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De la neutralidad y productividad del Acontecimiento

UNA NUEVA TEORIA DEL SENTIDO: FANTASMOFÍSICA O PENSAMIENTO DEL ACONTECIMIENTO Y DEL FANTASMA.

1. METAFÍSICA DEL ACONTECIMIENTO

1.3 De la neutralidad y productividad del Acontecimiento

El acontecimiento, como efecto incorporal que se produce en la superficie de los cuerpos, según los estoicos, está sometido a una doble causalidad: por una parte, el acontecimiento entra en relación con los cuerpos y sus mezclas, que son su causa; y por otra, con otros acontecimientos en una relación que podríamos llamar de cuasi-causa. Esta relación del Acontecimiento con una doble causalidad está justificada, según Deleuze, porque la autonomía del efecto, o del Acontecimiento, está garantizada por su diferencia de naturaleza respecto de la causa.

El acontecimiento, como efecto incorporal, que no se identifica ni con las cualidades de los cuerpos ni con los estados de cosas, no es ni activo ni pasivo, sino que se caracteriza por la impasibilidad, esterilidad e ineficacia, puro doble improductivo. Esta

impasibilidad considerada desde la perspectiva de las proposiciones, aparecerá como veremos después como neutralidad del sentido (doblez extraída de la proposición, suspensión de las modalidades de la proposición). Sin embargo, los acontecimientos, al entrar en relación con otros, actúan como una cuasi-causa ideal. Esta segunda operación del acontecimiento que los epicúreos no llegaron a captar, al afirmar que los

exigencia desde el punto de vista del desarrollo de un teoría de las superficies. La misma física de la superficie lo pone de manifiesto, ya que, por ejemplo los

acontecimientos de una superficie líquida remiten por una parte, a las modificaciones intermoleculares de las que dependen como su causa real, pero, por otra parte, a las variaciones de una tensión llamada superficial, de la que dependen como de una cuasi- causa.

El problema que se plantea aquí es el de conciliar los dos aspectos contradictorios que presenta el Acontecimiento desde el punto de vista de la doble causalidad. De una parte, la impasibilidad e ineficacia respecto a los estados de cosas, o la neutralidad respecto a las proposiciones; de otra parte, la potencia genética, la productividad respecto de los estados de cosas y de las proposiciones.

La impasibilidad y neutralidad del acontecimiento ante los estados de cosas, ante la determinación de lo interior y exterior, de lo individual y lo colectivo, de lo particular y lo general, etc. constituye un carácter definitorio del acontecimiento sin el cual no tendría verdad eterna y no se distinguiría de sus efectuaciones. Según Deleuze, la “batalla” o la “muerte” no son ejemplos de acontecimiento entre otros sino el

Acontecimiento en su esencia, porque se efectúan de muchas maneras a la vez, y a que cada sujeto que participa de ellos puede captarlos a un nivel de efectuación diferente en un presente variable. La batalla sobrevuela su propio campo, neutra respecto de todas sus efectuaciones temporales, neutra e impasible respecto a todos aquellos que

participan en ella, nunca presente, siempre por venir y ya pasada. La muerte impasible respecto de sus efectuaciones temporales (¿en qué momento uno se muere?); neutra respecto de aquellos en que se realiza, “ya pasada o siempre por venir”.

La neutralidad del sentido respecto de los modos proposicionales es patente también desde varios puntos de vista. Desde el punto de vista de la cantidad el sentido no es ni particular, ni general, ni universal ni personal. Desde el punto de vista de la cualidad, es completamente independiente de la afirmación y la negación. Desde el punto de vista de la modalidad, no es ni asertórico, ni apodíctico, ni siquiera interrogativo. Desde el de la relación, no se confunde con la proposición que lo expresa ni con la designación, ni con la significación, ni con la manifestación. Pero tampoco se confunde con ninguna de las intuiciones o posiciones de conciencia que es posible determinar empíricamente gracias al juego proposicional: intuiciones o posiciones de percepción, de imaginación, de memoria, de entendimiento, etc.

