despidieron de él afectuosamente.

—Feliz viaje! Tus botitas son fuertes y recién

comprobamos que posees buena cabeza y firmes puños.

A Lápich le agradó este halago y prosiguió su camino. El día se abochornó. En la noche, seguramente, se descargarían rayos, lluvias y truenos.

Cruzó una aldea, pero no se detuvo, pues pretendía

huir lo más lejos posible de la ciudad del maestro Gruño. Caminaba, pues, Lápich, caminaba por la carretera; pero al atardecer, repentinamente, empezó a soplar un

fuerte viento, a relampaguear y a tronar. Primero, tronaba lejos y débilmente. En seguida, cada vez más cerca y con más fuerza.

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y trotaba apegado a Lápich.

—Esto no es nada —le dijo Lápich y continuó adelante. Entonces, relampagueó más fuertemente y se escuchó, remoto, el terrible golpazo de un rayo. Pelusín se

estremecía de susto y el viento resop1aba. Aparecieron unas nubes negrísinas, tantas, que el día se oscureció como si fuese noche. Cuando relampagueaba, todo el cielo se veía ardiendo.

Principió a caer una lluvia de gruesos goterones. “Ahora debemos guarecernos”, pensó lápich, más preocupado de sus botas que por otra cosa; miraba alrededor y no veía dónde esconderse, porque por todos lados se multiplicaban campos y árboles y no se advertían casas ni gente.

Era conveniente que Pelusín y Lápich induviesen juntos. A veces, se mostraba nás inteligente el perro que el amo, y otras, ocurría al revés; de este modo siempre se ayudaban el uno al otro.

En esta ocasión, el más inteligente fue el perro que corrio hacia un puente que aparecio

Cuando Lápich se deslizó bajo el puente de súbito, se asustó.

¡Y quién no se habría sorprendido y asustado! Allí se hallaba sentado un hombre envuelto en una larga capa negra y cubierto con un sombrero roto. Pelusín le ladró rabiosamente, pero Lápich, en cambio, fue más

prudente esta vez y reflexionó con tino: ¡siempre hay que ser amable y cortés!

Ordenó al perro que se callase y saludó al hombre: —Buena tardes!

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llegaste hasta acá?

—Afuera llueve y a mí me preocupan mis botas.

¿Permite usted que yo y Pelusín nos quedemos aquí? — preguntó Lápich.

El viento seguía soplando, terriblemente huracanado; la lluvia azotaba el puente con granizos, como si lo golpeasen con martillos, y los estampidos de los truenos resonaban tan potentes que no se podía conversar.

Lápich, Pelusín y el hombre seguían en cuclillas.

El perro gruñía sin parar en contra del hombre, quien en verdad tampoco le gustaba a Lápich. Hubiese preferido estar solo con Pelusín debajo del puente.

La lluvia castigaba sin piedad y los truenos proseguían iguales en su furia.

—Debemos dormir aquí esta noche —dijo el hombre.

Lápich comprendió que el hombre tenía razón, porque afuera llovía a cántaros , se saco las botas que colocó a su lado. Puso el bolso debajo de la cabeza y se tendió sobre la paja.

El hombre se acostó, cubriéndose con su capa. Lápich le dijo:

—Buenas noches! —y el hombre contestó lo mismo. El niño se persignó en voz alta.

Alzó un poco la cabeza para ver si el hombre lo haría a su vez. Pero este no se persignó; se dio vuelta y empezó a roncar como lobo.

Aquello no le agradó a Lápich. Por tal motivo, se persignó una vez más y abrazando a Pelusín, porque

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Transcurrió el segundo día del viaje del aprendiz. Este no fue muy agradable por cierto: pero en cualquier travesía hay dificultades

TERCER DÍA DE VIAJE

Una gran tristeza

De este modo, bajo el puente, dormían Pelusín, Lápich y el hombre de capa negra. Durante la noche, de pronto, el perro comenzó a gruñir y a ladrar. Lápich, muy

dormido, lo abrazó más fuerte aún y le ordenó: —Cállate, Pelusín!

El perro obedeció y ambos continuaron durmiendo,a la mañana siguiente, cuando lapich desperto se percato que el hombre se habia marchado sin despedirse por lo que se dispuso a calzar sus botas. Pero, lo que vio fue algo terrible: sus botas habían desaparecido.

No estaban ni en la paja ni debajo de ella. No estaban en parte alguna. ¡No estaban y no estaban! El hombre se las llevó.

—Ay, Señor, Dios mío! —suspiró el niño y unió sus brazos, desconsolado, y quedó pensativo por algunos momentos.

Cualquier niño lloraría si le robasen tan lindas botitas. ¡Por cierto que cualquier niño lloraría al quedar descalzo en su largo viaje!

Mas Lápich no lloró. Reflexionó unos instantes, se paró de un salto, llamó a Pelusín y dijo:

—Vámonos, Pelusín, vamos a buscar a ese hombre! Nosotros lo hallaremos aunque tardemos diez años, y recuperaremos las botas.

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Negro pudo esconderlas.

Una niñita en el camino

De tal modo marchaba Lápich; marchaba por la

carretera y reflexionaba igual que un niño de último año de escuela primaria. Pero él no asistía a la escuela, sino que cruzaba por el mundo buscando sus botitas, tarea, en verdad, todavía más difícil.

Después de caminar media hora, divisó en la carretera a una pequeña y hermosa niña.

La niñita, de suelta cabellera, llevaba al hombro un lorito verde. Caminaba con pie ligero.

La niña era de un circo y se llamaba Ghita. Ghita es un nombre curioso, pero en los circos suceden muchas cosas curiosas.

