En este tiempo predicó también el profeta Miqueas. A diferencia de Isaías, que era un allegado a la corte de Jerusalem, Miqueas era un campesino que sufría en carne propia la injusticia de los ricos y la política de los dirigentes que llevaba a arruinar el país. Subió por eso a Jerusalén para gritar la indignación de Dios. En su predicación reunió toda una síntesis de los profetas de su tiempo, exigiendo la justicia como Amós, transmitiendo como Oseas la ternura de Dios e insistiendo en la fe sencilla como Isaías: "Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que YHWH de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios" (Miq 6,8).
Su mirada de campesino le dio la originalidad con respecto a Isaías de anunciar al Mesías como hijo del David pastor, y no del David rey: "Pero tú, Betlehem Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso Él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. Él se alzará
y pastoreará con el poder de YHWH, con la majestad del nombre de YHWH su Dios. Se asentarán bien, porque entonces se hará él grande hasta los confines de la tierra. Él será la Paz. Si Asiria invade nuestra tierra, y huella nuestro suelo, suscitaremos contra ella siete pastores y ocho príncipes de hombres. Ellos pastorearán el país de Asur con espada, y el país de Nemrod con acero. Él nos librará de Asiria, si invade nuestra tierra, y huella nuestra frontera" (5,1-5). En su palabra se actualizó la profecía de la mujer que engendraría a un niño salvador de Israel, pronunciada treinta años antes por su colega Isaías. Ciertamente, Ezequías no había satisfecho en su reinado las esperanzas del pueblo despertadas por el profeta con ocasión de su nacimiento. Habría que esperar a otro rey mesías.
Esa espera podría llegar a ser muy larga, porque después de Ezequías, desde 687, reinó en Jerusalem su hijo Manasés, un monarca violento e impío que reinó 45 años, sometiéndose servilmente a los reyes de Asiria. En 677 Asaradón, el hijo de Senaquerib, sometió a vasallaje a los reyes del oeste del Eufrates después de aplastar una rebelión de Abdi-Milkutti de Sidón impulsada por Egipto: "A Abdi-Milkutti, su rey, que había huido mar adentro ante mis armas, lo pesqué por orden de Assur, mi señor, como a un pez del interior del mar y le corté la cabeza" ( Crónica
babilónica, ANET 302b). Manasés figura entre la lista de los reyes tributarios que "arrastraron
penosamente y con dificultades desde las montañas donde se encuentran hasta Nínive, la ciudad real, grandes vigas, postes altos, travesaños alargados de cedro y ciprés, producto del monte Sirara y del monte Líbano, que desde antiguo se habían hecho muy gruesos y altos" (ANET 291). Pero Asaradón no tendría la situación controlada mientras el reino del Nilo continuara fomentando las rebeliones de los vasallos de Asiria. Por eso en 671 emprendió una campaña contra Egipto, al que conquistó hasta la ciudad de Menfis. El faraón Tarqû pudo reconquistarla, pero debió soportar por eso una nueva campaña dirigida por Assurbanipal, hijo de Asaradón: "Puse en movimiento mis fuerzas escogidas, con que Assur e Ishtar habían llenado mis manos, y me encaminé derecho al país de Egipto y de Nubia. En el curso de mi campaña trajeron ante mí su importante presente y besaron mis pies Ba'alu, rey de Tiro, Manasés, rey de Judá, Qa'ushgabri, rey de Edom, Musuri, rey de Moab, Silbel, rey de Gaza..." (ANET 294). Su marcha de conquista llegó hasta Tebas, pero debió sofocar con dureza varias rebeliones hasta que el faraón Psamético I logró liberar a Egipto del control asirio e, incluso, invadir la región de los filisteos en 640. Asiria comenzaba a dar claras señales de fragilidad y una nueva potencia volvió a cobrar fuerza en Mesopotamia: Babilonia. Manasés sería recordado posteriormente de una manera negativa a causa del abandono de la reforma iniciada por su padre y del