Algo muy importante sucedió en la psicología norteamericana desde por lo menos 1958. Después de décadas de dominio compartido entre el conductismo (que equiparaba el compor- tamiento humano y el animal) y el psicoanálisis (que se centraba en los aspectos pulsionales de la mente) aparece de pronto en la psicología el hombre definido de nuevo como ser pen- sante. Desde Aristóteles no se lo había hecho con el mismo empuje, ni de una manera tan englobante que incluyera tanto lo proposicional como lo simbólico, tanto lo onírico como lo cotidiano. De golpe también se descubre también que sobre ese pensamiento que definía al hombre, y que se suponía transparente a fuerza de ser reflexivo, se sabía todavía menos que sobre aquellos estratos que el consenso reputaba ocultos.
En suma, la conciencia resultó ser aún más incierta, más enigmática y más oscura que los planos de actividad mental que le subyacían. La pregunta, entonces, por la conciencia, y más exactamente por el pensamiento, por sus estructuras y procesos, tendrá desde el inicio el tono típico del distanciamiento antropológico. La psicología cognitiva interroga a lo interior y a lo propio como si fuese extraño y ajeno. Y tan extraño es, tan imprevisto, que en un primer mo- mento el mejor simil no es ya el de las máquinas del deseo alimentadas de energía libidinal, ni el de la topología de regiones sedimentadas una encima de la otra, ni el de las estructuras de capacidades que se suceden en el tiempo, sino el de los computadores digitales, con sus dispositivos procesadores de información, sus memorias de ferrita y sus códigos.
La mente humana pensada como máquina. ¿Es excesiva esta metáfora? ¿Se pierde la e- sencia del hombre en esta robotización de su imagen? Los psicólogos cognitivos -de ellos se trata- responden negativamente. La computadora es un recurso heurístico, ni mejor ni peor
que otros, del que importa más su dinámica que su materialidad, su software que su hardware, y que tiene la ventaja, invalorable para un teórico, de no confundirse jamás con el objeto que refleja, de revelarse constantemente como el modelo que es. Si a los antropólogos de antaño les resultaba oscuro lo que Lévi-Strauss quería significar al hablar de modelos, el símil computacional clarifica el uso de modelos apenas se lo invoca: supongamos - y eso eso es todo- que el hombre es en tal respecto como tal o cual máquina, cuyo funcionamiento hemos de conjeturar y cuyo comportamiento es explicable porque somos nosotros los que la hemos construido manipulando conscientemente su modo de actuar.
Esa autorrestricción metafórica al dominio del software, se divide a su vez en una versión soft y en otra hard: palomas y halcones, o más bien moderados y extremistas. En el hard el plano inclinado de la metáfora que lo sintetiza no va de la máquina al hombre, sino
del hombre hacia la máquina: es el dominio de la Inteligencia Artificial, en donde ya no se imaginan hombres como si fueran máquinas, sino que se construyen máquinas que (se pretende) piensan igual que el hombre. Esta, con todo, es la primera tendencia de la Inteligencia Artificial, que habrá de abandonarse en el curso de los años al compás de severos replanteamientos.
Urge mantener separados los elementos de la nomenclatura para no incurrir en una apre- ciación distorsionada: lo que nos interesa aquí es primero la ciencia cognitiva (es decir, la in- tegración de la psicología del mismo nombre con otras ciencias sociales) y no por ahora la in- teligencia artificial (o sea la investigación en torno a las llamadas "máquinas de quinta ge- neración" y a sus recursos lógicos, como los lenguajes LISP y PROLOG). Y a pesar de lo generalizado del equívoco, no confundiremos nuestro asunto con el de la cibernética o el de la teoría de sistemas, que -como se verá en el último capítulo- se refieren totalmente a otras cosas, también diferentes entre sí.
El modelo del hombre ha de ser, entonces, la máquina digital. Pero la digitalidad no ha de constituir una imposición apremiante, y pronto desaparecerá del escenario junto con su cohorte de dilemas: el procesamiento secuencial, la realización de una operación por vez, la unidireccionalidad, la descomposición analítica en dígitos binarios, la sucesión infinita de operaciones elementales, la inmensidad del almacenamiento requerido. En breve, junto con la crisis de la teoría de la información (cuya idealidad nadie entendió) sucede como si los aparatos se volvieran gestálticos. De la máquina queda en pie no su metalicidad corpórea, sino su funcionamiento modelizable, su capacidad de procesamiento que emula, precariamen- te, el acto intangible del pensar.