A Lápich le pareció muy linda, con su vestidito celeste orillado con cinta plateada. El vestidito se hallaba bastante gastado; pero..., qué importaba eso. Ghita calzaba zapatos blancos con hebillas doradas. Los

zapatos se veían viejos y remendados, pero, igual..., qué importaba eso. De todas formas, Ghita le parecía bella y apuró el paso para alcanzarla.

—Buenos días! —saludó al acercarse a Ghita. Pero imagínense cuánto se sorprendió, cuando en vez de Ghita, le contestó su loro:

—Buenos días, buenos días, buenos días!

Ella le contó que, por haber enferma do su patrón la dejó en una aldea. Que él continuó en gira con el circo, pasaría por dos aldeas y una ciudad y, luego, se

quedaría en una tercera aldea, indicándole que cuando sanara fuese tras él.

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—dijo Ghita—; es bastante lejos y el viaje, aburrido. —Pues, yo también estoy viajando. ¡Vámonos juntos! —Vámonos! —respondió Ghita—. Pero estoy muy

triste. Alguien, esta mañana en la carretera, mientras fui a una fuente a beber agua, me robó mi cajita. Ahí

guardaba varias cosas y mis aretes de oro. —Y a mí, alguien me robó las botitas

—agregó Lápich—. No te pongas triste. Encontraremos nuestras cosas.Al rato la niña se quejo que tenia

hambre, que dificiles son las niñitas! Hace un rato se mostraba apenada y ahora, con hambre...”

Sin embargo, y a pesar de todo, Ghita e gustaba cada vez más y por esto le respondió en voz alta:

—Ya encontraremos trabajo en la aldea no tendremos hambre. Y tú, dime, ¿qué sabes hacer para ofrecer nuestros servicios algún campesino?

Ghita, con orgullo, contestó:

—Oh, yo sé muchas cosas! Sé montar, sé estar parada arriba de un caballo, sé saltar a través de un aro, sé pelotear doce manzanas al mismo tiempo; puedo morder el vaso más grueso y tragarme el vidrio y sé muchas otras piruetas que se ven en los circos. Lápich comenzó a reír con tal fuerza,

que el gorro se le cayó de la cabeza.

lo que tu sabes no nos servirá para trabajar con algun campesino, pero continuaron hacia la aldea para hallar ocupación. A un lado iba Lápich, al otro, Ghita y al

medio, Pelusín. En el hombro de Ghita se equilibraba el loro.

¡Qué grupo tan llamativo y extravagante avanzaba por la carretera!

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En la siega

Lápich silbaba tan bonito mientras caminaba, que todos marchaban marcial y rápidamente como soldados. Por esto, llegaron pronto a la primera aldea.

Allí, un granjero segaba su heno y disponía de muchos

labriegos.

Lápich se acercó al granjero y le preguntó: —Necesita usted buenos labriegos?

—Justamente por eso, porque no sabemos nada y deseamos aprenderlo todo

—contestó Lápich.

Al granjero le agradó la respuesta y, a pesar de que nunca había contado con peones como Ghita y Lápich, los ocupó de todos modos y les ordenó que removiesen el heno ya segado. Él empleaba a muchos trabajadores para secar el heno lo más rápido posible.

Los labriegos, precisamente, estaban desayunando y les ofrecieron a Ghita y a Lápich tocino y pan.

Cuando acabaron de comer, todos se fueron a trabajar. Ghita colocó su loro y el bolso en una rama.

A los niños les pasaron unas grandes horquillas de madera para que removiesen el heno y lo apilaran. Ghita no estaba comoda en aquellas tareas. Se aburría de trabajar, porque en el circo no aprendió ningún oficio serio.

Ella, por lo mismo, apenas movió dos o tres veces la horquilla, formó un montoncito disparejo y se sentó arriba de él.

—Lápich, tengo calor —se quejó primero. Pero Lápich no escuchaba, seguía trabajando.

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más tarde.

Lápich tampoco contestó: continuaba trabajando. Ordenaba el heno tan bien, como tabaco en cajas, y había alzado ya tres altos montones, como tres torres. Ghita se enojaba más todavía porque Lápich no le

contestaba y el trabajo la aburría cada vez más.

Por tal motivo, empezó a sacudir la horquilla con rabia, hasta quebrarla. Luego por rastrillar el pasto con tanta furia, se le quebraron tres dientes al rastrillo por lo que el campesino se puso furioso

—Yo no necesito un labriego como este! ¡Quien no trabaja, tampoco debe comer!

Levantó del suelo una larga varilla y se dirigió hacia Ghita para echarla del trabajo. Así actúan siempre los campesinos con cada labriego perezoso. Si no fuese de este modo, sería preferible que ni intentaran segar la hierba. Y si la hierba no se siega, crecería tan alta, que todos los perezosos se esconderían en ella y dormirían el día completo. Así, pues, a guascazos, es lo mejor. Ghita, de lejos, divisó que el granjero venía con la varilla. Por supuesto, no quiso esperar que se acercase.

Rápidamente tiró el rastrillo, tomó su loro, alcanzó su bolso y hábilmente se escabulló hacia los arbustos como una ardilla.

Y Pelusín. al que le encantaba jugar,

—Que no te vea más! —vociferó el granjero.

De este modo, Ghita se desligó de ese trabajo y sólo Dios sabe qué idea brotó de su circense cabecita. Lápich lo vio todo y no le agradó nada. Él permaneció trabajando y razonó:

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nadie le ha enseñado, y ya que viajamos juntos, debo preocuparme de ella y le convidaré la mitad de mi cena. Así pensó el buen Lápich y trabajó rápida y

entusiastamente todo el día, para ganarse su cena y la de Ghita.

Ghita, Pelusín y el loro no aparecieron hasta la noche. Seguramente almorzaron moras y frutillas que crecén entre los arbustos,.

