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UNA FIESTA DE VERANO EN EL BARRIO: LA COOPERACIÓN EN EL TRABAJO

Solidaridad entre vecinos

En las décadas de los años 40 y 50, las epidemias de polio eran amenaza habitual. Nuestro barrio no fue ninguna excepción: nuestro vecino Jules cayó enfermo, y supimos lo que significa estar en cuarentena. Teníamos prohibido aventurarnos más allá de nuestra calle.

Cuando se levantó la cuarentena, las madres del barrio aunaron sus fuerzas y organizaron una recogida de fondos para la hermana Kenny, enfermera australiana, pionera en terapias de rehabilitación para los enfermos de polio.

«¡Bienvenidos! ¡Acudan a una divertida velada, protagonizada por los niños de Fern Avenue!». Así rezaba el folleto que circulaba por nuestro barrio. Durante dos agotadoras noches de verano, los días 20 y 21 de julio de 1950, pusimos en práctica la auténtica solidaridad.

El espectáculo que montamos los niños consistió sobre todo en solos instrumentales, canciones en solitario y a coro y bailes hawaianos. También hubo juegos, y puestos donde se vendían sabrosas comidas y pasteles caseros.

Mi madre fue una de las fuerzas vivas de la fiesta, asumiendo su papel acostumbrado en el tema de las comidas y bebidas. De nuevo nos enseñó a colaborar y trabajar con tesón a favor de un objetivo noble.

Aquellas dos veladas fueron mágicas para los niños; las donaciones generaron una emoción tangible. Mediante la cooperación, unimos nuestras fuerzas para realizar una actividad en apoyo de una causa útil que contribuía al bien común. Y pasado el tiempo, tuvimos la alegría de saber que nuestro vecino Jules se había recuperado del todo.

Los seres sociales necesitan que los demás les ayuden a crecer, desarrollarse, mejorar y actualizarse. La cooperación es un componente vital del proceso.

Cooperar significa trabajar juntos para el beneficio mutuo. Refleja la disposición a asociarse y a adaptarse a los demás, para lograr un fin. Refleja un espíritu de colegialidad y servicio que busca el bienestar de un individuo o grupo, o el bien común de la sociedad. Antes de cumplir los objetivos, es posible que el proceso cooperativo se vea envuelto en conflictos, rivalidades y disensiones, pero el trabajo en equipo consigue aunar esfuerzos mediante la negociación y las concesiones que sean necesarias.

La cooperación puede ser la clave que diferencia los proyectos que triunfan de los que fracasan; las relaciones sanas de las tóxicas; las victorias deportivas de las derrotas; los descubrimientos médicos que funcionan de los que jamás llegan a hacerlo.

Los seres humanos que se unen y colaboran necesitan practicar numerosas virtudes para fortalecer y favorecer la cooperación y un espíritu de servicio:

—La humildad y el altruismo.

—El respeto, o la estima por la dignidad del otro. —La justicia, la equidad y el respeto por la ley. —La prudencia, o el buen juicio.

—La comprensión, o el descubrimiento del significado de las experiencias. —La templanza, el autocontrol y la autorregulación.

—La paciencia, resistencia estoica. —La fortaleza, perseverancia valiente. —La diligencia, esfuerzo perseverante.

—La responsabilidad de las propias ideas, palabras y acciones. —El optimismo, la facultad de ver el lado bueno de las cosas. —La alegría del espíritu.

La práctica de estas virtudes contribuye, de una u otra manera, a los esfuerzos cooperativos.

La inteligencia social

Más allá de la inteligencia emocional (el control de los impulsos, la automotivación, el autocontrol y la persistencia, cualidades todas ellas que favorecen la diligencia en el trabajo), Daniel Goleman explora la inteligencia social. Goleman afirma que los seres humanos tienden naturalmente hacia la empatía, la cooperación y el altruismo, siempre que hayan desarrollado la inteligencia social que nutre estas capacidades[31].

