BIEN, MEJOR, ¡EXCELENTE!
Esther Joos Esteban
BIEN, MEJOR, ¡EXCELENTE1
Cómo lograr que los niños adquieran hábitos de trabajo
EDICIONES RIALP, S.A.
MADRID
© 2015 de la presente edición, by EDICIONES RIALP, S. A., Alcalá, 290. 28027 Madrid
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ISBN: 978-84-321-4537-7
AGRADECIMIENTOS
Gracias de corazón a todos los que respondieron a mi llamada a participar en la preparación de este libro, por su apoyo y sus percepciones. Yo deseaba analizar el proceso del trabajo, e investigar la práctica de las virtudes relacionadas con el trabajo que capacitan a los niños para alcanzar la excelencia. Mi investigación dependía de la colaboración de muchos: familia, amigos, compañeros, alumnos, padres, cuidadores, educadores y participantes en grupos de trabajo. Mi agradecimiento muy especial para:
Mi esposo Enrique; mis hijas Christine y Cynthia y sus esposos, Ajay Munshi y Andreas Coppi; mis hijos Enrique y José Antonio; mis nietos Nikhil, Mayuri, Carlo y Marco; mi hermana Loretta Saunderson, que compartió conmigo sus recuerdos, reafirmando nuestras experiencias infantiles; y mi sobrina Pamela Voelksen.
Entrevistados: Trixie Abadilla, Diane van Ausdall, Sara Brescher, Ángela Camacho, Socorro Claudio, Anna Gómez de Liano, Judy Henderson, Gail Lewis, Linda Mabanta, Inge Mills, Tessie Moran, Carol Morris, Dr. Gerard O’Malley, Carol Pilone, Patricia Posner, Gail Russakov, Leticia Sala, Nancy Sieffert, Carol Tan, Lianne Tiu, Rita Tuason, Tootsie Vicente, Carla Villacorta, Raffaela Yurecko.
Educadores profesionales: Compañeros de la facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Asia y el Pacífico en Manila: el decano D. Celerino Tiongo, el Dr. Ángel Antonio, la Dra. Riza Bondal, Concha de la Cruz, la Dra. Joyce Dy, Lexie Estacio, la Dra. Gladys Golo, Dr. Ernesto Grio, Carl Moog, Dr. Ferdinand Pingul y Gizelle Tan. Otros educadores: Stella Alcántara y la Fundación María Montessori en Manila; Carlo Carino y los maestros de la Escuela Infantil María Montessori en Manila; Dr. Thomas Lickona; Dr. James Stenson; y mis alumnos de la Universidad de Asia y el Pacífico, en las asignaturas de Psicología evolutiva, Liderazgo y supervisión educativos, Formación a lo largo de la vida y Formación mediática para educadores.
Encuestados: Lita Alegre, Eden Binaday, Lysette Caruz, Marguerite Franceski, Marilou Gatchalan, Victoria Huang, Virginia Jadro, Nina Lagdameo, Marietta De Lucia, Jill Kierulf, Antonella Lazar, Huo Qian Ru, Amanda del Rosario, Edna y Peter Tanchuling, y todos aquellos que respondieron de manera anónima.
Amigos, muchos de los cuales son educadores: Cynthia Ballat, Jimeno Damaso, Nanette Diyco, Rhoda Lubetkin, Lydia Olano, Soledad Navarro y Lourdes Romero.
En Scepter Publishers: John Powers y Nathan Davis, editores; Russell Shaw; y Arlene Borg, correctora.
Y a san Josemaría Escrivá, por su práctica ejemplar de las virtudes relacionadas con el trabajo.
PRÓLOGO
Mi madre adquirió en 1946 su primera máquina de coser Singer. El monótono runrún nos indicaba que estaba ocupada cosiéndonos vestidos nuevos, o remendando ropa vieja. Cada año, el Domingo de Resurrección, acudían las vecinas a nuestra puerta para ver qué nos poníamos. Se maravillaban de nuestros conjuntos, incluidos abrigos y sombreros de primavera, salidos de las manos de nuestra madre.
Las amas de casa de mi barrio no disponían de secadoras, sino que tendían la colada al sol. Mi madre se percató de que hacía falta un invento práctico para llevar cómodamente las pinzas de madera, y por eso diseñó y confeccionó unas bolsas-delantal, eligiendo siempre dos telas que hicieran contraste y una trenza decorativa. Su práctico diseño, con bolsillo interior para guardar las pinzas, hacía más fácil la tarea.
Las amigas, vecinas y maestras se sentían honradas y agradecidas de recibir la bolsa-delantal, que se convirtió en el regalo estrella de mi madre en los cumpleaños y las fiestas. Lo que empezó como solución para una tarea doméstica se convirtió en ocasión para la creatividad y la generosidad.
Así como la caja metálica que usaba mi padre para transportar el almuerzo se convirtió para nosotras en símbolo de su ética laboral, la máquina de coser de mi madre representaba su dedicación absoluta al hogar. Al cabo de los años volvió al mundo laboral, y decidió que ya era hora de cambiar la vieja máquina por un modelo eléctrico más eficiente. Lo hizo sin mucho convencimiento; le pareció que abandonaba a un viejo amigo fiel.
***
Los padres son los primeros directores de recursos humanos. Sea cual sea la época, sean cuales sean las circunstancias, todos se enfrentan al mismo desafío: la transmisión de un legado de actitudes positivas hacia el trabajo, y de hábitos relacionados con el trabajo. Mis padres formaban un buen equipo. Fueron un ejemplo que aún hoy intentamos imitar sus hijas, sus nietos y hasta sus bisnietos.
Hace poco me di cuenta de que, en nuestra familia, mi padre era el que articulaba el significado, el objetivo y el valor del trabajo; mediante su sabiduría y sus reglas humildes,
hacía del trabajo una actividad natural, ordinaria y extraordinaria que gobernaba nuestras vidas. Pero era mi madre la que traducía las teorías a la práctica. Realizó su tarea crucial, de formación y desarrollo, ejerciendo para nosotras de modelo de las virtudes relacionadas con el trabajo. Sus contribuciones discretas y humildes se describen en las introducciones de los capítulos que siguen.
Bien, mejor, ¡excelente! explora el trabajo en la niñez. El trabajo es necesario
entenderlo, pero luego hay que aplicarse. La niña de nueve años sabe que tiene que hacer los deberes, pero ¿se esmera en hacerlos bien? A los cinco años, el niño entiende que debe ordenar su habitación, pero ¿con qué actitud emprende la tarea? El adolescente que juega en el equipo de fútbol del instituto se aprende las jugadas, pero ¿acude al entrenamiento sin faltar nunca? El joven es consciente de que pertenece a un grupo, pero ¿sabe trabajar en equipo? La niña preadolescente hace la tarea siempre, pero ¿muestra hacia los estudios una actitud de tristeza y miedo? Para cumplir con su deber, los niños necesitan desarrollar virtudes relacionadas con el trabajo.
En este libro se estudian cinco virtudes específicas relacionadas con el trabajo: la diligencia, el orden, la responsabilidad, la cooperación y la alegría. Son los componentes del trabajo bien hecho. Son actitudes conscientes y constantes cuyo desarrollo necesita tiempo y mucha práctica.
El trabajo es un proceso dinámico universal. Es toda actividad humana decente y provechosa; un cauce para el desarrollo de las capacidades y los talentos individuales; un medio para la perfección y la santidad; un medio para la transformación; una oportunidad para ayudar y servir. Se traduce en una tarea, actividad, proceso, deber, reto u oportunidad que encuentra su cauce en el juego, el estudio, las tareas domésticas, las aficiones, los deportes y otras actividades. Como educadores principales, los padres explican, ponen ejemplos, muestran, cuentan cuentos y son modelo a seguir del trabajo bien hecho. Ponen en práctica toda una serie de estrategias para ayudar a los hijos a encontrar el significado, el propósito y el valor del trabajo. Lo difícil es conseguir que los niños realicen voluntariamente el trabajo, que lo realicen de manera continuada y completa. Este es el reto al que se enfrenta Bien, mejor, ¡excelente!
