CONCEPTUALES DE «LIBERAL»
EN EL RÍO DE LA PLATA (1780-1850)
1 Fabio WASSERMAN IntroducciónDurante muchos años constituyó un lugar común en la histo- riografía argentina considerar al liberalismo como la ideología que orientó la actuación de los grupos dirigentes en el Río de la Plata revolucionario2. Ahora bien, a la vez que se señalaba el carácter
central que tuvieron estas ideas, también se advertía que las mismas no lograron fructificar hasta pasada la primera mitad del siglo XIX, momento en el que Argentina habría logrado constituirse como un Estado-nación de cuño liberal. Estas consideraciones se enmarca- ban en una interpretación teleológica que caracterizaba la historia decimonónica como una marcha progresiva que, aunque plagada de obstáculos, debía culminar necesariamente con la implantación del liberalismo y la construcción de una ciudadanía nacional.
De ese modo, al hacerse énfasis en el resultado de un proceso histórico que en lo sustancial habría estado predeterminado, la pri- mera mitad del siglo XIX sólo podía valorarse como un interregno en el que se habría producido la transición entre el antiguo orden y la sociedad liberal. Transición que, según el proceso que se estuviera examinando, también podía ser entre la colonia y el Estado nacio- nal, entre la sociedad estamental y la sociedad burguesa o de clases, entre la figura del súbdito y la del ciudadano, o entre una economía precapitalista y una capitalista. Este enfoque ha recibido numerosas
críticas en los últimos años en el marco de una historiografía en proceso de renovación que, más allá de la diversidad de temáticas, enfoques y metodologías que la caracteriza, plantea la necesidad de dilucidar la especificidad de los fenómenos, estructuras y procesos del período procurando evitar los anacronismos inherentes a las interpretaciones teleológicas3. Entre estas aproximaciones hay al
menos dos que sentaron nuevas bases para reconsiderar lo sosteni- do por los estudios tradicionales sobre el liberalismo decimonóni- co: por un lado, aquellas que se centran en las relaciones entre la estructura social y los actores, las prácticas y las instituciones; por el otro, las que aspiran a enriquecer la tradicional historia de las ideas o que directamente proponen suplantarla por una historia de los conceptos, del discurso o de los lenguajes políticos.
En verdad esta última perspectiva engloba una diversidad de en- foques según se desprende de la misma enumeración. Sin embargo, todos ellos comparten una crítica fundamental hacia la tradicional historia de las ideas o del pensamiento político, la cual partía de una definición apriorística de «liberal», ya fuera de carácter normativo o como categoría de análisis. Cuestión ésta que no sólo afecta a la historiografía rioplatense, sino que también constituye uno de los ejes del debate historiográfico actual en torno al liberalismo hispá- nico (BREÑA, 2006 y 2007).
Sin duda, como ha sido planteado en ese y otros debates, resulta imposible abordar cualquier material histórico sin alguna estructura de significación preconcebida, comenzando por nuestro propio lenguaje. Pero sí se puede intentar una aproximación más atenta a las propias concepciones y percepciones de los actores históricos sin tener por qué forzarlos a encajar en una suerte de tipo ideal. Es por eso que este trabajo no apunta a examinar el liberalismo rioplatense como una fuerza o corriente caracterizada por una serie de rasgos definidos de antemano, sino que aspira a dar cuenta de qué era o qué podía significar liberal para quienes protagonizaron la experiencia política revolucionaria y posrevolucionaria a fin de poder dilucidar su sentido.
El trabajo consta de dos partes bien diferenciadas. La primera se propone ofrecer un panorama de la historiografía sobre el liberalismo argentino recurriendo por razones de brevedad a unos pocos ejem- plos que considero significativos o representativos. La segunda, que constituye el núcleo del texto, apunta a dilucidar cómo el concepto de «liberal» informó el discurso de las élites dirigentes considerando
tanto su dimensión referencial como la representativa, es decir, como indicador de estados de cosas, como modelador de las mismas o pre- figuración de otras inexistentes. Se trata, por tanto, de un abordaje histórico-conceptual de carácter pragmático en el que se indaga la evolución de los usos y significados de liberal teniendo presente su vinculación con las diversas coyunturas políticas y con las transfor- maciones conceptuales y discursivas producidas en esos años4.