Los estudios de Goleman concluyen que «la neurociencia ha descubierto que el propio diseño de nuestro cerebro hace que sea sociable, que se sienta atraído inexorablemente hacia una relación íntima cerebro-con-cerebro cada vez que tenemos delante a otra persona...Cuanto más fuerte sea nuestra relación emocional con el otro, mayor será la fuerza mutua. Nuestros intercambios más potentes ocurren con las

personas con quienes pasamos más tiempo, día tras día y año tras año, especialmente aquellas que más nos importan»[32].

Los padres, cuidadores y educadores ayudan al niño a adquirir la virtud esencial de la cooperación en y a través de su trabajo.

Avance rápido

Tanto en la sencilla fiesta de barrio de antaño como en las complejas relaciones sociales de los jóvenes en el nuevo milenio, está claro que la tecnología es un factor importante en el desarrollo de la virtud de la cooperación.

Mi nieta Maya empezó a aprender a usar el móvil a los tres años y medio de edad, aunque solamente fuese un teléfono de trapo que le regalaron por su cumpleaños. Le gustaba imitar la forma de hablar de los adultos; incluso pedía que no la molestaran mientras atendía a una «llamada». Maya jugaba a mantener varias conversaciones con familiares y amigos, e incluso los ponía en «espera» mientras charlaba con cuatro personas distintas. (Suponemos que así fomentaba la cooperación entre sus contactos). Ya tiene siete años, y es una experta enviando mensajes cuando sus padres le dejan sus móviles de verdad.

Para esta generación, las relaciones sociales se han visto aceleradas por unos medios tecnológicos sin precedentes, que pueden fomentar o entorpecer la cooperación. Los estudios han mostrado resultados positivos y negativos.

Por un lado, «los estudios sobre la utilización de internet en los años 90 y comienzos del nuevo siglo muestran que los adolescentes que pasaban mucho tiempo en la red pasaban menos tiempo con amigos (Nie, 2001), tenían menos amigos (Mesch, 2001) y tenían menos relaciones y bienestar sociales (Kraut et al., 1998)[33].

Los estudios más recientes dan resultados más positivos para las redes sociales. «La comunicación online no reduce sino que aumenta la conexión social» (Kraus et al., 2001). Existe un estudio que concluye que el número de meses durante los que la persona está activa en Twitter y el número de horas que pasa tuiteando se relacionan positivamente con la camaradería y la conexión con la comunidad virtual» (Chen, 2010)

[34].

Los estudios actualizados tienden a dar resultados positivos, pero aún no son concluyentes. El tiempo y las investigaciones confirmarán o negarán los beneficios de la participación en las redes sociales, y si estas favorecen el desarrollo de la cooperación en los niños.

El entorno doméstico

Da igual que la familia sea numerosa o no: el hogar ofrece los ejemplos más inmediatos de trabajo, y los primeros pasos en el ejercicio de la cooperación. Las

entrevistas con varias familias aportan ejemplos positivos.

En una familia nuclear con uno o dos hijos, las relaciones tienden a ser intensas, íntimas, concentradas. El efecto positivo es que el niño recibe mucha atención.

Erwin y su único hijo, Mark, de tres años, reparaban la valla del jardín. El padre le dijo al niño: «Gracias por ayudarme hoy, Mark». Y este le respondió: «No te estoy ayudando. Estoy trabajando». Con tres años, ya comprendía las dimensiones personales y sociales del trabajo.

Las entrevistas con dos familias numerosas mostraron prácticas comunes a ambas: organización, aprendizaje precoz y cooperación.

Danny y Angie nos cuentan cómo se apañaban con ocho hijos. Danny, banquero veterano, decidió que, como padres, tenían que iniciar y aplicar procesos organizativos en casa, para poner orden en su vida familiar e introducir a sus hijos al trabajo cooperativo.

Ahora esos hijos cuentan entre diecisiete y treinta y seis años; recuerdan sus experiencias y procuran imitar el ejemplo de sus padres.

Cuando los hijos eran pequeños, Danny los organizó en equipos de trabajo; colocaba en la puerta del frigorífico las tareas que les tocaba hacer. Por ejemplo, cada equipo tenía que fregar los platos en días determinados. Danny y Angie acostumbraron a los niños a realizar tareas apropiadas para su edad, y controlaban su cumplimiento. Angie reconoce que no siempre era fácil cumplir con los turnos; los niños se resistían, sobre todo cuando iban llegando a la adolescencia y tenían menos tiempo para los quehaceres domésticos.