Cada capítulo de este libro comienza con un recuerdo personal que presenta el tema, una de las cinco virtudes. Avance rápido relaciona los retos y temas con realidades actuales. Momentos oportunos presenta técnicas que facilitan la adquisición de buenos hábitos en las etapas sucesivas del desarrollo del niño. Luego hay Un problema en el
proceso, que examina un posible obstáculo. Y al final de cada capítulo, las Citas
presentan sabias percepciones en cuanto al trabajo.
El libro pretende ser una guía, referencia o manual para padres, cuidadores y educadores. En las anécdotas, los nombres que aparecen son ficticios, excepto en los casos en que se ha permitido utilizar el nombre auténtico.
Esther Joos Esteban
1.
BIEN, MEJOR, ¡EXCELENTE!: LA DILIGENCIA EN EL
TRABAJO
El día de las notas
Algunos reíamos nerviosos, y otros temblaban. Era el día del juicio final en la escuela primaria de la Avenida de Mount Vernon; los de tercero nos lo tomábamos muy en serio. Nuestros padres sabían exactamente qué día nos daban las notas. Mi hermana Loretta y yo éramos buenas estudiantes, y normalmente llevábamos notables y sobresalientes.
La escena siempre se repetía cuando llegábamos a casa con los boletines. Nuestros padres miraban las calificaciones, intercambiaban una mirada cómplice y luego nos miraban recitando:
Bien, mejor, excelente: que lo mío esté bien, mejor que sea mejor, mejor que sea excelente.
Ya estábamos acostumbradas.
Hubo un trimestre en que yo fui la primera sorprendida al conseguir sobresaliente en todo.
«¿Qué dirán ahora? Mejor aún, ¿qué me regalarán? ¿Bombones? ¿Una muñeca? ¿Se olvidarán del dichoso poemita?».
Les entregué las notas ilusionadísima, sin perder detalle de sus caras, a ver qué pasaba. Pasó lo de siempre.
Sonriendo orgullosísima, mi madre miró a mi padre, radiante también, y lo volvieron a recitar:
Bien, mejor, excelente: que lo mío esté bien, mejor que sea mejor, mejor que sea excelente.
Qué desilusión. Pero en el fondo sabía que, a su manera, me estaban enviando un mensaje importante: ¡Buen trabajo! ¡Sigue así! Siempre se puede mejorar.
Mis padres jamás mostraban enfado ni desengaño, ni ridiculizaban nuestros esfuerzos. Siempre aplaudieron nuestros triunfos y nos animaron ante los contratiempos. Lo que más valoraban era nuestra diligencia por terminar las tareas, y nuestros esfuerzos por rendir al máximo. Fueron nuestros primeros mentores en una peregrinación que duraría toda la vida, y cuyo objetivo es la excelencia en el trabajo.
***
Al recitar bien, mejor, excelente, no pretendían presionarnos con expectativas poco razonables, sino servirnos de motivación, de inspiración para seguir superándonos. Sin duda que nos ponían el listón alto, pero no nos imponían las exigencias poco realistas de unos adictos al trabajo obsesivo-compulsivos. Cierto que mi madre escribía a diario la lista de tareas pendientes, como recordatorio. Si quedaba algo por hacer, lo pasaba a la lista del día siguiente. Y en cuanto a mi padre, realizaba sus tareas con alegría, precisión y puntualidad. Si se ponía a inventar alguna herramienta especial, o a hacerle una cuna a mi muñeca, se fijaba un plazo razonable y lo cumplía.
Existen personas perfeccionistas cuyo trabajo jamás les satisface; no era el caso de mis padres. Nos ayudaron a comprender que, a veces, lo perfecto es enemigo de lo bueno. Es más importante ser prudente y realista en cuanto a lo posible, sin adherirse a un horario rígido ni angustiarse por la perfección del resultado.
Mis padres nos enseñaron a trabajar, y su ejemplo nos inició en la búsqueda de la excelencia.
Definición de diligencia
La diligencia es el esfuerzo perseverante. Se caracteriza por la aplicación constante, seria y persistente. Sin diligencia, la tarea se ejecutará de manera desganada, sin convicción; el producto será mediocre o quedará incompleto.
Los niños que se habitúan a la diligencia desarrollan su capacidad de atender a las exigencias de la tarea en mano, producir trabajo de calidad, y afrontar las dificultades y los obstáculos con calma y sin quejarse.
La diligencia no se practica aisladamente. Otros hábitos clave relacionados con el ejercicio de la diligencia son:
—La paciencia, virtud de soportar sin queja las contrariedades. —La alegría de espíritu y el optimismo.
—La templanza, o autocontrol y autorregulación. —La fortaleza, o perseverancia valiente.
—La prudencia, o juicio y conciencia sanos.
Estos hábitos volverán a surgir a lo largo de la presente obra.
Repasemos las virtudes
En una época que consideraba el desarrollo de las virtudes como una misión pintoresca y anticuada, se publicaron varios libros cuyo objetivo era el de renovarlas: The
Seven Habits of Highly Effective People [Los siete hábitos de las personas altamente efectivas] (Covey, 1989), The Book of Virtues [El libro de las virtudes] (Bennett,
1993), Twenty Teachable Virtues [Veinte virtudes enseñables] (Unell y Wyckoff, 1995),
Seven Habits of Highly Effective Teens [Los siete hábitos de los adolescentes altamente efectivos] (Covey, 1998), Compass [Brújula] (Stenson, 2003) o Character Matters [El carácter importa] (Lickona, 2004).
Thomas Lickona, autor de libros sobre la formación del carácter, considera que las virtudes relacionadas con el trabajo son cruciales. Identifica la diligencia y el orden como virtudes necesarias para el trabajo óptimo, mientras que la cooperación, la responsabilidad y la alegría favorecen las buenas amistades.
Ya desde pequeños, los niños son capaces de decidir y actuar. Esta capacidad les permite tomar decisiones con libertad e independencia, actuar de acuerdo con sus decisiones, ejercer la autodisciplina, actuar con constancia, perseverar, realizar elecciones morales y practicar las virtudes.
Las virtudes son hábitos buenos que persiguen la verdad y el bien. Se adquieren mediante el aprendizaje continuo e intenso, el esfuerzo consciente y la repetición, hasta convertirse en algo fácil, rápido, constante y natural. Al trabajar por la adquisición de buenos hábitos, padres y cuidadores participan en uno de los objetivos más nobles de la educación: la instrucción de los niños en la vida virtuosa. Lo contrario de las virtudes son los vicios. Los vicios también son hábitos, pero se desvían de la verdad y del bien, y pueden convertirse en adicciones negativas e incontroladas.
Mis padres sabían lo difícil que resulta desarrollar la diligencia, pero también sabían mucho de la educación de los hijos. Allá por los años cincuenta, se preocupaban por las cosas que pudieran obstaculizar sus esfuerzos por desarrollar en nosotras la diligencia. Sobre todo, les inquietaba la disponibilidad de tantos juguetes en el mercado, o la posible adicción a la televisión. ¡Qué tiempos!
Pero no dudaban en imponer su autoridad. Articulaban y defendían claros valores morales, ponían límites a nuestro comportamiento, y aplicaban sanciones sin dudarlo cuando nos portábamos mal. Si había deberes, los terminábamos antes de cenar; si teníamos que hacer un trabajo, nos exigían que acabásemos lo que habíamos empezado. Si se nos encomendaba alguna tarea doméstica, la hacíamos antes de jugar. Cuando estudiábamos violín y piano, solamente dejábamos el ensayo después del tiempo estipulado. Si queríamos un juguete, esperábamos hasta el cumpleaños. Así nos hacían desarrollar las virtudes; a nosotras, estas prácticas nos parecían naturales y buenas.
Nuestros padres eran exigentes, y nos ponían límites. Pero también nos animaban y, sobre todo, nos mostraban afecto. Hace sesenta años, la educación de los hijos se centraba en las necesidades básicas y funcionaba con estrategias sencillas. En aquellos años de posguerra, y en las familias de ingresos medios, nuestros padres favorecían la recuperación económica, trabajaban mucho y defendían la solidaridad familiar.
