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Un curioso pretendiente: John Jarndyce

Charles Dickens (1812-1870) Casa desolada (1852-1853) Ahora estamos en condiciones de abordar a Dickens En condiciones de abrazar a Dickens En

4. Un curioso pretendiente: John Jarndyce

Cuando Esther se dirige a Londres en el coche, después de la muerte de Barbary, un señor desconocido trata de animarla. Da la impresión de saber algo sobre la señorita Rachael (la enfermera contratada por la señorita Barbary, que ha despedido a Esther con tan poco afecto), y que la desaprueba. Cuando ofrece a Esther un trozo de bizcocho muy azucarado y pastel de hígado de ganso, y ella rechaza el ofrecimiento alegando que es demasiado para ella, murmura: «¡A la calle otra vez!», y los arroja por la ventanilla con tanta ligereza como arrojará más tarde su propia felicidad. Más adelante nos enteramos de que es el afable, bondadoso y acaudalado John Jarndyce, imán para toda clase de gentes: niños desgraciados, granujas, impostores, tontos, mujeres falsamente humanitarias y tipos chiflados. Si don Quijote hubiese visitado el Londres dickensiano, imagino que su corazón noble y afable habría atraído a la gente de la misma manera.

Ya en el capítulo XVII se nos resumía por primera vez que Jarndyce, el canoso Jarndyce, está enamorado de una Esther de veintiún años, aunque se lo calla. El tema de don Quijote aparece explícitamente cuando lady Dedlock encuentra al grupo que está visitando al señor Boythorn, y le son presentados los jóvenes. Cuando le toca el turno a la adorable Ada: «-Perderá usted la parte desinteresada de su carácter quijotesco —dijo lady Dedlock al señor Jarndyce, por encima del hombro otra vez—, si endereza los entuertos de una belleza como ésta». Se refiere u que a solicitud del propio Jarndyce, el lord canciller le ha designado tutor de Richard y de Ada, a pesar de que el principal punto de fricción del pleito consiste en la parte de herencia que debe corresponder a uno y a otros. Por tanto, calificándolo de quijotesco, a modo de cumplido, lady Dedlock se refiere a que cobija y mantiene a dos jóvenes que son legalmente la parte contraria. En cuanto a la tutela de Esther, es una decisión personal tomada por él tras recibir una carta de la señorita Barbary, hermana de lady Dedlock y, en realidad, tía de Esther.

Algún tiempo después de la enfermedad de Esther, John Jarndyce, se decide a escribirle una carta declarándose. Sin embargo, se sugiere un importante detalle: este hombre, que sobrepasa lo menos treinta años a Esther, le propone el matrimonio para protegerla del mundo cruel; él no va a cambiar

respecto a ella, seguirá siendo amigo suyo y no se convertirá en su amante. Si mi sospecha es cierta, no sólo esta actitud es quijotesca, sino también el plan entero de prepararla para recibir una carta, cuyo contenido puede adivinar, enviando a Charley a recogerla tras una semana de reflexión:

«-Has hecho que se operen cambios en mí, pequeña mujercita, desde aquel día de invierno en que íbamos en la diligencia. Sobre todo, me has hecho un inmenso bien desde entonces.

»—¡Ah, mi tutor, y lo que ha hecho usted por mí, desde entonces! »—Pero —dijo él— eso no hay por qué recordarlo ahora.

»—Eso nunca se puede olvidar.

»—Sí, Esther —dijo él con afable seriedad—, debe olvidarse ahora; debe olvidarse por el momento. Ahora debes recordar solamente que nada puede hacerme cambiar de como me conoces. ¿Puedes tener la confianza de que es así?

»—Sí puedo, y la tendré —dije yo.

»—Eso es mucho —contestó él—. Eso lo es todo. Pero no debo tomarte la palabra. No escribiré lo que tengo en mente hasta que hayas decidido en tu interior que nada me cambiará de como me conoces. Si tienes la más mínima duda al respecto, no lo escribiré jamás. Si después de meditarlo seriamente estás segura, envíame a Charley dentro de siete noches... para que le dé la carta. Pero si tu convicción no es firme, no la mandes. Ten en cuenta que confío en tu sinceridad, en esto como en todo. Si no estás completamente segura sobre ese particular, no la mandes.

