MOMENTOS DE LA ANTROPOLOGIA SIMBOLICA
DAVID SCHNEIDER
El surgimiento público de la Antropología Simbólica, entonces, y el colapso de la Antro- pología Cognitiva son, en parte, una función del contexto general de crisis de las ciencias so- ciales formales a fines de los 60 y en parte también una iniciativa del mismo estudioso. Ame- rican Kinship: A cultural account, de David Schneider (1968) ofrece una crítica de las cate-
gorías de análisis que los antropólogos acostumbran dar por sentadas; al mismo tiempo es un estudio intensivo de un fenómeno etnográfico en el contexto urbano contemporáneo: el pa- rentesco en la clase media de Chicago.
Lo que se propone Schneider es examinar autocríticamente una serie de cuestiones acerca del parentesco, pero sus objetivos en realidad son mucho más amplios; con aquel pretexto, orienta hacia su propio país una serie de preocupaciones temáticas y para luego revisar a la luz de su estudio nuestras nociones acerca de la cultura. Schneider refuta la pre- tensión emic de la etnociencia, o por lo menos la versión que los etnocientíficos sostienen
acerca de los estudios emic: él, como nativo americano y buen conocedor de su propia
cultura, desconoce y desautoriza todas las complicadas estructuras semánticas que los etno- científicos creían poner al descubierto, y niega también que sus conocimientos culturales básicos sean reductibles a un esquema formal. Schneider insinúa que los etnocientíficos han abusado de lo exótico, y si han parecido verosímiles en algún momento, ello se debió a que ningún actor cultural estaba presente para refutar sus análisis.
Lo primero que advierte Schneider es que el parentesco no constituye un fenómeno se- parado para los actores culturales, sino que se relacionan con aspectos tales como la naciona- lidad, la ley y la religión. Estas categorías culturales se superponen y registran una serie de combinaciones cambiantes de elementos simbólicos aún más básicos.
A pesar de la importancia del trabajo de campo sustantivo, coordinado y supervisado por Schneider, el poder retórico del estudio, su especial persuación, no dependen primariamente de la exposición de datos. De hecho, la información relativa a las entrevistas se presentó se- paradamente, en un volumen de distribución limitada que no he tenido ocasión de leer y que muy pocos han leído. Daría la impresión de que ese complemento tampoco se escribió para ser leído; creo yo que el lo esencial del asunto no pasa tanto por la existencia de esos proto- colos como en el hecho de que se los haya puesto por separado. Y conjeturo que el camino abierto por esta separación, en el curso evolutivo de la antropología simbólica, habría de con- ducir, simbólicamente por así decirlo, a la abolición de la documentación empírica siste- mática.
Notemos, entre paréntesis, que Schneider impulsa una nueva concepción de la antropo- logía y de la cultura echando mano deliberadamente del tema más remanido y fatigado de la antropología de todos los tiempos (el parentesco) y demostrando que aún ese asunto que de- bería ser conocido albergaba escollos para la investigación formal. El interés principal del libro radica en su presentación de una nueva concepción de la cultura que deriva de la teoría de Parsons: el parentesco, por ejemplo, no es para Schneider un orden natural y universal de- finido por la biología, sino un orden cultural, construido, peculiar y relativo. La situación es curiosa, incluso paradójica. En aquellos años, en las facultades de sociología norteamericanas, se cuestionó radicalmente al establishment académico y al poder que éste representaba; ese cuestionamiento era consonante con la rebelión política, el hippismo, la oposición a la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles de los negros, el mo- vimiento feminista. La misma situación que ocasionó el declive de la sociología parsonsiana, facilitó el surgimiento de una concepción parsonsiana de la cultura en antropología, promovida por un alumno personal de Parsons. La crítica de Schneider, sin embargo, no es política sino metodológica27.
Para Schneider, la producción cultural de símbolos debe ser distinguida analíticamente de la de las normas y los deberes; y estos niveles, a su vez, se deben distinguir de la acción social y de los patrones estadísticos de conducta. Los símbolos son para él como las unidades de un álgebra; las normas son como ecuaciones (afirmaciones combinatorias que sirven a propósitos específicos); símbolos y normas son ideales que orientan la conducta, pero la conducta real en el mejor de los casos sólo se les aproxima.
Repitamos esto con otras palabras: la conducta no es para Schneider más importante que los símbolos, ni tampoco igualmente importante; lo es mucho menos. No hay que confiar mucho en las palabras que Schneider utiliza: en ninguna parte encontramos ni rastros de ál- gebra o de ecuaciones combinatorias. Se trata sólo de metáforas, pues lo que Schneider legi-
27 En lo político, Schneider se sitúa llamativamente entre el centro y la izquierda, según rememora en Schneider
on Schneider (1995:188-190). Richard Adams, a quien una leyenda argentina sindica no obstante como colabo- rador de la CIA, compartía su posición a propósito de Vietnam y el Congo, por ejemplo, oponiéndose a “de- rechistas” como Geertz y Fallers, quienes (siempre según el propio Schneider) estaban irritados por la politización de la universidad en los años 60, y entre otras cosas pensaban que la inteligencia americana “había hecho lo correcto” al eliminar a Patrice Lumumba.
tima de una vez y para siempre son los métodos "blandos", intuitivos e informales, centrados en la pregunta al actor y, más que nada, en las respuestas que éste nos da.
