Un mundo en espera.
¿En espera de qué? Nadie realmente lúcido podría decirlo con exactitud.
No lo sé. Todo lo que sé es que nuestro mundo está en espera. ¿De quién? ¿De qué? De la Mujer, tal vez, del Hombre, también, y de su unión aún no celebrada.
No sé si el hombre loco, del que habla de manera tan rigurosa André Bourguignon, pueda enfrentar los desafíos del próximo siglo. Es posible que la locura del hombre haya sido el precio que él mismo debió pagar por su lenguaje creador, su razón y su genialidad. Todo lo que sé es que si la locura es la norma, entonces la sabiduría que se opone a la norma también será una forma de locura. En un mundo donde todo es válido, donde la violencia es la otra cara de la solidaridad, donde la exclusión es la otra cara del bienestar, donde la masacre de los inocentes es la otra cara de la armonía entres los pueblos, es impensable encontrar la verdadera razón para vivir.
No sé si exista una solución. Todo lo que sé es que hay una pregunta: la pregunta por el ori- gen de un mundo desconocido, imprevisible, que pasa del campo cerrado al Abierto, hacia la actualización de todas las posibilidades. Todo lo que podemos hacer es dar testimonio. El pre- sente Manifiesto es un testimonio.
La transdisciplinariedad no es la vía, sino una vía para dar testimonio de nuestra presen- cia en el mundo y de la experiencia vivida a través de los extraordinarios saberes de nuestra época. Una voz donde resuenan las capacidades del ser. Como lo señalaba claramente Jacques Robin, la transdisciplinariedad vivida puede conducirnos no sólo al cambio de men- talidades, sino también a un cambio de comportamiento social. Es necesario cuestionarse sobre las condiciones que deben crearse para hacer surgir este nuevo comportamiento.
Desde el punto de vista de la transdisciplinariedad, cualquier sistema de pensamiento cerra- do, bien sea de naturaleza ideológica, política o religiosa, sólo puede llegar al fracaso. Un siste-
ma de pensamiento cerrado, subraya necesariamente la noción de masa, confusa y deforme, concepto abstracto que elimina la importancia del desarrollo interior del ser humano. La ideo- logía nazi hacía énfasis en la masa que constituye una “raza”, ignorando la nobleza interior de todo ser humano, lo cual condujo a los abominables campos de concentración y a los hornos crematorios. La ideología comunista, a nombre de nobles ideales, endiosó las “masas popula- res”, constituidas de “hombres nuevos” idénticos, ignorando la heterogeneidad intrínseca de los seres humanos, lo cual condujo a los crímenes de la época estalinista.
La sociedad liberal es más justa y equilibrada, pero también hace énfasis en el concepto de “masa” -de una u otra categoría social o profesión-. Si de verdad se proclama como un derecho sagrado el viejo ideal de “libertad, igualdad y fraternidad”, entonces, la sociedad todavía no es capaz de proveer las condiciones necesarias para la realización efectiva de esta utopía y de los valores que permiten la reconciliación entre el hombre exterior, que hace parte de una masa aparentemente confusa, y el hombre interior, que da sentido a la vida social. El individuo-con- sumidor no es equivalente a una “persona”. Es la persona la que debe estar en el centro de toda sociedad civilizada. Es la exploración de la capacidad infinita de asombro de la conciencia humana la que permite el paso obligado para un nuevo encantamiento del mundo.
La implacable lógica de la eficacia por la eficacia sólo puede estar al servicio del egoísmo más excesivo y, como estrategia individual o colectiva, al beneficio de los más ricos en detri- mento de los más pobres. La elefantiasis del ego nunca conducirá a la construcción de una “per- sona”; esto genera la coexistencia de un conflicto entre los individuos comprometidos en una competencia despiadada, a nombre de una eficacia, cuya racionalidad escapa incluso a sus ser- vidores incondicionales.
La visión transdisciplinaria que es, a la vez, una visión transcultural, transreligiosa, transna- cional, transhistórica y transpolítica, conduce, en el plano de lo social, a un cambio radical en cuanto a la perspectiva y la actitud. No se trata, desde luego, que un Estado, por medio de sus estructuras, interfiera en la vida interior del ser humano, pues ésta es sólo competencia estric- ta de la responsabilidad individual. Pero las estructuras sociales deben crear las condiciones para que dicha responsabilidad pueda surgir y realizarse. El crecimiento económico a cualquier pre- cio no puede seguir siendo el centro de las estructuras sociales. La economía política y lo vivien- te están íntimamente ligados. La búsqueda creadora de una economía política transdisciplina- ria está fundamentada en el postulado de que ésta está al servicio del ser humano y no a la inversa. El bienestar material y el bienestar espiritual se condicionan entre sí.
Hemos llamado transhumanismo a la nueva forma de humanismo que ofrece, a cada ser huma- no, la capacidad máxima de desarrollo cultural y espiritual. Se trata de buscar lo que hay entre, a tra-
vés y más allá de los seres humanos; lo que podríamos llamar el Ser de los seres. El transhumanis- mo no apunta a una homogeneización fatalmente destructiva, sino a la actualización máxima de la unidad en la diversidad y de la diversidad por la unidad. Entonces, el énfasis no se hará en la orga- nización ideal de la humanidad (por medio de recetas ideológicas que terminen siendo siempre lo contrario de lo que pregonan), sino en una estructura flexible y orientada de la recepción de la com- plejidad. No se trata de definir el ser humano buscando construir al “hombre nuevo”, lo cual se con- vierte siempre en la destrucción del ser humano, por su transformación en objeto. ¿Podría un obje- to tener una libertad distinta a la que le atribuyó el Gran Inquisidor del que habla Dostoïevski en los Hermanos Karamazov?
Recordemos lo que ya se ha dicho: l’homo sui transcendentalis no es un “hombre nuevo” sino un hombre que nace de nuevo. Homo sui transcendentalis es el verdadero estado natural del ser humano.
En el fondo, lo que está en el centro de nuestro cuestionamiento es la dignidad del ser huma- no, su nobleza infinita. La dignidad del ser humano también es de orden planetario y cósmico. La aparición del fenómeno humano evolutivo sobre la Tierra es una de las etapas de la historia del Universo, así como el nacimiento del universo es una de las etapas de la evolución humana.
El reconocimiento de la Tierra como patria matriz es uno de los imperativos de la transdis- ciplinariedad. Todo ser humano tiene derecho a una nacionalidad, pero, al mismo tiempo, es un ser transnacional.
Lo transnacional no implica en absoluto la devaluación o la desaparición de las naciones, sino, todo lo contrario, lo transnacional no puede más que fortalecer lo más creativo y esencial que haya en cada nación. La palabra “nación” tiene la misma raíz nasci que la palabra “Naturaleza”: la forma natio-onis también tiene como sentido original, nacimiento. Las naciones podrán gene- rar lo transnacional, y lo transnacional podrá eliminar el egoísmo nacional, generador de tantos conflictos sangrientos. La elefantiasis de las naciones tiene la misma causa que la elefantiasis del ego: el no-respeto de la dignidad del ser humano.
Cuando se abre la caja de Pandora, los males que se escapan amenazan a los humanos que pueblan la Tierra. En el fondo de la caja, estaban guardadas la espera y la esperanza. Y es de esta espera y esta esperanza que pretende dar testimonio la transdisciplinariedad.
ANEXO