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en un cuero negro a las orillas del río Machángara

Paúl Narváez

*

E

sta foto fue tomada en Quito aproximadamente en 1964. Este niño rubio, blanco y ojiverde es mi papá. Su madre vendió carne toda su vida en una tercena. Hijo de sindicalista cristiano con supuestos orígenes en Zámbiza, su abuela era planchadora especializada —no cualquier planchadora siempre dice mi papá—: se dedicaba a planchar cuellos y puños almidonados de camisas de «buenas familias» quiteñas en la mitad del siglo XX.

El de la foto es mi papá y al mismo tiempo no lo es. ¿Qué representa esta fotografía? ¿Qué podemos ver y qué no en esta representación de mi padre? ¿Qué significa? ¿Qué se escapa y qué no en este juego de representación? Este signo, la foto, solo puede ser relatado y representado a través de las anécdotas de mi padre, único informante posible.

Detrás de esta foto hay varios actores, por un lado la foto como signo, mi padre como personaje representado, yo como «contador y

* Paúl Narváez Sevilla (Quito, Ecuador, 1985). Integrante de La Pupila-Colectivo,

proyecto audiovisual con el que ha realizado cortometrajes y documentales exhibidos y proyectados dentro y fuera del Ecuador, entre los que se destaca el largometraje documental dirigido a personas no videntes Apaguen las luces. Actualmente cursa la maestría en Antropología Visual y Documental Antropológico en FLACSO Ecuador y

preguntador» y finalmente Cornelia Tamayo, mejor conocida como Yayita, madrina de mi padre. Para entender a estos actores (Mi padre, la foto y Yayita) decido seguir a Ardévol cuando afirma que es necesario aprender a preguntar a las imágenes. (Ardévol, 1998: 21)

Le hago preguntas a esta fotografía porque detrás de ella está en juego la identidad de mi padre como futuro médico combatiente en la guerra sandinista en 1979 y porque creo que esta foto ha definido, al definir a mi padre, mi forma de representarme y de representar al mundo. Para este análisis, confío nuevamente en Ardévol cuando afirma que la significación de una fotografía depende de su contextualización. Depende de su relación con otros productos visuales y textuales que la anclan en un marco interpretativo, en la relación con su contexto de análisis y su contexto de exhibición. (Ardévol, 1998: 25)

Decidí entrevistar al único actor que tiene información sobre el contexto de esta foto, mi padre:

En esa foto yo tenía aproximadamente 10 años, mi papá se separó muy tempranamente de mi mamá, prácticamente no viví con mi papá pero pasaba mucho tiempo en la casa donde vivía mi abuela paterna y mi madrina, en San Sebastián, al lado de la iglesia, una casa que en la esquina tenía baños públicos.

«We give things meaning by how we represent them -the words we use about them, the stories we tell about them, the images of them we produce, the emotions we associate with them, the ways we classify and conceptualize them». (Hall, 2001: 3)

El primer recuerdo de mi padre, al hablar de la foto, tiene que ver precisamente con emociones y con la ausencia de su padre pero al mismo tiempo con la compensación que resultó para él visitar constantemente a su abuela planchadora y a su madrina.

Mi madrina era una señora de familia de plata, prima de los MM Jaramillo Arteaga, que son banqueros. Ella en realidad vivía de la usura, daba plata al chulco. En un mueble de esos viejos tenía en franelas rojas las prendas de joyas, anillos, cosas así, pero cantidades enormes. Yo no sabía por qué esta señora me quería tanto. Se llamaba Cornelia Tamayo —le decían Yayita—, era blanca, rubia, ojos azules. Me quería como si fuera su hijo; prácticamente me adoptó. Era mi madrina, pero era más que mi madrina. Yo le quise enormemente; hasta ahora me hace falta; es un vacío que tengo en mi vida…

Mi papá habla con nostalgia; no llora, pero su voz se afina. Inmediata- mente después del tropiezo sentimental sigue hablando:

Me mimaba terriblemente, me compraba ropa fina, zapatos Calero, pantalones Lana Fit, camisas Don Juan, lo más caro que había en Quito. Cuando me venían a ver mis hermanos con la jorga de unos diez guambras del barrio nos mandaba a comer a toditos a los hornados de la Loja. Mis primos y mis vecinos me decían El Millonario. Hasta los doce años me decían así; cuando se murió la Yayita, conocí la pobreza

[risas].

