Fui haciéndome más libre en mis relaciones. Fui cambiando mi timidez, mi cara afable con todo el mundo, mi cara de “aquí-no- pasa-nada”, por otra más circunstancial y adaptada a cada caso. Si era preciso adoptar un semblante serio, se hacía. Esa es una de las cosas que aprendí en psicoterapia. Si era preciso enfadarse de vez en cuando, o lanzar un grito, se hacía. Antes lo tenía prohibido, porque era lo que había aprendido desde pequeña; pero después aprendí a usarlo cuando era preciso. Y no solo empezó a ocurrirme con la familia sino también en el trabajo, con los conocidos, los ami- gos, etc. Aprendí a escucharme, a saber lo que quería y a defender- lo delante de quien fuera. Empecé a aprender a decir las cosas asertivamente, no explosivamente. En alguna ocasión tuve que decir qué pensaba sobre algo concreto a alguien, por qué estaba en desacuerdo con él y que intentara cambiar su actitud y sus actua- ciones consecuentes porque me estaba haciendo daño. Afortuna- damente obtuve una respuesta positiva en aquella ocasión lo cual me reforzó a seguir haciéndolo en posteriores ocasiones. También aprendí que no siempre se puede decir lo que se piensa, sino que lo
que debe hacerse es evaluar las consecuencias, y buscar el momen- to de decirlo y a veces acabar diciéndolo o en otras ocasiones, no decirlo. Pero siempre siguiendo tu propio criterio. Ahí está la raíz y guía de lo que haces. La seguridad de lo que haces, radica en tu propio criterio y había aprendido a defenderlo. Primeramente a localizarlo, y en segundo lugar a defenderlo. Aprendí a no reprimir lo que pensaba, a no ocultarlo, sino a sacar mi malestar de la forma más asertiva posible. De ahí que la asertividad sea una de las tareas principales que es preciso aprender a manejar. Parte del convenci- miento de que todos tenemos derecho a defender lo nuestro y que hay que expresarlo, de la forma más delicada y adecuada posible, pero hay que expresarlo. El otro no puede interpretarnos, tenemos que darle elementos para contrastar, no podemos pretender que nos lea el pensamiento, que nos interprete exactamente como que- remos. Esa es la trampa de las relaciones, que se dan cosas por supuestas cuando no hay que darlas.
DE MI MARIDO
Uno de los temas tabúes en mi vida y en las primeras fases era mi marido. Fue un tema que no salió sino bien avanzada la psico- terapia, como algo que ya explosionaba por sí solo.
Me casé muy jovencita con el joven apuesto, cariñoso y afable que recuerdo que era y que conocí en una fiesta del club marítimo cuando todavía no había acabado la carrera. Me lo presentó mi hermano. Inmediatamente nos gustamos y estuvimos toda la noche charlando, bailando y paseando por la playa. Esa misma noche ya me dijo que nunca había conocido a nadie como yo, que se había enamorado de mí y ya no nos separamos hasta el día de la boda. Yo, tan necesitada de afecto e intimidad, caí rendida a sus pies. Era dulce y tierno, muy seguro de sí mismo. Yo le profesaba veneración. Era mayor que yo, me pasaba cinco años, era muy simpático, y también abogado. Me ayudó mucho cuando mi padre murió y también después para conseguir acabar la carrera. Estuvi- mos poco tiempo de novios, y viajamos cuanto pudimos. Decidi- mos casarnos muy pronto. La boda fue también en el club maríti- mo como quisimos los dos. Él trabajaba ya y yo empezaba a buscar
trabajo. Al principio nos fuimos unos meses a un pequeño piso en alquiler hasta que nació nuestro primer hijo. Luego, con la ayuda de las familias, ya compramos la casa de la playa: nuestro sueño dorado ya que los dos adorábamos el mar. Los años posteriores fueron aparentemente de cuento de hadas, en lo que concernía a la relación. Al menos, los viví así. Yo estaba enferma, muy enferma, pero lo atribuíamos a lo que había pasado fuera de nosotros: al final de la carrera, la muerte de mi padre, a las dificultades para empezar a trabajar, a la enfermedad de mi hermano.
Tuvimos dos niños muy seguidos: un chico y una niña precio- sa. El primero fue bien, pero con la segunda, el postparto fue críti- co. Tuve una fuerte crisis y así, a pesar de que los dos queríamos muchos niños, decidimos no tener más hijos.