del acontecimiento (capacidad de lo expresado de hacer posibles sus expresiones) pasa por la determinación de un campo transcendental: “de un campo transcendental

impersonal y preindividual que no se parezca a los campos empíricos correspondientes y no se confunda tampoco con una profundidad indiferenciada” 175. Entre los cuerpos y su profundidad indiferenciada Deleuze establece una superficie transcendental, en la que productividad e impasibilidad no son dos términos contradictorios. Dicha superficie transcendental debe asegurar la neutralidad y la potencia genética a un tiempo. Para asegurar la neutralidad, este campo no debe poseer ninguna de las determinaciones que ha de fundar, no puede ser ni individual, ni personal, ni general, ni universal, ni interior, ni exterior. Por ello Deleuze utiliza la idea de “singularidades”, por tanto de

antigeneralidades, que sin embargo, son impersonales y preindividuales, como hipótesis para la determinacion de este dominio y de su potencia genética.

Frente a Husserl, Deleuze observa que la donación de sentido y la génesis estática, solo es posible, sin renunciar a la neutralidad, en un campo transcendental preindividual que no tenga la forma de una conciencia personal o de una identidad subjetiva. El

fundamento no puede parecerse a lo que funda, ya que no basta decir que es otra historia, pues “es también otra geografía, sin llegar a ser otro mundo”.

La idea de “singularidad” o “punto singular”, tiene un origen matemático, provienen del ámbito del cálculo diferencial. A las determinaciones de las relaciones diferenciales corresponden singularidades, reparticiones de puntos singulares que caracterizan las curvas o las figuras (un triángulo, por ejemplo, tiene tres puntos singulares). Deleuze retoma esta idea del ámbito del estructuralismo y considera que constituye una noción capital para todos los campos donde hay estructura. Ejemplo de ello le parece la estructura lingüistica donde la determinación de relaciones fonéticas propias de una lengua dada señalan singularidades en cuya proximidad se constituyen las sonoridades y las significaciones. Las singularidades equivalen a lugares en la estructura, que

distribuyen las funciones o actitudes imaginarias de los seres u objetos que vienen a ocuparlos. Las singularidades constituyen, pues, los lugares por los que pasa la diferencia, son unidades de posición que no existen independientemente de las relaciones diferenciales en que entran y se determinan recíprocamente. No se trata de lugares en una extensión real, ni de lugares en extensiones imaginarias sino de síntesis y lugares en un espacio propiamente estructural, es decir, topológico.

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Por todo ello, la idea de singularidad viene a llenar ese campo transcendental que no puede ser ni individual, ni personal, ni conceptual. Las singularidades se dan en una superficie inconsciente, puro Spatium constituido progresivamente como orden de vecindad, donde la noción de vecindad tiene inicialmente un sentido ordinal y no una significación en lo extensivo. Las singularidades presiden la génesis de los individuos y las personas, constituyen la topología transcendental desde la que la psicología empírica no sólo se halla fundada sino también determinada.

Las singularidades son verdaderos acontecimientos ideales que se comunican en un solo y mismo Acontecimiento que incesantemente los redistribuye. El acontecimiento es por naturaleza ideal, por cuanto no se confunde con su efectuación espacio-temporal, y en ese sentido se puede decir que un conjunto de singularidades constituye un

acontecimiento. Es más, según nuestro autor, es preciso considerar los acontecimientos como las únicas idealidades si se quiere subvertir y desmantelar el platonismo:

“subvertir el platonismo es, en primer lugar, echar afuera las esencias para sustituirlas por los acontecimientos, como chorros de singularidades. Una doble lucha tiene por objeto impedir toda confusión dogmática de acontecimiento y

esencia, y también toda confusión empirista de acontecimiento y accidente.176 . El modo de ser propio de la idea, según quedó establecido en Différence et répétition, era lo problemático. Sólo el problema recoge en sí la diferencia, como positividad, expresión no del no-ser sino de un extra-ser o ¿-ser. Lo problemático constituye ese estado de ser perfectamente determinado y sin embargo no actualizado. Las soluciones vienen a recubrir los problemas pero no los hacen desaparecer. Lo problemático es una categoría objetiva de nuestro conocimiento ya la vez un género de ser perfectamente objetivo. Lo problemático califica las objetividades ideales.