Avance rápido
En el nuevo milenio, padres e hijos se enfrentan a temas más complejos: el desmoronamiento de la familia y la autoridad paterna, los antivalores, el materialismo excesivo, la importancia que se concede a las comodidades, el impacto de los medios de comunicación. Estamos rodeados de centros comerciales que proyectan el consumismo más descarado y anegado en un ambiente multimedia; los padres, cuidadores y educadores se enfrentan a dificultades y dilemas que requieren energía y decisión.
Una psicóloga infantil de Nueva York cuenta que un preadolescente le preguntó, al llegar a su primera consulta: «¿Puedo jugar a un videojuego mientras hablamos?». El firme «no» de la terapeuta impresionó al niño. Por lo visto, no estaba acostumbrado a que le negaran nada. Hay que decir que acató respetuosamente la autoridad de la doctora.
Abrumados por las exigencias del nuevo milenio y bombardeados por los consejos de multitud de expertos, para los padres la educación de los hijos se convierte necesariamente en una gestión por objetivos: ¿Qué clase de hijo deseamos criar? ¿Cómo lo vamos a hacer?
Sea cual sea la estructura familiar, los padres necesitan hacer evaluaciones periódicas para cumplir con su importante y extraordinaria vocación. Para el padre o la madre que educa en solitario a su hijo y para las familias mixtas, las preguntas son las mismas aunque las soluciones sean más complicadas. Puede que necesiten periódicamente reciclar o adaptar sus habilidades para trabajar de manera óptima la virtud de la diligencia.
El entorno doméstico
Rae y Bill, padres jóvenes con las ideas claras, estaban de acuerdo en lo concerniente a la educación de sus tres hijos. Aplicaron técnicas para ayudar a los niños a interiorizar la autodisciplina y a ser constantes en sus esfuerzos. Desde que los niños fueron muy pequeños, y durante toda su infancia, sus padres cortaban de raíz las rabietas. Los distraían con alguna actividad, o simplemente les hacían un gesto con la cabeza: los niños captaron poco a poco el mensaje de que ciertos comportamientos son inaceptables. Les leían cuentos como La pequeña locomotora que sí pudo, para enseñarles que casi todo es posible con autocontrol y perseverancia. El proceso fue lento
y exigía mucha paciencia, repetición y afecto, pero los niños respondieron positivamente. Cuando fueron madurando, sus padres utilizaron el diálogo y las explicaciones para favorecer la diligencia. No gritaban, ni ridiculizaban ni utilizaban la psicología inversa, sino que respetaban la dignidad de cada hijo. Con los adolescentes eran especialmente efectivas las preguntas y peticiones directas. Rae y Bill eran sensibles a la evolución de sus hijos, y estos se mostraron dignos de su confianza, esforzándose por cumplir las expectativas de sus padres, más que razonables.
Inge, madre soltera trabajadora, es conocida por su energía sin fin y por ser ejemplo de aguante y perseverancia. Su entusiasmo es contagioso, y las explicaciones que ofrece a sus tres hijos han arraigado. «Una vez que empieces algo, te comprometes y tienes que completar la tarea. No abandones, aunque te encuentres con dificultades. Aprovecha lo que tienes, y ya sabes que aquí estoy yo». Su apoyo constante les ha inspirado para terminar siempre aquello que emprenden.
Nikhil tiene nueve años. Su padre, Ajay, me contó cómo logró que su hijo fuese un niño diligente y se interesara por el deporte. Comenzó en los primeros años del niño, jugando con él a rodar una pelota. Cuando vio que Nikhil ya era capaz de atraparla, fue subiendo el listón. Se divertían juntos, jugando en los parques de su ciudad. Con el tiempo, Ajay fue introduciendo al niño en una amplia gama de deportes: fútbol, baloncesto, natación. El niño iba mostrando sus preferencias y aptitudes, sobre todo para el flag football[1], y Ajay procuraba fomentar en él la comprensión y la confianza. En su primera temporada no consiguió coger ni un solo banderín, pero siguió esforzándose hasta convertirse en jugador defensivo y ayudante de los entrenadores. En principio no le gustó jugar en defensa, porque quería atrapar pases y marcar touchdowns, pero poco a poco se fue aficionando, y ahora incluso se ha comprado unos banderines, para que Ajay se los ponga y pueda practicar.
Padre e hijo se aficionaron al fútbol, y empezaron a animar a su equipo preferido; ahora comparten la emoción de las eliminatorias. Ajay le compra al niño libros sobre deportes por su cumpleaños, y los dos juegan con la Wii para mejorar la comprensión de los deportes y del juego en equipo. Nik ha aprendido lo importante que son la perseverancia, la superación y el trabajo en equipo.
Nik jamás falta al entrenamiento si no es por enfermedad. Su creciente habilidad y su contribución al equipo le aportan satisfacción y alegría. Desarrolla la virtud de la diligencia mediante la atención constante y seria y la aplicación enérgica. Padre e hijo han formado un vínculo afectivo a partir de una afición compartida.
Por su parte, las familias de militares, con sus frecuentes mudanzas y cambios, necesitan estrategias nítidas. Judy y Russ les explicaron a sus tres hijos que no importaba dónde estuvieran destinados, que cada miembro de la familia seguía desempeñando un papel importante para una vida familiar coherente e integrada. «El trabajo de papá está en el ejército, el mío en la casa y el vuestro en la escuela. Cada uno tiene su tarea, la hacemos lo mejor que podemos, y terminamos lo que empezamos, estemos donde estemos».
Rae, Bill, Inge, Ajay, Judy y Russ se plantearon la formación en la virtud de la diligencia utilizando técnicas que exigen reflexión, acción y persistencia, mezcladas con las cantidades justas de ánimo y elogios. Pero más importante que sus esfuerzos conscientes es su notable y efectivo ejemplo.
El ambiente escolar
Mi hermana Loretta es profesora de alemán en la escuela pública. En cierta ocasión recibió a un nuevo grupo; el curso duraría seis semanas. Ya le habían avisado de que algunos alumnos eran problemáticos. Como era de prever, el primer día de clase se sentaron al fondo y empezaron a dar la nota. Loretta procedió a explicar los contenidos y objetivos del curso, y unas normas sorprendentes.
«Estamos a punto de emprender un emocionante viaje a otra tierra y a otra lengua. En mi clase, los alumnos se sientan donde quieren. Dentro de dos días, se sentarán ustedes donde mejor vayan a trabajar. Y otra cosa: este curso no lo suspende nadie».
Todos estaban atentos. Pensando que el curso iba a ser pan comido, los alumnos murmuraban entre ellos. Loretta se lo aclaró.
«No tiene que suspender nadie, si cada uno da lo mejor de sí. Juzgaré vuestro trabajo en mi clase sobre la base de vuestro esfuerzo. Tenéis la ocasión de empezar de cero. En las próximas seis semanas os voy a dar diez oportunidades para demostrar lo que valéis, entre tareas, proyectos y pruebas».
Había otra norma: cada alumno debía elegir un típico nombre alemán, que adoptaría durante el curso. Esta práctica siempre entusiasmaba a los alumnos. No solamente se familiarizaban con los nombres alemanes, sino que era una manera sutil e ingeniosa de darles tabula rasa a todos, incluidos los difíciles.
El tercer día, ya todos habían elegido su sitio. Los alumnos supuestamente conflictivos se sentaron en primera fila, y su trabajo fue óptimo. Loretta, con su firmeza y su simpatía, era una profesora sincera, comprometida y respetuosa de la dignidad de los alumnos. Marcaba expectativas ambiciosas, fomentaba el desarrollo de las habilidades individuales y ayudaba a los alumnos a mejorar su autoestima. Era coherente al implementar las normas en el aula, y los alumnos sabían que iba en serio; se ganó su respeto y su confianza. Los animaba a ser perseverantes y diligentes.
Loretta trabajaba en un entorno multicultural que incluía al menos quince nacionalidades distintas en cada clase; a ella la llamaban cariñosamente la Frau. Los alumnos sabían que les estaba dando todas las oportunidades para que desarrollasen la excelencia en su trabajo del momento, que era el estudio.
