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El libro de Esther

Charles Dickens (1812-1870) Casa desolada (1852-1853) Ahora estamos en condiciones de abordar a Dickens En condiciones de abrazar a Dickens En

1. El libro de Esther

En el capítulo III, Esther, educada por su madrina (hermana de lady Dedlock), aparece por primera vez como narradora; aquí Dickens comete un pequeño error que luego tendrá que pagar caro. Empieza el relato de Esther en un pretendido estilo aniñado, en un burbujeante lenguaje infantil (la expresión: «Mi vieja y querida muñeca» resulta un recurso fácil); pero en seguida se da cuenta de que esta forma no es la adecuada para contar una historia sólida, y no tardamos en comprobar cómo su propio estilo colorista y vigoroso irrumpe en esta charla artificial e infantil, como en el siguiente pasaje: «¡Mi vieja y querida muñeca! Era yo un ser tan pequeño y vergonzoso, que muy pocas veces me atrevía a abrir la boca, y ninguna a abrir mi corazón a nadie más. Casi me dan ganas de llorar al pensar en el alivio que representaba para mí, cuando volvía del colegio, subir corriendo a mi habitación y decirle: “¡Ah, mi querida y fiel muñeca, sabía que me estarías esperando!” Y luego me sentaba en el suelo, me apoyaba en el brazo de su gran sillón, y le contaba todo lo que había visto desde que nos separamos. Yo siempre había sido observadora: no era una observación rápida, ¡por supuesto!; era más bien una manera callada de notar lo que ocurría ante mí, y pensar que me gustaría comprenderlo mejor. No tengo una rápida capacidad de comprensión, ni mucho menos. Aunque cuando quiero a una persona con ternura parece que esta capacidad se me aviva. Pero quizá no sea más que vanidad mía.» Observad que en las primeras páginas del relato de Esther no hay prácticamente figuras retóricas, ni comparaciones vigorosas, etc. Sin embargo, empiezan a desmoronarse ciertos aspectos del lenguaje infantil y se producen algunos cambios como en la aliteración dickensiana, the clock ticked, the fire clicked («el reloj latía, el fuego crepitaba»), cuando Esther y su madrina están sentadas junto al fuego que no encajan con el estilo de colegiala de Esther.

Bosquejo de la estructura general de Casa desolada.

Pero cuando su madrina la señorita Barbary (su tía en realidad) muere, y el abogado Kenge toma el asunto en sus manos, la narración de Esther vuelve a un estilo dickensiano general. Por ejemplo, al hablar de Renge: «-¿No de Jarndyce y Jarndyce? —dijo el señor Kenge, mirándome por encima de sus lentes y dando vueltas una y otra vez al estuche, como si acariciase algo.» Puede verse lo que está ocurriendo. Dickens empieza trazando el retrato delicioso de Kenge, del suave y redondo Kenge, del Kenge Conversador (como él le apoda), y se olvida por completo de que, supuestamente, una niña ingenua está escribiendo. Y unas páginas más adelante encontramos ya casos en que las imágenes dickensianas (comparaciones audaces, por ejemplo) se introducen de lleno en el relato de Esther. «Cuando ella [la señorita Rachael] me dio un beso frío de despedida en la frente, como una gota de deshielo del porche de piedra —el día era de un frío intensísimo—, me sentí muy desgraciada»; o: «Estaba sentada... observando los árboles cubiertos de blancura, que eran como hermosos palos de barco; y los prados todo suaves y blancos por la nieve de la noche anterior; y el sol, muy rojo, aunque transmitía muy poco calor; y el hielo, oscuro como el metal, del que los patinadores y los corredores habían quitado la nieve.» O las descripciones que hace Esther de la desastrosa indumentaria de la señora Jellyby: «No pudimos por menos de observar que su vestido casi no llegaba a cubrirle del todo la espalda, y que el espacio que quedaba abierto lo tenía cruzado por una labor de celosía de ballenas, como el cenador de una casa de verano.» El tono y la ironía con que describe la cabeza de Peepy Jellyby cogida entre los barrotes son completamente dickensianos: «Me abrí paso hasta el pobre niño, que era uno de los pequeños infelices más sucios que he visto en mi vida, y le encontré muy sofocado y asustado, llorando atrapado por el cuello entre dos barrotes de hierro, mientras el lechero y un alguacil, con la mejor de las intenciones posibles, trataban de sacarlo tirando de las piernas, con la idea general de que así su cráneo se comprimiría. Al ver (después de apaciguarle) que era un niño pequeño, con la cabeza naturalmente grande, pensé que quizá podía caberle el cuerpo por donde le había cabido la cabeza, y dije que la mejor manera de sacarlo sería empujándole hacia adelante. La sugerencia fue favorablemente acogida por el lechero y el alguacil, que al instante se habrían puesto a empujarle hacia adentro, de no haberle sujetado yo por el delantal, mientras Richard y el señor Guppy cruzaban corriendo por la cocina para cogerle cuando se liberase.»

La mágica elocuencia de Dickens descuella en pasajes como la descripción que hace Esther de su encuentro con lady Dedlock, su madre:

angustia eran en aquel momento tan intensas que apenas me comprendía a mí misma, aunque cada palabra pronunciada con esa voz de madre, tan poco familiar y tan triste para mí, pues en mi niñez jamás había aprendido a querer y a reconocerla jamás, me había dormido con sus canciones, jamás le había oído pronunciar una bendición, jamás me había infundido una esperanza, produjo una impresión perenne en mi memoria—, expliqué, digo, o traté de explicar, cómo sólo esperaba que el señor Jarndyce, que había sido el mejor de los padres para mí., pudiese darle algún consejo y apoyo. Pero mi madre contestó que no, que era imposible; que nadie podía ayudarla. Que debía recorrer sola el desierto que tenía ante sí.»

Escribiendo a través de Esther, Dickens puede imprimir al relato un estilo más fluido, flexible y convencional que cuando narra en su propio nombre. Esto, y la ausencia de detalles descriptivos como los esbozados con trazo vigoroso en los comienzos de los capítulos, son las únicas diferencias entre sus respectivos estilos. Esther y el autor acaban acostumbrándose más o menos a sus distintos puntos de vista, tal como se reflejan en sus estilos: Dickens con toda clase de efectos y cambios musicales, humorísticos, metafóricos, oratorios y retumbantes por un lado; y por otro, Esther empezando capítulos con frases fluidas y conservadoras. Pero en la descripción de Westminster Hall, al final del ya citado pleito de Jarndyce, cuando se descubre que toda la herencia se ha ido en las costas, Dickens se funde casi por completo con Esther. Estilísticamente, el libro entero representa un progresivo deslizamiento hacia la fusión de los dos. Y cuando inserta retratos literarios o transcribe conversaciones, no se aprecia diferencia entre el uno y la otra.

Siete años después del acontecimiento —como nos enteramos en el capítulo LXIV—, Esther escribe su libro, el cuál equivale a treinta y tres capítulos, o sea la mitad de la novela, que consta de sesenta y siete. ¡Maravillosa memoria! Debo decir que a pesar del plan soberbio de la novela, el principal error está en haber dejado que Esther cuente parte de la historia. ¡Yo no habría permitido que la muchacha se acerque!