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EL DÍA DE LAS CREPES: LA ALEGRÍA EN EL TRABAJO

Regalando felicidad

La noticia corrió como la pólvora: la señora Joos invitaba a merendar a todos los niños del barrio. Unas deliciosas crepes, finas como el papel, rellenas de azúcar, mermelada, puré de manzana o compota de fruta.

Con cuatro sartenes en el fogón, mi madre no daba abasto. Los niños sabían que la señora Joos les regalaba una golosina deliciosa, digna de un gourmet, y se lo agradecían. Era una vecina buena, amable y alegre.[46]

Entre bocado y bocado, los niños conversaban animados: hablaban de deportes, juguetes, libros de cuentos o la última entrega de Howdy Doody1 en televisión. La vida era sencilla y deliciosa en nuestro barrio de New Jersey ese sábado de primavera.

Al pasar los años, aquellos niños llegaron a la adolescencia y aquello se convirtió sin saber cómo en una competición. No se trataba de ver quién era capaz de comer más crepes: eso jamás lo habría permitido mi madre. Simplemente se trataba de comer mucho, y recordar el sabor hasta la siguiente invitación.

El gesto de mi madre satisfacía el apetito de aquellos niños en pleno crecimiento. Mediante sus tesoros culinarios y su ejemplo en el trabajo, fomentaba en el barrio la solidaridad y la amistad duradera.

Mi hermana y yo nos sentíamos orgullosas de la alegría que mamá les regalaba a nuestros amigos del barrio, a pesar de que nosotras fuésemos luego las encargadas de la limpieza.

Por mucho que lo hemos intentado, ni a Loretta ni a mí nos salen las crepes como a nuestra madre. Ella nos explicó el secreto, pero está claro que nos falta su toque maestro. Yo creo que las crepes de mi madre eran reflejo de su alegría y su bondad. Aquellos niños ya son abuelos, pero todavía se acuerdan de la felicidad que regalaba mi madre con su trabajo y su alegría. Ella solía recordarnos que es más feliz el que da que el que recibe.

La alegría se cultiva en el interior. Incluso durante las épocas difíciles, mi madre conseguía irradiar una honda alegría. «Dios tendrá sus motivos. Algo querrá

enseñarnos».

Definición de alegría

La alegría, caracterizada por la buena disposición y el altruismo, es una virtud que emana ánimo y gozo. Es reflejo de la simplicidad y la bondad de las intenciones. El que es generoso y alegre anima a los demás, disipa la preocupación y busca lo positivo.

La alegría es la habilidad de reconfortar y generar felicidad. Es virtud arraigada en la esperanza y la fe, y se basa en la confianza en Dios, en los demás y en uno mismo.

Cuando brota de la abundancia de honda espiritualidad y de la lucha a largo plazo, la virtud de la alegría nos recompensa con una profunda comprensión del significado y el objetivo de la vida, el amor, las relaciones y el trabajo. La alegría sincera y permanente no llega automáticamente con la edad. Requiere el esfuerzo diario de confiar en la Bondad.

La alegría trae consigo:

—La fe, o confianza en Dios.

—El optimismo, la facultad de ver el lado bueno de las cosas. —La paciencia, que soporta las contrariedades sin queja.

—El valor, que se enfrenta a las dificultades y los peligros con firmeza y sin temor. —La comprensión, que descubre el significado de las experiencias.

—La templanza, o control y regulación de uno mismo.

La verdadera alegría integra de manera dinámica todas estas virtudes.

«Esfuerzo, simplicidad y confianza»

Cierto día hablé de la alegría con una bisa​buela que nos ofrece sus profundas percepciones, producto de la reflexión y la sabiduría. Linda, una encantadora nonagenaria, mentalmente aguda y expresiva, nos habló de sus pensamientos. Intentamos centrar la conversación, pero tomó muchas direcciones antes de encauzarse por fin hacia los tres componentes principales de su alegría y optimismo: el esfuerzo, la simplicidad y la confianza.

