I
Para poder analizar la historia de las ideas en Brasil, en especial del liberalismo, debemos considerar ciertas circunstancias que dife- rencian este enclave del resto de países de la América Ibérica. En pri- mer lugar, la legislación colonial portuguesa impidió hasta el año 1808 la introducción de maquinaria tipográfica en territorio brasileño, con lo cual los lectores tenían que contentarse con la literatura europea que conseguía atravesar el Atlántico legal o clandestinamente. Por otra parte, y al contrario que España, Portugal no creó centros supe- riores de difusión de cultura, como universidades o institutos. Así, el conocimiento del que disponía el público se restringía a las bibliotecas de conventos y a algún colegio regido por curas. Los privilegiados que podían permitirse estudios superiores se veían obligados a realizarlos en la Universidad de Coimbra (Portugal), adquiriendo los valores es- tatales de la metrópoli. La mayoría de ellos terminaba formando parte de la Administración del Imperio. Esta situación se mantuvo hasta poco antes de la lucha por la independencia, ya que anteriormente no existía una conciencia de identidad brasileña; las personas de raza blanca que gozaban de libertad en Brasil se consideraban portugueses
de América. Prácticamente, no se creó un movimiento importante
hasta 1820. Por último, en 1808, el príncipe regente don Juan (1767- 1828) trasladó la Corte portuguesa a Río de Janeiro para combatir
desde allí la invasión napoleónica, y, ocho años más tarde, ya bajo el título de rey, elevó a Brasil a la categoría de Reino Unido de Portugal
y Algarve. Las Cortes de Lisboa se resistían a concederle la autonomía
a Brasil, y esto provocó que los portugueses de América se planteasen una alternativa secesionista. Por miedo a una recolonización y ante la amenaza de caos estrechamente ligada al proyecto de emancipación política, de la cual eran ejemplo las colonias españolas, la experiencia monárquica vivida en los años anteriores fue fundamental para la elección del nuevo régimen de gobierno. De esta forma, Brasil con- siguió aquello que San Martín y Belgrano habían intentado sin éxito en Argentina: convencer a la mayor parte de la clase alta brasileña de que, para garantizar el porvenir del nuevo gobierno representativo, la monarquía constitucional era más segura que la república. De ahí que el concepto de «liberalismo» en Brasil estuviese directamente relacionado con la monarquía constitucional.
Por otra parte, el análisis de este concepto exige un comentario previo sobre la cultura del Antiguo Régimen. Para justificar la elec- ción de un poder absoluto monárquico, la referencia más importan- te es el Tratado de Direito Natural, del mineiro —natural de Minas Gerais— Tomás Antonio Gonzaga (1744-1819), escrito en 1772 para obtener la cátedra de derecho en la Universidad de Coimbra. La censura civil y eclesiástica limitaba el acceso a todos los autores que fundaban la legitimidad de la sociedad política sobre las bases de la soberanía popular, del contrato y de la laicidad (como Locke y Rousseau), e incluso a autores relacionados con el enciclopedismo (como Diderot, D’Alembert, Helvétius y Montesquieu). Gonzaga tenía por referentes teóricos políticos más antiguos comprometidos con el absolutismo, como Hobbes, Pufendorf, Heineccius o Bodin, y teólogos católicos tradicionales. De hecho, abundan en su obra las referencias a reputadas autoridades teológicas como santo Tomás de Aquino, san Pablo Apóstol, san Gregorio y san Juan Crisósto- mo. El hecho de que el Tratado colocase al catolicismo como base central, permitiendo la libertad y el libre albedrío en la medida en que la religión los toleraba, no fue casual. Recurriendo a metáforas organicistas extraídas de la legitimidad del gobierno patriarcal, Gonzaga declaraba la superioridad de la monarquía absoluta como forma de gobierno: «El rey no debe subordinarse jamás al pueblo; debe ser respetado incluso ante la corrupción de la ley, ya que Dios es el único juez que éste puede tener. Bajo ningún concepto el pueblo puede opinar sobre sus actos ni pretender derrocarlo,
porque se trata de un acto de conocimiento y por consecuencia de superioridad» (GONZAGA, 2004, 147).