Siguiendo la tradición familiar, mi sobrina Pamela es profesora de ciencias. Concienzuda, organizada, simpática, ingeniosa y muy profesional, consigue buenos resultados. Tenía un alumno, Reggie, al que llamaban con frecuencia al despacho del orientador por su mal comportamiento en las demás clases. El orientador le preguntó cómo es que le iba tan bien en la clase de ciencias.
«La asignatura es interesante. La profesora trabaja mucho. Hace que nosotros también queramos esforzarnos». Dos generaciones más tarde, el bien, mejor, excelente de mis padres había arraigado en la nieta, que practicaba sus actitudes y hábitos positivos.
Pero hay veces en que es contraproducente el esfuerzo por la diligencia y la excelencia en el ambiente escolar. Los programas para alumnos de altas capacidades pueden fomentar, sin quererlo, una falsa sensación de superioridad, minando las relaciones entre compañeros. Y cuando estos alumnos, acostumbrados a que se les señale como los mejores, se encuentren competidores o contratiempos, tal vez no sepan gestionar la realidad del fracaso.
En ocasiones, el logro de lo mejor se convierte en obstáculo para alcanzar el bien. Cuando los entrenadores, padres o compañeros se obsesionan con la victoria, ejerciendo una presión excesiva sobre los miembros del equipo, es posible que los jugadores se pierdan las lecciones más importantes del deporte: el espíritu de equipo, la dignidad bajo presión y cómo afrontar la derrota.
Cuando los padres viven por los logros de los hijos, transfiriéndoles sus propias ambiciones de prestigio personal, les envían mensajes erróneos en cuanto a los objetivos del esfuerzo. «Hay padres obsesionados con “una visión estrecha y miope del éxito”, que esperan de los hijos “que aporten posición social y significado a sus vidas”. Es una combinación dañina, que pone mucho peso sobre los hombros de los hijos: estrés, agotamiento, depresión, ansiedad; no aprenden a gestionar los problemas, sino que dependen de los demás para que los apoyen y dirijan; todo ello desemboca en una baja autoestima»[2].
La primera infancia: pequeños comienzos
En los primeros seis años de vida se ponen las bases de la diligencia. Para el niño, las experiencias pueden ser de euforia gozosa o de frustración prematura.
Maya tiene seis años. Cuando ve la ocasión de ayudar, corre a traer su banqueta para alcanzar la encimera donde su madre prepara pasteles. «¿Qué quieres que haga, mamá? ¿Cómo te puedo ayudar?». Su buena disposición refleja la necesidad interior, la avidez de los niños por aprender haciendo. Christine ya tiene planeado de antemano lo que quiere enseñarle ese día a su hija: alguna habilidad acorde a las capacidades de la niña. Maya ya sabe poner la masa en los moldes, untar cobertura en los pasteles una vez que se enfrían, decorarlos con bolitas de colores. Hoy aprenderá a empaquetarlos para regalo.
Maya comprende que, si se pone a cocinar con su madre, tiene que terminar la tarea. Los veinticuatro pastelitos tienen que estar listos para la fiesta familiar. Pero, más allá del desafío de la tarea, la niña quiere agradar a sus familiares con sus deliciosos pasteles recién hechos. Y sobre todo, desea colaborar con su madre.
A sus cuatro años, Carlo tiene un talento especial para el dibujo. Últimamente dibuja sus superhéroes preferidos, y le salen muy bien los antifaces y las capas. Cuando el resultado no es perfecto, Carlo se siente frustrado y se impacienta. Sus padres, Cindy y Andreas, le explican: «A veces nos equivocamos, y nuestro trabajo no siempre sale perfecto. Es importante intentarlo de nuevo». Cindy lo acompaña un rato mientras busca una nueva técnica y repite los dibujos. Esta vez queda satisfecho.
Pamela y John han enseñado pacientemente a su hijo Connor, de cinco años, a recoger sus juguetes antes de acostarse. Cuando su abuela le ayuda, él le explica que hay un contenedor o repisa para cada cosa. Si la abuela no lo entiende perfectamente, Connor no duda en mostrarle cómo se hace. Él sabe que no hay que recoger de cualquier manera: está preparando la habitación para jugar mañana.
En esta fase de su desarrollo, los niños se muestran deseosos de ayudar y de agradar a sus padres, cuidadores y maestros.
Momentos oportunos
El desarrollo de las virtudes es un proceso dinámico que comienza en la más tierna infancia y continúa durante toda la vida, pero este libro se centra en la primera infancia, la infancia media y la adolescencia. La sección Momentos oportunos ofrece planteamientos prácticos en el arte de formar a los niños en virtudes. Esencialmente, estos momentos harán que el niño reflexione sobre el trabajo y comprenda los objetivos de cada tarea, piense en las estrategias oportunas, persevere y evalúe sus propios esfuerzos. Y entre todas las sugerencias, el ejemplo de los padres y educadores es la variable constante.
La puesta en práctica de los buenos hábitos es un proceso acumulativo. Las bases se ponen en la primera infancia; esto lo atestiguan las numerosas respuestas a nuestra encuesta. Si en la primera etapa la formación es inexistente o inadecuada, entonces los hábitos deben desarrollarse y fortalecerse en la siguiente etapa, hasta convertirse en virtudes o cualidades estables de la personalidad. Si se descuida la formación en virtudes, en la adolescencia la lucha será formidable, y se incrementarán las posibilidades de desarrollar los malos hábitos contrarios, o vicios. Pero hay que perseverar.
En la sección Momentos oportunos, las historias y recomendaciones prácticas ofrecidas por los padres ilustran la dinámica del proceso.
Momentos oportunos para fomentar la diligencia en la primera infancia (3-6 años)
—Comencemos por las cosas pequeñas, pasando gradualmente, paso a paso, a tareas más complejas.
—Si es posible, preparemos una muestra de lo que se espera del niño; si no, enseñémosle cómo se hace.
—Cuando el niño acomete una tarea por primera vez, procuremos facilitarle pequeños «éxitos» en la superación de dificultades. Así le animamos a perseverar.
—Mostremos alegría ante el empeño que pone el niño en hacer bien su tarea. —Elogiemos al niño cada vez que vuelva a intentarlo.
—Utilicemos motivaciones visibles, que pueden ser unas simples pegatinas, para animar al niño en la adquisición de un hábito.
—Cuando la tarea se haya convertido en hábito, disminuyamos las recompensas, para que el niño no dependa demasiado de las motivaciones tangibles.
—Cuando el niño termine de jugar con algún juguete, animémosle a elegir otro un poco más complicado.
—Animemos al niño a explorar, a probar nuevos juguetes, actividades o tareas; así va desarrollando la confianza en sí mismo.
—Pongamos a la vista los dibujos, pinturas, construcciones y esculturas del niño, mostrándole así que apreciamos su creatividad y su trabajo.
—No olvidemos el sentido del humor. Procuremos quitar hierro a las situaciones desagradables.
—Si la tarea o actividad está realmente más allá de las capacidades del niño, reconsideremos las expectativas y probemos otro planteamiento o tarea que sí sea capaz de hacer.
—Repitamos las instrucciones las veces que haga falta, hasta que el niño sea capaz de acometer solo la actividad o tarea. Así se desarrolla su independencia y su afán de superación.
—Animemos al niño a corregir su trabajo. Después, lo ideal es que se lo muestre y explique a otro adulto.
—De manera relajada y natural, sin rigideces ni castigos, recordémosle pacientemente al niño las tareas que tiene que hacer. Echémosle una mano si es necesario, pero no hagamos su trabajo por él.
—Seamos coherentes en la implementación de tareas. El desorden confunde al niño y le quita las ganas de trabajar.
—Si el niño hace la tarea de manera descuidada o incompleta, exijámosle que la repita; ayudémosle si es necesario.
—Agradezcámosle su ayuda. Así desarrolla la confianza en sí mismo y se le enseña a ser educado.
—Expliquémosle poco a poco los frutos de la perseverancia y el esfuerzo. Los niños pequeños hallan alegría y satisfacción en las cosas bien hechas.
—Comencemos pronto a educar al niño en la diligencia. Así, el niño aprende a fijarse objetivos que le llevarán a la excelencia en el trabajo.
—Seamos ejemplo de diligencia.