«Por el trabajo estamos vivos. Sin trabajo nos preocupamos, nos aburrimos, holgazaneamos, enfermamos. ¿Cómo estar alegres?». Linda está frágil, pero sigue trabajando en el jardín lo que puede, y además lee, escribe cartas para animar a los demás, y visita a quienes la necesitan.

Preocupada por el ambiente materialista predominante, que nubla fácilmente los valores y el juicio, Linda defiende la simplicidad de las ideas, las expectativas y las necesidades. Su conclusión: «La simplicidad es un camino hacia la felicidad. Cuando el dinero, las aspiraciones sociales y la búsqueda del prestigio y las comodidades complican

las metas, ¡qué fácil es perderse! Así no pueden arraigar la alegría y la paz. Necesitamos mirar a nuestro alrededor y ver la simplicidad, la belleza y el orden de la naturaleza para darnos cuenta de que nos hemos complicado la vida. [...] Incluso cuando no se aprecian nuestras buenas intenciones y nuestro trabajo, tenemos que buscar el significado positivo de las experiencias, recordar lo afortunados que somos, gozar de las cosas pequeñas y confiar en Dios. Él tiene un plan».

Ya hemos descubierto el secreto verdadero de la alegría de Linda: su confianza se arraiga en Dios. Su alegría se basa en roca sólida.

Avance rápido

¿Pueden encontrar eco en la juventud de hoy las reflexiones y los consejos de una bisabuela? ¿Aprecian los padres jóvenes y sus hijos el significado y la universalidad de la alegría destilada a partir de nueve décadas de experiencias vitales? Existen anécdotas actuales que afirman el poder de la alegría y los valores optimistas en el entorno del hogar y en el de la escuela.

El entorno doméstico

«Es fácil practicar la alegría cuando todo va bien, pero ¿qué pasa con la familia que tiene un hijo con necesidades especiales, o algún miembro que sufre dolor crónico, una discapacidad mental o problemas emocionales?». Un padre preocupado, que buscaba consejo, hizo esta pregunta durante un taller de padres sobre «La alegría en la vida familiar».

Al entrevistar a padres, me encontré con varias parejas que tenían algún hijo con necesidades especiales. Las circunstancias variaban, pero el optimismo era el factor común a todas las familias.

Amy nos relató una emocionante experiencia familiar de alegría y esperanza. La protagonista es Mónica, una niña de nueve años:

«Nuestro médico en Manila nos aconsejó que buscásemos ayuda en Estados Unidos para el tumor benigno que tenía Mónica en los tejidos blandos del pie. Tras meditarlo, decidimos mudarnos a California en busca de tratamiento. Pese a las dificultades de adaptarnos a una cultura diferente, vivimos durante siete años en un país extraño.

»En un espacio de cinco años, Mónica se sometió a cinco intervenciones en el pie para extirpar el tumor, que se reproducía a pesar de todo. Pasó por varios tratamientos, la mayoría de ellos experimentales, porque este tipo de tumor no tiene curación conocida. Todos los tratamientos duraron poco tiempo, y ninguno nos dio esperanza alguna.

»Justo cuando estábamos a punto de acceder a la amputación, otro médico aconsejó de nuevo la extirpación del tumor; ahora pareció funcionar. Por fin, a los trece años, Mónica pudo caminar sin cojear, cómodamente. Siguió con su vida y se apuntó al equipo

de animadoras del instituto; pronto fue una de las principales. Dio lo mejor de sí, aun sabiendo que el tumor podía reaparecer en cualquier momento, obligándola a abandonar el equipo. Recurrimos a la medicina natural bajo los consejos de un bioquinesiólogo, y hace tres años que el tumor está estable.

»Ha habido altibajos durante estos cinco años. Mónica tuvo que faltar cinco meses al instituto durante el séptimo curso, debido a los efectos secundarios de los medicamentos. Sufrió fuertes dolores de cabeza y de estómago. Venía una profesora a casa para darle clases cuando remitían los dolores. Cuando por fin pudo volver al centro en el último trimestre, consiguió sacar buenas calificaciones.

