(1810-1850)
1Víctor Hugo ACUÑA ORTEGA
Introducción
Al igual que a los otros países hispanoamericanos, los conceptos políticos de la modernidad llegaron al reino de Guatemala —terri- torio que sería llamado, a partir de 1823, Centroamérica— a finales del siglo XVIII, y conocieron su primera expresión pública articulada en la coyuntura de la crisis de la Monarquía española y del proceso constitucional gaditano. Fue precisamente en los años de las Cortes de Cádiz cuando empezaron a nombrarse y a darse contenidos es- pecíficos a los términos «liberal» y «liberalismo» y sus antónimos, «servil» y «servilismo». En este texto vamos a reconstruir la historia de estos conceptos en el período situado entre el inicio del proceso constitucional español y fines de la década de 1840, momento en que se consolida el dominio de los conservadores y se fundan las primeras repúblicas centroamericanas a partir de los estados de la fallida federación centroamericana. Como es conocido, «liberal» y «servil» designan tanto ideas como agrupaciones políticas o grupos que compitieron entre sí, en nombre de esas ideas, en las luchas por el poder durante el período en cuestión. Dado que dichas ideas se encarnaron en disputas políticas hemos decidido ver su expresión en las principales coyunturas del período: en primer lugar, el proce- so constitucional gaditano, 1810-1814; en segundo lugar, la coyun- tura de la independencia y de la efímera anexión del antiguo reino de Guatemala al Imperio mexicano de Agustín Iturbide, 1820-1823; en tercer lugar, la fase de la asamblea nacional constituyente federal
y del primer intento —que terminó en guerra civil— de poner en marcha el experimento de la República Federal de Centroamérica, 1823-1830; y para terminar, nos detendremos brevemente en lo que significan esos conceptos tras la caída del primer liberalismo en Centroamérica a fines de la década de 1830 y el ascenso del régimen conservador en la década siguiente.
La independencia de Centroamérica
Conviene recordar las peculiaridades del proceso de indepen- dencia del reino de Guatemala, que ejercieron de factores y con- texto en relación con la dinámica de los conceptos políticos y los actores que se sirvieron de ellos. La independencia de Centroamé- rica no fue resultado de una guerra de independencia, ni tampoco ocasión para importantes reivindicaciones o movilizaciones inde- pendentistas. Ciertamente, en los años 1811-1812 hubo rebeliones en El Salvador y Nicaragua y en la primera de ellas de nuevo en 1814. No obstante, a pesar de lo afirmado de forma retrospectiva por los primeros historiadores centroamericanos y por sus herede- ros de los siglos XIX y XX, dichos movimientos fueron ante todo de carácter antifiscal y no se propusieron explícitamente la meta de la independencia. De manera similar, la llamada conspiración de Belén descubierta en Guatemala en 1813, aunque hay autores que defienden que tuvo carácter independentista (PINTO SORIA, 1986), se trata de una cuestión abierta a discusión (ACUÑA ORTEGA, 2000). Evidentemente, distintos grupos de las élites centroamericanas tenían sentimientos de descontento por el impacto de las reformas borbónicas, a los que se añadieron otros desde inicios del siglo XIX
por la depresión en que se sumió la economía del reino por la caída de las exportaciones de añil (WORTMAN, 1991). No obstante, tales descontentos, antes que el sentimiento independentista, estimula- ron el conflicto entre las élites capitalinas y las élites provincianas. Así, sin verdaderas movilizaciones políticas o militares a favor de la independencia, en Centroamérica ésta fue posible sólo cuando en México el proceso se hizo irreversible. De esta manera, se debe ad- mitir que la emancipación del reino de Guatemala fue consecuencia directa de la independencia de México, es decir, del Plan de Iguala y de los Tratados de Córdoba.
La ausencia de un poderoso aliento independentista en esta parte del Imperio español en América se explica por las tensiones en el in- terior de las élites de la capital, sus conflictos con las de las provincias y las disputas de estas últimas en su propio seno. También desempeñó un papel considerable el temor de las élites capitalinas a la presencia mayoritaria de poblaciones indígenas y al peligro potencial que eso entrañaba. Por último, se puede aceptar que la política represiva del capitán general José de Bustamante y Guerra (1811-1818) constituyó un poderoso factor disuasorio. En suma, las élites centroamericanas estaban marcadas en los años previos a la independencia y también en la etapa inmediata posterior por una conciencia de fragilidad o, más bien, de inviabilidad de esa parte del Imperio español para cons- tituirse en nación soberana. Desde su visión de las cosas, el reino de Guatemala era demasiado débil militarmente, pobre y despoblado como para pretender subsistir por su propia cuenta, de modo que debía pertenecer a una entidad política mayor, más sólida y consis- tente. La cuestión de la viabilidad no sólo condicionó la ambición a favor de la emancipación, sino también las perspectivas sobre lo que convenía hacer una vez obtenida la independencia.