Danny quería también enseñar a sus hijos el arte de manejar dinero, así que les fijó una paga semanal. Si había que hacer tareas extraordinarias, como limpiar las contraventanas, les ofrecía más dinero como incentivo. En cierta ocasión, estando Angie de viaje, Danny quiso invitar a cenar a unos amigos; los niños se hicieron cargo y se repartieron el trabajo. Emprendieron de manera coordinada todas las preparaciones, y sus padres comprobaron encantados que eran capaces de presentar una cena estupenda.

Trixie, madre de ocho hijos, nos relata la ocasión en que los niños la sorprendieron con su diligencia e iniciativa. Ella y su esposo tuvieron que hacer un viaje de tres días. Los abuelos estaban cerca por si pasaba algo, pero se quedaron al mando las dos niñas mayores, Inna y Bessie, de dieciocho y dieciséis años respectivamente. Trixie les confió la responsabilidad de dirigir la casa en su ausencia. Preparó un tapiz con bolsillos para el dinero que necesitaría cada niño, les dejó preparadas algunas comidas, y les encomendó que desayunaran cosas sencillas. Se fue preocupada, pero confiada en que los niños sobrevivirían.

Al volver del viaje, ¡sorpresa! Todo estaba perfecto. Los niños habían colocado más perchas en el cuarto de baño, para acomodar todas las toallas. Sugirieron algunos cambios organizativos para dinamizar el flujo de las rutinas diarias. Estaba claro que el aprendizaje desde pequeños daba sus frutos.

El ambiente escolar

Al pasar del hogar a la escuela, el niño aprende a cooperar a gran escala. Escuela y maestros deben cultivar al unísono un ambiente en que se valoren el respeto, la colaboración, la cortesía, la gratitud y la amabilidad. He aquí algunas ideas:

—Fomentemos una cultura escolar que valore la formación de equipos y la colaboración.

—Promocionemos tangiblemente la virtud de la colaboración en la escuela: carteles, publicaciones escolares, recordatorios y concursos para un lema en torno a la colaboración; son útiles las encuestas que controlan el estado anímico general y el espíritu de colaboración.

—Organicemos talleres, asambleas, programas y cursos para familias, fomentando la cooperación y el espíritu escolar.

—Celebremos reuniones regulares entre profesores y padres, con su correspondiente seguimiento.

—Fortalezcamos las relaciones interpersonales en la comunidad educativa, mediante talleres y programas para fomentar el respeto mutuo y compartir buenas prácticas entre el personal docente y el no docente, en los distintos departamentos y a todos los niveles.

—Emparejemos a los niños dentro de su grupo, para ayudarles a construir relaciones positivas y útiles.

—Organicemos un sistema de «hermanos mayores», de manera que los alumnos mayores ayuden a los pequeños.

—Organicemos un comité de recepción de alumnos, para orientar a los nuevos. El respeto por la dignidad del otro es la base de la cooperación. El respeto nutre multitud de buenos hábitos: la comprensión, la empatía, la justicia y la buena ciudadanía, que honran tanto al individuo como a la comunidad.

La primera infancia: pequeños comienzos

«¡A comer! Lávate las manos». Es lo que dicen todas las madres, todos los días. «¡Estoy jugando!». Es lo que responde Matt, todos los días.

Esta escena tantas veces repetida refleja la satisfacción que hallan los niños en el juego. El juego para Matt no es ninguna actividad frívola ni inútil. Está explorando, interpretando el mundo que lo rodea, buscando significado y propósito en lo que ve o experimenta.

El juego deja entrever las interpretaciones que hace el niño de las situaciones, y le ayuda a encontrar soluciones. Por ejemplo, en situaciones de guerra, los niños expresan jugando sus temores y reacciones. Cuando encuentran soluciones en el juego, sienten que controlan mejor sus experiencias. Y al intercambiar papeles, consiguen ver las situaciones desde distintas perspectivas.