La función

Cuando al caer la noche terminó el trabajo, los labriegos se sentaron a cenar. Había tantos, que ocuparon una mesa que medía cinco metros de largo. La mesa se extendía bajo unas gruesas encinas. La dueña les :trajo cuatro grandes fuentes con frijoles y tres fuentes, más grandes todavía, repletas de papas. Lápich se sentó junto con los Labriegos a cenar.

Pensaba, precisamente, cómo encontrar a Ghita para convidarle comida. Y en ese momento, se escuchó en medio de los arbustos un toque de corneta.

Los labriegos dirigieron sus miradas al Lugar donde

sonaba la corneta y quedaron tan sorprendidos, que sus cucharas se les cayeron de las manos. Al ver a la niña de su cuello, mostraba una guirnalda tejida con flores del campo. Las cuerdas y las riendas de cordel, asimismo, se hallaban totalmente adornadas con flores. Pelusín,

además, lucía tres anchas cintas rojas amarradas en su cola. Adelante, en la carreta se cimbraba una alta varilla y en la varilla se apreciaba una estrecha argolla. En la argolla se columpiaba el loro.

Pero lo más hermoso era esto:

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su vestidito dorado y su cabellera al viento, tocaba una cornetita dorada. El instrumento, el vestido y las cintas las sacó Ghita de su bolso.

Pelusín tiraba la adornada carreta directamente hacia los labriegos.

El modo como el sabio perro aprendió a tirar la carreta en un solo día Semejaba una golondrina, puesto que extendía sus brazos a todo lo ancho.

Lápich, muy asustado, corrió debajo de la cuerda para salvar a Ghita por si caía. Pero ella, sonriendo, caminaba en lo alto por la delgada cuerda tan segura, como quien camina en el suelo. Cuando alcanzó el extremo de la cuerda, se deslizó por una rama hasta abajo con la misma facilidad de un pajarillo.

—Oh, oh!, esto no lo había visto todavía —exclamó Lápich.

en adelante será fácil encontrar la cajita de Ghita y mis botas —pensó Lápich, esperanzadamente—. Si el

Hombre Negro las escondió en un sótano, Ghita, que es tan hábil para atravesar un angosto aro, también lo será para meterse en cualquier sótano, aunque sea a través de un agujero hecho por un ratón. Y si las escondió en algún desván, Ghita, que es tan segura para caminar en alturas, lo será para pasearse por los tejados de todos los desvanes, hasta hallar mis botas y su cajita.”

Lápich, por supuesto, se equivocaba al calcular de esta manera. Ghita, de veras, había aprendido a atravesar aros y caminar en la cuerda, precisamente para eso: para deslizarse a través de aros y caminar en la cuerda. Pero de su gran habilidad, ni Lápich ni nadie jamás

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Los labriegos, maravillados del arte de Ghita, se olvidaron de sus frijoles y de sus papas.

Entonces, Ghita se acercó de nuevo a su carreta y tomó la varilla con el loro y la alzó arriba. Luego, dando

golpecitos con el pie en el tamboril, entonó una curiosa canción que únicamente conocen los comediantes y los loros.

En ese momento, el loro se puso a girar en su argolla, se colgaba de sus patas, quedando boca abajo; se colgaba de su pico, con los pies en el aire y, luego, se

contoneaba y ladeaba la cabeza igual que una señorita paseando. Bailaba en una pata y en la otra, como un oso. Finalmente, Lanzó un silbido, imitando un tren, y empezó a dar más vueltas en la argolla.

Se daba vueltas, rápidamente, y tan seguida alrededor de la argolla, que nadie habría adivinado si era en

verdad un loro o un mono, lo que al fin de cuentas resulta igual.

Y brotó la última sorpresa, que arrancó carcajadas a los presentes, como siempre, al final de una función: Ghita levantó la varilla con el loro arriba, y exclamó:

—Buenas noches!

Giró la varilla y el loro hacia Lápich. El loro, ni corto ni perezoso, voló y se sentó en su hombro, le quitó el gorro, se lo tiró al suelo y se lanzó a chillar y a gritar: —Me reverencio, me despido, buenas noches, buenas noches!

¡Ay, cómo reían los labriegos y hasta el mismo granjero! También Ghita chillaba de risa, igual que el loro. Lápich, en cambio, se encontraba petrificado de asombro, con el loro en su hombro, porque tal gracia no la imaginaba.

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—Buenas noches, buenas noches! —decían en voz alta los labriegos, y Lápich, por último, repitió lo mismo. —Si esto es una comedia, pues, que sea comedia — resolvió Lápich, y bajó el loro al suelo y lo cubrió con su gorro.

—Haz la venia una vez más —le mandó.

Es claro que el loro no pudo hacerla, porque un gorro tapa incluso al loro más inteligente, del pico a la cola. Por el contrario, corría con el gorro como gallina ciega, hasta que Ghita lo liberó.

Todos rieron más y más y la función concluyó.

A Ghita le sirvieron frijoles y papas y el dueño olvidó su enojo, porque cuando alguien ríe con gusto no puede enfadarse de nuevo.

—Viste lo excelente que es mi trabajo? —comentó Ghita con orgullo a Lápich.

—Tal trabajo puede ser bueno, siempre que no haya otro —replicó Lápich. Y después, todos se fueron a dormir.

La conversación de Ldpích con los labriegos

Ghita durmió en la casa de la dueña y Lápich, en el heno con los labriegos. Estos se acostaron y reinó el silencio. Lápich, antes de dormirse, suspiró:

—Hoy no he encontrado mis botitas!

—Qué botas? —indagó un labriego recostado cerca de él.

—Esta mañana, alguien me robó mis botas —le explicó Lápich.