Schneider dice que los símbolos y las normas constituyen la cultura, y que ésta puede ser separada analíticamente de la conducta y de la acción social. Estas distinciones tuvieron una enorme importancia para las generaciones sucesivas de antropólogos interpretativos, por clarificar un nivel de análisis distintivo para el análisis cultural. Ese nivel de análisis era la cultura, como ya lo había sido otras veces en el pasado, pero una cultura mucho más restringida de lo que antes era común, y que excluía explícitamente los aspectos materiales de la existencia, y aún (en el caso de Schneider) la conducta observable de las personas, los hechos concretos de la vida social. La antropología norteamericana siempre fue más "antropología cultural" que "antropología social", un poco al revés de lo que sucedía en Inglaterra durante el auge del estructural-funcionalismo. Pero el énfasis de los simbolistas norteamericanos y su insistencia en asegurar el carácter determinante y sui generis de la
cultura, es algo totalmente nuevo.
Para Schneider, cada cultura concreta está formada por un sistema28 de unidades o cons-
tructos culturales que definen el mundo y las cosas que están dentro de él. Los constructos culturales que caracteriza Schneider poseen una realidad propia que no depende de su exis- tencia objetiva y hasta cierto punto son independientes de la conducta real y observable. La conducta no forma parte de la cultura, y, como él dice, hasta supone una perturbación para su estudio, una molestia que obstruye la comprensión de los símbolos.
Esto re-define la tarea del antropólogo, que ha de ser la identificación de las unidades culturales, y no los patrones de conducta formulables a través de la observación de compor- tamientos concretos. Esta concepción (insistimos) es admitidamente parsonsiana: la cultura es un sistema de símbolos y significados; está constituida por unidades (e interrelaciones) que contienen las definiciones fundamentales sobre la naturaleza del mundo, sobre la vida y sobre el lugar del hombre.
Pero también hay una diferencia con Parsons, quizá porque el modelo sociológico original no era del todo coherente: en lugar de preguntar cómo se organiza la sociedad para asegurar su continuidad a través del tiempo, Schneider se pregunta de qué unidades está hecha, cómo se definen y cómo se articula una unidad con otra. Pese a que la inspiración parsonsiana de esta antropología es incuestionable, en ella se renuncia a lo que constituía el germen de la concepción funcionalista: el análisis de las formas en que un sistema se perpetúa y reproduce.
28 Los más avispados entre los antropólogos actuales reconocen que aún las sugerencias más softcore a propósito de que la cultura es algo “integrado”, “un todo complejo”, “estructurado” o sustentado por patterns es un artículo de fe. Nadie -dice D’Andrade- ha ofrecido jamás una demostración empírica de la estructura de una cultura, menos aún los simbolistas. Lo que sí pudo demostrarse es que alguna pieza de cultura podía conectarse de alguna manera con alguna otra. Pero un mundo donde cada cosa está de algún modo relacionada con algo no deviene automáticamente una “estructura” o un “sistema”, por más relajadas que sean nuestras definiciones de esas categorías (Roy D’Andrade, The Development of Cognitive Anthropology, Cambridge, Cambridge University Press, 1995, p. 249). Una observación para tener en cuenta de aquí en más, y que sirve tanto para evaluar las contribuciones de Schneider como las de Geertz.
Como el mismo Schneider ha predefinido la conducta como secundaria respecto de las idealidades, la observación deja de ser útil. La información pertinente estará contenida necesariamente en lo que digan al antropólogo los actores culturales. Ninguna respuesta de ningún informante es falsa, pues hasta las formas de mentir están culturalmente definidas y estandarizadas. Lo que hay que estudiar, dice Schneider, son los significados asociados a los símbolos y las reglas que se derivan de ellos, para establecer un punto de vista que configura un modelo "mecánico". No hay que engañarse tampoco por la presencia de un término tan duro en un contexto tan nebuloso; lo que quiere decir Schneider es que la quiebra de la regla carece de importancia cultural, aún en el caso de que sea frecuente.
Para Schneider, los estudios etic son una imposibilidad manifiesta, pues toda descripción
no es más que una interpretación subjetiva del estudioso. En vez de gastar tiempo y energías en hacer más objetiva nuestra investigación, debemos perfeccionar las técnicas para com- prender mejor la subjetividad y las reglas por las que ésta se rige.