En este contexto, es de entender que no haya huella alguna del sentido moderno de la palabra «liberal». Según el Diccionario Blu- teau de 1713, la palabra portuguesa «liberal» define a una persona generosa «que, con una moderación prudente y sin obtener nada a cambio, da dinero o algún objeto de valor equivalente con buena voluntad». El término podría también designar a una persona que promete y no cumple lo prometido: «liberal em prometer, liberal em dar palavras, mas sem efeito». Más interesante es el siguiente significado, que, a partir de la palabra latina liberalis (bien nacido), consideraba «liberal» sinónimo de «persona de calidad», distin- guiéndola de «plebeyos y esclavos», es decir, hacía referencia a una persona perteneciente a la nobleza. Las artes liberales eran aquellas que se oponían a las artes mecánicas, es decir, que eran practicadas «sin ocupar las manos», siendo «características de hombres nobles y libres en todos los sentidos; libres de la esclavitud ajena y de la suya propia». Se trata, por lo tanto, de una reminiscencia del pa- radigma político aristotélico, caracterizado por la moderación, por la prudencia y por la virtud. La difusión de esta última concepción de liberal como noble en el Brasil colonial debió de ser tanto o más amplia de lo que lo fue en Portugal. No solamente la esclavitud del hombre negro estaba extendida a gran escala, sino que aproxi- madamente un 8 por 100 de la población adulta masculina vivía conforme a la ley de la nobleza: no ejercía trabajo manual, se des- plazaba en carruaje y poseía esclavos de libré, que, en Brasil, eran los esclavos negros (SILVA, 2005, 23). El comercio en Río de Janeiro no sólo suponía un método de acumulación de bienes y diferencias sociales, sino que también era la oportunidad de obtener tierras y reproducir el ideal de vida aristocrático (FRAGOSO y FLORENTINO, 1998, 107). De cualquier forma, el Diccionario Bluteau de 1713 ya dejaba entrever posibles desdoblamientos semánticos, ya que, en la definición de la palabra brasileña «liberalidad», el autor afirmaba la «estrecha relación» de dicho término con la palabra «libertad»: «el liberal, dando lo que tiene, se desprende, en cierto modo, de aquello que estaba en su poder y bajo su dominio, liberándolo de esta forma» (BLUTEAU, 1713).
Situándose en este marco, se comprende el carácter poco igualitario de los proyectos autonomistas que defendían los cons- piradores brasileños de 1789 para llevar a cabo la que podía haber
sido —aunque no se llevó completamente a cabo— la más célebre rebelión en América contra el dominio de la Corona portuguesa: el movimiento político de la Inconfidência Mineira. Opuestos a la po- lítica fiscal metropolitana, los inconfidentes de Minas Gerais estaban particularmente influidos por la obra de Raynal, que, en su Historia
de las Dos Indias, criticaba la incompetencia y los excesos por parte
de Portugal en la administración colonial de Brasil, y narraba con detalle la estrategia militar norteamericana durante la guerra de la Independencia contra Inglaterra. Aunque entre estos insurrectos existía cierta concepción de la idea clásica de gobierno republicano, es decir, de un gobierno con poderes limitados, que cumpliese a rajatabla las leyes de justicia, el inconfidente Joaquim José da Silva Xavier, alias Tiradentes, no describía el movimiento como un in- tento de revolución, sino como la restauración de un gobierno justo. La igualdad civil no formaba parte de la idea de república minera imaginada por Cláudio Manuel da Costa (1729-1789) o Tomás Antônio Gonzaga (en aquel momento, ya contrario a la forma de gobierno absolutista). No acompañaba el concepto de «igualdad» a aquel liberalismo; la justicia en que pensaban los inconfidentes recreaba un sistema estamental, por el cual el gobernante debería respetar las jerarquías sociales y preservar la distinción necesaria entre nobleza y plebe (FLECK, 2004, 31). En este sentido, el ejemplo norteamericano interesaba más como caso exitoso de rebelión an- ticolonial que como modelo de construcción jurídico-institucional. Esta insensibilidad hacia el republicanismo es la causa de que haya quien describe la inconfidencia como «un movimiento de oligarcas que justifican la búsqueda de un sistema oligárquico hablando en nombre del pueblo» (MAXWELL, 2001, 156).