Este tema de mi pareja se reveló en las sesiones de psicoterapia como elemento clave en mi vida. Durante muchos años y a pesar de mis brotes, con él todo marchaba perfectamente (o al menos yo así lo veía), creíamos que el tema nada tenía que ver con él, que era todo por mi padre, mi trabajo, mi ausencia de amigos, mi carácter, mi malestar, mi debilidad, etc. Era un tema del que no se hablaba porque supuestamente iba bien. En una de las terapias de grupo que seguí, llegué a decir que yo no tenía nada que decir en el grupo porque allí todos tenían problemas de pareja y el mío era laboral y familiar, que “la pareja la tenía muy bien engrasada”. Pero este tema de pronto empezó a surgir con fuerza inusitada y fue motivo de muchas sesiones durante un tiempo prolongado. Además era un tema que generaba mucha angustia. Era incapaz de verlo al descu- bierto y era algo de lo que me costaba hablar hasta que se planteó abiertamente. Me generaba mucho conflicto y mucho reajuste y así tuve que abordarlo.
En los primeros años, con el enamoramiento, todo iba bien. Éramos funcionales. Además yo establecía relaciones de diferente manera que ahora y eso era funcional. De hecho, lo adoraba, esta- ba obnubilada con él, lo admiraba. Él desde su narcisismo, se veía recompensado y me daba escasas muestras de afecto, pero que para mi eran suficientes. Cada uno tenía lo que necesitaba: yo, afecto; él, admiración. Cuando lo conocí durante la carrera, me parecía todo un hombre. Lo secundaba en todo lo que hacía, acce- día a hacer lo que él dijera. Recuerdo cómo solía decir que él era “una luz en mi vida”, alguien que me alumbraba el camino, alguien a quien quería seguir. Admiraba su osadía, su seguridad, su reso- lución, su tranquilidad, su afabilidad. Hoy estas virtudes me pare- cen algo bien diferente y además él había cambiado y entre los dos, había mucha frustración por medio. Así es que donde antaño veía seguridad, hoy veo temeridad; donde veía aplomo, hoy veo arro- gancia; donde veía tranquilidad, hoy veo dejadez y apatía. Por entonces yo miraba de un modo distinto al que miro hoy. Por ello dejamos de ser funcionales. La psicoterapia te permite cambiar tu forma de relacionarte y así establecer relaciones más sanas, menos perjudiciales para uno mismo.
Él, con un fuerte carácter y muy seguro de sí mismo muy ade- cuado para su trabajo, era abogado en un pequeño despacho labo- ralista de la ciudad, pero siempre había querido trabajar en finan- zas. Así que cuando al fin conseguí entrar en uno de los despachos más prestigiosos de la ciudad que trataba temas financieros, él debió vivirlo comparativamente como un fracaso personal pero aparentemente lo disimulaba. La envidia le debía corroer aunque no se permitía reconocerlo, porque a su entender, nunca había pro- blemas en ninguna parte. Esto junto a la muerte de su madre, la crisis de los cuarenta, un pequeño accidente de coche que le remo-
vió y le delató la brevedad de la vida así como un pequeño amago de infarto, y la llegada y crecimiento de los niños más mi enferme- dad y el desgaste que pudiera producir, habían provocado que su carácter alegre y resuelto de otras épocas, fuera después agrio y adusto. Todos estos problemas además no solía hablarlos ni comentarlos con nadie. Él aparentaba que no le afectaban, de hecho negaba cualquier insinuación de que él tuviera problema alguno. Nunca reconocía su dolor, su preocupación, su malestar. Recuerdo que nunca le oí decir la palabra miedo, ni temor, ni duda. Tenía una imagen omnipotente de sí mismo. No podía per- mitirse la fragilidad. No verbalizaba nada de ello y así nada podía servir de puente entre los dos. La incomunicación era así total.
Él siempre quiso tener cinco hijos, como en su familia, pero yo no pude tener más que dos porque en el segundo postparto mi enfermedad se agravó todavía más. Los médicos recomendaron no más embarazos. Esto le frustró todavía más, y todo ello sin pro- cesarlo, sin sacarlo fuera. Ya no era el compañero paciente y dis- puesto de antaño, ya no me calmaba cada vez que yo estallaba, ya no me sentía comprendida sino en plena guerra contra alguien. Aquello ya no era un remanso de paz, sino un campo de batalla.
El caso es que de la noche a la mañana todo cambió sin darnos cuenta.
Tras una fase en la que me atribuía toda la responsabilidad, empecé a verle también como implicado en la dinámica. Ya no lo veía deificado, ni digno de admiración, sino con sus defectos y sus virtudes; y él a mí me despreciaba, despreciaba en mí lo que él no llegó a ser: un abogado de finanzas; despreciaba el que no hubiera podido tener más hijos, me hacía responsable de su frustración inconscientemente; empezó a odiar su trabajo donde no era “famo-
so” sino que solo le proporcionaba un buen sueldo, empezó a verlo como una carga ya que no era lo que había soñado y que ya no tenía sentido si no había de mantener a una familia numerosa, etc. Todo eso es lo que no pudo soportar. Yo representaba para él sus frustra- ciones: carrera, hijos, trabajo, etc. Creo por ello que es cierto, que generalmente rechazamos y odiamos en los demás lo que odiamos y rechazamos en nosotros mismos. Por eso nos mueve tanto.