De todas maneras, de frente al conservadurismo del imaginario antropológico (bastante menos pródigo en metáforas que otros espacios del saber, pese a los buenos oficios de Geertz, Fernandez o Turner) ha de ser necesario defender el símil de las máquinas, por más que haya demostrado ya su productividad frente al realismo que prescribe analizar cada cosa (en este caso la mente) "tal como es", como si el pensamiento sin algún grado de metáfora fuera po- sible, o como si ciertas metáforas debieran ser prohibidas.
Reinterpretada como ingenio intrínsecamente humano, como aparato soñado para reem- plazar al hombre frente a la rutina que supone pensar, como proyección extracorporal de las intimidades de su demiurgo, la máquina no es otra cosa que un modelo ideal de aspectos de la mente: memoria, decisión, información, cálculo, inferencia, manipulación de símbolos, trans-
codificación, lenguaje. Un modelo que hasta cierto punto se valida solo, sin conflictos discur- sivos, sin polémica, de manera automática (nunca mejor empleada la palabra) por meramente funcionar.
Esta metáfora tan audaz tenía que ser defendida, aún antes que se la atacase. La mejor apología es la de Zenon Pylyshyn, de la Universidad de Ontario Occidental:
"Los intentos de centenares de estudiosos por comprender la percepción, la me- moria y el pensamiento han puesto de manifiesto que las principales dificultades son de naturaleza conceptual. El mundo fenoménico de la percepción, el pensamiento y la actividad consciente nos es tan intimamente familiar a todos nosotros que a menudo no está claro, ni mucho menos, qué es lo que necesita explicarse, si es que algo lo ne- cesita, ni qué tipo de respuesta podría admitirse como tal. Un modo de neutralizar el efecto cegador de esta intimidad de nuestra experiencia fenoménica es trasponer el problema a un dominio ajeno. El dominio que a mí me ha parecido más util supone considerar el problema en términos computacionales" (1983: 367).
Pero no todo es auspicioso. Acumulemos aquí los aspectos negativos, que son muchos, pero que no vulneran el modelo, salvo que se renuncie a usarlo para no contaminarse. La má- quina en su materialidad no es inocente, ni ha sido construída por filántropos para dar paso a un capitalismo utópico de trabajadores felices, ni la ciencia que manipula su imagen modélica se ha impuesto siempre por sus valores intrínsecos: por el contrario, la máquina es de hecho un instrumento de poder que se pone a la venta y se difunde como pura mercancía en una so- ciedad que se reputa post-industrial, y la ciencia cognitiva que en ella se apoya es a veces más una moda derivada de una fascinación terminológica y de un rigor ilusorio que una revolución del conocimiento fundada en la perfección de los modelos que construye. La máquina es además una máquina de Von Neumann, construida para fines que encajan bien con las contabilidades de quienes las financian en primer término pero que requieren programas nuevos para expresar la lógica. La "revolución cognitiva" de que nos hablan los entusiastas está aún por materializarse, y lo que hoy se vive es, cuando mucho, su agitado preliminar.
Acumule usted unas cuantas fórmulas matemáticas, mencione repetidamente programas, cifras y computadoras -decía el malogrado Allan Coult- y en seguida verá que editores de prestigio se disputan sus papeles para publicarlos: tal es el frenesí fetichista por la formaliza- ción, no importa cuan espuria y cuan inútil. Impulso más bien irracional, si se lo piensa bien, capaz de ocasionar un daño simétrico: que por guardarse de la axiomatización snob y por ver "cientificismo" en todo lo que no se comprende, se rechace también, sin mayor análisis, la matematización pertinente, la formalización necesaria, la inspección genuinamente rigurosa. Igual que en el caso del francotirador que urdiera la "antropología psicodélica" poco antes de morir, nos importa aquí dar lugar no a una crítica a priori, desconocedora de lo que dice su objeto, sino una evaluación que posea como su prerrequisito un conocimiento pormenorizado de lo que se discute, y que reconozca ante todo que, hasta hoy, las alternativas opuestas a los símiles computacionales no han sido demasiado convincentes. Si la metáfora mecánica es sospechosa, la reacción contra ella ha sido paupérrima.
Una de las críticas más atendibles dirigidas a la psicología cognitiva atañe a su concen- tración en el pensamiento dirigido hacia metas, la resolución de problemas y los procesos de conceptualización, en detrimento de las actividades mentales que tienen lugar sin procesos
verificables de entrada y salida, tales como las creencias, la la especulación valorativa, la re- flexión, la meditación, la imaginación, la evocación, el soliloquio interior. Digamos desde ahora que estos descuidos selectivos no son exclusivos de esta especialidad, sino que son compartidos por el grueso de la psicología de avanzada, obligada por su propia densidad a parcelar su objeto, a sacrificar matices, a atenuar el realismo de las imágenes que manipula. De situarnos en una tesitura inflexible, cabría incluso cuestionar al psicoanálisis, culpable de una segmentación análoga, aunque de signo inverso. Aunque la mente humana parezca un territorio más estrecho que -digamos- la cultura, ninguna psicología es total. También los antropólogos de las líneas más humanistas, al fin y al cabo, son amigos de las reducciones, y en muchos de sus papers más apreciados los actores nativos estetizan, se mueven o hablan
más de lo que razonan, por ejemplo.