Las singularidades se despliegan en un campo problemático en cuyos inmediaciones se organizan las soluciones. Las series de singularidades de cada campo entran en

conexión, en resonancia, se comunican para una nueva redistribución de sus puntos a través de un elemento paradójico, punto aleatorio que corresponde a la casilla vacía, o elemento inmóvil Este elemento constituye el lugar propio de una pregunta. Problemas y preguntas designan, pues, objetividades ideales.

¿Cómo se efectúa la distribución de las singularidades? ¿Cuáles son las reglas, o leyes que rigen dicha distribución, es decir, la formación de problemas o acontecimientos?

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Deleuze utiliza la idea de juego como modelo explicativo del modo como se distribuyen y organizan las singularidades en un campo problemático, pues la idea de juego

contiene en sí la idea de azar. Sin embargo, la idea de juego aquí utilizada porta una nueva concepción del juego. Se trata de un juego ideal que parece en contradicción con los juegos normales o conocidos, pues supone una afirmación total del azar.

Deleuze opone, los juegos que conocemos a ese otro juego ideal y puro, que es el juego de los problemas y las preguntas. Los juegos conocidos, tanto los de destreza como los de azar, se rigen según los siguientes principios:

1º Es necesario que al ejercicio del juego preexista un conjunto de reglas, que adquirirán un valor categórico, si se juega realmente.

2º Estas reglas determinan hipótesis que dividen el azar, hipótesis de ganancia y de pérdida.

3ºEstas hipótesis organizan la práctica del juego sobre una pluralidad de jugadas real y numéricamente distintas, cada una de las cuales realiza una distribución fija.

4ºLas consecuencias de las jugadas se reúnen en la alternativa pérdida-ganancia. Resumiendo, los caracteres de los juegos normales son: las reglas categóricas preexistentes, las hipótesis distributivas, las distribuciones fijas y numéricamente distintas, los resultados consecuentes.

A estos juegos se les objeta su parcialidad por cuanto solo afectan a una parte de la actividad de los hombres, y sobre todo porque incluso llevados al límite conservan el azar sólamente en determinados puntos y dejan el resto al desarrollo mecánico de las consecuencias. Según Deleuze, estos juegos remiten necesariamente a otros modelos de actividad que no son juegos, como el modelo moral del bien o lo Mejor, el modelo económico de causas y efectos, de medios y fines.

Para que el juego se haga puro e ideal, para que sea expresión auténtica del azar, es necesario actuar sobre los principios, transformar los principios mismos sobre los que se asientan los juegos conocidos. Nuestro autor elabora cuatro nuevos principios que caracterizarían este juego puro o ideal:

1º No hay reglas preexistentes al jugar mismo. Cada jugada inventa sus reglas. Se práctica así porque el juego lleva en si sus propias reglas.

2º No se divide el azar en un número de jugadas realmente distintas. El conjunto de jugadas afirma todo el azar y no cesa de ramificarlo en cada jugada.

pero todas ellas son formas cualitativas de un único y mismo “tirar” ontológicamente uno. El “tirar” único es el caos del que cada jugada es un fragmento. Cada jugada realiza una distribución de puntos singulares, una constelación. Pero en lugar de repartir un espacio cerrado entre resultados fijos conforme a la hipótesis, son los resultados móviles los que se reparten en un espacio abierto por el tirar único y no partido:

distribución nómada y no sedentaria, en la que cada sistema de singularidades comunica y resuena con los otros “Es el juego de los problemas y de las preguntas, no el juego de lo categórico y lo hipotético” 177.