Con el tiempo he comprendido a diferenciar mi propio proble- ma del ajeno, a atribuir al otro lo del otro y a mí lo propio. Ni todo le corresponde al otro, ni todo a mí. Por ello he concluido que él también tenía una falsa imagen de sí mismo, creía que era una persona fácil, flexible y adaptable cuando no tenía nada que ver con esa imagen. Era una persona difícil, autoritaria e inflexible, con un alto concepto de sí mismo, debido a una baja autoestima que no quería reconocer. En el colegio era un niño mal adaptado, muy insociable y aprendió a sobreestimarse para compensar aque- llas faltas. Con su padre tampoco era buena la relación. Él lo ado- raba y su padre lo minimizaba. Aprendió así a magnificarse.
Por otra parte, además yo ya no lo admiraba incondicional- mente, sino que lo miraba con más realismo y lo criticaba; ya no aceptaba eso de que yo era la única que tenía problemas. Bien es verdad que parte era responsabilidad mía pero me revelé contra ello: al menos contra ser la única responsable. Hasta entonces yo reconocía que la que tenía problemas era yo misma, que por eso estaba enferma. Y a él, eso le era de mucha utilidad para continuar con su imagen supervalorada. Podía tener a alguien depositario del problema y el conflicto para salir bien librado. Para seguir sal- vaguardando su imagen de persona buena, perfecta, inteligente, exitosa y tranquila. La que se inquietaba era yo y además, lo reco-
nocía, lo asumía como responsabilidad. Pero ya no aceptaba que era la única con problemas. Se me cayó el mito y ya lo veía con otros ojos más críticos. Eso le devolvía a él una imagen distinta e incómo- da, una imagen que rechazaba y que no le gustaba en absoluto. Por eso al final nos hacíamos más daño que nos ayudábamos. No evo- lucionamos de la misma manera. Ya no éramos funcionales.
Como en muchas parejas, además las tareas de la casa y los niños recaían en mí mayoritariamente y yo, que trabajaba fuera de casa, exigía un reparto equitativo de las mismas. A pesar de que contába- mos con ayuda externa puesto que teníamos una interna, siempre había que organizar la casa, las compras, los viajes, los pediatras, los dentistas, los bancos, las traídas y llevadas de los niños, etc. Él no estaba dispuesto a colaborar: un narciso no puede dedicarse a per- der su tiempo en actividades nada deslumbrantes. Una vez más me hacía verlo todo como si fuera cuestión de mis manías y enfermeda- des. Por mi parte, mi obsesión de partida por el orden y el control se exacerbaba y se hacía asfixiante para él. Sentía que llevaba las rien- das de aquella relación, de aquella casa, y necesitaba compartir res- ponsabilidades que él no asumía nunca. Sin embargo, también es cierto que yo no sabía cómo negociar el compartirlas. A pesar de que quería un reparto equitativo, yo me atribuía el control y dirección de toda la casa y él así lo prefería. La realidad es que lo que en otra épo- ca había funcionado, ahora ya no funcionaba. Ya no. Así hicimos un cóctel perfecto para que estallara la pareja.
Durante un breve periodo, se perfiló una vía de salida. Y era la búsqueda de otros espacios donde cada uno podía ser alguien. Espacios de desahogo y relación particular. Para mí la necesidad de comunicación era imprescindible, para él la necesidad de ocio y tiempo libre compartido, la diversión. Así que cedí en parte hacer
más cosas conjuntamente, actividades de ocio, y él intentaba comu- nicarse o algo parecido, aunque no podía por propia limitación, es algo que no se empieza a hacer de repente aunque se quiera. De hecho, él experimento fracasó y yo me encontré haciendo cosas que no deseaba ni me gustaban puesto que teníamos que hacer aquello que él proponía; por otra parte, como siempre se había hecho.
En cuanto a mi necesidad de comunicación, en mi caso como no encontraba la satisfacción en casa, la busqué en otros espacios. Buscaba en mis relaciones con amigos y amigas y nuevos conoci- dos lo que no encontraba en mi casa. Asistía a cursos sobre relacio- nes personales, autodesarrollo, etc. lo que me preocupaba en aquel momento, caminos que había ido descubriendo a través de la psi- coterapia y que él no podía entender. En muchas ocasiones tuve alguna oportunidad amorosa, pero la desechaba porque mi valor de la familia prevalecía sobre todo lo demás. Yo apostaba por la familia y la estabilidad pero no hacía sino luchar contracorriente. Él ya no apostaba por eso.
