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EL DEBER-SER DE ASUMIR UN PARTIDO

2. LA PLENITUD HUMANA

2.2 MI PROPUESTA SOBRE EL SER DE LA PLENITUD

2.2.5 EL DEBER-SER DE ASUMIR UN PARTIDO

Ni la genuina plenitud ni la felicidad, son posibles en el individuo de una comunidad surcada por el sojuzgamiento, la injusticia, la exclusión, la opresión. Esto, porque es imposible que un individuo, parte del sistema hombre-naturaleza, sienta que ha logrado su plenitud mientras que en su entorno prevalece el sojuzgamiento, la exclusión, o la devastación de su medio natural.

Ni la felicidad ni la plenitud deben ser vistas considerando la naturaleza humana en abstracto, pues su existencia siempre fue concreta: el hombre, o es opresor, o es excluido del sistema político como exterioridad. La represión producida por el sistema es múltiple: económica, política, psicológica, cultural, educativa, social, ideológica. Lo que para el opresor es virtud, para la víctima es alienación. La moral del dominador encubre sus impulsos esclavizadores. El otro, es la exterioridad del sistema opresor, su no-ser. No es identificable necesariamente con la clase oprimida, dado que puede ser también una etnia, una nación, una cultura. El sistema la incorpora a su víctima (el otro) intrasistemáticamente, y la ubica como el no-ser: el enemigo; lo incorpora en su exterioridad, como diferente, como aspecto o instrumento de su ser. La práctica de la dominación, coacciona a la víctima a aceptar el sistema que la aliena.

Puesto que comparte intereses comunes con su clase, los reveses de su clase le alcanzan también a él; esto, si su condición es la de víctima del sistema social por la exclusión y opresión; si su condición es la de opresor, su goce perpetuo no puede ser plenitud, porque su moral no concuerda con los principios morales universales de la Humanidad. Su goce no puede ser

plenitud dado que conlleva una moral egoísta, egocéntrica y negativa.

En el sistema de dominación, la impotencia y frustraciones de la víctima generan en su espíritu un envenenamiento anímico y una intoxicación del resentimiento que impiden su felicidad y su plenitud. La víctima es "el otro" que el sistema segrega como exterioridad o alteridad de la totalidad. El otro es el que sufre los embates de la violencia en sus diversas formas.

La víctima debe tomar conciencia de su condición de víctima, tomar conciencia de que su condición es inaceptable por irracional, porque está reñida con los principios del respeto, la igualdad y la justicia, reñida con el respeto que se merece toda persona como fin en sí misma. Es un imperativo moral conducente a su liberación.

El opresor no puede tomar conciencia de su condición de opresor, debido a que su clase o su credo religioso le ha formado su conciencia como que él es "emprendedor", "valiente", "héroe", "predestinado", o "salvador de la Humanidad". Si destruye la biósfera para acumular capital, "genera fuentes de trabajo"; si comete genocidios contra la población civil, "pacifica la sociedad liberándola del terrorismo"; si degüella indefensos es para "liberar a la iglesia de los herejes e impíos": su clase o su credo, ha educado su conciencia como para que no sienta remordimiento por sus crímenes brutales, y los ve como algo normal: siente que es necesario asestar su "mano dura" para defender la paz, la obediencia al Rey o la fe cristiana, para "incorporar a los bárbaros a la civilización", para "evangelizar a los infieles", para "defender el orden democrático y la libertad". Su mente, envenenada por la ideología de su clase o su credo,

se rige por un plan de vida impulsado por apetitos egoístas, crueles y hegemónicos. En consecuencia, la conciencia de ser víctima no les llega a estos criminales, dada su posición antagónica con la de la víctima. Su conciencia social es expresión de su real condición en el entramado social y de las contradicciones sociales: lo que para el victimario es justo y noble, para su víctima es injusto y vil; lo que para el victimario es un derecho, para su víctima es una usurpación criminal y cobarde; lo que ante los ojos del victimario es un merecido escarmiento, ante los ojos de su víctima es genocidio impune.

Y es que los intereses del grupo o de la clase, son un egoísmo ampliado y por lo tanto, no pueden guardar simetría con los principios universales de la convivencia humana: siendo sectoriales, no encajan en la universalidad. En la víctima, el clamor por la justicia y por levantar el yugo que la oprime, no puede ser un egoísmo sectorial sino que concuerdan con principios y "valores" universales de la convivencia humana. Y lo universal y el egoísmo particularizado se niegan recíprocamente, pues la preponderancia soberana de cualesquiera de ambos términos, es a la vez la extinción del otro. Los wikingos del siglo I imponían su dictadura sangrienta, ante la cual los principios universales de la moral no tenían vigencia. Y la razón de esta incompatibilidad estriba, en que el egoísta y mezquino pretende subordinar a su entorno ante la sed de sus apetitos; esta sed es insaciable y al no tener miramientos sobre su víctima, para el opresor no cuenta la magnitud del daño ocasionado a la víctima: lo que para él cuenta es, saciarse; su expansionismo se ajusta, no al dolor de la víctima, sino a la medida de la demanda de sus apetitos; por eso es que todo el ecumenismo de los principios morales de la Humanidad puede quedar neutralizado y anulado

ante el imperio de la particularidad o individualidad de sus apetitos. Todo esto explica entonces que un mismo hecho o consigna, sea considerado de manera opuesta por el victimario y por su víctima.