—A mí, alguien me robó mi chaqueta azul —prosiguió el labriego.

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—A mí, alguien me robó el hacha —dijo otro.

—A mí, alguien me robó el jamón de la buhardilla —dijo un tercer labriego.

—A mí, alguien me robó el bolso con todo mi dinero — dijo un cuarto labriego.

Entonces, comprendieron que en la aldea se ocultaba un ladrón que les robó sus cosas. Cada uno se dedicó a meditar cómo encontrarlas y quién podría ser el Ladrón. Cuando la luna se levantó en el cielo, :todos dormían.

CUARTO DÍA DE VIAJE

Un incendio en la aldea

Lápich nunca en su vida durmió tan suavemente como esa noche recostado en el heno.

En verano, en realidad, resulta maravilloso dormir en el heno.”

El heno es fragante y a su alrededor hay paz y nadie se desvela. En las aldeas, la gente buena duerme de noche. Sólo las lechuzas y los murciélagos permanecen

despiertos. Mas ellos, que vueLan tan delicadamente, no despertaron a Lápich.

Pero, ¡qué pena!, cuando uno lo está pasando de lo mejor, suele ocurrir una desgracia.

Y ocurrió esa misma noche.

De repente, Lápich despertó en medic del heno y oyó que los labriegos voceaban:

—Fuego, fuego!

Saltó rápidamente del heno. Aún era noche oscura. Sólo en la aldea encandilaba una luz resplandeciente, porque allá ardía un gran fuego, rojo como en lo infiernos.

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Ardía el establo de un aldeano a quien nombraban Gregorio el Malo.

En la aldea nadie lo quería, pues no era buena persona. Pero cuando se esta quemando la casa de alguien, no se pregunta quién quiere a quién, sino que se debe correr para apagar el fuego.

Los labriegos corrieron a la aldea para ayudar a extinguir el incendio, y Lápich se sumó a ellos.

De todas las casas corrían campesinos blandiendo cada uno un palo largo con un gancho para apagar el fuego. Asimismo, corrían muchas mujeres. Cada una llevaba un balde para dominar las llamas. Y corrían muchos niños tomados del delantal de sus madres y llorando. Todos gritaban y se apresuraban en la oscuridad hacia el siniestro.

La pequeña aldea no contaba con bomberos.

“Dios mío!, cómo acabará esto sin bomberos”, pensó Lápich cuando se acercaron al fuego.

Mas, la gente de esa aldea era muy inteligente y sabía cómo apagarlo, incluso sin bomberos. Formaron una fila igual que soldados, y la fila era tan larga, que el primer aldeano se hallaba parado junto a n pozo y el último, cerca del fuego. El primero, junto al pozo, sacaba un balde Lleno de agua y, rápidamente, se lo pasaba al segundo. El segundo le entregaba el jalde a un tercero, el tercero, al cuarto y, así, aceleradamente, se pasaban unos a otros el agua; el último, que permanecía muy cerca del fuego, desde una escalera, arrojaba el agua sobre el establo en llamas. este aldeano era tan fuerte, que lanzaba el agua muy alto, igual que la bomba de los bomberos.

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Todo operaba apresuradamente. Sin embargo, los hombres se exigían a voces:

“Apúrate!”, y las mujeres gritaban: “Apúrense!”, porque temían que se incendiara la casa vecina al establo.

¡Mas, todo fue en vano! Cuando apagaron el fuego del establo, empezó a quemarse la casa, pues la cubrían apenas unas tablitas.

¡Dios mío, qué terrible es cuando arde una casa! ¡Cómo gritaban las mujeres y los niños cuando el techo

principió a chisporrotear por el fuego! Los hombres, cansados de tanto apagar llamas, comenzaron a discutir:

—Hay que subirse al techo para echar el agua desde arriba —clamó uno.

—Yo no me subo a ese techo viejo para caerme dentro del fuego —tronó otro.

—Tú eres un cobarde —gritó un tercero.

Discutían tanto, que la casa y quizás las gorras en sus cabezas se habrían quemado antes de terminar su discusión. Pero, en ese momento, desde el techo se escuchó una VOZ:

—Denme, rápido, un balde de agua!

Todos miraron hacia arriba y vieron en el techo a alguien sentado, de camisa roja, pantalones verdes y gorro reluciente.

Era Lápich, quien se había encaramado al techo mientras los hombres discutían.

Los aldeanos le pasaron, rápidamente, balde tras balde, colmados de agua, colgados de los palos. Lápich,

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fuego que se acercaba más y más a él. Las llamas crecían y crecían.

Las mujeres lloraban a gritos.

—Ay, ese pobre niño sucumbirá en el techo!

Las llamas casi lamían los pies de Lápich; se debatía sofocado y además cansado, porque había arrojado mucha agua y sus manos temblaban. Los hombres,

abajo, también temblaban de miedo por lo que le podía suceder al niño.

Lápich comprendió que con el agua solamente no podía apagar el fuego. La llamas le llegaban hasta los pies. Apenas podía respirar por el calor que se levantaba del techo.

—Denme un palo! —gimió con voz ahogada, pues no podía hablar más.

Los hombres, velozmente, le pasaron un palo largo con un gancho de fierro Lápich, con el palo, golpeó lo más que pudo las tablas que ardían bajo sus pies.

Las chispas saltaban como estrellas alrededor de Lápich y las llamas silbaban contra él, como inmensas

serpientes. De pronto, se escucharon chirridos y crujidos. Las tablas crepitaban en el fuego toda la ardiente esquina del techo se desplomó al suelo. Los aldeanos, gritando corrieron y apagaron el fuego con lo palos.

Arriba, ya no saltaban llamas; la casa se encontraba a salvo.

