La manifestación más evidente y extrema de la masculinización de nuestro mundo es la aparición, en todas las escalas de la vida social, del culto a la personalidad. El pensamiento clá- sico nos ha dejado una grave herencia: el dogma de la existencia de un único nivel de Realidad. A falta de cualquier dimensión vertical, es inevitable que una imagen sea tan importante como la Realidad y que el fantasma se deslice entre nuestra mirada y la Realidad.
Peor aún, la Realidad de nuestros días debe conformarse con la imagen que uno se hace de la Realidad. Las imágenes televisuales que penetran a diario en nuestros hogares ilustran muy bien esta constatación. ¿Un jefe de Estado tiene algún malestar desagradable en plena transmi- sión en directo? Hay que suspender inmediatamente la transmisión, puesto que esta imagen no corresponde a la autoridad de un jefe de Estado. ¿Una bella actriz se vuelve vieja y enfer- ma? Pues no se le muestra más.
La máscara se vuelve más importante que el rostro. Hay un solo rostro pero múltiples más- caras. La máscara -persona- corresponde a cierta personalidad, en función de las necesidades de la vida individual y social. El desacuerdo constante entre la vida individual y los conflictos entre las diferentes personalidades de una única y misma persona conducen a la disolución del ser interior, que ya no se reconoce en sus múltiples máscaras. En estas condiciones, ¿cómo podría concebirse un vínculo social viable? Cuando una persona habla con otra ¿puede saber- se cuáles son las máscaras que están en juego?
Entonces, se vive por delegación. Se delega su vida a un jefe, a un gurú, a la imagen de una cantante o de un deportista. Madona es más conocida hoy en día que la Virgen María. ¿Habría que quejarse por ello?
Se podría incluso afirmar que esta multiplicidad de personalidades es el fundamento de la sociedad de consumo. En general, se calcula el crecimiento del consumo en función del número de personas susceptible de consumir; pero una persona dada corresponde a múltiples personali- dades y así el número de consumidores potenciales es mucho más grande que el número de per-
sonas que consumen, dado que una persona contiene en sí misma múltiples consumidores. Los publicistas han comprendido desde hace tiempo esta evidencia relativamente trivial, pero que como toda evidencia no es muy visible. Ellos estimulan, día a día, un deseo diferente y cada deseo fabrica un nuevo consumidor potencial en una única y misma persona. Las necesidades de sub- sistencia material de un ser humano son limitadas pero sus deseos son ilimitados. La sociedad de consumo, en todo el mundo, tiene un buen futuro delante de sí. Poco importa que entre más se consume menos se es. Lo importante es consumir, incluso si este consumo conduce a la consun- ción del ser. ¿Puede la comunión entre los seres fundarse sobre el consumo?
Desde luego, se conocen mucho mejor las formas extremas y monstruosas del culto a la per- sonalidad de los grandes y pequeños dictadores. Estas formas extremas evidencian la esencia del fenómeno del culto a la personalidad: la confusión de los lugares. ¿Cómo pudo un hombre desti- nado a ser artista-pintor convertirse en el dictador de un gran pueblo y exterminar a millones de seres humanos en los campos de concentración? Estos dos tiranos que ensangrentaron la Tierra podían haberse quedado perfectamente en su lugar, el de un pintor o de un sacerdote de pueblo, y pasar días felices hasta el fin de sus vidas. ¿Cómo puede un cascarón vacío estar habitado por fantasmas infinitos? ¿Cómo puede un hombre vacío volverse el Dios de un pueblo? La fractura entre el espacio interior y el espacio exterior de un ser humano puede aportar una claridad inte- resante a este tipo de procesos. Cuando el espacio interior se reduce a la nada, el espacio exte- rior puede volverse monstruoso.
Cada ser tiene su lugar y puede ser feliz si mantiene su propio lugar. No hay un lugar más degradante que otro, ni uno más envidiable que otro. El único lugar que nos conviene es nues- tro propio lugar, y éste es único, en la medida en que cada ser humano es único. Pero encon- trar nuestro propio lugar, en correspondencia con nuestro ser interior y nuestro ser exterior es un proceso extremadamente difícil, que una sociedad fundada sólo en la efectividad vuelve casi imposible. Siempre queremos el lugar del otro.
Nuestra única autoridad es la de nuestra experiencia interior y la de nuestra obra. Poco impor- ta que dicha obra sea anónima o célebre. La mayor obra -la Gran Obra- es nuestra propia vida.
Las catedrales más grandiosas han sido construidas durante muchos siglos. La mayoría de los nombres de los constructores de catedrales siempre serán desconocidos. Pero la obra está allí, iluminando con su vida nuestras pequeñas y grandes ciudades.
Una Realidad multidimensional y mutireferencial es incompatible con el culto de la perso- nalidad. Las múltiples máscaras caen para dejar el lugar al rostro vertical del ser. Un nuevo sen- tido de la igualdad entre los seres humanos se dibuja de manera gradual: el derecho inaliena-
ble de cada uno de nosotros a encontrar su propio lugar. Un hombre se vuelve libre cuando encuentra su propio lugar. La fraternidad humana consiste en la ayuda acordada al otro para que él pueda encontrarla.
Por esto, la humanidad tiene la obligación de construir su propio cuerpo. El conjunto de sujetos construye el Sujeto, el conjunto de los seres humanos construye lo Humano. En un cuer- po, cada célula tiene su lugar. Una sociedad viable pasa por el acuerdo polifónico entre los suje- tos, entres sus diferentes niveles de percepción y sus diferentes niveles de conocimiento.
Así, tal vez algún día, la humanidad sea a la vez una pluralidad compleja y una unidad abier- ta. Tal vez. Si lo deseamos realmente. Más precisamente: si el tercero secretamente incluido en nosotros lo desea.