Pero existe otro tipo de víctima de la agresión, en el sistema hombre-naturaleza: es la víctima no-humana: es la biósfera diezmada por el agresor con su injerencia antrópica prepotente y cobarde. La degradación de la biósfera por efecto de la invasión antrópica devastadora, prosigue incontenible; el agresor, el opresor, es el hombre; la víctima, inconsciente e indefensa, es el elemento pasivo e indefenso ante los apetitos del victimario; éste se siente con derechos para decidir por la suerte que ha de correr el medio natural: qué especies prevalecen y qué especies se extinguen, qué dirección debe seguir el curso de los ríos, qué alteraciones genéticas son permitidas, todo en provecho del hombre.

En este antropocentrismo también se evidencia la contradicción entre victimario y víctima. El destino del hombre es trabajar; pero trabajar es humanizar la naturaleza; y humanizarla es violentarla, esto es, deteriorarla antropocéntricamente. Existe la contradicción, porque la naturaleza no fue hecha para servir al hombre: éste es un producto tardío, advenedizo y contingente de la evolución de aquélla; sus intereses por desarrollarse, son sectoriales, limitados a la especie humana; por el contrario, la naturaleza goza de una independencia ontológica, pues no necesita del hombre para existir. Los apetitos del hombre antropocéntrico, por ser parte de la naturaleza, representan la parte, y la naturaleza el todo. Pues bien: la parte antropocéntrica y el todo hállanse en una contradicción dialéctica: el antropocéntrico satisface sus apetitos

solamente a costa de aniquilar su medio natural (la naturaleza); y la integridad de ésta se afianza en la medida en que se reprimen los apetitos antropocéntricos.

La contradicción se da en el hecho de que el agresor, siendo parte subordinada a un todo primigenio y originario, aspira a someterlo ese todo a los apetitos de su ego; lo evalúa y valora a la medida del tamaño de sus apetitos; esto es, aspira a engullirlo como parte integrante de su ego, subordinada a sus apetitos; el hombre, si pudiera humanizar todo el Cosmos, lo haría: su insolente voluntad de agresión sobre "lo otro" no tiene límites. Esto significa que la parte, por su proyección ambiciosa y egocéntrica, es adversaria y negadora por principio, de la condición del todo.

La contradicción se expresa en el hecho de que el hombre como género, siempre fue parásito que se sirvió de su hospedador, que es la naturaleza; ésta en cambio, no necesita de la humanidad del parásito para sustentar su integridad, pues goza de autonomía ontológica en su desarrollo; y el parásito humano es tan sólo un accidente en su desarrollo. La contradicción se expresa también, en que el hombre es el agente agresivo que crece destruyendo; la naturaleza es el miembro paciente: el que recibe la agresión. Ambos miembros de la contradicción se suponen mutuamente pues lo que cada uno representa, se lo debe a lo que representa su opuesto: el término agraviado y el término agresor, se suponen mutuamente.

Es verdad que la víctima humana del sistema social también destruye su entorno natural; pero su diseño de vida se lo impone su victimario en tanto que conduciéndolo a la miseria y

parametrando su conciencia, no le ofrece alternativas de supervivencia.

En consecuencia, el sistema hombre-naturaleza, durante la sociedad antagónica, siempre se halló polarizado en dos términos opuestos: el victimario y la víctima. A su vez, ésta es el otro y lo otro (el medio natural).

Ante esta polarización, se impone un deber-ser: el individuo debe tomar un partido: o está con el victimario, o está con la víctima. Es imposible ser indiferente o neutral: el que calla acepta; mas eso es lo que necesita el opresor, el delincuente, el destructor del medio ambiente: que nadie proteste contra la opresión. Por el contrario, el que calla perjudica a la víctima: ésta lo que necesita es, que se denuncie el crimen en defensa de su integridad y respeto por su fin en sí misma; luego, el indiferente guarda un silencio cómplice contra la víctima. Por lo expuesto, el indiferente no es tal, pues toma un partido en apoyo del opresor. Ser indiferente es permanecer en el fango de la degradación moral y traicionar la personal responsabilidad histórica; el individuo no debe tomar partido por el victimario, pues éste subordina al entorno ante sus apetitos egoístas; el victimario es la negación de la vida, es la negación del orden cósmico.

En consecuencia, el imperativo moral obliga al individuo a tomar el partido de la víctima, lo cual supone identificarse con ella, esto es respeto por su integridad, respeto por la condición humana de la víctima, respeto y admiración por el Universo, sororidad cósmica, esto es, un sentimiento de fraternidad para con todas las entidades y todos los fenómenos del Cosmos, un sentimiento de indignación y rechazo ante el enemigo público de la paz y la fraternidad cósmicas, cual es el victimario.