Es probable que, bajo el influjo de la Revolución francesa, las concepciones de los conspiradores de la conjuración carioca de 1794 hayan sido menos restrictivas. El conde de Resende, virrey de Portugal, acusó entonces a los miembros de una sociedad literaria de Río de Janeiro de sostener que «los reyes no son necesarios; que los hombres son libres y pueden reclamar su libertad en cualquier momento; que las leyes por las que se rige la nación francesa son justas; y que este continente debería tomar ejemplo de ese país; que la Sagrada Escritura, tal como da poder a los reyes para castigar a los vasallos, lo da también a los vasallos para castigar a los reyes» (SILVA, 1999, 209). Sin embargo, el repentino entusiasmo de la clase alta colonial hacia los ideales de 1789 disminuiría durante la década
siguiente, al percibir que el espíritu de libertad e igualdad se podría contagiar a la clase baja y a los propios esclavos. Este caso ya se había dado en la parte francesa de la isla de Santo Domingo durante la rebelión que llevó a los esclavos a masacrar a los colonizadores. Cuando un grupo racial y social se hacía potencialmente mayor, la influencia de estas ideas podía implicar el fin del control metropo- litano y de la libertad de comercio para la clase alta, ya que dichos ideales no eran interpretados de igual forma por todos los grupos sociales, como quedó demostrado en la Conjuración de los Sastres, que tuvo lugar en Bahía en 1798 (GRIMBERG, 2002, 53).
II
La llegada de los Braganza a Río de Janeiro en 1808 alteró el debate político de forma modesta, aunque significativa: se introdujo una imprenta, se permitieron actividades manufactureras, se crearon centros de enseñanza superior y, principalmente, se acabó con el monopolio comercial portugués, permitiéndose visitas mercantiles y concediéndose permisos de residencia a los extranjeros. En cuan- to a la censura y a la dificultad de circulación de impresos que no tuvieran carácter oficial, hasta 1822 se publicaron cerca de mil cien documentos de prensa. Es en este período cuando se empezó a difun- dir lentamente en Brasil una noción moderna de libertad que ya no tenía nada que ver con la libertad republicana clásica o constitucional anticuaria ni con el concepto de libertad como privilegio, sino que empezó a concebirse una libertad caracterizada por los derechos y garantías individuales, basados en criterios de igualdad.
Antes que la apología del liberalismo en el sentido político exis- tió apología del liberalismo en el sentido económico, la cual fue de- fendida por el anglófilo bahiano José da Silva Lisboa (1756-1835). El papel que desempeñó el futuro vizconde de Cairu fue crucial para convencer al príncipe regente de que pusiera fin al monopolio comercial metropolitano ejercido hasta entonces y permitiera abrir los puertos de Brasil a otras naciones tal como pretendía Inglate- rra, limitada por el bloqueo continental francés. En el mismo año (1808), Cairu escribió la primera obra publicada en Brasil que trataba precisamente sobre las ventajas de la libertad comercial: las
ra regla para llevar a cabo una política adecuada es que el soberano, en lo que se refiere a la economía del Estado, debe optar antes por un poder puramente tutelar y una influencia benéfica [...] que por una autoridad compulsiva y de dirección inmediata» (MARTINS, 1974, II, 19). Gracias a la difusión de las doctrinas económicas de la Ilustración escocesa, cinco años después de la apertura de los puertos esa superación de las concepciones comerciales mercanti- listas quedó reflejada en la edición del Diccionario Morais. Más allá de la acepción que definía a un sujeto «generoso dando, y [que] se desprende sin avaricia, ni mezquindad», o «quien ejercía trabajos no mecánicos», a partir de entonces también se consideró «liberal» a «aquel o aquello que es libre, franco...». El ejemplo que se daba era, además, de carácter comercial: una «navegación liberal» (MO- RAIS SILVA, 1813). Una vez instaurado el régimen constitucional, el líder de la oposición en la Cámara Nacional de Brasil, el diputado mineiro Bernardo Pereira de Vasconcelos (1795-1850), estableció una relación directa entre liberalismo económico y político: «Favor y opresión significan lo mismo en materia industrial; lo realmente importante es respetar religiosamente la propiedad privada y la libertad del ciudadano brasileño» (SOUSA, 1988a, 73).