En un instante —qué desgracia!— Lápich desapareció del techo y se esfumó.

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—Ay, pobre Lápich! —lamentábanse los aldeanos—. ¡Tan bueno que era! Quiso ayudar a todos y ahora nadie sabe si está vivo o muerto.

Un gran milagro

Lo que le ocurrió a Lápich al caer del techo, fue un verdadero milagro.

Ciertamente debía ser muy bueno, puesto que no sólo se salvó de un modo milagroso, sino que, además, se alegró de veras.

Cayó, pues, del techo al desván. ¡Milagro de milagros! ¡Cayó derecho a un cajón lleno de harina! Cayó en blando, como sobre plumas y nada le ocurrió. Y lo primero que vio, al recorrer el desván con su mirada, fue un milagro, todavía mayor, que nunca habría imaginado.

¡En el desván, frente a él, colgaban sus bellas y pequeñas botas!

Un poco más allá, colgaba la chaqueta azul del primer labriego; algo más distante, el hacha del segundo y, al lado de ella, el jamón del tercero; y muy al rincón, el bolso del cuarto. La blanca cajita de Ghita reposaba en el piso.

—Oh, oh! —gritaba Lápich sentado en la harina, igual que un ratón asomando en afrecho—. ¡Eh, eh, todo el mundo venga aquí arriba! ¡Atrapé mis botas en el aire! La gente creyó que Lápich había enloquecido al caerse del techo, pues las botas no se cazan en el aire como mariposas. Sin embargo, todos subieron corriendo al desván.

Al llegar, lo encontraron lleno de cosas robadas. El desván repleto parecía un almacén. Ahora se supo por

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qué Gregorio nunca estaba en casa de noche. La gente comprendió que Gregorio y el Hombre Negro eran amigos y que en el desván ocultaban sus robos.

Los aldeanos quedaron muy felices. Cada uno tomó lo suyo, y el que recuperó su bolso con el dinero fue el que más se alegró.

A Lápich lo celebraron como a una torta de bizcocho, lo subieron en hombros y lo condujeron al patio. El traía sus queridas botitas en la mano y se mostraba dichoso igual que un zar.

La madre de Gregorio

Ahora todos estaban contentos, salvo la anciana y enferma madre de Gregorio, que lloraba en su cama. Hasta entonces, ignoraba que tenía un hijo tan

malvado. Gregorio, por cierto, no se hallaba en casa; de noche acostumbraba andar en malos pasos. Su madre temía que los campesinos lo encontrasen y le diesen una gran paliza, pues escuchó lo que conversaban en el patio:

—Si Gregorio estuviese aquí, ¡qué zurra le daríamos! — dijo un campesino.

—Le romperíamos la cabeza —dijo otro.

—Lo echaríamos al fuego —dijo un tercero. De tal modo amenazaban los campesinos.

—Todo esto no sería prudente —pensó Lápich—, pues a fuerza de palos no se corregirá Gregorio. Lápich entró a la pieza y en voz baja, para que los campesinos no oyesen, le habló a la madre de Gregorio:

—No llore! Yo conozco a su hijo; los labriegos me lo mostraron ayer cuando pasaba por la pradera. Si lo encuentro en mi camino, le advertiré que no regrese a

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la aldea. Le aconsejaré que abandone al Hombre Negro, que se vaya lejos y sea honrado.

—Dios te bendiga, hijo mío! —le contestó la anciana, y el corazón de la pobre mujer, en el acto, quedó aliviado, comprendiendo que al menos Lápich no guardaba

enojo contra su Gregorio.

Entonces, le pasó a Lápich un pañuelo El pañuelo anudaba una moneda de plata.

—Entrégale esto a mi Gregorio, si lo encuentras —le pidió al niño, y se puso a llorar otra vez.

Lápich se lo prometió y, tomando el pañuelo, se despidió de la anciana y se encaminó al patio.

La gente ya no estaba. Cada uno, contento, se llevó lo suyo a casa. Lápich cogió la cajita de Ghita y se la

entregó. Ella, de alegría, lo abrazó tan fuerte, que Pelusín ladró, creyendo que lo estrangularía.

Era pleno día. Nadie pensó en dormir más.

La cicatriz de Ghita

Aquel día no ocurrió ninguna otra novedad. Gracias a Dios, pues todos se encontraban cansados. Por tal motivo, en la aldea tampoco se trabajó mucho, pero sí se habló bastante. Junto a cada cerco, dos mujeres

conversaban del incendio. Bajo cada árbol, tres o cuatro hombres, acostados, lo comentaban también. Y en

cada acequia, jugaban los niños. Los niños, olvidados del siniestro, cazaban ranas. La gente celebraba a Lápich por la valentía que demostró en el incendio. Lápich se había herido un talón. Por andar descalzo, lo quemó una llama cuando apagaba el fuego en el techo. Mientras Ghita le vendaba la herida él le dijo:

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hubiese robado las botas. —Y por qué te alegras?

—Porque si en el incendio hubiese estado calzado con las botas, ellas tendrían la herida en el talón. Habría sido una pena. A mí no me inquieta la herida, ya que pronto cicatrizará.

A Ghita le pareció extraño que Lápich se preocupase tan poco por su herida. Ella habría llorado seguramente tres días si se hubiese herido de aquel modo.

Mas, para darse importancia, le mostró el pulgar de su mano derecha

—Ves? También yo tuve una herida, aquí!

Efectivamente, en el pulgar de Ghita se observaba la cicatriz de una herida, una cicatriz en forma de cruz. —Cuándo te hiciste esa herida? —preguntó Lápich—. ¿Te dolió mucho?