«The photography is a representational system, using images on light- sensitive paper to communicate photographic meaning about a particular person, event or scene» (Hall, 2001: 5).

En mi padre, la fotografía plantea dos tiempos distintos en su vida, un devenir con un antes y un después de la muerte de su madrina.

Un día mi abuela me dijo con estas palabras: «Tu papá el Rafael, se bajó los pantalones con la Yayita». Yo en ese tiempo pensé que, como los muchachos usaban pantalón corto, ella le dio a mi papá un pantalón largo. Lo que en realidad quería decir es que fue la primera mujer de mi papá. Ahí yo entendí por qué ella me quería tanto. Me adoraba, yo era su adoración; por eso me dejó cuenta en un banco,

más un terreno, me iba hasta a dar una casa y no avanzó y se murió. El terreno que me regaló yo le di a mi mamá, a cambio de mis estudios, para no deberle nada a nadie.

Todas estas declaraciones nacieron cuando le dije a mi padre estas palabras simples: «Háblame de la foto». Este signo de 10 x 12 cm activa la memoria de mi padre. La memoria, dice Jelin, es activar el pasado en el presente; la memoria como presente del pasado, en palabras de Ricoeur, lo que define la identidad personal y la continuidad del sí mismo en el tiempo. (Jelin, 2002: 19)

Ahora que entramos al punto clave de este ensayo (representación, memoria e identidad), «confieso» que la foto de mi padre es un retrato iluminado, técnica usada principalmente en el siglo XIX por «una clase social con la necesidad de afirmarse como sujeto singular, pero también como miembro de un círculo social que buscaba protegerse». (Chiriboga, 2005: 49)

Mi papá no pertenecía a la élite quiteña; al contrario, era un niño de barrio (Itchimbía), educado en escuela pública, hijo fuera del matrimonio y «come ostias» hasta los 21 años, edad en la que conoció el Marxismo.

El día que hice mi primera comunión, ella [Yayita] me pidió que la visite. Cuando llegué, me mandó a tomarme una foto en un famoso local que se llamaba Foto Silva, atrás del Palacio de Gobierno. Me acuerdo que me tomaron la foto pero no me la entregaron. Después vi que en la foto estaba yo pero rubio y con ojos azules.

¿Por qué crees que hizo eso?

Porque al igual que mi mama [sin acento en la última sílaba] era una vieja racista. Había unos niños que vivían cerca de su casa, en un patio donde había unas treinta familias, hacinadas, y la Yaya siempre me decía: «Cuidado te lleves con esos longos».

Ella me blanqueó, me hizo racista; yo en el fondo siempre me he sentido blanco, a pesar de que después sentí una discriminación terrible, sobre todo en la adolescencia, con los guambras esos blanqueados del barrio, los ricos del barrio. Cuando se murió mi madrina y dejé de tener respaldo económico para blanquearme, se complicaron las cosas. Porque la plata blanquea, puedes ser negro o longo; si tienes plata dejas de ser negro y longo. Yo pasé a ser longo. Por la barba y el PHD me he blanqueado un poco… [risas].