Para el Schneider de 1968 las reglas no se infieren de la conducta sino de su conceptua- lización en la cabeza de los actores, de su expresión en símbolos; los objetos materiales (así sean parafernalia) y los actos sociales concretos (así sean rituales) caen fuera del campo de la investigación cultural. Vayamos tomando nota de estos contrastes: a diferencia de lo que sería el caso para Victor Turner (por dar un nombre) incluso la dimensión material de los símbolos carece para Schneider de relevancia.
Hay que notar que pocos años después de esta formulación de tremenda importancia, Schneider parece cambiar de idea: en 1972, en "What is kinship all about?" dice que el antro- pólogo tiene que abstraer las normas en base a la conducta observable, lo cual entra en contradicción con todo lo que había venido manteniendo; y en 1977, junto con Janet Dolgin y David Kemnitzer, en la introducción a una importante compilación de Antropología Simbólica, enfatiza la necesidad de concentrarse en la acción simbólica, es decir, en una dimensión concreta y observable. Pese a que Schneider alimentó antropologías (como la de Roy Wagner) que rayan entre las formas más extremas de idealismo, en sus últimos años sorprendió con alegatos de talante materialista. “Soy -escribió en 1995- un materialista comprometido, y condeno al idealismo en todas sus formas” (Richard Handler, Schneider on Schneider, Durham, Duke University Press, 1995, p. 6). El término "acción simbólica",
incidentalmente, fue acuñado por Victor Turner, y lanzado a la arena pública en un difundido simposio de la Asociación de Etnografía Americana, en 1969, coordinado por Turner y compilado bajo el título de Forms of Symbolic Action. Las fechas engranan como para tejer
alguna hipótesis.
Para quien no conozca las incidencias de la antropología norteamericana, David Kem- nitzer es uno de los pocos promotores de la antropología marxista en los Estados Unidos, y parece haber ejercido cierta influencia sobre Schneider, de ser confiables los indicios. Quizá también la difusión de la llamada "antropología crítica" o "antropología dialéctica" nortea- mericana, difundida por Dell Hymes, Stanley Diamond y Bob Scholte entre 1969 y 197229
29 Esta corriente de la antropología norteamericana, afín a la fenomenología y contemporánea de la antropología psicodélica de Coult, se ha revisado ya en un capítulo separado de este libro.
haya movido a Schneider a modificar algunas de sus ideas referidas a la importancia de lo real.
Pero a fin de cuentas no habría de ser Schneider quien continuara liderando la antropo- logía simbólica. Poco a poco su producción se va espaciando hasta que desaparece de la esce- na, cediendo la primacía a Clifford Geertz, quien la asume de lleno en 1973, aprovechando la edición de una recopilación que lo consagra y con la que se hace conocer incluso fuera de la antropología, privilegio disfrutado antes sólo por Lévi-Strauss y, en un orden nacional mucho más restringido, por Margaret Mead.
Las últimas palabras de Schneider lo encuentran en una cerrada oposición a la marea posmo de los 80 y 90. Se alinea así con Clifford Geertz (en las ideas si no en los hechos) y en la facción opuesta a Victor Turner. Veamos como muestra este fragmento bizarro de reportaje fingido, escrito de puño y letra por Schneider, corchetes incluidos, en conversación imaginaria con Richard Handler:
RH: Sé que aunque usted está retirado, se mantiene al tanto de lo que sucede, de mo- do que le pregunto qué piensa de los así llamados posmodernos o pos-estructura- listas.
DMS: ¿A quiénes tiene usted en mente?
RH: Oh, usted sabe, [James] Clifford, [George] Marcus y [Michael] Fischer, [Stephen] Tyler, [Vincent] Crapanzano, [Paul] Rabinow, [Bernard] Cohn, esa gente.
DMS: Bien, ésa es una pregunta fácil. Son, para cualquiera, unos idiotas. RH: ¿Por qué dice eso?
DMS: Porque son idiotas. Están en un estado vegetativo irreversible.
RH: Quizá usted tenga una crítica más precisa que pueda compartir con nosotros. DMS: Son unos idiotas. ¿Qué más se puede decir?
¿Qué queda de la antropología simbólica, como saldo, en la caracterización original de Schneider? Aunque Schneider haya perdido el liderazgo bastante pronto y aunque su nombre sólo constituya hoy en día una referencia histórica, sus sucesores llevaron adelante la idea de la cultura como conjunto más o menos articulado de idealidades y significaciones y, más que nada, de la antropología como disciplina específicamente abocada al estudio (o mejor aún, a la interpretación) de esas idealidades.
Desde el punto de vista metodológico, desde Schneider en adelante comienza a aceptarse la idea de que, puesto que las estrategias formales han demostrado no servir, el asunto puede tratarse con cierta disciplicencia o no tratarse en absoluto. Se va insinuando una actitud an- timetodológica, que a mi juicio alcanza su formulación más consumada (y más insidiosa, por lo oblicua) en la "descripción densa" y en la "inferencia clínica" geertzianas.