En sus primeros años, los niños están inmersos en el proceso de desarrollar el control de sus emociones y la autorregulación. Padres, cuidadores y educadores saben que va a haber pataletas y llantos. Los niños tienen que aprender a comprender lo que hacen, y por qué puede estar mal o ser peligroso, pero además necesitan desarrollar poco a poco la autorregulación o «el control de su comportamiento, ajustándolo a las exigencias de la persona responsable, incluso aunque esa persona no esté presente»[3].
Las bases de la diligencia se establecen en los primeros seis años, así que es necesario detectar los problemas pronto y ponerles remedio. Los niños necesitan formarse sistemáticamente para acostumbrarse al hábito del control emocional. La siguiente situación podría minar la primera etapa de la formación en autorregulación y diligencia.
Paul y Susanne trabajan en su negocio muchas horas al día. Terrie tiene tres años; su niñera, Sue, la mima y la sobreprotege. Sue no deja que Terrie se vista ni coma sola, ni que ayude a recoger sus juguetes. La niña come chucherías y ve la televisión a su antojo. Nadie la regaña cuando recurre a las pataletas. Paul y Susanne, para compensar su ausencia, malcrían a su hija regalándole juguetes continuamente.
Terrie es una niña caprichosa, y nadie le enseña a comportarse de manera socialmente aceptable. Va camino del desastre, porque no aprende a controlar sus emociones ni a autorregularse.
—Nadie le fija expectativas ni límites. —Nadie le explica lo que tiene que hacer. —Nadie le enseña a controlar sus emociones. —Nadie la controla de manera coherente.
—Nadie le da a elegir, para aprender así a tomar decisiones. —Nadie la anima a perseverar.
—No conoce la experiencia ni la satisfacción de completar una tarea. Así las cosas, ¿cómo va a desarrollar la virtud de la diligencia?
Paul y Susanne son modelos de comportamiento perseverante y diligente; por desgracia, Terrie jamás los ve en acción. No tiene ocasión de observar su buen ejemplo. Los niños son grandes imitadores; necesitan ver cómo sus padres y cuidadores se autorregulan y ejercitan la diligencia.
La inteligencia emocional es la habilidad de percibir, juzgar y manejar las propias emociones. Capacita a la persona para enfrentarse mejor a los desafíos de la vida y las exigencias del trabajo. La lucha por la autorregulación dura toda la vida, y es componente clave de la práctica de la diligencia.
Daniel Goleman ha popularizado la teoría de la inteligencia emocional con su modelo de competencias emocionales que inciden en la conciencia y el control de uno mismo[4]. Goleman señala que para lograr el éxito han de desarrollarse las competencias emocionales, o capacidades adquiridas: el control de los impulsos, la comprensión, la
persistencia, el entusiasmo y la automotivación. Todos ellos son necesarios para la
La inteligencia emocional es un componente crucial en el desarrollo de la diligencia, porque contrarresta el impulso de abandonar.
La infancia media: espacio para mejorar
Entre los siete y los doce años, el niño ya entiende que la perseverancia merece la pena pero tiene un coste. Significa que normalmente se tarda más y hace falta más paciencia para terminar los deberes, dominar una jugada deportiva, perfeccionar un paso de baile o dejar la habitación en estado de revista. En la infancia media, hay que alcanzar la competencia y la confianza; ambas fortalecen el hábito de la diligencia.
Nuestro hijo Ricci tenía a los siete años mucha energía, y su hábitat natural era la cancha, la pista o el campo de juego. Su talento deportivo le daba satisfacción y favorecía su autoestima. Para cualquier otro niño tal vez significase un esfuerzo, pero a Ricci le resultaba fácil y natural perseverar durante horas seguidas para perfeccionar el golpe de revés.
Por eso fue una sorpresa para toda la familia el repentino interés de Ricci por la filatelia y la numismática, aficiones más bien sedentarias que requieren una diligencia considerable. Llegaban cartas de países lejanos, con sellos exóticos; nuestros amigos extranjeros venían de visita y regalaban a los niños monedas y billetes jamás vistos. Todo ello despertó su interés y su curiosidad. Se pasaba horas organizando sus álbumes y leyendo libros especializados. Pasaron los años y siguió perseverando en su afición, con una motivación añadida cuando supo que podía ganar dinero en la compraventa de sellos y monedas. Además, el tiempo de relajación que pasaba con sus colecciones daba equilibrio a su vida.
Raoul, Peggy, Sanjay, Phil y Laura, de quinto curso, se reunieron después de clase para hablar del trabajo de ciencias que tenían que hacer en grupo. Discutían animadamente, porque cada uno tenía su propia idea. Por fin se pusieron de acuerdo en el planteamiento.
A su maestro le llamó la atención que hubiera distintos grados de diligencia entre los chicos. Observó que tres de ellos presentaban una aplicación constante, seria y enérgica, mientras que los otros dos llevaban a cabo sus tareas de manera desganada, y se conformaban con lo mediocre.
He aquí las diferencias entre las dos expresiones distintas de la diligencia. Características del alumno diligente Características del alumno que no es diligente
Se muestra conforme con las normas del proyecto
Se resiste a tolerar el menor obstáculo
Es independiente en la realización de sus tareas Se resiste a los cambios que se le sugieren
Agradece la supervisión y las ideas del profesor Muestra una actitud desafiante cuando hay que repetir alguna tarea
Presta atención al detalle y a la calidad del trabajo
Se conforma con un resultado mediocre
Muestra empeño por terminar Responde positivamente a los ánimos
Momentos oportunos para fomentar la diligencia en la infancia media (7-12 años)
—Fomentemos una sensación permanente de asombro ante el descubrimiento y el aprendizaje, ya sea en temas académicos, aficiones o deportes; así motivamos la diligencia en una amplia gama de actividades e intereses.
—Enseñemos al niño a comprender que el aprendizaje y los estudios exigen diligencia y un esfuerzo continuo. La repetición de ejercicios requiere fortaleza.
—Fijemos expectativas altas pero razonables y realistas para cada niño.
—Si es posible, proporcionemos al niño un lugar de trabajo (una mesa, un rincón tranquilo) donde pueda hacer los deberes sin distracciones. Así se favorece la concentración y se establece un tiempo de tranquilidad.
—Recordémosle al niño que la paciencia es una virtud y un factor decisivo que facilita el logro de los objetivos. La determinación es necesaria.
—Animemos al niño a cuidar la precisión en el trabajo, es decir, a la caligrafía, la exactitud de los contenidos y los detalles.
—Supervisemos los deberes; así se disuade del comportamiento dependiente y la pereza intelectual.
—Enfaticemos la importancia de leer atentamente las instrucciones. —Establezcamos con firmeza la prioridad del trabajo sobre el juego.
—Ejercitemos la autoridad parental para equilibrar el trabajo con los juegos. Fijemos y expliquemos normas y criterios familiares.
—Enseñemos al niño a controlar sus impulsos y a resistirse a la tentación de la gratificación inmediata.
—A medida que crece el niño, encomendémosle tareas domésticas cada vez más complejas. Enseñémosle a realizarlas. Agradezcámosle su participación en el funcionamiento de la casa. La colaboración une.
—Animemos al niño a idear maneras más creativas y eficientes de realizar las tareas.
—Sugiramos a los hermanos que canten, que hagan rimas o juegos de palabras mientras hacen tareas domésticas.
—Minimicemos la competitividad entre los hermanos, no sea que se fomenten los favoritismos, los resentimientos y la desmoralización.
—Seamos modelo de diligencia.
«A las generaciones futuras que jamás hayan visto un mundo sin internet, jamás hayan tenido un hogar sin televisor, jamás hayan vivido sin teléfono móvil, jamás hayan tenido que realizar un trabajo de investigación sin Google, ¿quién les enseñará a orientarse entre esta explosión de opciones sin precedentes?»[5].
¿Quién, en efecto, guía a nuestros jóvenes? ¿Quién les enseña el hábito de la diligencia, es decir, el hábito de hacer o continuar lo que hay que hacer, ya se trate del estudio, el juego, las tareas, las aficiones o los deportes? ¿Quién les enseña a vencer las adicciones que puedan surgir al dedicarse a los videojuegos?