En todo caso, la ausencia de guerra fue considerada por los ac- tores de la independencia como una suerte para la América Central: la libertad había llegado en medio de la paz. Ésa era una peculiari- dad de esta parte de la América recién emancipada. No obstante, el conflicto militar no tardó en aparecer, de modo que si el período previo a la independencia fue pacífico, la fase inmediatamente posterior asistió a la guerra como recurso recurrente para hacer política. De esta manera, los primeros partidos centroamericanos surgieron en la paz para luego vivir en una continua guerra. Éste fue el contexto en el cual se enfrentaron las ideas y los partidos se confrontaron. Quizás por eso, para algunos actores, las ideas adqui- rieron un valor más bien relativo, pues sólo fueron la excusa para desgarradoras y mortíferas luchas por el poder.
Historiografía y fuentes del liberalismo de tiempos de la independencia
La presencia y las disputas de los partidos es hecho conocido en la historiografía centroamericana. No obstante, no son muchos
los estudios que se ocupan de las ideas que dichos partidos enarbo- laban. Uno de los primeros en intentar un estudio sistemático del pensamiento político de la independencia fue Jorge Mario García Laguardia (1971, reed. 1994). El principal mérito de su trabajo radica en que resume y comenta los documentos más importantes producidos en Centroamérica con motivo de la convocatoria a Cor- tes, así como las posiciones de los diputados centroamericanos en ese cuerpo legislativo [Instrucciones, 1953 (1811); Apuntes, 1811;
Apuntamientos, 1811]. Para este autor, la primera articulación del
liberalismo y el conservadurismo centroamericanos tiene lugar en esta coyuntura, siendo su principal preocupación, desde una pers- pectiva historiográfica patriótica, mostrar la relevancia y la influen- cia de ese primer pensamiento centroamericano, y especialmente guatemalteco. El estudio, sin duda, más erudito y detallado sobre el pensamiento político centroamericano en el período de la indepen- dencia es el de Mario Rodríguez [1984 (1978)]. El autor reconstruye cuidadosamente el proceso político y las ideas políticas en el perío- do comprendido entre la crisis de la Monarquía española y el inicio de la primera guerra de la República Federal de Centroamérica. La tesis básica de Rodríguez es que el liberalismo centroamericano es deudor del liberalismo de Cádiz en aspectos medulares. Así, el autor insiste en que el modelo gaditano fue seguido incluso para la construcción institucional de la República Federal Centroame- ricana. En la práctica, el proyecto gaditano no llegó a realizarse en gran parte por la depresión económica que Centroamérica vivía y por la continua crisis fiscal. Este liberalismo fue una adaptación de la Ilustración al mundo hispánico, una mezcla de progresismo con tradicionalismo. De esta manera, los llamados serviles centroame- ricanos fueron herederos también del proceso gaditano, y las dife- rencias entre ambas corrientes ideológicas y formaciones políticas son menos radicales de lo que usualmente se ha dicho.
Conviene retener esta preocupación del autor de que tanto liberales como conservadores no pueden ser entendidos sin la herencia de la Ilustración y sin la experiencia gaditana. En fin, entre los estudios cuya preocupación central es la reconstrucción de las ideas en el período de la independencia, se debe mencionar el trabajo de Adolfo Bonilla (1999). La tesis básica de Bonilla es que no tiene sentido la distinción entre conservadores y liberales dada su matriz común ilustrada y dado que algunas formas de or- ganizar el poder y de hacer política eran compartidas por ambas
corrientes. En su lugar propone una tipología, en nuestra opinión un tanto rígida y artificial, de las ideas políticas que circularon en Centroamérica desde tiempos de las reformas borbónicas hasta el final de la Federación. Así, los actores en disputa son identificados como absolutistas ilustrados, republicanos y liberales. La pro- puesta de Bonilla es estimulante y se sitúa en la estela del análisis de Rodríguez, contribuyendo a romper con una visión demasiado simple, que reduce todo a oposiciones irreductibles entre liberales y conservadores, sostenida por propagandistas e historiadores de ambos bandos y sobre todo por los triunfantes liberales de fines del siglo XIX y principios del siglo XX como, por ejemplo, Lorenzo Montúfar (ACUÑA ORTEGA, 2006).