El juego satisface una necesidad interior de aprender: de construir, imaginar y resolver problemas: ¡qué desafío para la imaginación del niño, al descubrir que seis bloques lego pueden combinarse de infinitas maneras[35]! Pero ahora hay un problema. «De todos los factores que afectan hoy al juego, pocos son tan preocupantes como los cambios recientes en los juguetes. Los juguetes multifunción, desestructurados, como la plastilina, los bloques de construcción, las figuras genéricas o los muñecos, fomentan juegos que los niños pueden controlar, transformar, según sus necesidades a lo largo del tiempo. Desgraciadamente, la mayoría de los juguetes que se venden hoy promocionan el juego estructurado. Suelen ser figuras de acción o videojuegos relacionados con programas de televisión o películas. Le “dictan” al niño cómo tiene que jugar, de manera que utiliza el juguete simplemente para imitar lo que ha visto en la pantalla»[36].

El juego es fuente de desarrollo físico, cognitivo, emocional, moral, cultural y social. Es especialmente fuerte su relevancia para el desarrollo social, porque nutre una amplia gama de habilidades sociales: la cooperación, la comunicación, el acuerdo, la negociación, la amistad, el respeto, la competitividad sana, la cortesía y la paciencia. Los niños necesitan, como seres sociales que son, aprender cuanto antes el arte de la cooperación.

El fomento de la cooperación desde temprana edad prepara al niño para realizar un buen trabajo. Los niños juegan a fingir y a imaginar, en juegos teatrales, o a construir cosas, aprendiendo así a colaborar. La habilidad de cooperar prepara al niño para entender el trabajo como algo que promociona la excelencia y la solidaridad.

Tan importante es el juego, que el artículo 31 de la Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos del niño afirma que los niños y jóvenes menores de dieciocho años tienen derecho a jugar. Los padres, cuidadores y maestros deben integrar trabajo y juego de manera equilibrada.

Momentos oportunos para fomentar la cooperación en la primera infancia (3-6 años)

—Tratemos al niño con respeto y educación, y exijámosle que responda «por favor», «gracias» o «lo siento». Así se fomenta el respeto por la dignidad del otro, y se facilita la interacción positiva.

—En clase, hagamos juegos de rol que ilustren cuándo, por qué y cómo hay que dar las gracias, pedir permiso o pedir perdón.

—Enseñemos al niño a escuchar. Juguemos al «silencio», de manera que el niño aprenda a oír y entender instrucciones y explicaciones. Esta destreza contribuye al funcionamiento de las actividades en grupo, tanto en casa como en la escuela.

—Enseñemos al niño a esperar su turno en las actividades familiares o de grupo. Así se fomentan el respeto, la cortesía y la colaboración.

—Asignemos tareas cotidianas: recoger los juguetes, poner la mesa, guardar la ropa limpia. Dejemos claro que cada miembro de la familia contribuye al funcionamiento del hogar.

—Repasemos los objetivos de una actividad familiar, como por ejemplo un viaje. Así se motiva a los niños a realizar sus tareas respectivas, y se fomenta la unidad familiar.

—Animemos al niño a compartir sus ideas para fomentar la colaboración en las actividades de grupo. Preguntémosle cómo podemos trabajar juntos de la mejor manera.

—Enseñemos a los hermanos a compartir los juguetes. Fijemos un tiempo para que juegue cada uno, mientras el otro juega con otra cosa. Esta práctica se convertirá en rutinaria, y los niños aprenderán que no se puede monopolizar ni tener siempre lo que se quiere.

—Animemos a los niños a compartir sus descubrimientos y experiencias. Así se genera un espíritu de asombro colectivo ante el aprendizaje.

—Juguemos con los niños para enseñarles el toma y daca; procuremos no imponernos ni dominar la actividad.

—Introduzcamos gradualmente a los niños a los juegos y deportes.

—Expliquemos los conceptos de victoria y derrota en términos sencillos, con ejemplos y cuentos. A los niños pequeños les falta madurez cognitiva para comprender los conceptos, y reaccionan emocionalmente. Es mejor no centrarse en puntuar y ganar.

—A estas edades, enfaticemos la importancia del juego limpio, minimizando la competitividad. Ayudemos al niño a comprender que no se puede ganar siempre.