Como fuere, otro de los aspectos del cognitivismo más insistentemente impugnados ha sido su énfasis en determinado tipo de símiles computacionales, cuyo paradigma metodológico conlleva, en algunos casos, la simulación efectiva de procesos mentales mediantes ordenadores. Ya se ha dicho que la simulación tiene el gran mérito de refinar y disciplinar las intuiciones del pensador ingenuo, de forzarlas a ser detalladas, continuas, rigurosas, concentradamente específicas e internamente consistentes. Se trata de un procedimiento que proporciona indicios para descubrir si la teoría está exhaustivamente especificada, ya que el ejercicio de formalizarla pone en relieve cualquier vaguedad o incon- sistencia, siendo además sus resultados una prueba valiosa del poder predictivo de la teoría.
Pero subsiste el hecho de que el hombre no es una máquina y de que ninguna máquina, a pesar de ser un dispositivo construido por el hombre para suplirlo en este o aquel menester, puede igualar la versatilidad humana o ser su sucedáneo universal. Los criterios que serían a- propiados y suficientes como para permitir afirmar la equivalencia funcional entre hombre y máquina dependen, necesariamente, de lo completa, detallada y exacta que sea la reproduc- ción del comportamiento humano que se está intentando recrear. Debido a que estos particu- lares no siempre han sido explícitos en la construcción teorética, han surgido confusiones y malentendidos, y la simulación con máquinas resultó blanco de críticas feroces, a veces origi- nadas en el interior mismo de la psicología cognitiva (cf.1963; Dreyfus, 1972; Bolton, 1972; Claxton, 1980; Fodor, 1981; de Vega, 1982).
Dreyfus ha argumentado que la analogía entre el hombre y la máquina se derrumba por su propio peso en la medida en que los ordenadores no incorporan los factores de actuación que influyen en el proceso mental humano, careciendo por lo tanto los símiles que en torno a ellos se construyan de "realidad psicológica". El fundamento principal de esta objeción radica en el idea de que es imposible a priori formalizar los aspectos fenomenológicos y los matices personales de la actuación humana, pues los procesos psíquicos reales están siempre acom- pañados de sentimientos íntimos de aburrimiento, fatiga, interés, frustración, perseverancia o entusiasmo.
Las respuestas a la postura de Dreyfus y a otras análogas han hecho hincapié, más que nada, en su ostensible falta de comprensión ante las implicancias reductoras que todo modelo trae consigo. De los modelos psicológicos del propio Dreyfus también podría argüirse, con la misma lógica, que no contemplan los impulsos libidinales y que por ello carecen de “realidad pulsional”. Urge comprender que los modelos cognitivos, en última instancia, aspiran más a una estilizada plausibilidad lógica que a un contundente realismo escénico; por ello han deci-
dido fundar la modelización en base a equivalencias funcionales, sin dejarse seducir por la fantasmagoría que revela la introspección. Si ha sido necesario recurrir a una analogía tan oblicua, ello es sin duda porque la autopercepción fenomenológica, la forma en que el pensa- miento silvestre se capta a sí mismo, se ha revelado científicamente estéril. Por otro lado, fac- tores de actuación como la familiaridad, el desagrado, la distraibilidad o el cansancio pueden incorporarse mal o bien a la simulación que fuere, aunque habitualmente se omiten, puesto que lo que se pretende formalizar no es tanto la actuación como la competencia. Pylyshyn se refiere a este punto cuando comenta:
"La relación del modelo con el sistema que se está modelando debe ser parcial e incompleta en algunos aspectos importantes. Como lo ha expuesto Sellars, la inter- pretación del modelo como análogo de algún sistema solamente es posible si el modelo se acompaña de un comentario que le diga al usuario qué aspectos del sistema se extrapolan al modelo, y qué aspectos del modelo son relevantes para su analogía con el sistema. Dreyfus quiere que la relación de 'representación' sea tan completa y transparente como para que no sea preciso tal comentario. Pero esto es imposible, a menos que el modelo y el sistema estén tan cerca de ser idénticos que aquél ya no pueda servir para la comprensión de éste; lo cual, en el caso de la simulación con ordenadores es su único propósito" (1975:75).