Cabe advertir, finalmente, que, aunque el centro del estudio es la experiencia política posrevolucionaria, el arco temporal es un poco más amplio a fin de poder apreciar mejor las mutaciones del concepto y su interacción con los cambios ocurridos en la vida pública rioplatense. El examen se inicia, por tanto, en el período de las reformas borbónicas, consideradas por muchos autores como un primer momento en el desarrollo de ideas liberales en la región, las cuales, entre otras cuestiones, dieron lugar a la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. Asimismo, concluye a principios de la década de 1850 cuando comenzaban a coagular nuevos usos y significados que dotaron a «liberal» de mayor densi- dad conceptual, destacándose en ese sentido la progresiva difusión del neologismo «liberalismo» entendido como un indicador de movimiento temporal y como una fuerza o un sujeto histórico. Mi hipótesis es que fue justo entonces cuando «liberal» se constituyó en un «concepto histórico fundamental», entendiendo como tal a aquel que «en combinación con varias docenas de otros conceptos de similar importancia, dirige e informa por entero el contenido político y social de una lengua» (KOSELLECK, 2004, 35).
La tradición liberal y su historiografía
Constituye una tradición arraigada en la historiografía argentina asociar el siglo XIX con el advenimiento del liberalismo, cobijando bajo ese nombre cuestiones tan diversas como pueden serlo un partido, una corriente política, una ideología, el espíritu de una época, una mentalidad, una serie de valores y principios, institu- ciones y, en ocasiones incluso, un sujeto histórico. Más allá de su relativa imprecisión, estas caracterizaciones comparten el hecho de estar insertas en una concepción dicotómica del pasado teñida de juicios morales según la cual el liberalismo, a veces bajo otros
nombres como ilustración o reformismo, expresaba ideas surgidas en el siglo XVIII de carácter progresista que se basaban en la libertad y el individuo, en oposición a otras ideas holistas de tinte conser- vador o reaccionario que expresaban el autoritarismo, la tradición o el inmovilismo. Buena parte de estos trabajos también asocian al liberalismo con sujetos históricos afincados en las urbes como la burguesía y los sectores letrados.
Ahora bien, el problema es que a la vez que se postulaba el predominio de estas ideas, también se lamentaba el fracaso en su im- plantación dada la falta de condiciones para su desarrollo, tal como, por ejemplo, planteaba el sociólogo positivista José Ingenieros en su clásico La evolución de las ideas argentinas publicado en 1918 (IN- GENIEROS, 1961). Aunque, asumiendo otra carga valorativa, quienes impugnaban el liberalismo también sostenían que se trataba de ideas exógenas que no se correspondían con las tradiciones y modos de vida locales, cuando no criticaban a las élites liberales por hacer un uso cínico de esos principios que, al no ser puestos verdaderamente en práctica, sólo servían para enmascarar su autoritarismo5. Con lo cual parece pertinente interrogarse por el sentido que la historiografía atribuía a ese supuesto predominio de las ideas liberales o del libe- ralismo y cómo es en la actualidad considerada dicha cuestión. Para responder a ello trazaré un breve panorama de las interpretaciones desarrolladas desde fines del siglo XIX hasta el presente. Cabe advertir que se trata de un examen sesgado y esquemático de los principales enfoques y, por lo tanto, seguramente simplificador e injusto con los autores que cito a modo de ejemplo.
Este recorrido puede iniciarse en un trabajo de síntesis sobre el pensamiento político del período inserto en la Nueva Historia de la
Nación Argentina que editó la Academia Nacional de Historia, pues
si bien fue publicado en forma reciente, su autor sigue siendo tributa- rio de una historia de las ideas tradicional (PÉREZ GUILHOU, 2000). Su hipótesis es que una vez puesta en marcha la revolución, ésta se plegó «a las ideas liberales, democráticas e independentistas»; destacando además que, a la hora de concebir la organización política, y salvo bajo la dictadura de Rosas, prevalecieron los principios jurídicos- políticos del liberalismo, como los derechos naturales, la división de poderes y la necesidad de sancionar una constitución escrita ( 16-17). Estas líneas resultan de interés porque evidencian una cuestión decisiva en las discusiones sobre el liberalismo decimonónico: estar asociadas a la comprensión y valoración de algunos fenómenos en
los que se suele cifrar lo liberal, como la Revolución de Mayo y las reformas rivadavianas, al igual que en otros fenómenos, como el régimen rosista, se cifra lo reaccionario o conservador6. De ahí que el análisis y las discusiones sobre el liberalismo estuvieran —y aún estén— teñidas por la caracterización de estos fenómenos y, a la vez, por los conflictos políticos e ideológicos que atravesaron el siglo XX, protagonizados en buena medida por quienes gustaban proclamarse herederos de esos principios y los impugnaban.
Aunque recogiendo elementos desarrollados durante la primera mitad del siglo XIX, las líneas maestras de esta visión terminaron de cobrar forma décadas más tarde, particularmente en la obra histo- riográfica de Bartolomé Mitre, que atribuía a la Argentina un origen y un destino como nación liberal y republicana (BOTANA, 1991; WASSERMAN, 2008a). Esta interpretación que, con matices, fue hecha suya por buena parte de las élites tuvo una notable incidencia en la percepción que la sociedad argentina tuvo de su pasado durante el siglo XX, la cual se fue enriqueciendo y complejizando al calor de las transformaciones sociopolíticas e intelectuales.