—No recuerdo cuándo me la hice. Era yo muy

pequeñita todavía. Sucedió antes de llegar al circo. —Y de qué lugar llegaste al circo?

—Tampoco lo sé.

—Y quién te llevó allá?

—Tampoco lo sé. El patrón del circo dice que no tengo ni padre ni madre y yo preferiría no tenerlo ni a él,

porque no lo quiero. Sus ojos son muy feos. Cierta vez, en plena noche, lo pude oír cómo cuchicheaba con unos hombres frente al circo. Seguramente es un hombre malvado.

Luego, algo pensativa, agregó:

—Lo que yo más querría es tener una madre. ¿Qué se siente, Lápich, cuando uno tiene madre?

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una patrona que a menudo me protegía de mi maestro. Cuando de noche me rendía el sueño, tomaba la escoba de mis manos y barría el taller por mí. Esto, quizás, le debe ocurrir siempre al que tiene madre.

—Entonces, lo que más me haría feliz es que tu patrona fuese mi madre —concluyó Ghita.

Lápich quiso explicarle que esto, en ningún caso, podría ser, pero no alcanzó, porque los campesinos asaban un cordero al palo en su honor y él fue a darle vueltas. Esa noche todos andaban muy contentos, comían empanadas y asado y a Lápich le pidieron que se

quedase con ellos, hasta que su herida cicatrizara más.

QUINTO DÍA DE VIAJE

Vida pastoril

Al día siguiente, a Ghita y a Lápich les fue penoso

separarse de los aldeanos, porque se encariñaron con ellos como

si hubiesen vivido juntos tres ____ años. Esto, porque apagaron el incendio entre todos. Siempre sucede lo mismo cuando los hombres comparten unidos una gran desgracia.

Ghita y Lápich se sentían entristecidos por despedirse, y los aldeanos, cuanto más tristes los veían, tanto más colmaban el bolso de Lápich de asado, pan y

empanadas, pues ignoraban cómo consolarlos de otra forma. Finalmente, el bolso de Lápich engordó tanto como un enorme abejorro cuando se sacia de miel. Ghita no pudo contener la risa al ver el bolso así colmado. Finalmente partieron irradiando alegría.

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Lápich marchaban por la carretera, como dos hormigas por aquella paja.

Después de mucho caminar, llegaron a un lugar donde la carretera se dividía en dos direcciones. Una cruzaba una ancha llanura y la otra subía hacia un cerro y a un bosque. Tal lugar se llama encrucijada.

Se cuenta que en tiempos remotos se citaban en las encrucijadas hechiceros, brujas y vampiros. Pero hoy no es así. En las encrucijadas, en verano, se sientan los

pastorcitos y tallan bastones o recogen moras blancas o negras. Y en invierno, las liebres juegan de noche,

cuando hay luna y nieve.

Ahora era verano y en aquel prado, cercano a la encrucijada, varios pequeños pastores y pastoras apacentaban vacas y asaban choclos.

Había cinco pastorcillos: dos niñitas y tres niñitos. El más chico era tan bajo que cualquier hierba alta le hacía cosquillas en la nariz; vestía, solamente, una camisita que lo cubría hasta el suelo. Tan bajo y tan

gordo era, que Lápich adivinó, de lejos, que le apodaban el Meñique.

Los pastores se reunieron alrededor de Ghita, Lápich, Pelusín y el loro, sin saber quiénes eran esos

multicolores seres bastante curiosos. Les preguntaban cosas, y el Meñique, acordándose de que en la aldea vivió un capitán con uniforme militar, indicó a Lápich con el dedo y comentó:

—Este también es capitán. Pero cuando crezca, su gorro le quedará muy estrecho.

Eso enfadó a Lápich, porque no le agradaba que le

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indicándole su larga camisa:

—Y tú, cuando crezcas, te podrás me te a fraile blanco con tal sotana. Te quedará justa de largo.

Se entrometió el hermano mayor del Meñique y respondió a Lápich.

—No insultes a mi hermano.

—No lo insulto, solo hablo en broma —se defendió Lápich.

No satisfecho, el hermano del Meñique se enfrentó a Lápich, lo miró con desdén y le insistió:

—Esto no es broma y no te metas con mi hermano. Lápich, quien desde hacía tiempo era aprendiz, sabía que cuando los niños hablan de tal modo es porque desean pelear.

Pero Lápich no quería pelear, a pesar de ser más fuerte que cualquiera de los pastorcitos.

Por esto le propuso al hermano del Meñique:

—No vamos a pelear, pero arrojemos una piedra y veamos quién es más fuerte de los dos.

Lápich levantó una gran piedra del camino y la sostuvo, apoyándola en el hombro, como si fuese una pluma. Entonces, ganando impulso con el hombro, la lanzó. La piedra voló alto y lejos, por encima de ramas y arbustos, hasta la pradera.

De seguro que así, tan hábilmente, el Príncipe Marcos también lanzaba piedras cuando era chico. Ningún pastor lanzó la piedra a esa distancia.

El hermano del Meñique guardó silencio y se alegró de que Lápich no pelease con él. Y las niñitas, a quienes no les agradaba ver pelear a los niños, comentaron:

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Meñique.

Entretanto, Ghita con las pastoras bajaron a la pradera a poner choclos en las brasas.

—Qué lindo chisporrotean los choclos!

—exclamó Ghita—. ¡Quedémonos aquí un poco más! A Lápich le agradó la idea, porque los pastores lo

admiraban y esto le complacía.

Además, en la pradera uno se siente muy a gusto. ¡Cuánto disfrutan los pastorcitos cuando se sientan en la pradera alrededor de una fogata y ponen choclos a asar en las brasas o papas en el rescoldo! Esto es muy difícil de describir. Es preferible no escribirlo, porque no toda la gente disfruta como los pastorcitos y muchos se apenarían al saber que otros lo pasan mejor.