El comportamiento adictivo «casi siempre es una reacción al estrés emocional; es necesario comprender cómo funciona psicológicamente»[6]. Los indicadores de comportamiento incluyen las compulsiones enfermizas que se manifiestan en la dependencia compulsiva o las necesidades intensas.
Joey tiene once años. En la escuela es un niño solitario y se aburre. Cada vez muestra menos interés por las tareas escolares, y le resultan más difíciles, debido probablemente a su obsesión por los videojuegos. En ellos encuentra alivio a su soledad, al estrés y a la presión de los estudios, pero es incapaz de imponerse una disciplina. Últimamente, sus padres han caído en la cuenta de que Joey inventa excusas para faltar a clase y ha abandonado su afición preferida, el monopatín.
Los videojuegos y «los hábitos de juego en la red han pasado de ser una afición a ser una adicción. La ludopatía suele afectar seis ámbitos: (1) el psicológico y emocional, con un alto riesgo de experimentar problemas de autoestima, momentos depresivos, ansiedad social e inestabilidad emocional. Los adictos pueden sentirse culpables y avergonzados porque no son capaces de controlar sus hábitos; (2) el de la salud; (3) el familiar; (4) el de la economía; (5) el de los estudios; y (6) el social»[7].
Los estudios indican que el 8,5% de los jóvenes estadounidenses entre los ocho y los dieciocho años de edad llegan a ser «jugadores patológicos». Tienen peores resultados en la escuela y les cuesta concentrarse en clase, y son dos veces más propensos a manifestar un trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Los chicos tienen cuatro veces más probabilidades que las chicas de convertirse en adictos; la etapa vulnerable para la aparición de la adicción parece estar entre los ocho y los nueve años de edad[8].
Existen síntomas que pueden alertar a padres, cuidadores y educadores de una posible adicción:
—El joven pasa cada vez más tiempo y gasta más dinero en videojuegos; necesita mantener el nivel de emoción.
—Manifiesta irritabilidad o inquietud cuando se le limita el tiempo de juego. —Se evade de sus problemas por los videojuegos.
—Deja de hacer los deberes para jugar.
—Miente en cuanto al tiempo que se pasa jugando. —Roba juegos, o dinero para jugar[9].
Los videojuegos pueden ser una estupenda fuente de diversión, aprendizaje y relaciones sociales entre los niños, pero también pueden convertirse en un obstáculo temido que mina gravemente el desarrollo de la diligencia. Los adictos prefieren jugar compulsivamente a dedicarse a actividades provechosas como los estudios, las aficiones o los deportes. Se aconseja que los padres ejerciten su autoridad y limiten el tiempo de juego, coloquen el ordenador en una zona común de la casa, controlen los contenidos y valores que proyectan los juegos, participen en juegos interactivos y fijen restricciones. Si se presenta alguna adicción es aconsejable recurrir al orientador del centro escolar o a un psicólogo.
La adolescencia: los mejores esfuerzos
En la adolescencia se producen cambios en el desarrollo fisiológico, emocional, cognitivo, social y moral o espiritual. En lo físico, el adolescente experimenta picos hormonales y de crecimiento, y maduran sus órganos reproductivos. Emocionalmente, aparecen los cambios de humor, dudas e inseguridades. En lo cognitivo, el adolescente ya es capaz de desarrollar un pensamiento más abstracto y analítico. Comienza la búsqueda de la identidad. El adolescente afirma su independencia y libertad. En lo social, tiene que enfrentarse al temor a que no lo acepten, a la presión entre iguales. Necesita respuestas a los dilemas morales y a las preguntas acerca del porqué de la vida.
En resumen, las tareas básicas de desarrollo exigen que el adolescente aprenda a ser él mismo, probarse, decidir por sí mismo, ser responsable de sí mismo, tener éxito y amar y ser amado. Son desafíos formidables en el camino de la madurez.
Algunos adolescentes realizan la transición con facilidad, y otros no, dependiendo de muchos factores. Entre los más recientemente identificados están los «cambios drásticos en la estructura cerebral que controla las emociones, el juicio, la organización del comportamiento y el control de uno mismo, que se producen entre la pubertad y la adolescencia»[10]. Estos cambios pueden explicar en parte las dificultades con las que se encuentra el adolescente en cuanto al control de sus impulsos, las reacciones instintivas, el comportamiento temerario y el rendimiento académico.
Los padres, cuidadores y educadores, con sus recomendaciones, pueden fomentar la diligencia en los adolescentes.
Momentos oportunos para fomentar la diligencia en la adolescencia (13-19 años)
—Respetemos la dignidad del adolescente, tratándolo con cortesía.
—Animemos al adolescente a desarrollar sus talentos particulares. Así respetamos su sentido de la individualidad.
—Animemos al muchacho a inventar un dicho ingenioso, alusivo a la obligación de terminar lo que se empieza.
—Guiemos al adolescente hacia lo ético en los estudios, los deportes, las aficiones y los proyectos.
—La búsqueda de la excelencia debe ser pauta de trabajo.
—Enseñemos al adolescente a controlar sus impulsos y a autorregularse.
—Fomentemos la inteligencia emocional, es decir, la determinación y la persistencia, en toda tarea.
—Animémosle a pensar en el futuro.
—Enseñémosle a pensar en el logro de sus objetivos. Aconsejémosle sin imponer. Es importante que se motive solo.
—Seamos modelo de diligencia.
Un problema en el proceso: la falta de motivación
La pereza, la baja autoestima, las inseguridades y la falta de motivación son problemas que pueden dificultar la diligencia en el adolescente.
La motivación es un proceso tanto externo como interno que activa, dirige y sostiene el comportamiento a lo largo del tiempo. Es la razón por la que nos comportamos de determinada manera, y se refleja en la actividad enérgica, dirigida y sostenida.
La falta de motivación es el eje de la siguiente experiencia de un educador con un joven adolescente.
El doctor en filosofía Gerard O’Malley, inspector jubilado de educación, relata cómo consiguió motivar, hace muchos años, a un alumno de trece años.
«Peter se aburría en la escuela, y apenas se esforzaba por hacer los deberes. No le merecía la pena ninguna tarea que requiriese alguna reflexión, pensamiento o concentración.
»Cierto día encomendé a los alumnos que escribieran tres párrafos sobre cualquier cosa que les interesara. Les puse varios ejemplos de temas adecuados, y les concedí tiempo para hacerlo. Pasado un rato vi que Peter no había escrito nada, así que le pregunté si le podía ayudar. Me dijo que no. No escribía nada porque no había nada en su vida que mereciera la pena relatar.
»Me arrodillé junto a su mesa, y me puse a contarle que yo tampoco sabía a veces qué escribir, pero él me dijo que no quería saber nada más del asunto. Me empeñé y le pregunté qué hacía después de clase. Me dijo que no hacía nada, pero luego, poco a poco, me contó con detalle sus tardes.
»Mencionó que asistía a clase de boxeo. Le dije que eso era interesante; que yo no sabía nada de boxeo, y que me gustaría aprender. Le comenté que un amigo mío utilizaba el término “gancho” cuando me relataba un combate, pero que yo no sabía a qué se refería. Le sorprendió mi ignorancia, y que a mí me pudiera interesar aprender
algo de él. Despacio y con paciencia, procedió a ilustrarme, y acabó explicándome otros términos que se usan en el boxeo.
»Cuando terminó, le sugerí que escribiera lo que acababa de contarme. Le sorprendió que sus conocimientos del tema pudieran servir para la tarea, y se puso a escribir. El resultado fue un relato claro y coherente de su experiencia pugilística.
»Cuando le devolví la redacción y le felicité por lo bien escrita que estaba, le pregunté qué había aprendido de la experiencia. Dijo que le había sorprendido lo mucho que sabía de boxeo, y que a los demás pudiera interesarles. Hablamos de lo necesarias que son en el ring la determinación y la perseverancia, y de las estrategias que tiene que plantearse el boxeador. Luego hablamos de cómo se aplicaban estas cosas a sus estudios y a otras experiencias suyas. Era evidente que se sentía orgulloso de lo que había conseguido.