Con esta postura liberal, y por consiguiente contraria al des- potismo ilustrado, los vintistas brasileños creían que serían los intereses particulares los que crearían una unión natural entre las diversas provincias, es decir, ellos transmitirían el mensaje de interés público del Estado al ámbito de la sociedad civil:
«La vara del despotismo lo abate todo y desanima al ciudadano, pero todo resurgirá de nuevo bajo los brazos de la libertad. Podre- mos decir y hacer lo que hasta ahora no habíamos podido; cultivaré mi campo, desarrollaré mi industria, y nadie tendrá el derecho a beneficiarse del producto de mi trabajo; pagaré al Estado la protec- ción que de él necesito, y mi propiedad será tan sagrada como mi persona; mientras yo no perturbe la sociedad, ella me defenderá de cualquier inconveniente» (BARBOSA y LEDO, 1822, 77).
En su edición de 1831, al agregar un nuevo sentido —moder- no— a la palabra «liberal», el Diccionario Morais no privilegió precisamente el lado político del concepto; sí lo hizo, sin embargo, con el económico: «[p]rincipios, sistema liberal de los gobiernos que no limitan, no restringen con reglamentos de poca cobertura, impuestos, y medios opresivos a las industrias, al comercio, etc.».
Desde el punto de vista de la difusión de la ideología política liberal, que fue más lenta, la gran referencia durante el período juanino fue el periódico de Hipólito José da Costa (1774-1823) el Correio Brasiliense o Armazém Literário, publicado en Londres desde 1808 hasta 1823. Este periódico estaba destinado al público brasileño y tuvo mucha aceptación en este territorio, contando in- cluso con el apoyo de Juan VI, que lo leía para mantenerse informa- do, obtener consejo e incluso para reprimir a los ministros. En este periódico se publicaron por primera vez artículos que defendían abiertamente la libertad de expresión en la prensa y la necesidad de una reforma monárquica basada en el modelo inglés. Ya en 1809 se afirmaba la idea de que «la libertad individual del ciudadano es el primer bien; y protegerla es el primer deber de cualquier gobier- no». La libertad de expresión, que él denominaba «de escribir y de imprimir», era calificada como «la libertad de hablar o comunicar los pensamientos de los hombres, lo cual es un derecho natural que sólo prohíben los gobiernos, ya que tienen razones para temer que se examinen sus acciones». Sin esa libertad de «hablar y escribir», continuaba diciendo, «la nación no prospera, porque los dones y ventajas de la naturaleza para reparar los errores del gobierno son limitados y porque si alguien descubre el remedio para curar el mal, no le está permitido indicarlo». Durante dos años, Hipólito da Costa criticó por estos motivos a los ministros de don Juan que intentaban impedir «la propagación de ideas liberales». El perio- dista del Correio Braziliense estaba particularmente preocupado por la forma de hacer viable un gobierno liberal en Brasil, cuya historia reciente estaba, desde su punto de vista, exclusivamente marcada por el despotismo del Antiguo Régimen, ya que ni siquiera tenían, como en Portugal, el recuerdo de una constitución estamental que sirviese para combatir los excesos del poder mediante un discurso anticuario: «[l]uego no puede haber duda [de] que el gobierno de Brasil es peor que el de Portugal; más déspota, ya que no cuenta siquiera con una opinión popular contraria que cree alguna activi- dad o teoría» (COSTA, 1977, 313).