Cuando vieron que Ghita y Lápich se acercaban, los pastores que permanecían junto al fuego debieron

buscar más choclos, pues aumentarían los comensales. —Y es permitido cortar choclos? —preguntó Lápich. —Nosotros sí podemos, porque los cuidamos —

explicaron los pastores.

—Y cómo los cuidan si los cortan? —preguntó Ghita.

—Los protegemos de las vacas. Si no fuese por nosotros, no habría choclos

—afirmó con orgullo un pastorcito algo más crecido. —No es verdad —dijo Lápich—. A mí me enseñaron en la Escuela de Aprendices que si no existiese Dios,

Nuestro Señor, tampoco habría choclos.

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—Dios nos da, primero, choclos y después nosotros los debemos cuidar.

—Y cómo saben ustedes que Dios da choclos y todo lo demás si no fueron a la escuela? —preguntó Lápich. —Nosotros todos los días recorremos campos y

praderas y observamos cómo la hierba crece cada día más y más y cómo los maizales cada vez son más

tupidos. Por ello, sabemos que nadie, salvo Dios, puede hacerlo —habló el mayor de los pastores.

Sus palabras sorprendieron bastante a Lápich, pues él ignoraba que a partir de la hierba y del maíz, el hombre aprende muchas cosas y que la sabiduría llegó de los campos y de las praderas a los libros escolares de Lápich y a todos los demás libros.

Luego corrieron juntos a cortar choclos. Lápich se quitó las botas para no estropearlas, porque la hierba se

hallaba muy húmeda.

Pero inmediatamente percibió que el Meñique las observaba. Por ello le advirtió:

—No toques las botas, Meñique! Son las botas del Rey y site las pones te morderán.

Y uno de los pastores agregó:

—Por supuesto que morderán —y metió en cada bota algunas ortigas, sin que el Meñique se fijase.

Entonces todos, menos él, se fueron a cortar choclos. Cuando el Meñique se halló solo, largo tiempo observó las botas. Le parecían más y más bonitas. Al fin, no pudo convencerse de que mordían.

Por esto, paso a paso, se acercó a ellas. Como el

Meñique era prudente, lenta y cautelosamente metió la mano dentro de una bota.

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—Ay, ay! —gritó cuando lo quemaron las ortigas escondidas—. ¡Es verdad que muerden!

Se detuvo pensativo.

El pastorcillo conocía bien las ortigas y pronto adivinó lo que guardaban las botas. Envolviendo una mano en su larga camisa, sacó las ortigas con cuidado, una tras otra. Cuando los pastores, Ghita y Lápich regresaron, el

Meñique avanzó a su encuentro calzado con las botas de Lápich. Le llegaban hasta la cintura y era tan cómico verlo con ellas, que ni Lápich se enojó.

—Qué pasó, Meñique? ¿Acaso no te muerden? — preguntó Lápich.

—Mordían, pero les saqué los dientes... Todos se rieron del Meñique; él, entones, se quitó las botas y se las

devolvió a Lápich, quien se las puso. Y ambos quedaron satisfechos.

Si la gente fuese tan buena como Lápich, a menudo sería feliz; incluso dos hombres, con un solo par de botas.

En seguida se sentaron en torno al fuego. Las niñitas avivaban las brasas con sus delantales y los niños ensartaban choclos en largas varillas para asarlos. Lápich, sentado frente a ellos, le relataba acerca del maestro Gruño, del Hombre Negro y de Gregorio el Malo.

—Mi mayor preocupación es encontrar a Gregorio para entregarle el pañuelo y la moneda de su madre —dijo Lápich.

—Y dónde lo hallarás? —preguntó Ghita.

—No lo sé! Pero le entregaría con tanto agrado y gusto lo que su madre le envió, que a cada momento imagino

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a Gregorio, que de repente, de alguna parte, podría caer delante de mí.

—Ello, con toda seguridad, no ocurrirá

—anotó, riéndose, el mayor de los pastores—. Si una pera no puede caer delante de ti si no está bajo un

peral, menos podrá caer un hombre, de repente, ante ti. De cómo un hombre cayó

delante de Lápích

Tan pronto el pastor acabó de hablar, se escuchó un gran estruendo en el camino que subía a los cerros. Algo corría y rodaba por él.

Se escuchaban gritos y maldiciones.

Lápich y los demás fijaron la vista en el camino. Desde el cerro, cuesta abajo, corría un carretón. Los

caballos, desbocados, venían a una velocidad tremenda. Levantaban su cabeza y echaban espuma alrededor, como si estuviesen rabiosos. El carretón rodaba y se balanceaba de un lado a otro, igual que un columpio. Parecía que en cualquier momento se estrellaría en la acequia que bordeaba el camino.

En el carretón venían sentados dos hombres con caras de pavor. Uno tiraba una de las riendas; la otra, cortada, azotaba a los caballos que galopaban cada vez más

furiosos.

—Oh! —exclamó Lápich—. Detengamos ese carretón. Y corrió hacia él, se plantó en medio del camino, levantó sus brazos y sin dejar de agitarlos, gritó a voz en cuello. Lápich vio, en varias ocasiones, que de ese modo se detiene a los caballos espantados.

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causaba miedo verlo correr directamente contra Lápich. Pero, antes de que llegase hasta él, el carretón se

balanceó y una de sus ruedas chocó contra unas piedras de la orilla y volcó con gran fuerza.

Los caballos se encabritaron, enderezándose como dos torres, y los hombres salieron disparados del carretón y rodaron derechamente a la acequia cerca de Lápich. —Ea! —gritaron Ghita y todos los pastorcitos, quienes atravesaron corriendo el camino.