Los historiadores contemporáneos de los acontecimientos, que al mismo tiempo fueron los primeros historiadores modernos insertos en una óptica propiamente nacional centroamericana, ob- viamente se pronunciaron sobre las ideas políticas y sus agentes en el período en estudio. Éstos fueron Manuel Montúfar y Coronado (1791-1844), conservador, y Alejandro Marure (1806-1851), liberal. Conviene aclarar que el primero fue un liberal en la coyuntura de la independencia que pronto se desencantó del liberalismo, mientras que el segundo fue un liberal que también abandonó su ideología tras el ascenso del régimen conservador en Guatemala a fines de los años 1830. El libro de Montúfar y Coronado es el testimonio directo de un hombre derrotado y exilado en México tras el fin de la primera guerra federal de 1826-1829. No obstante, a pesar de su posición partidaria, manifiesta una gran lucidez (MONTÚFAR y CO- RONADO, 1963). Se trata de un hombre escéptico que, en el fondo, se siente decepcionado de las propias ideas y ve en la contienda en la que ha participado una mera lucha por el poder, sangrienta y desnuda de principios, especialmente, como era de esperar, por el lado de los liberales. Sus Memorias, terminadas a fines de 1831, fueron publicadas en México en 1832, mientras que su opúsculo
Recuerdos y anécdotas se imprimió en ese mismo país en 1837.
Este texto es considerado por el autor como un apéndice de sus
Memorias y ofrece también una respuesta polémica al primer tomo
del libro de Alejandro Marure. En el relato de Montúfar prevalece la historia de los hechos militares en los años de la Federación, pero hay también interesantes caracterizaciones de las ideas y las prácticas de los grupos en contienda, así como de lo que podríamos llamar su composición social. La obra de Montúfar y Coronado
confirma la idea de Rodríguez y la visión de Bonilla de que tanto los liberales como los conservadores de los primeros años de vida independiente eran herederos de la Ilustración y deudores de la experiencia gaditana.
El sucesor y antagonista del citado historiador fue Alejandro Marure, quien escribió su obra con el apoyo del gobierno liberal del Estado de Guatemala, encabezado por Mariano Gálvez (MARURE, 1960). El primer tomo de esta obra fue publicado en 1837 y el se- gundo en 1839, cuando agonizaba el primer liberalismo centroame- ricano. Según nos dice el autor, con su libro pretende dar a conocer un país en el cual se está desarrollando un experimento liberal prometedor y brillante, en donde el despotismo ha sido eliminado con gran facilidad. El texto está escrito desde una perspectiva en la que se dividen los bandos políticos entre serviles y liberales, y polemiza continuamente con Montúfar y Coronado. No obstante, se debe reconocer que Marure se esfuerza por ser imparcial. En la medida en que esa lógica binaria liberal-servil es la que articula el relato, Marure nos presenta también las ideas, las prácticas y los orígenes sociales de los partidos. En suma, estos dos historiadores son muy útiles para conocer los conceptos políticos que circulaban en Centroamérica en tiempos de la independencia.
La prensa publicada en la coyuntura de la independencia —1820-1821— ha sido esencial para la elaboración de este ensayo: se trata de periódicos como El Editor Constitucional —después llamado El Genio de la Libertad—, editado por el liberal Pedro Molina, y que circuló entre julio de 1820 y diciembre de 1821, articulando a quienes, en los meses previos a la declaración de independencia del 15 de septiembre de 1821, se decidieron explí- citamente por la emancipación de España y luego por la república y la independencia absoluta del antiguo reino de Guatemala (Es-
critos del Doctor Pedro Molina, 1969). Frente a la aparición de esta
publicación surgió El Amigo de la Patria, editado por el destacado intelectual hondureño José Cecilio del Valle, que circuló desde octubre de 1820 hasta marzo de 1822. Este periódico aglutinó a grupos vinculados al Antiguo Régimen aunque favorables al sistema constitucional restablecido en 1820, y que no eran partidarios de la independencia de España (Escritos del Licenciado José Cecilio del
Valle, 1969). Es en esta prensa donde encontramos las primeras
definiciones explícitas de los conceptos políticos «liberal» y «servil» y en donde se plasman polémicas al respecto 2.
El liberalismo centroamericano en tiempos de las Cortes de Cádiz
Las ideas de la Ilustración se empezaron a difundir en el reino de Guatemala desde la década de 1770 por medio de instituciones como la Universidad de San Carlos de Guatemala, la Sociedad Eco- nómica de Amigos del País (establecida en 1794), y el Consulado de Comercio. También cumplió ese papel La Gazeta de Guatema-
la, semanario que circuló entre 1797 y 1816. Sus preocupaciones
claves eran la libertad de comercio y el estudio de la economía política. También abogaba por una política de asimilación de los indígenas. La economía ocupó un lugar central entre los discípulos centroamericanos del pensamiento ilustrado. Así, se podría afirmar que el primer liberalismo del istmo fue traído por la Ilustración y fue esencialmente un liberalismo económico. La introducción y la recepción del pensamiento ilustrado no provocaron conflictos importantes en el seno de las élites centroamericanas. No obstante, como mostró el proceso gaditano, dicho pensamiento sirvió para articular las primeras demandas de mayor libertad económica y política por parte de dichas élites 3. Con la quiebra de la Monarquía
absoluta hispánica y el proceso constitucional gaditano las élites centroamericanas politizaron su herencia ilustrada.