»Aquel alumno adquirió confianza en sí mismo para explorar ideas nuevas y compartirlas con los demás. Esto se evidenció en la calidad de sus redacciones siguientes, y en su rendimiento en las demás asignaturas. Cambió de actitud, y empezó a relacionarse más con sus compañeros».
El doctor O’Malley analiza, con hondura y sabiduría, los seis pasos del cambio de actitud de Peter, y sus primeras experiencias en el desarrollo de la virtud de la diligencia:
1. Un adulto lo reconoció como individuo y mostró interés por sus ideas, intereses y actividades.
2. Se le animó a tomar conciencia de que sus ideas eran valoradas, y de que tenía conocimientos y habilidades que otros no tenían.
3. Comprendió que sus contribuciones tenían valor para sus profesores y compañeros.
4. Aprendió a respetar sus propias ideas, y adquirió la seguridad y determinación necesarias para utilizarlas para completar sus tareas.
5. Su aprendizaje se vio reforzado por la oportunidad de evaluarlo y articular lo que había aprendido.
6. Fue capaz de extrapolar a su propio desarrollo personal algunos de los atributos personales propios del boxeador de éxito.
Aquel joven profesor logró que un adolescente interiorizase los factores intrínsecos de la motivación a corto y a largo plazo: el interés, la alegría, el entusiasmo, la disposición, el autodominio, y la voluntad de utilizar sagazmente la libertad para elegir el propio destino.
Hay factores extrínsecos que motivan también a los niños en el desarrollo de la diligencia: las calificaciones; las recompensas; los temas interesantes de estudio; las estrategias pedagógicas desafiantes; los proyectos y tareas; y la personalidad, el interés, el ejemplo y el ánimo del padre o maestro. Está claro que el profesor desempeñó un papel central en la historia de Peter, pues le ayudó a experimentar el éxito, fortaleciendo así su autoestima y su confianza.
Citas sobre la diligencia
El trabajo y las virtudes relacionadas con él han inspirado a muchas personas notables a compartir sus percepciones. He aquí algunas citas sobre la diligencia.
1. «Todo trabajo que favorece a la humanidad tiene dignidad e importancia, y debe acometerse con excelencia esforzada»[11] (Martin Luther King).
2. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. Y trozos de hierro. Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas... ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente...? ¡A fuerza de cosas pequeñas!»[12] (San Josemaría Escrivá de Balaguer).
3. «Conozco el precio del éxito: dedicación, trabajo, y una devoción constante por lo que se desea»[13] (Frank Lloyd Wright).
1 Flag football es una modalidad de fútbol americano que se juega sin placajes. En vez de tirar al suelo al jugador contrario para detener una jugada, el equipo defensor debe retirar uno de los dos banderines que cuelgan de un cinturón usado por quien lleva el balón.
2 Madeline Levine, PhD, Teach Your Children Well: Parenting for Authentic Success, Nueva York: Harper, 2012, cit. en L. Alphonse, «Are Parents Setting Kids Up for Failure by Pushing Too Hard for Success?» (www.yahoo.com.Yahoo Shine/TeamMom).
3 Diane Papalia y Ruth Feldman, Experience Human Development, 12.ª ed., Nueva York: McGraw-Hill, 2012, p. 197.
4 Daniel Goleman, Emotional Intelligence: Why It Can Matter More than IQ, Nueva York: Bantam Books, 1995.
5 Eugenio López III, Discurso inaugural, Pinoy Media Congress Year 6, Manila: Universidad de Santo Tomás, 22 de febrero de 2011.
6 «What is Addiction?», Psychology Today, www.psychologytoday.com/basics/addiction.
7 Brent Conrad, PhD, «Computer Game Addiction. Six Negative Effects to Avoid», http:EzineArticles.com? expert+Brent._Conrad_Ph.D.
8 Donna St. George, «8.5 Percent of U.S. Youths Addicted to Video Games, Study Finds», Washington Post, 20 de abril de 2009.
9 St. George, Washington Post, 20 de abril de 2009.
10 Papalia y Feldman, 360.
11 www.brainyquote.com/quotes/topics/topic_work.html.
12 Camino, 823.
2.
EL DÍA DE LA COLADA: EL ORDEN EN EL TRABAJO
Lunes: un buen comienzo
Las amas de casa de nuestra calle reservaban los lunes para hacer la colada. Mi madre se planteaba la tarea con orden y precisión; yo, a los cuatro años de edad, me sentía privilegiada de ser su ayudante.
El primer punto del orden del día era la recogida de la ropa sucia. Con dos grandes cestas de mimbre, separábamos la ropa según el color.
Recuerdo que mi madre, con intención, puso en remojo unos calcetines rojos y esperó a que el agua se volviera de un intenso color rosa. Quería mostrarme cómo despintan las prendas. Luego me preguntó qué pasaría si lavábamos en esa agua mi blusa blanca predilecta. Interesante lección para una niña tan pequeña.
Teníamos una lavadora con escurridor que no se parecía en nada a las de ahora; cumplía con su cometido y ahorraba mucho tiempo. Secadora no había, así que era preciso tender la colada en el jardín, pero primero ¡había que limpiar el cordel!
El orden en que se tendía la ropa era toda una ciencia. Primero, las sábanas y las toallas, bien escurridas. Luego se tendían las prendas interiores, los calcetines y las camisas. Tal vez sin pretenderlo, mi madre le enseñaba a su pequeña un planteamiento sistemático para una tarea prosaica. En efecto, aprendí a pensar de manera lógica, secuencial y consecuente. Seguíamos la misma rutina cada semana, siempre que no hubiera lluvia ni nieve. En ese caso, tendíamos la ropa en el sótano y seguíamos un plan alternativo.
Una vez seca la ropa, seguíamos el proceso inverso. Quitábamos las prendas ordenadamente, las doblábamos y las apilábamos en las cestas de mimbre para llevarlas a su cajón o armario. No voy a entrar en el tema de la plancha. ¡Eso daría para un capítulo entero!
Para los demás niños, el lunes era un día como otro cualquiera. Para mí era especial. Significaba que me pasaba la mañana con mi madre, escuchando historias de su infancia en Alemania a principios de siglo. Pero más aún que sus anécdotas, los métodos
y las instrucciones de mi madre pusieron las bases de mi manera de hacer las cosas en mi propio hogar.
***
Habría que aclarar algunas cosas. En los años 40 y 50 existían unas normas no escritas que gobernaban la vida de las amas de casa. La primera de ellas dictaminaba que la colada se hacía el lunes. ¡Qué mejor manera de comenzar la semana! La ropa blanca había que lavarla por separado. Las sábanas se tendían en el perímetro de los tendederos, ¡para ocultar la ropa interior! La utilización de pinzas aceleraba el secado. Las camisas siempre se tendían sujetando los faldones, jamás los hombros.
El día de la colada requería procedimientos metódicos para que todo saliera bien. Y los lunes por la noche, las familias gozaban del incomparable olor de las sábanas recién lavadas y tendidas al sol.
Definición de orden
El orden es un buen hábito o virtud, esencial para cualquier tarea o plan. Dirige la actividad, la tarea o el proceso, y define su objetivo. Requiere un plan múltiple de acción: el planteamiento lógico de la tarea, la preparación de la ejecución, la implementación puntual y un seguimiento continuo.
Para completar un proyecto se practica el orden conjuntamente con otros hábitos: —La comprensión y la apreciación.
—La prudencia.
—La templanza, o autocontrol y autorregulación.
—La responsabilidad de los propios pensamientos, palabras y acciones. —La justicia, o equidad y respeto por la ley.
—La puntualidad.
—La precisión y la exactitud.
—La paciencia, virtud de soportar los contratiempos sin queja. El ejercicio de estas virtudes es inseparable de la práctica del orden.
Si el hábito del orden no se desarrolla constantemente desde los primeros años, las repercusiones pueden ser duraderas. Los componentes necesarios para implementar el orden son el plan, la dirección, el sistema, la agenda, la rutina, las prioridades, la gestión y las limitaciones. ¿Qué ocurre cuando faltan?
Cuando no existe un esquema del diseño de la tarea o proyecto, entonces el niño no percibe ningún plan de acción.