Los caballos, resoplando como dos dragones de fuego, al tumbarse el carretón, quedaron tiesos.

—Oh, oh! —dijo Ghita, y de un brinco se acercó a los caballos agarrándolos de sus riendas.

—Caraco1es! ¡Qué lindo y precioso es este caballito! Vamos a desengancharlo. ¡Yo lo montaría! ¡Oh! ¡Este caballo es casi tan lindo como mi Halcón!

Ghita se acordó de su caballito del circo, y tanta fue su alegría, que no pensó en nada más. A las niñitas esto le sucede con frecuencia.

Pero Lápich comprendió que ahora había que hacer algo más serio. Por esto, abandonó los caballos en manos de Ghita y los pastores y fue a la acequia para ver qué les ocurría a los dos hombres caídos del

carretón.

Si Lápich hubiese sabido qué mayúscula sorpresa lo esperaba, en verdad habría pensado algo mejor que hacer. Pero en tal caso, por supuesto, no habría sorpresas.

En efecto, en la acequia jadeaban tendidos... —Dios mío! ¡A Lápich se le heló el corazón!—, allí jadeaban tendidos el

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Hombre Negro y Gregorio el Malo, y justamente decidían levantarse cuando Lápich se les acercó.

Al no atinar qué hacer, Lápich expresó lo que siempre se puede decir:

—Buenos días!

—Justo, buen día! ¿Acaso porque nos dimos vuelta? — preguntó el Hombre Negro, aún en la acequia, con voz profunda como de ultratumba.

—Es buen día porque han quedado vivos —contestó Lápich en voz alta. Pero inmediatamente pensó: “El día es bueno también porque le podré entregar a Gregorio el pañuelo con la moneda”.

Y reflexionó Lápich: “Cómo concluirá esto cuando el Hombre Negro observe que encontré mi botas?”. Pero el Hombre Negro ni siquiera miró a Lápich de tan apurado que se agitaba. En cuanto se levantó, le gritó a Gregorio con rabia:

—Y tú, ¿por qué estás sentado? Las piernas y los brazos nos quedaron enteros y no hay tiempo para conversar. Veamos qué les ocurrió a los caballos.

Se notaba su gran prisa. Salieron de la acequia y se dirigieron al carretón.

Pelusín reconoció al Hombre Negro. Le gruñó

rabiosamente, saltó sobre él y le agarró su capa negra. El Hombre Negro rechazó al perro de una patada, lo quedó mirando y dijo:

—Oh, a ti en alguna parte te oí gruñir! Junto a Pelusín estaba Lápich. Y el Hombre Negro recién ahora lo vio y reconoció y... ¡sus botas también!

Por un momento permaneció como petrificado. Se notaba que en su negra cabeza bullía toda clase de

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negros pensamientos.

Miraba a Lápich igual que un pájaro de rapiña a su presa.

Lápich, aunque chico, se mantenía erguido como una vela y observaba al Hombre Negro directamente a los ojos, pensando:

“Sea como fuere, mientras yo esté con vida no conseguirá mis botas”. Y Pelusín, mostrando sus blancos col millo pensó: “No toques a mi Lápich”. Parecía que se armaría la gorda.

Esto duró un instante. Entonces, el Hombre Negro murmuró:

—No hay tiempo que perder! —E inmediatamente le gritó a Gregorio, que se encontraba cerca de los

caballos:

—Engancha los caballos, desgraciado!

—Las riendas reventaron —explicó Gregorio de malas ganas—, no podemos continuar.

—Debemos continuar! —insistió enojado el Hombre Negro, y agarró las riendas para ver cómo se

encontraban.

En este trance, sucedió lo que el Hombre Negro menos se esperaba. Lápich se le acercó y le dijo:

—Yo le arreglaré a usted las riendas.

—Tú, gato con botas! ¿Cómo vas a arreglar las riendas? —rugió con desprecio, midiéndolo desde las botas hasta el gorro.

—Con botas estoy ahora, aunque dos días anduve descalzo; pero gato no soy. Si fuese gato no sabría remendar: yo soy el aprendiz Lápich. En mi bolso llevo hilo y lezna y les remendaré las riendas, pues veo que

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ustedes llevan prisa.

Este fue, en efecto, un bello gesto de Lápich, porque hay pocos que remendarían las riendas del ladrón de sus propias botas.

Descolgó su bolso del hombro y sacó de ahí la lezna, el hilo y un poco de cuero. Se acercó a los caballos y

empezó a liberarlos de las riendas y del correaje.

Cuando el Hombre Negro observó que Lápich tomaba en serio su trabajo dijo:

—Reconozco que tú, pequeñín, eres bueno. Remienda las riendas de prisa y olvidemos lo que ocurrió con las botas.

—De todas formas, yo prefiero llevar mis botas en mis pies que en mis recuerdos —contestó Lápich.

Luego, se sentó en una piedra a la orilla del camino para hacer su trabajo.

¡Qué maravilloso es el oficio de zapatero!

Tan pronto Lápich se dedicó a punzar con la lezna y a estirar el hilo, empezó a cantar y a silbar como

acostumbraba en el taller del maestro Gmño. Casi

olvidaba que debía conversar seriamente con Gregorio. Gregorio se sentó junto a Lápich para ayudarlo en el trabajo, mientras el Hombre Negro se alejó a reparar los desperfectos del carretón.

Ghita y los pastorcitos, en tanto, condujeron los caballos al prado para apacentarlos.

Gregorio y Lápich

Cuando Gregorio y Lápich quedaron solos, este le dijo a Gregorio en voz baja:

—Gregorio, remendaré bien las riendas, pero tú vete lejos, no regreses a la aldea. Allí te esperan los aldeanos

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