Un ejemplo significativo en ese sentido es la obra de José L. Romero, quien promovió una renovación de la historiografía ar- gentina durante la segunda mitad del siglo XX y, a la vez, logró una resonancia en públicos más amplios que el académico. En varios textos, comenzando por su clásico Las ideas políticas en Argentina, Romero procuró distinguir dos tradiciones o espíritus históricos: el «autoritario», forjado en el período de los Austrias y el «liberal», que comenzó a desarrollarse en la época del reformismo borbónico y bajo cuyo influjo se desarrolló una conciencia revolucionaria en las élites criollas. La historia del siglo XIX habría sido para Romero el espacio en el que se libró una contienda entre ambos espíritus, advirtiendo todo el tiempo las limitaciones que el legado de los Aus- trias imponía al liberal (ROMERO, 1999). Esta interpretación anima con ligeras variantes sus estudios dedicados al pasado argentino. En uno de ellos, por ejemplo, se refiere a las «ideologías inmovili- zadoras» de sesgo autoritario que se expresaron en forma de una restauración durante el rosismo y las contrapone a las «ideologías del cambio» que informaron el liberalismo y el romanticismo so- cial. A su vez señala diversos momentos y vertientes de la ideología liberal. Si en un principio ésta tuvo una procedencia hispánica y se caracterizó por propiciar un «progresismo económico» amalgamado con un «vago humanitarismo», en poco tiempo comenzó a abrevar
en fuentes anglofrancesas y se radicalizó al sumar aspiraciones ligadas al orden sociopolítico y al asumir un carácter anticlerical (ROMERO, 1980, 126). Esta última versión habría prosperado tras la independencia, pero se vio contenida por la restauración encarnada en Rosas. Sin embargo, advierte con perspicacia, aunque haciendo un razonamiento teleológico, que «la ideología liberal estaba desti- nada a triunfar», no porque fuera mejor en abstracto, sino porque posibilitaba dos cuestiones sobre las que había un extendido con- senso: el ascenso socioeconómico y la inserción económica en el mercado mundial (127). Este triunfo comenzaría a expresarse con el romanticismo social de la Generación de 1837 y terminaría de pro- ducirse con la denominada Generación del 80, bajo cuya dirección se asentaron las bases de la Argentina moderna y liberal.
A grandes rasgos ésta fue la visión que dominó a lo largo del siglo XX entre los intelectuales que se reconocían progresistas. Fue a partir de la década 1930, y al calor de una crisis política y socioeconómica a nivel mundial y local, cuando esta interpretación comenzó a recibir una fuerte impugnación por parte de autores que se encuadraban en lo que se dio en llamar revisionismo histórico (QUATTROCCHI-WOISSON, 1995). Cabe advertir que se trata de una corriente heterogénea y ciertamente plástica en la que terminaron confluyendo autores católicos, populistas y marxistas, primero en el marco de los enfrentamientos ocurridos a mediados de siglo entre el peronismo y el antiperonismo, y luego al calor del proceso de radicalización política iniciado durante la década de 19607. Pese
a todo pueden distinguirse algunos elementos en común, como su sentido militante, el culto por lo «nacional» y la férrea crítica al li- beralismo considerado expresión de lo «antinacional». En términos historiográficos, esto se tradujo en el repudio a lo que consideraban la «historia oficial» heredera del liberalismo mitrista que ocultaba a los argentinos su verdadero pasado. De ese modo afianzaron el enfoque dicotómico prevaleciente en la historiografía pero invirtien- do las valoraciones de determinadas figuras y hechos, tal como se advierte fácilmente desde el propio título en un estudio publicado en 1957 por Atilio García Mellid: Proceso al liberalismo argentino. Para dicho autor, el liberalismo carecía de toda legitimidad, pues era un sistema de ideas abstractas y ajenas a un ser nacional de raigambre hispano-católica. Asimismo señala que sus impulsores, cuyo arquetipo había sido Rivadavia, constituían una oligarquía afincada en Buenos Aires e integrada por doctores y mercaderes que
se caracterizó por traicionar a la nación y por oponerse al pueblo, cuyos genuinos representantes eran los caudillos (GARCÍA MELLID, 1974).