Paulatinamente, su fuerte crisis y amargura fue articulando su salida extralaboralmente, a través del deporte. Empezó a correr y correr. Se iba por la mañana muy pronto y recorría varios kilóme- tros. Poco a poco fue también saliendo por la tarde también. Co menzó a apuntarse a maratones, iba a otras ciudades a correr, llegó incluso a ir a Nueva York a la maratón. De ahí pasó a inscri- birse a una asociación de amigos del deporte y ahí empezó a desa- rrollar una actividad frenética. Se sentía nuevamente reconocido, adorado, alabado. Organizaba carreras, participaba, salía de cena con otros deportistas, etc. hizo un mundo aparte. Al final acabó dejando su trabajo en el despacho, que nunca le había gustado por su frustración profesional, y se buscó un nuevo puesto con una
nueva gente y unos nuevos acólitos. Hoy veo todo aquello como una huida hacia delante para no buscar en sí mismo la causa de su malestar. Buscaba tapar su frustración con exceso de actividad exterior. El foro externo, el deporte, le devolvían el éxito que no había podido conseguir en su mundo privado, laboral y familiar, y anterior.
Una de las cosas que más estrés me producía eran las discusio- nes con él. Era una persona muy polémica, siempre lo había sido y eso le reportaba un buen puesto en su despacho aunque para él era insuficiente, pero yo siempre había obviado las discusiones. Senci- llamente no me planteaba hacer otra cosa que no fuera lo que él proponía.
La realidad es que poco a poco fuimos evolucionando hacia caminos distintos. De hecho, éramos muy distintos y no coincidía- mos en apenas nada. Discutíamos casi a diario pero los problemas no se solucionaban nunca. Tuvimos que atravesar una etapa de mucha discusión pendiente y acumulada para que aquello estalla- ra y hubiera que buscar vías alternativas. Durante una temporada, desde nuestros respectivos trabajos mantuvimos una larga corres- pondencia sobre nuestros problemas cotidianos. Hoy es la memo- ria que tengo de aquella época porque tiendo a olvidar las cosas desagradables. En vivo y en directo, a mí me resultaba insostenible la situación, éramos incapaces de discutir serenamente, salía mucho resquemor, mucho rencor, y nos enzarzábamos en discu- siones sin fin, y sin orden que no hacían sino crear más malestar. Además los problemas no se zanjaban sino que se iban abriendo nuevas brechas de conflicto. El e-mail nos devolvió la calma durante algún tiempo: al menos ahí podíamos escribir de manera clara y ordenada y pausada qué nos pasaba a cada uno, nos comu-
nicábamos y algunos problemas se iban solucionando con com- promisos por parte de cada uno para que aquello funcionase. Al menos podíamos decirnos qué pensábamos, escucharnos, razonar, exponer de forma clara qué pasaba. En resumidas cuentas, comu- nicarnos. Este fue una gran ayuda durante un tiempo, pero luego se reveló también como limitado. Cualquier cosa se hubiera reve- lado como limitada. En una de las etapas más críticas conseguimos aclararnos de que queríamos seguir con la relación para adelante, concluimos que nos faltaba ponernos de acuerdo en qué cosas habrían de cambiar pero que queríamos seguir juntos. Ahí empe- zamos a colocarnos de igual a igual. Sin embargo, el tiempo reveló que podíamos llegar a pactos que ninguno de los dos cumplía. Tal era nuestro desencuentro. Y es que alguien dijo que es más impor- tante lo que hace una persona que lo que dice. Esto es que decía- mos cosas que luego no hacíamos. Era irreconciliable y suponía demasiado esfuerzo: “no merecía la pena”.
Pasamos periodos más y menos difíciles. Durante este largo periodo, yo asistía a mis sesiones regulares de psicoterapia; pero él, decía que no necesitaba que nadie le arreglara ningún problema puesto que él no los tenía. Para él siempre todo era perfecto, no reconocía error ni problema alguno en sí, una vez más el “aquí-no- pasa-nada” que tanto daño hace. En las parejas los problemas sue- len ser responsabilidad de dos personas, pero siempre que las dos asuman su parte de responsabilidad. En este caso, nuestras discu- siones siempre acababan con propuestas de enmienda por mi parte, pero no por la suya. Como yo siempre había sido la débil, la que reconocía la enfermedad; él se amparaba en ello para descar- gar en mí la necesidad de cambio, la necesidad de que yo hiciera algo. Su problema era que él no reconocía responsabilidad alguna. Sólo hablaba de síntomas, de que si se discutía mucho, pero a la
hora de poner los remedios, siempre se dirigía a mí. Para él, él no tenía problema alguno, sino que el problema lo tenía yo. Yo acabé