Como es conocido, los términos «liberal» y «servil» fueron acuñados durante los debates de las Cortes de Cádiz, de modo que en Centroamérica los conceptos que luego serán asociados al liberalismo precedieron al surgimiento de los términos (GARCÍA
LAGUARDIA, 1971, 115, y RODRÍGUEZ, 1984, 98 y 190). Como ya se- ñalamos, fueron las Instrucciones del Ayuntamiento de Guatemala, los Apuntes del grupo minoritario de esa institución, atribuidos a Antonio García Redondo, y los Apuntamientos del Consulado de Guatemala los documentos en los cuales se manifestaron por prime- ra vez, dentro de una coyuntura política fundamental, las ideas de las élites guatemaltecas, es decir, las de la capital del reino. De todos estos documentos, el más importante son las Instrucciones redacta- das por José María Peinado. En ellas se defiende que la Monarquía española debe convertirse en una monarquía constitucional que establezca una legislación basada en el derecho natural, promueva un sistema económico asentado en la libertad, la propiedad y la se- guridad, y difunda las luces y fomente la utilidad general por medio
de la instrucción pública. En términos económicos, la propuesta es clara: supresión de los monopolios estatales, supresión de privile- gios estamentales o corporativos y libre comercio. Evidentemente, estos principios económicos suponen una relación de igualdad de derechos entre la Península y los territorios americanos 4.
En el plano político, el documento copia prácticamente la Cons- titución francesa de 1795 y afirma el principio de que la soberanía reside en la nación y hace una defensa de los derechos fundamen- tales del individuo, con lo cual su espíritu es más bien liberal. Esta declaración se sitúa en la tradición del derecho natural y el contrato social. Sin embargo, lo que se afirma a nivel de los principios no se expresa en el plano de la organización institucional que se propone. En efecto, su propuesta consiste en reducir el poder del monarca sometiéndolo a una Constitución, favorecer una mayor autonomía y libertad económica de las provincias americanas, en este caso de Guatemala, y asegurar la preeminencia de las élites americanas que controlan los ayuntamientos, órgano en el cual reside la soberanía efectivamente. El espíritu de esta Constitución es más bien tradicio- nal oligárquico o aristocrático, en donde la soberanía es compartida por el monarca y los ayuntamientos. Se trata específicamente de los «cabildos de españoles». La representación en las Cortes será proporcional a la población —del mismo modo que en la Penín- sula— y acorde con la aspiración de igualdad entre peninsulares y americanos. Tanto en la forma de organizar la representación como en la integración de los organismos del Estado, las Instrucciones confieren el poder a los ayuntamientos.
El capitán general, José de Bustamante y Guerra, absolutista cerrado, comentó en detalle este documento y escribió: «[l]os ayun- tamientos son siempre los agentes ordinarios de todo; y el centro de donde se deriva la autoridad» (Instrucciones, 1811, 25, n. 29) 5. Más
adelante, en relación con el mismo documento, agregó:
«Ésta es la constitución del Ayuntamiento de Guatemala que de tiempo inmemorial ha estado estancado en las familias de los ameri- canos que la firman. De ella resulta que en sus artículos se deprime la autoridad del Rey, se exalta la de los Ayuntamientos [...], que los Ayuntamientos de América , mayores en número que los de España, eran por consecuencia el centro de las Autoridades que habían de dictar leyes, proveer los empleos, gobernar la Monarquía y adminis- trar las provincias: que a este respecto la Soberanía quedaba real- mente en la América [...] que disponiendo de todas las autoridades,
abriendo sus costas a las naciones del Universo, teniendo relaciones con el extranjero, y siendo libre la imprenta, su independencia era efecto necesario de semejante plan» (Instrucciones, 33, n. 36). Es interesante que Bustamante agregue: «en la Constitución de las Cortes influyeron malignamente las ideas de Guatemala».
Así, se podría afirmar, a partir de este documento, que las élites guatemaltecas se adhieren sin condiciones al liberalismo económi- co, y defienden un liberalismo político teórico o de principio sólo para proponer un formato institucional oligárquico que permita preservar sus privilegios. En la práctica, la soberanía no reside en el pueblo, sino en la nación, y ésta se confunde con sus ayunta- mientos. Como bien percibe Bustamante y Guerra, la propuesta del ayuntamiento de Guatemala es subversiva desde el punto de vista de la relación colonial, pero excluyente desde el punto de vista del