Sin desconocer la centralidad que tuvieron en el siglo XIX los enfrentamientos estilizados en esas visiones dicotómicas8, éstas han sido en los últimos años objeto de importantes cuestionamientos que procuran atenuar o directamente descartar algunas de sus ideas rectoras. En general se apunta a mostrar una mayor complejidad en los procesos políticos, quedando así desdibujadas esas supuestas líneas nítidas que demarcan el liberalismo del conservadurismo o tradicionalismo concebidos como bloques homogéneos y transhis- tóricos. Estas reinterpretaciones se han producido a su vez en el marco de diversos debates tanto a nivel teórico como historiográfi- co, posibles entre otras razones por una mayor profesionalización del campo académico argentino tras la reapertura democrática iniciada en 1983. Sin duda se pueden encontrar antecedentes de visiones más ricas y complejas como la ya citada de José L. Romero, pero en general lo que se hacía era flexibilizar el esquema señalando matices, excepciones, anomalías o alguna otra figura que hiciera admisible cierta singularidad. Un ejemplo típico en ese sentido es el de considerar que el liberalismo de los revolucionarios de 1810 se distinguió por su amalgama con el catolicismo, razón por la cual un autor lo calificaba como «liberalismo vertical» al estar ligado a una dimensión trascendente de la vida humana (FLORIA, 1963, 61). Dicho autor advertía también que el liberalismo no se constituyó en el siglo XIX como un cuerpo de doctrina acabado, ya que en el mismo se cruzaban diversas corrientes, por lo que «la precisión con- ceptual del liberalismo parece imposible», señalando unas páginas después que al tener perfiles tan amplios y vagos, podría caber en él todo lo acontecido en dicho siglo (FLORIA, 1963, 44 y 46). Sin embargo, en ningún momento se planteó la posibilidad de descar- tar el liberalismo como categoría de análisis a la hora de indagar el pensamiento político del período.
Los nuevos enfoques sobre el liberalismo y sobre la política decimonónica en general se inscriben en un campo amplio de in- dagaciones que procuran recuperar la complejidad y la dinámica de un período considerado como una suerte de «laboratorio político» caracterizado por una constante experimentación9. Como ya anti-
cipé en la introducción, dentro del mismo pueden distinguirse dos grandes direcciones que no sólo no son homogéneas en su interior,
sino que además se entrecruzan constantemente: la que integran los estudios que se abocan al examen de la estructura sociopolítica y su relación con los actores, las prácticas y las instituciones, y la que hace foco en las dimensiones ideológicas y discursivas.
La reconsideración del liberalismo atendiendo a las particula- ridades de la estructura social, las prácticas, las instituciones y los actores tiene diversas fuentes de inspiración, destacándose por su gran influencia la obra de Francois-Xavier Guerra (GUERRA, 1992) que ha inspirado estudios importantes como el de Pilar González Bernaldo sobre las relaciones entre sociabilidad y política en Bue- nos Aires (GONZÁLEZ BERNALDO, 2001). Como ha sido señalado en más de una ocasión, el problema de su enfoque es que al contrapo- ner Modernidad (muchas veces escrita con mayúscula) a tradición, sigue igualmente preso de una visión dicotómica y por momentos teleológica, aunque la riqueza y la maestría de su análisis tiende a disolver dicho esquema que, por cierto, en trabajos posteriores es utilizado en forma más matizada (GUERRA, LEMPÉRIÈRE et al., 1998).
Su influencia se percibe, por ejemplo, en Antiguo Régimen y libe-
ralismo, un muy sugerente estudio de Gabriela Tío Vallejo sobre la
vida política en Tucumán entre 1770 y 1830 (TÍO VALLEJO, 2001). En este trabajo, en el que se señala explícitamente la identificación entre cultura política moderna y cultura política liberal, puede advertirse el carácter intercambiable de «liberal» y «modernidad» como categorías y las limitaciones inherentes al esquema de Gue- rra, pero también la provechosa utilización de otros abordajes para desarrollar un estudio empírico de envergadura. En sus primeras páginas, la autora destaca el carácter singular que tuvieron los «liberalismos» latinoamericanos, pues las ideas liberales, a las que identifica con una organización política de la sociedad basada en el iusnaturalismo y en el pacto social como fundamento de toda for- ma de gobierno, debieron mixturarse con otras tradiciones dando lugar a instituciones singulares (15, entrecomillado en el original). Así, tras haber examinado las prácticas electorales y las milicias concluye que «[l]a transformación de la vecindad en ciudadanía, el paso del privilegio al derecho se hará por la vía de la ampliación de la vecindad». El liberalismo no se identifica así con «la bur- guesía», sino que es un liberalismo «notabiliar» (274). Asimismo sostiene con relación a la muy diferente aplicación de la legislación según la condición de los sujetos, que «[l]os principios liberales aparecían enunciados pero limitados en la práctica. El gobierno
de los notables y su preeminencia social quedaban resguardados» (324). De ese modo, quienes siguen recurriendo al liberalismo —o a la Modernidad— como categoría de análisis para examinar la cultura política del período y sus relaciones con la estructura social deben realizar constantes reajustes producto del desfase entre esos principios y la sociedad en la que buscaba implantarse. Pero esto no los lleva a cuestionar la supuesta claridad y consistencia de esos principios, valores o ideales liberales. Quizás sea por eso que otros