Una segunda hornada de críticas ha puesto en mira el hecho de que los programas de simulación y los símiles estén diseñados para llevar a cabo o dar cuenta de solo un conjunto limitado de tareas específicas: Bolton ha sostenido que "un ordenador que realice muy bien una tarea de especialista pero que se encuentre inerme ante cualquier otro dilema no es, por esto, representativo del modo humano de resolución de problemas" (1972). Este no es, ni de lejos, un cuestionamiento definitorio, y hasta se diría que confunde con un simplismo no poco alarmante las limitaciones respectivas de los ordenadores, la de los programas que ellos procesan y la de los objetivos empíricos que los programadores han procurado históricamente satisfacer. Desde el punto de vista informacional, los ordenadores son universales sin discu- sión posible, como se ha demostrado matemáticamente a propósito de las máquinas de Turing en relación con el problema de la computabilidad. Hoy se sabe que, si se lo desea, es factible diseñar programas de simulación de un amplio rango de generalidad, como el General Problem Solver de Newell, Shaw y Simon, el UNDERSTAND de Hayes y Simon o el TOTE de Miller, Galanter y Pribram. Además, la mayor parte de los trabajos experimentales de las dos últimas décadas sobre procesamiento humano de la información tiende a sugerir que las etapas, modalidades y dispositivos de proceso son más específicos de cada tipo de tarea que propiamente generalizados, aunque este particular, desde luego, es también motivo de desa- zón y de polémica.
En este espacio controversial han sido los epistemólogos, con su aristocrático e inconfeso desdén hacia la investigación sustantiva, los que han pronunciado y escrito las críticas más irrelevantes; tengamos en cuenta, a todo esto, que muy rara vez la epistemología se ha expedido acerca de la legitimidad de los símiles, como si las transformaciones paradigmáticas concretas de ciencias enteras le interesaran poco. Tal vez hubiera sido preferible que se generalizara esa indiferencia, porque los comentarios de los filósofos sobre esta práctica científica que han ganado estado público no podrían ser más baladíes.
Mario Bunge, por ejemplo, solo ha podido erigir su "enfoque psicobiológico", de increí- ble superficialidad, tras señalar que "los hombres no son máquinas" (extremo que ningún
cognitivista estaría dispuesto a discutir) y tras enumerar con suprema pedantería los elemen- tos de juicio que distinguen la mente de las computadoras y que disminuyen la plausibilidad de los símiles: las partes de un ordenador (a diferencia de las neuronas) no se excitan espontáneamente, las conexiones interneuronales no son invariables, las computadoras no están autoprogramadas, no están tampoco vivas, no crean ideas, no sufren alucinaciones, no están sometidas a mutación o a selección natural, han sido diseñadas por alguien y son propiedad de un individuo, institución o empresa; los cerebros se muestran distintos a las computadoras cuando se los diseca, y cuando una de éstas se descompone no se llama a un neurólogo, sino a un mecánico (Bunge, 1985:35,68-69,78-79).
Estos argumentos, que presuponen de un modo muy descortés la imbecilidad del contrin- cante, dicen mucho más acerca del falso rigor de una epistemología engreída, parasitaria y hasta el momento más bien inútil, que de la inadecuación de los símiles y modelos impug- nados. Las pocas aseveraciones de Bunge que podrían parecer aceptables se revelan equivo- cadas cuando se las inspecciona de cerca: la actividad espontánea o inducida de un circuito o de una neurona, y el origen autónomo o heterónomo de la programación que uno y otro e- jecuta, no son en absoluto factores pertinentes a la discusión; la creencia en la naturaleza "in- variable" de las conexiones entre registros o elementos de memoria magnética, aún en el caso de venir a cuento, constituye simplemente una confusión de profano entre la conectividad co- mo hecho físico y la relacionabilidad como propiedad lógica. Un buen programador establece las relaciones que desee entre las regiones de la memoria que se le antojen. Y una memoria de ferrita es capaz de albergar información volátil y cambiante relativa a procesos dinámicos, de modo que su recusación es un sofisma.
La postura de Bunge evoca las digresiones eclesiásticas sobre el carácter específico de lo humano que se antepusieron al darwinismo a la vuelta del siglo, con el agravante de que mientras que el hombre no es, probablemente, creación separada de un hacedor divino, las máquinas sí son obras de los hombres y reflejan por definición capacidades distintivas de su creador. Antes que las máquinas fueran modelos del cerebro, el cerebro fue modelos de las máquinas. Bunge no ha comprendido que los símiles computacionales sencillamente siste- matizan la propensión natural de la psicología a valerse de una analogía exógena para conferir forma a su discurso, y que a través de ella se ha podido poner énfasis en la actividad mental como procesamiento de información sin emitir veredicto alguno sobre otras maneras