Cuando no hay dirección, falta el punto de referencia hacia el que apunta la actividad, tarea o trabajo. El niño no entiende el objetivo de su trabajo, y carece de rumbo; puede desanimarse y dejar la tarea inconclusa. Tal vez no llegue a entender la importancia del trabajo individual que contribuye a los esfuerzos coordinados y al proyecto global.
Cuando no hay sistema, un modus operandi, no existe una secuencia ordenada de las tareas, unos pasos ordenados que ayuden al niño a desarrollar una manera de pensar lógica y consecuente.
Cuando no hay agenda, el niño tal vez no comprenda la necesidad de ser puntuales y disciplinados para terminar el proyecto, y se distraiga.
Cuando no hay rutina ni predictibilidad, el niño se desorienta, se pone nervioso y está inseguro.
Cuando no hay prioridades, es decir, las tareas no se hacen por orden de importancia, el niño no sabe discernir cuál es más valiosa o urgente. Es posible que emprenda una cualquiera, sin ton ni son.
Cuando no hay gestión, no hay control ni regulación de la actividad. Nadie está al mando ni vigila el desarrollo de la tarea. El niño no aprende a obedecer, ni a regular ni a continuar su trabajo.
Cuando no hay limitaciones ni respeto por la autoridad, el niño no aprecia los límites o restricciones del comportamiento que puedan ayudar a finalizar el trabajo; no aprende a fortalecer el control sobre sus impulsos y las emociones. Sin respeto por la autoridad, pierde la oportunidad de aprender del ejemplo y del liderazgo.
Resumiendo, cuando los componentes del orden se dejan al azar y no se regulan, pueden surgir la confusión, la inquietud, la inestabilidad o el caos. La preocupación, la desmoralización y la falta de control son las consecuencias naturales de la tarea incontrolada. La formación es imprescindible.
Avance rápido
De la sencilla historia de las lecciones que aprendí haciendo la colada en los años 40, paso a una situación muy distinta. Estamos en 1992. Anton es mi hijo, y tiene quince años.
Eso que se oía no era música. Yo crecí escuchando los musicales de Rogers y Hammerstein, y buscaba la melodía en cada canción. La música de mi hijo no encajaba. Por fin se lo dije: «Anton, me cuesta encontrar una melodía en tu música. A mí me parece que no es más que ruido».
«Mamá, ¿no te das cuenta de que la música de mi generación expresa la rabia que sentimos por el caos y el desorden que vosotros habéis traído al mundo?».
¡Caos y desorden! Me quedé sin palabras, atónita ante la percepción y la sensibilidad del más pequeño de mis hijos. Él había llevado el tema del orden hasta un nivel global, y había decidido quién era responsable del caos reinante.
Ya estamos en 2012. El caos se ha visto aumentado por más revueltas internacionales en lo político, lo económico, lo social y lo moral, entre catástrofes naturales y preocupaciones medioambientales. Los niños que viven en países devastados por la guerra, en zonas catastróficas, en la pobreza más abyecta, en sociedades corruptas o en familias disfuncionales, ¿cómo pueden encontrarle sentido al desorden? Buscando algún ejemplo positivo, hemos de fijarnos en el mundo inmediato del niño: el entorno doméstico y escolar.
El entorno doméstico
Incluso en un ambiente familiar ordenado y pacífico, los niños se ven expuestos al desorden al ver el caos y la incertidumbre en el telediario, en los videojuegos, en las películas y por internet. Ante semejante bombardeo de conceptos confusos e imágenes aterradoras, tal vez crezcan insensibles a la violencia, pensando que el desorden es el trasfondo normal de la vida cotidiana.
La familia sigue siendo el ambiente más natural, la unidad social básica, la primera célula de la sociedad. Los niños, ya vivan en una ciudad que nunca duerme o en un entorno rural, necesitan encontrar en la familia una orientación clara y un refugio de serenidad. La familia, la primera escuela de la vida, contrarresta cualquier discordia que los niños se encuentren fuera, y les enseña estrategias para mantener el equilibrio.
Cuando todo va bien, cuando la vida cotidiana sigue un plan predecible, unos horarios, los niños se sienten tranquilos y seguros. Pero cuando ocurren las crisis, los acontecimientos inesperados o los cambios, los niños reaccionan o sobre-reaccionan, confusos tal vez, desconfiados, dudando de las soluciones.
Las familias que se trasladan al extranjero porque pertenecen a las fuerzas armadas, o a alguna institución gubernamental, o a una empresa multinacional, arrostran desafíos especiales. Una vez trasplantados a nuevos entornos y culturas, los padres tienen que seguir asegurando una vida familiar ordenada. Tienen que involucrar a los hijos en la mudanza, haciendo que ayuden a embalar y desembalar; organizar un nuevo hogar lo antes posible; seguir asignando las tareas de siempre; encontrar escuelas adecuadas; mantener el contacto con familia y amigos, fortaleciendo así los vínculos y la continuidad; y buscar actividades con enjundia, que ayuden a la familia a conocer su nuevo entorno. Es esencial que los padres sean modelos de organización, perseverancia, confianza y optimismo.
En este tiempo en que la mecanización y las pequeñas empresas nos relevan de muchas tareas domésticas, es importante que las familias utilicen bien el tiempo libre que se genera.
Cuando los padres de Timmy contrataron un servicio de jardinería, suspiraron aliviados todos los miembros de la familia. Iban a tener más tiempo libre los sábados, sin tener que cortar el césped, regar, podar ni replantar. Durante las primeras tres semanas, cada uno se fue por su lado. Entonces cayeron en la cuenta de que no estaban usando el tiempo libre para construir su unidad como familia, sino que por el contrario cada uno se divertía con sus videojuegos; echaban de menos los ratos divertidos de antes.
Timmy, el más pequeño, sorprendió a todos sugiriendo que fuesen cada semana de excursión a los parques del entorno. Stuart, su hermano mayor, prefería el tenis en familia. La madre, cansada de la rutina doméstica, quería ir a los centros comerciales y comer fuera. El padre solamente deseaba abrir el motor del coche y enseñar a sus hijos mecánica y los fundamentos de la conducción. Tras intensas negociaciones se llegó a un acuerdo, con un plan de actividades que gustó a todos y que contribuiría a reforzar los vínculos familiares.
Incluso en el ambiente familiar, más informal, los componentes del orden son esenciales para la unidad.
El ambiente escolar
En el ambiente de la escuela, más estructurado, los niños seguirán interiorizando el significado y la aplicación del orden. En este entorno socialmente extenso, los buenos modales y la corrección son esenciales para que en la clase reine un ambiente propicio para el aprendizaje. Los padres pueden facilitar la tarea de los maestros si enseñan a los hijos desde pequeños a esperar su turno, escuchar y no interrumpir. Estos gestos sociales, aparentemente pequeños, fomentan el orden y multiplican el tiempo.
Sara, maestra de infantil con treinta y cuatro años de antigüedad, incorporaba los componentes del orden en su día a día en el aula. Al comienzo de la jornada explicaba la agenda de actividades; así concretaba los objetivos y el horario, y fomentaba la autodisciplina necesaria para completar cada tarea. Luego dejaba tiempo para las preguntas de los niños, sus comentarios y la repetición de las instrucciones.
Para que los niños entendieran el objetivo del trabajo, explicaba cada actividad y la razón por la que hacían la tarea, motivando así a los niños para que la completasen: «Colgaremos vuestras pinturas para que el aula esté más alegre»; «la habichuela que hemos plantado crecerá para convertirse en alimento».
Para preparar y ejecutar la tarea con precisión y puntualidad, Sara ayudaba a los niños a reunir primero todos los materiales necesarios. A veces ponía en marcha un cronómetro que daba la señal de parar. Para cerrar la actividad, los niños explicaban al grupo lo que habían hecho, lo que más les había gustado, lo que les había resultado más fácil o más difícil, lo que habían aprendido; por último, cada niño mostraba el producto de su trabajo.
Al fijar límites y marcar la gestión del aula, Sara ayudaba a favorecer la obediencia y la sensación de seguridad. La rutina diaria se enmarcaba en parámetros y estructuras,