»Mónica salió adelante gracias al apoyo emocional que recibió. Teresa, su hermana mayor, siempre fue un consuelo para ella. Tenía con ella detalles sencillos pero que la ayudaban mucho, como el de dejarle su peluche preferido cuando sufría dolor. Nuestros cinco hijos se esforzaban por hacer de las vacaciones una ocasión de unidad, diversión y agradecimiento. Nos reuníamos para cocinar, hacer pasteles, jugar. Animábamos a las amigas de Mónica para que la visitaran y le escribieran tras cada intervención; siempre estuvieron presentes en sus momentos de soledad. Durante tres meses, hicimos un trayecto semanal de dos horas al centro médico donde le hacían los análisis. A Mónica incluso le hacía ilusión, porque luego la llevábamos a comer a un restaurante chino que le gustaba. Era una felicidad simplemente estar juntos comiendo en un sencillo restaurante.

»Durante todos esos años, Mónica perseveró en el cumplimiento de las tareas domésticas, a pesar de que le costaba caminar. Esto le daba una sensación de responsabilidad y confianza, y la mantenía ocupada los fines de semana. Cuando le resultaba físicamente posible, asistía a campamentos de verano, disfrutando de las actividades y de las nuevas amistades. Se asoció a un club de chicas, e impartió charlas a las compañeras.

»Nuestras experiencias fortalecieron la solidaridad familiar, y Mónica agradecía el ambiente de paz que procurábamos crear en casa. Creo que fue nuestra aceptación natural de su condición, sin quejarnos, lo que la hizo sentirse querida y apoyada.

»Pero lo que nos unía era la espiritualidad. Lo que explica verdaderamente la alegría de Mónica es su fe y la gracia de Dios. Apoyada en las oraciones de su familia, sus amigos y compañeros, jamás perdió la esperanza. Durante cierto tiempo en que estuvo coja seis meses, solamente veía el lado positivo de las cosas, a pesar de que tenía que llevar zapatos grandes por culpa del crecimiento del tumor.

»Ahora que ya está mejor y hemos vuelto a Manila, nos acordamos de la suerte que hemos tenido con los médicos que nos han atendido. La enfermedad de un familiar, y sobre todo de un hijo, es una situación difícil. Pudo haber sido una experiencia traumática, pero en nuestro caso fortaleció nuestra confianza en Dios. La alegría nace de una vida de oración fuerte y constante, que fortalece el optimismo, la esperanza, la fe y la unidad».

Hoy hay mucho interés por el autismo, y se investiga mucho; la siguiente entrevista con una madre nos deja entrever la preocupación, la alegría y la esperanza que hay en la

educación de un hijo autista. Ann nos habla de la felicidad que supuso el nacimiento de su niña, después de cinco varones. «Poco después de su primer cumpleaños nos dimos cuenta de que Mara, una niña preciosa y adorable, de pronto ya no respondía ni miraba al oír su nombre; no miraba a los ojos, y no seguía aprendiendo a hablar. El pediatra opinaba que había que hacerle pruebas.

«A los dieciocho meses, empezó la terapia. A los tres años recibimos el diagnóstico oficial de trastorno generalizado del desarrollo no especificado (TGD-NE): Mara no presentaba todos los síntomas del autismo. Hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano por comprender su enfermedad, asistimos a cursos y conferencias, leímos, probamos toda clase de dietas y suplementos, y participamos en cursos de integración auditiva para el autismo. Mara ya ha cumplido siete años, y continúa con terapias y atención escolar específica.

»Sabemos que, en la mayoría de los casos, en realidad no hay remedio, y que Mara tendrá que enfrentarse a su trastorno. Como padres, tenemos la esperanza de que los síntomas se suavicen y se puedan controlar, de manera que Mara pueda llevar una vida bastante normal y feliz. Ya hemos visto signos de mejora: Mara nos mira a los ojos. ¡Qué bendición!

»En realidad, para nosotros, el paso más importante fue el de la aceptación. Desde muy pronto, nuestros hijos aceptaron la situación de la manera más natural. Apoyaban a Mara, la ayudaban, y la quieren tal como es. Como familia, no podíamos permitirnos el lujo de enfadarnos ni agobiarnos. Mara es hija de Dios, y nos apoyamos en las terapias, la fe y la oración para cuidar de esta niña dulce, inocente y preciosa que tanta alegría nos ha traído, y a la que tanto queremos».