4º En este juego ya no hay vencedores ni vencidos. No hay tampoco responsabilidad, sino que es el juego de la inocencia (“Lotería de Babilonia” de Borges). Sin duda este juego puro e ideal es la expresión de la afirmación total del azar, del devenir. El propio Nietzsche utiliza la metáfora del lanzamiento de dados para expresar esa afirmación del devenir, del azar frente a toda finalidad y causalidad “Oh cielo por encima de mi ¡tú puro! ¡elevado! Esta es para mi tu fuerza que no existe ninguna eterna araña y ninguna eterna telaraña de la razón: que tu eres para mi una pista de bailé para azares divinos, que tú eres para mi una mesa de dioses para dados y jugadores divinos” 178.

El juego ideal, la afirmación del azar puro y no dividido, constituye el punto en el que el origen radial se invierte en ausencia de origen. Decir que los problemas o

acontecimientos tienen un origen en el azar es afirmar la ausencia de todo origen, es poner por debajo del “fundamento”, superficie transcendental, el desfundamento puro o “desfondamiento” universal (effondement) El juego ideal es lo inconsciente del

pensamiento mismo. Es el juego propio del pensamiento y el arte. Pues, cuando el azar deviene fondo y origen de las distribuciones de singularidades, es decir, condición de la experiencia en general, el arte aparece realmente como experimentación. Pensar es lanzar unos dados. El arte y el pensamiento constituyen los dos efectos reales de este juego ideal.

Así pues, el mundo de los acontecimientos y del sentido no sólo no remiten a una instancia personal o sustancial, sino que todo lo contrario, remite a una instancia topológica transcendental constituida por singularidades anónimas, preindividuales e impersonales, cuyas reglas de distribución y determinación lejos de fundarse en un buen

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.Deleuze, G.op.cit.p. 83.

178

Nietzsche, F. Así habló Zaratustra.p.236 Ed. Alianza. Madrid, 1.978. Sobre la inocencia del Eterno retorno, por la

sentido, y un sentido común, hallan su modelo en un juego ideal, afirmador interminable del puro azar.

Este dominio transcendental de las singularidades se configura como una estructura ya que lo definen los siguientes caracteres:

1º)Las singularidades-acontecimientos se organizan en series heterogéneas, a partir de una energía potencial que distribuye las diferencias entre las series. La energía potencial es la energía del acontecimiento puro (morir), las formas de actualización en series heterogéneas, se corresponden con las efectuaciones espacio-temporales del acontecimiento (“Juan ha muerto aquí a Las 7”,“Antonio allí a las 9”).

2º) Las singularidades, entran en conexión, se unifican y se redistribuyen a partir de la presencia de un elemento paradójico que recorre y hace resonar las series, envolviendo los puntos singulares correspondientes dentro de un mismo punto aleatorio, y todas las emisiones dentro de una misma emisión.

3º)Las singularidades potenciales frecuentan la superficie. La superficie topológica posee un valor biológico, constituye el límite sobre el que se da la vida, pues la energía potencial está ligada a la formación de superficies. En este punto Deleuze sigue a Gilbert Simondón, que ofrece una teoría de la génesis del individuo y del sujeto cognoscente, a partir de una teoría de las superficies y de las singularidades. “La

polaridad característica de la vida está al nivel de la membrana...” ( citado por Deleuze). 4º)La superficie es el lugar del sentido. Dos signos se quedan desprovistos de sentido mientras no entre en la organización de superficie que asegura la resonancia entre dos series. Pero este mundo del sentido presenta una neutralidad esencial. Porque en el orden del lenguaje el sentido sobrevuela las dimensiones en las cuales se ordena, para adquirir significación, manifestación y designación. Y en el orden de los cuerpos, porque sobrevuela así mismo la actualización de su energía como energía potencial, es decir, la efectuación de sus acontecimientos, que puede ser lo mismo interior que exterior, colectiva e individual según la superficie de contacto o el limite superficial neutro que asegura la continuidad sobre sus dos casos.