»—Tutor —dije yo—, esa seguridad la tengo ya. Nada puede hacer que cambie mi convicción, como no puede usted cambiar respecto a mí. Enviaré a Charley a recoger esa carta.

»Me estrechó la mano y no dijo nada más.»

Para un hombre maduro, profundamente enamorado de una joven, una proposición en tales condiciones es naturalmente un inmenso acto de renuncia, de autocontrol y de trágica tentación. Esther, por otra parte, lo acepta bajo la inocente sensación «de que su generosidad se elevaba por encima de mi rostro desfigurado y mi herencia de vergüenza»; desfiguración que Dickens reducirá al mínimo en los últimos capítulos. En realidad, da la impresión de que a ninguna de las tres partes implicadas —Esther Summerson, John Jarndyce y Charles Dickens— se les pasa por la cabeza que dicho matrimonio no iba a resultar tan favorable para Esther como parecía, pues la privaría de su natural maternidad al tratarse, según las insinuaciones, de un matrimonio blanco y, por otra parte, convertiría su amor por cualquier otro hombre en ilegal e inmoral. Quizá se evoque el tema del pájaro enjaulado cuando Esther, llorando, aunque feliz y agradecida, dice a su propia imagen en el espejo: «Cuando seas la dueña de la Casa Desolada, deberás ser alegre como un pájaro. En realidad, siempre deberás ser alegre; así que empecemos de una vez por todas.»

La interacción entre Jarndyce y Woodcourt empieza cuando Caddy Turveydrop está enferma. «Bueno —replicó mi tutor con rapidez—, está Woodcourt.» Me gusta la forma superficial de decirlo, ¿será una especie de vaga intuición por su parte? En este momento Woodcourt está planeando irse a América, adonde se marchan tan a menudo los enamorados rechazados de las novelas francesas e inglesas. Unos diez capítulos más adelante, nos enteramos de que la señora Woodcourt, madre de nuestro joven doctor, que había sospechado muy pronto los sentimientos de su hijo para con Esther y había tratado de neutralizarlos, ha mejorado, es menos grotesca, y habla menos de su genealogía. Dickens está preparando una suegra aceptable para sus lectores. Reparad en la nobleza de Jarndyce cuando sugiere que si la señora Woodcourt viene a quedarse con Esther, Woodcourt podrá visitarlas a las dos. Nos enteramos también de que al final Woodcourt no va a marcharse a América, sino que se quedará de médico rural en Inglaterra, donde trabajará entre los pobres.

Woodcourt hace saber entonces a Esther que la ama, que su «rostro marcado» sigue completamente inalterado para él. ¡Demasiado tarde! Esther se ha prometido a Jarndyce, y el matrimonio no se ha celebrado sólo porque ella aún está de luto por su madre. Pero Dickens y

Jarndyce guardan un delicioso truco en la manga. La escena resulta bastante mediocre, aunque pueda ser del agrado de los lectores sentimentales. No queda muy claro si Woodcourt está al tanto del compromiso de Esther; porque si lo conoce, quizá no debía haber terciado, por muy elegantemente que lo haya hecho. Sin embargo, Dickens y Esther (como narradora a posteriori) están haciendo trampa: saben en todo momento que Jarndyce efectuará un noble mutis por el foro. De modo que Esther y Dickens se divierten un poco a costa del lector. Ella asegura a Jarndyce que está dispuesta a convertirse en la «señora de Casa Desolada». Será «el mes que viene», dice Jarndyce. Esther y Dickens están preparados para proporcionar una pequeña sorpresa al lector. Jarndyce se marcha a Yorkshire con objeto de ayudar a Woodcourt a buscar casa. Luego hace llamar a Esther invitándola a ver la que ha encontrado. Y estalla la bomba. El nombre de la casa es, otra vez, Casa Desolada, y ella será la señora, ya que el noble Jarndyce deja que Woodcourt se lleve a Esther. Este ha sido eficazmente preparado para ello; hay incluso un tardío tributo a la señora Woodcourt, quien estaba al corriente de todo, y ahora aprueba el matrimonio. Por último nos enteramos de que, cuando Woodcourt abrió su corazón a Esther, lo hizo con el consentimiento de Jarndyce. Después de la muerte de Richard hay una ligerísima alusión a que tal vez John Jarndyce llegue a encontrar aún una joven esposa en Ada, la viuda de Richard. Pero al menos, es el protector simbólico de toda la gente infortunada de la novela.