El ambiente escolar

Los pedagogos explican las prácticas en el aula que inspiran alegría en la primera infancia, la infancia media y la adolescencia.

Gizelle, directora de un jardín de infancia, aconseja comenzar el día con canciones según la edad. Las canciones con acción son especialmente gozosas para el niño pequeño. Se favorece así un ambiente feliz, sobre todo si se acompaña de ejercicio. Según Lexie, maestra, hay que crear un ambiente acogedor en que el niño no se sienta intimidado, y sepa que si se equivoca siempre hay remedio. Ginny genera entusiasmo y alegría al preguntar: «¿A que no sabéis qué vamos a hacer ahora?».

Marietta tiene treinta y cinco años de experiencia como maestra de niños entre los 10 y los 14 años, y se ocupa de que su aula sea un lugar seguro y acogedor. Dispone de multitud de recursos pedagógicos, y procura que el aprendizaje sea positivo utilizando estrategias que incluyen los juegos y las carreras. Les dice a sus alumnos que «somos una familia, y tenemos que tratarnos con respeto», creando así un ambiente de cariño y felicidad.

Carl es profesor de adolescentes, y marca actividades que suponen un desafío y son divertidas. Reconoce que, en estos tiempos tan tecnológicos, es más difícil motivar a los alumnos, y por eso los profesores necesitan conocer sus intereses. Los alumnos encuentran satisfacción en sus tareas cuando les interesan y tienen sensación de que están aprendiendo algo. Así hallan alegría en el aprendizaje, y pasan a tomar la iniciativa.

Rae entra en clase cada día con una gran sonrisa y un alegre «buenos días». Su optimismo es contagioso. Concha aconseja ser consciente de la propia disposición al entrar en clase. Los niños, y sobre todo los adolescentes, actúan en consecuencia.

Las observaciones y experiencias de los maestros y profesores nos indican una progresión conocida y natural: al niño pequeño le encanta gastar energía física y entusiasmo en medio de un ambiente positivo y tranquilizador. En la infancia media, cuando ya pasa más tiempo lejos de la familia, el niño es feliz en un ambiente seguro, justo, respetuoso y repleto de descubrimientos. El adolescente siente alegría y satisfacción cuando puede recurrir a sus propios intereses y su creatividad.

La primera infancia: pequeños comienzos

Una de las mayores alegrías de la vida es la risa de un bebé. La vemos y la oímos; el bebé se ríe con todo el cuerpo. Su alegría a veces dura poco, y en seguida llegan las lágrimas, pero es una emoción universal indicadora del aprendizaje del gozo.

Las percepciones ingeniosas de los niños pequeños son señal de su incipiente sentido del humor, bondad de intenciones y travesura. De nuestro tesoro familiar de salidas ingeniosas he rescatado los siguientes recuerdos:

El gracioso de la familia, Ricci, tenía tres años cuando probó la Coca-Cola por primera vez en un cumpleaños. Le encantó. En casa, los niños solamente bebían leche, zumos naturales y agua. Sabiendo que yo no iba a dejarle beber Coca-Cola, ideó un plan para conseguirlo.

«Mamá, ¿puedo tomarme una cerveza?», me preguntó él.

«¿Cerveza? Tú no puedes tomar cerveza. La cerveza es para los mayores», respondí yo, divertida por su petición.

«Pero yo quiero tomar cerveza, como papá», insistió.

«No puede ser. La cerveza es para los mayores. Algún día, cuando seas grande». «Vale. Pues entonces, ¿una Coca-Cola?», preguntó, con una sonrisa traviesa.

Cuando mi padre estuvo hospitalizado por quemaduras debidas a un accidente, le preguntamos en broma a Ricci: «Doctor Ricci, ¿qué recomienda usted para el paciente?». Respondió con el aplomo de un especialista: «¡Que me traigan el martillo y unas aspiletas!». No parecía que tuviera futuro como médico.