5º)Finalmente, y según se deduce del punto anterior, este mundo del sentido tiene como carácter lo problemático. Pues el mundo de las singularidades es el mundo de los

acontecimientos topológicos a los que no está ligada ninguna dirección. Es decir, es el orden de los lugares independientemente de aquellos que los ocupan o realizan. Estos caracteres definitorios del mundo de las singularidades aseguran la neutralidad e impasibilidad del acontecimiento-sentido, y sientan las condiciones para una verdadera

génesis.

“El campo transcendental real, dice Deleuze, está hecho de esta topología de superficie, de estas singularidades nómadas, impersonales y preindividuales”179 .

Este campo transcendental, como se ha dicho, posee todos los caracteres de la estructura y como tal es neutro e independiente respecto a lo que funda o aquello en lo que se encuentra. Sin embargo, la estructura no se actualiza sin diferenciarse en el espacio y en tiempo, y en ese sentido podemos decir que “produce” aquello en lo que se actualiza. Por tanto estructura y génesis no se hallan en oposición. Por génesis, Deleuze no entiende el paso de una forma actual a otra, sino el proceso que va de lo virtual (transcendental) a lo actual (sus efectuaciones), de la estructura a su actualización. Así pues, de esta determinación de lo transcendental como mundo superficial de singularidades nómadas, personales y preindividuales, le es inseparable la idea de una génesis ordinal estática.

Para Deleuze el error de todas las demás determinaciones de lo transcendental en tanto que conciencia, estriba en concebir lo transcendental a imagen y semejanza de lo que está llamado a fundar. Pues, o bien lo que se pretende engendrar está ya todo hecho, o bien, conforme a la posición del propio Kant, se renuncia a la génesis y a la constitución y se atiene uno a un simple condicionamiento transcendental, pero entonces no salimos del círculo vicioso en el que la condición remite a lo condicionado, cuya imagen calca Esta definición de lo transcendental como conciencia originaria se debe, según nuestro autor, a la confusión común de la filosofía transcendental, pero también de la

metafísica, según la cual solo existe la siguiente alternativa: o bien existe un fondo indiferenciado, sin-fondo, no-ser informe, abismo sin diferencia ni propiedades; o bien un Ser soberanamente individuado, una Forma fuertemente personalizada. Fuera de este Ser o de esta Forma solo tenemos el caos. A esta alternativa, heredada del platonismo es a la que Deleuze se opone desplazando la diferencia a la superficie de los cuerpos. La diferencia no se halla entre un fondo indiferenciado y un ser absolutamente

determinado, sino entre los cuerpos, sus mezclas y Acontecimientos-efectos producidos en la superficie de los cuerpos. Entre las singularidades impersonales y preindividuales y sus efectuaciones empíricas las que no se asemejan.

Las singularidades, verdaderos acontecimientos ideales poseen un poder genético, es decir, una capacidad de actuar como cuasi-causa o causa ideal, respecto de las cosas y

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estados de cosas: “génesis estática ontológica” y respecto a las proposiciones: “génesis estática lógica”.

Desde el punto de vista de la génesis estática ontológica, un primer nivel de efectuación de las singularidades lo constituye el complejo: individuo-mundo. La prolongación de un punto singular sobre una serie de puntos ordinarios hasta las inmediaciones de otra singularidad, que a su vez se prolongaría sobre otra serie de ordinarios constituye un mundo, siempre que las series sean convergentes. Es decir, un mundo envuelve un sistema infinito de singularidades seleccionadas por convergencia. Un mundo es formado por individuos que lo ocupan y lo llenan, y un individuo está siempre en un