a toda la tradición. Los puritanos ocuparon en gran número la Cá- mara de los Comunes, y los Obispos católicos, la otra Cámara, en su calidad de Lores. Luego fueron eliminados y reemplazados por pro- testantes. En 1559 Isabel nombra obispo de Canterbury a Matthew Parker, ordenado sacerdote antes del cisma, pero ordenado por cua- tro nuevos obispos según la forma prescrita por Eduardo VI. Pero esta sucesión desde aquí nunca será reconocida por Roma, debido a las palabras de la forma así como a la intención que llevó a pronun- ciarlas. Por su parte, los puritanos, con Thomas Cartwright a la ca- beza, proponían un retorno a la Iglesia primitiva que, según ellos, no había sido episcopal sino presbiteral136. Fue el nacimiento del presbi-
terianismo. Algunos clérigos, en privado, comenzaron a celebrar la Santa Cena según la forma calvinista. A los obispos mismos por serlo les tachaban de papistas, lo cual produjo una reacción episcopal. Para mostrar la ambigüedad isabelina, de hecho, en los 39 Artículos de 1562, la definición de Iglesia en el Art XIX es puramente protestan- te, sin hacer la mínima alusión al episcopado: «La Iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles, donde es predicada la palabra pura de Dios y donde son verdaderamente administrados los sacramentos según la ordenanza de Cristo, en todas las cosas que son requeridas como necesarias». La Iglesia de Inglaterra era episcopal, pero los obispos eran superfluos para los puritanos.
Había que luchar contra Roma y contra los puritanos, sobre la naturaleza de la catolicidad. Y la doctrina eucarística queda involu- crada en esta disputa. Aparecen entonces, dos corrientes en la teología anglicana: la antirromana y la antipuritana. La primera estaba repre- sentada por John Jewell137, que fundaba su teología en los primeros
seis siglos de la Iglesia (catolicidad fundada en la antigüedad) y la unanimidad de la Reforma (catolicidad fundada en el acuerdo con los protestantes Lutero, Calvino, Zwinglio y Bucer). Pero era semi- puritano y llegó a pensar que los obispos no eran más necesarios. Era una iglesia invisible, y en Inglaterra la función real la organizaba. In- cluso la Reina no era la cabeza visible de la Iglesia. El obispo era un sacerdote como los demás con funciones especiales. No era hostil a la presencia real, pero sí a la transustanciación. Roma era la cismática, y Haddon, por ejemplo, rechazaba la transustanciación en nombre de la catolicidad 138. El consenso de los reformadores era como el con-
senso de los Padres antiguos.
El adversario principal de Jewell fue Harding139, quien concluía
afirmando que para Jewell los obispos, los sacerdotes y los laicos eran una misma cosa, de modo que todo el mundo era obispo. El episco-
pado no era, entonces, de institución divina sino eclesiástica, y no era más la nota de una Iglesia católica. Había que oponerse a la ten- dencia puritana creciente antiepiscopal. El primer opositor firme fue Richard Bancroft140, que predicó un sermón memorable en 1588
afirmando su fe en la autoridad divina del episcopado y su función esencial en la Iglesia. Lo acusaron de ir contra la Supremacía real. También se opuso Thomas Bilson141. Para mantener la estructura ca-
tólica de la Iglesia había que defender los orígenes apostólicos del episcopado. Además, si el episcopado no era de origen divino, el presbiterado tampoco.
El otro gran teólogo isabelino opuesto a Jewell, fue Hooker142, ya
citado antes, que representa la corriente antipuritana y no antirro- mana. Decía por un lado que era de absoluta necesidad la institución divina del episcopado143, que era inútil que los puritanos pretendie-
ran sacar de la Biblia todos los detalles del gobierno de la Iglesia144, y
que había que recurrir a la naturaleza de las cosas según la razón, a la Escritura y a la experiencia de la Iglesia. Por otro lado, afirmaba que «estamos y permaneceremos en buena amistad con la Iglesia romana, puesto que gracias a las partes fundamentales a las cuales permaneció y permanece unida, reconocemos con júbilo que ella pertenece a la familia de Cristo». Nunca afirmó el antirromanismo como norma de catolicidad. Por primera vez el anglicanismo se presenta de modo sis- temático como una via media entre el puritanismo y el romanismo, quienes por defecto y por exceso no eran el auténtico catolicismo. Respecto de la Eucaristía, Hooker sostenía que si bien es verdad que «la Presencia real del cuerpo y sangre benditos de Cristo no debe buscarse en los sacramentos, sino en el que recibe dignamente los sa- cramentos», también es cierto que «este pan contiene más que la sus- tancia que puedan ver nuestros ojos, y esta sangre santificada con la solemne bendición sirve para la vida y bienestar sin fin concedidos tanto al cuerpo como al alma». Se trata de una doctrina «recepcionis- ta» de tipo calvinista, pero atenuada por un realismo cuasi-romano en el «contiene más que...» Hooker y los teólogos carolinos no habí- an tenido la concepción de la presencia real como objetiva y material en el mismo sacramento.
Andrewes145, otro teólogo insigne de la época, aunque su vida se
extiende hasta el reinado de Carlos I y es considerado «carolino», re- presenta el pensamiento moderado sobre la Eucaristía: «Creemos tanto como vosotros que la presencia es real. En cuanto a la manera de manifestarse esta presencia, nada definimos con precipitación, y debo añadir que no sentimos ansiedad en la búsqueda». Su concep-
ción eucarística estaba en consonancia con la de la Iglesia medieval y patrística. En su respuesta al Cardenal du Perron dice que «la Eucaris- tía de hoy es para nosotros, considerada según la fe, como un sacra- mento y como un sacrificio»146. Los anglicanos continuaron negando
la transustanciación, pero los más católicos entre ellos enseñaron una doctrina equivalente. Andrewes admitía que «todos los testimonios patrísticos hablan de mutación, de inmutación, de transmutación... En lo que nos concierne, no negamos esa proposición trans, y conce- demos que los elementos son transmutados»147. El obispo Bull148re-
conocía que «no somos ignorantes de que los Padres antiguos ense- ñaba generalmente que el pan y el vino, en la Eucaristía, devienen y son hechos por su consagración el Cuerpo y la Sangre de Cristo»149.
Sobre esta base los apologistas anglicanos respondían a la objeción católica romana de que los reformadores ingleses habían alterado la doctrina eucarística. El lenguaje de compromiso admitido desde el origen dio como resultado diversas interpretaciones, donde lo único preciso era contra la transustanciación. Entre los High Church del siglo XVII había zwinglianos como Hales150 y carolinos ortodoxos
como Thorndike151.
3. DOCTRINAS EUCARÍSTICAS DE LOS TEÓLOGOS DEL SIGLOXVIII