—El niño debe aprender que en los juegos y deportes hay que mostrar buenos modales, controlarse y jamás hacer daño.

—En la escuela, organicemos actividades que ayuden a los niños a trabajar en equipo o con un compañero: compartiendo un libro y turnándose para pasar la página; pintando juntos un mural (cada uno puede ser responsable de una zona o color); cultivando un huerto entre todos.

—Organicemos juegos acordes con su desarrollo que requieran trabajo en equipo; por ejemplo, que construyan con bloques de madera algo relacionado con la lección.

—Organicemos una tarea conjunta a nivel de escuela, como por ejemplo recoger basura (siempre con guantes).

—Si llega un alumno nuevo, dejemos que sea otro alumno el que le explique las normas y rutinas de la clase.

—Por turnos, los alumnos deben ayudar al maestro en el reparto o recogida de materiales.

—Animemos a un niño a ayudar al compañero a quien le cuesta más alguna tarea o actividad.

—Animemos a los niños a compartir el desayuno con el que se lo ha olvidado en casa.

—Leamos cuentos sobre la alegría de la colaboración. —Seamos ejemplo de cooperación.

La relación de apego con un cuidador permanente es el fundamento de la capacidad de colaboración del niño. Este vínculo se forma entre los seis meses y los dos años de vida. Cuando el niño recibe cuidados sensibles y receptivos, se siente seguro y protegido, y (1) se crea una imagen positiva de sí mismo, y desarrolla un sano respeto por sí mismo al sentirse merecedor de amor y cuidados; (2) desarrolla confianza, empatía y cariño por los demás; y (3) aprende sus primeras lecciones en cooperación.

Bajo las circunstancias más habituales, los padres son los educadores primarios y desempeñan papeles cruciales en el proceso de apego y en la construcción de relaciones futuras. Otros que pueden contribuir significativamente a la formación de un vínculo consistente y emocional son los abuelos, hermanos y demás familiares, niñeras, maestros y vecinos.

Los padres fomentan el apego enviándole al niño mensajes y señales, verbales y no verbales, que le indican que es digno de amor. El niño responde naturalmente y se forma el vínculo amoroso. En momentos de enfermedad, dolor o estrés, el niño prefiere estar con la persona con quien ha formado ese vínculo. Este proceso dinámico de ida y vuelta refleja el desarrollo de un vínculo emocional recíproco y duradero. Allana el camino para la cooperación en actividades dirigidas al beneficio mutuo.

Las investigaciones identifican varias pautas de apego: seguro, elusivo, ambivalente y desorganizado[37]. El apego seguro es precursor del desarrollo de la cooperación. Estos dos ejemplos ilustran el proceso:

Pamela es maestra, y sabe lo que hace al enseñar a su hijo Connor habilidades sociales. Sus estudios de pedagogía y desarrollo infantil le han servido bien para reforzar el arte de la colaboración.

Connor fue un bebé adorable y de temperamento fácil; el apego fue algo natural para él, sus padres y sus abuelos. Respondía bien al cariño de Pam: charlaban, leían, reían y reforzaban su vínculo paseando por la playa, visitado a los amigos y jugando. Pam y John se ocupaban de sus necesidades con constancia y cariño, y así se formó una base firme. Comprobaron que Connor no solía manifestar ansiedad alguna ante los desconocidos, e incluso iniciaba conversaciones con las visitas. No temía salirse de su base segura para explorar el mundo que lo rodeaba.

Siendo el primogénito, Connor necesitaba una base más amplia para aprender a relacionarse, así que Pam invitaba a los niños de su calle a jugar. Quedaba con las amigas para reunir a sus hijos, iban de visita a casa de los abuelos y matriculó al niño en un jardín de infancia y otras actividades en su ciudad. Connor era un niño extrovertido, y crecía en confianza y simpatía. Es educado y está dispuesto siempre a jugar y colaborar con los demás niños. ¡Algún día será alcalde!

Kathy es una atareada ejecutiva, pero ha desarrollado un apego seguro con su hija Lynette dedicándole las tardes y los fines de semana. Sebastian es un padre muy

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