Cuando Anton tenía dos años, jugaba a boxear conmigo; Ricci tenía seis y reaccionó con la sabiduría de un hermano mayor: «Anton, ¡no pegues a mamá! ¿No sabes que es una antigüedad?».

Y a los seis años, Anton ya se había convertido en el filósofo de la familia: «Mamá, ¿sabes cómo puedes vivir hasta los cien años? Come bien. Trabaja duro. Y rézale a Dios».

Asombrada, le pregunté: «Y tú, ¿cómo sabes esas cosas?».

«Cada uno las tiene que averiguar por sí solo. O a veces me invento cosas, y ¡luego me entero de que son verdad! Mi cerebro me da las respuestas».

Poco después, Anton llegó a otra conclusión con respecto a su propia etapa de desarrollo:

«Mamá, me gusta ser un niño. ¡La infancia me hace crecer!».

Así era. La infancia solamente pasa una vez en la vida. Debe ser una etapa en que abunden el ingenio, la inventiva y la alegría, y el niño se predisponga a una perspectiva optimista en cuanto a la vida, el amor y el trabajo.

Momentos oportunos para fomentar la alegría en la primera infancia (3-6 años)

—Permitamos que el niño haga cosas por sí solo, y experimente el gozo y la satisfacción de hacer una tarea o terminar un trabajo.

—Expliquémosle que la labor bien hecha produce felicidad y satisfacción. Son las auténticas recompensas del trabajo.

—Mostremos entusiasmo por el trabajo del niño. Así le animamos a perseverar, y le damos confianza y esperanza.

—Mostremos entusiasmo y optimismo por aprender cosas nuevas. Así animamos al niño a tomar la iniciativa y a hallar alegría en los descubrimientos.

—Animemos al niño a crear felicitaciones y tarjetas de ánimo para familiares, amigos, compañeros de clase, pacientes hospitalizados, o personas mayores que viven en residencias. Así ayudamos al niño a convertirse en una persona alegremente generosa.

—Los niños pequeños tienen mucha empatía. Animémosles a mostrar comprensión. —Enseñemos al niño a saludar y a dar las gracias a los mayores. Estos gestos de cortesía generan felicidad y respeto por los demás.

—Cuanto antes enseñemos al niño a leer, antes descubrirá la alegría de los libros. —Organicemos reuniones y excursiones que promocionen la solidaridad familiar, el optimismo, una sensación de seguridad y la apreciación de la historia de la familia.

—Los niños pequeños son especialmente sensibles a las expresiones faciales de los mayores. Mostrémosles grandes sonrisas.

—El optimismo de los padres, cuidadores y maestros es contagioso. Los niños son grandes imitadores.

—Evitemos los castigos físicos que no respetan la dignidad del niño. Optemos más bien por las explicaciones claras, sencillas y simples, y los castigos razonables y apropiados. Fijemos límites y establezcamos parámetros de comportamiento.

—Los ánimos dan alegría, mientras que la disciplina áspera y las regañinas llevan al desá​nimo.

—En la escuela, si el niño parece triste o frustrado, distraigámosle con alguna actividad divertida. Intentemos enfocar el problema de manera positiva. Si existe una pauta de comportamiento depresivo, consultemos a un psicólogo.

—Ocupémonos de que el niño tenga espacio para moverse con libertad en casa y en la clase. Así puede dar salida a su entusiasmo.

—Organicemos actividades de juego de interior y exterior, para canalizar positivamente su energía.

—Seamos siempre ejemplo de alegría.

Un problema en el proceso: el carácter difícil

Lizette cumplía tres años, e invitó a su fiesta a Jermaine, Frankie, Lizette, Marlies, Animesh y Harry, compañeros de guardería. Se celebró en un local que ostentaba los últimos aparatos gimnásticos, columpios, cama elástica, piscina de bolas de colores y muchísimo sitio para correr.

Los niños jugaban a su antojo, supervisados por monitores y padres. La escena era perfecta para observar los distintos temperamentos que ya afloraban.

Al llegar, Jermaine y Frankie se adaptaron en seguida y saltaron a las bolas, alegres, relajados y extrovertidos. Marlies y Animesh, tímidos, sensibles y cautelosos, se

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