La identidad de mi papá se construyó, en gran parte, a partir de la representación que generó la Yayita a través del retrato iluminado. La foto de mi papá no es solo registro de luz en 1964; es un discurso de la época; son los complejos raciales de una señora quiteña reflejados en un niño que ni siquiera era su familia; era, como dice mi papá al referirse a alguien sin importancia, «un hijo de vecino». Siguiendo a Hall, vemos que las identidades se construyen dentro del discurso y no fuera de este. Debemos considerarlas producidas en ámbitos históricos e institucionales específicos en el interior de formaciones y prácticas discursivas específicas, mediante estrategias enunciativas específicas. (Hall, 2003: 18)

La foto de mi papá es una práctica de representación del discurso blanco mestizo que predomina hasta hoy. Es la necesidad de ocultar, no de borrar, sino de hacer lo negro, blanco; esta necesidad de hacer de lo binario la regla. De sobreponer un tipo de representación sobre otro.

Siguiendo a Hall, vemos que la identidad de mi padre se construyó a través de la diferencia y no al margen de ella (Hall, 2003: 18). La Yayita quiso construir a un Otro más parecido a ella, donde los rasgos físicos no importaban realmente sino el color. El sentido que quiso generar la Yayita fue construido y producido en base a su posición económica y social. Ella no tenía hijos, vivía sola, rodeada de franelas rojas llenas de joyas y de prendas. Al representar a mi padre rubio y

ojos verdes, estaba, quizás, dibujando al hijo inexistente, plasmando sus frustraciones en una foto.

Hay tantos «quizás» que la representación se complejiza. ¿Realmente podemos saber el verdadero sentido de esta foto? ¿O tan solo podemos acercarnos a sentidos individuales, en este caso la construcción de sentido de mi padre, único informante posible?

Se escapa lo que mi padre olvidó u omitió en esta historia, la ausencia de la Yayita para preguntarle sobre las razones para pintar a mi padre rubio; se escapa lo que yo decidí escribir y lo que no. Estos vacíos en realidad no existen; existe lo que yo quise escribir y lo que mi papá quiso contar. La foto representa lo que yo, como contador, quiero que represente. Mi papá continúa:

Me hizo pintar así, por eso estoy rubio y ojos azules, irreconocible, no soy yo. Era porque era una racista y a mí me quería tanto pero no concebía querer a un guambra negro; entonces me blanqueó en su pensamiento y me hizo creer a mí que yo era blanco.

Después, en la adolescencia, cuando me hice revolucionario es que tomé consciencia de mi concepción racista de la vida. Eso explica mi postura actual de revolucionario, de querer ser revolucionario; porque no soy; tendría que reconstruirme como hombre, como ser humano; no soy, pero intento…

Cuando era niño, mi mamá y mis hermanos me decían «longo negro», que soy adoptado, que me encontraron en un cuero negro a las orillas del Machángara.

La historia de mi padre me recuerda a mi infancia. Yo era (soy) suco y ojiverde; mis hermanos, morenos como mi padre, con el objetivo de hacerme llorar me decían que yo era «hijo de un amigo gringo de mi papá que se acostó con una india» y como la india y el gringo se fueron, a mis papás les tocó adoptarme.

Cuando llorando le contaba esta historia a mi papá, bromeando el sacaba la prueba irrefutable de que yo era un Narváez. Me mostraba el retrato iluminado y decía: «Si somos igualitos, solo que vos eres suco y yo soy negro».

b

ibliografía

Jelin, Elizabeth, (2002). Los trabajos de la memoria, Siglo XXI, Madrid.

Hall, Stuart, (2001). «Introduction» en Representation: Cultural Representations and

Signifying Practices, Sage Publications, Londres.

Hall, Stuart y Du Gay, P., (2003). «Introducción: ¿Quién necesita identidad?», en

Cuestiones de Identidad Cultural, Amorrortu editores, Buenos Aires.

Hall, Stuart, (1997). Representation: Cultural Representations and Signifying

Practices, Sage Publications, Londres.

Ardévol, E., (1998). «Hacia una antropología de la mirada», en Revista de

Dialectologia Tradiciones Populares, CSIC, Madrid.

Chiriboga, Caparrini, (2005). El retrato iluminado. Fotografía y República en el siglo XIX, Noción Imprenta, Quito.