A pesar de estos precursores liberales, la divulgación de los nuevos conceptos políticos no se consolidó hasta 1821, cuando llegaron noticias desde Portugal sobre la Revolución de Oporto en las que se exigía el retorno del rey a Lisboa y se convocaba una asamblea constituyente (las Cortes). Con fuerzas, ánimos y cargado del lenguaje del republicanismo clásico y del contractualismo (len-
guaje ya en desuso en la Francia de los doctrinarios), ese primer movimiento liberal del mundo luso-brasileño conocido como vin-
tismo era descendiente directo del liberalismo español de Cádiz y,
por consiguiente, del discurso revolucionario francés de 1789-1791. En Río de Janeiro, la tropa se unió a los revolucionarios de Oporto y juntos forzaron a Juan VI a aceptar de antemano y bajo juramento la futura Constitución. La completa libertad de imprenta ya recono- cida por el rey provocó una auténtica explosión de manifestaciones públicas escritas en este medio, que fueron definidas por el autor anónimo de una de ellas —el Compadre do Rio de Janeiro— como «una guerra literaria, que tiene inundado todo Portugal y Brasil de panfletos y hojas volantes» (Río de Janeiro, 1822, 5).
Esos panfletos utilizaban un lenguaje intolerante, brusco y personalista; eran verdaderos «insultos impresos» (LUSTOSA, 2000). Además, los autores de dichos escritos hacían uso de infinidad de citas célebres: por ejemplo, José Antônio de Miranda, autor de la
Memoria Constitucional e Política sobre o Estado Presente de Por- tugal e do Brasil, nombraba a autores como Fénelon, Filangieri,
D’Alembert, Sidney, Locke, Vattel, Raynal, Duprat, Montesquieu o Rousseau. El liberal era generalmente descrito como aquel que quería tanto «el bien de su patria» como «la libertad», y que «ama al monarca respetándolo cuando es respetable, y criticándolo cuando es tirano e indigno de gobernar, y antes prefiere la muerte a un yugo insoportable». A su vez, el «liberalismo» o la «libertad ideológica» (MIRANDA, 1821, VI) eran «la justicia más pura y más elevada aplicada a nuestras acciones, y, por tanto, fuente de todas nuestras virtudes» (NEVES, 2003, 147). También se atribuía al libe- ralismo la capacidad milagrosa de resolver los males que afectaban a los portugueses de ambos lados del Atlántico, ya que el régimen liberal tenía «la virtud del Arca de Noé: han de habitar bajo su sombra diversos caracteres, y todos en perfecta paz y armonía», de lo cual se concluía naturalmente que «una nación [...] con un gobierno constitucional, activo, vigilante y enérgico, sería sin duda una potencia que mereciese gran respeto y consideración política, y tendría un lugar privilegiado entre las Naciones de primer orden» (ANÓNIMO, 1821, 23).
El uso de la expresión liberalismo fue poco frecuente durante el período del desarrollo del vintismo1. Poniendo como ejemplo lo que
ocurría en Portugal, los liberales utilizaban otros sustantivos, como
mos en los dos lados del Imperio portugués (VERDELHO, 1981). De hecho, en un primer momento incluso parecían haberse intercam- biado, ya que toda persona liberal aceptaba la Constitución, y por consiguiente el gobierno representativo. De ahí que se declarasen con orgullo «muy liberales y muy constitucionales», deseosos de go- zar «de los beneficios de una Constitución liberal» (MIRANDA, 1821, IX). Según el Amigo dos Homens e da Pátria, que escribía en 1821 desde Salvador de Bahía, la Constitución era el medio que permitía