fomento de la idolatría como ningún otro lo había hecho antes: "Edificó altares a todo el ejército de los cielos en los dos patios de la Casa de YHWH. Hizo pasar a su hijo por el fuego; practicó los presagios y los augurios, hizo traer adivinos y nigromantes, haciendo mucho mal a los ojos de YHWH y provocando su cólera" (2 Re 21,5-6). Y será recordado por la tradición judía como el rey que martirizó al profeta Isaías. Este último episodio, al igual que la ejecución de otros profetas importantes, se transmitió oralmente y se puso finalmente por escrito a finales del siglo I d.C. Una obra cristiana del siglo II incorporó dicho escrito: "Se apoderaron de Isaías, hijo de Amós, y lo aserraron con una sierra de madera. Manasés, el falso profeta Balkira, los demás falsos profetas, los príncipes y el pueblo, todos estaban en pie y miraban. Pues bien, antes de ser aserrado, Isaías había dicho a los verdaderos profetas que estaban con él: "Id a refugiaros en la región de Tiro y de Sidón, pues sólo para mí ha mezclado Dios la copa". Y mientras era aserrado, Isaías no gritó ni lloró, sino que su boca habló al Espíritu Santo hasta que fue partido en dos. Esto es lo que Beliar (el jefe de los demonios) hizo con Isaías por manos de Balkira y por manos de Manasés" (cf. Ascención de Isaías 5,1-15).
Amón, hijo de Manasés (642-640), "caminó enteramente por el camino que siguió su padre, sirvió a los ídolos a los que sirvió su padre y se postró ante ellos. Abandonó a YHWH, Dios de sus padres, y no anduvo por el camino de YHWH" (2 Re 21,21-22). De esta manera breve y terminante se transmitió a las generaciones siguientes el recuerdo de este rey impío que reinó sólo dos años, ya que pereció en una conjuración. Después de matar a los conjurados, "el pueblo proclamó rey en su lugar a su hijo Josías" (2 Re 21,23) en el año 640.
Al comenzar su reinado Josías contaba con apenas ocho años de edad, por lo cual el gobierno de Judá quedó en manos de los funcionarios reales. Una nueva voz de YHWH se levantó en ese tiempo contra los dignatarios de la corte por boca del profeta Sofonías: "¡Ay de la rebelde, la
manchada, la ciudad opresora! No ha escuchado la voz, no ha aceptado la corrección; en YHWH no ha puesto su confianza, a su Dios no se ha acercado. Sus príncipes, en medio de ella, son leones rugientes, sus jueces, lobos de la tarde, que no dejan un hueso para la mañana. Sus profetas, fanfarrones, hombres traicioneros, sus sacerdotes profanan lo que es santo y violan la Ley" (Sof 3,1-4). El profeta advertía con dolor que no había justos en Jerusalén, que el único justo era Dios: "YHWH es justo en medio de ella, no comete injusticia; cada mañana pronuncia su juicio, no falta nunca al alba; pero el inicuo no conoce la vergüenza" (3,5). Ya que los nobles continuaban especulando políticamente, y que los profetas y los sacerdotes no habían desempeñado bien sus funciones mediadoras, el profeta se dirigió a los pobres de Jerusalem que no confiaban en su fuerza, sino solo en Dios: "entonces quitaré yo de tu seno a tus alegres orgullosos, y no volverás a engreirte en mi santo monte. Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de YHWH se cobijará el resto de Israel" (3,11-13). Porque sabía que el amor de YHWH era más fuerte que la infidelidad del hombre, el profeta podía vislumbrar el día en que Dios se encontraría en medio de su pueblo y de las naciones para bailar de alegría por la salvación: "¡No tengas miedo, Sión, no desmayen tus manos! YHWH tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta. Yo quitaré de tu lado la desgracia, el oprobio que pesa sobre ti. He aquí que yo haré exterminio de todos tus opresores, en el tiempo aquel; y salvaré a la coja y recojeré a la descarriada, y haré que tengan alabanza y renombre en todos los países dende fueron confundidas" (3,16-19)
Pero a partir de los dieciocho años Josías se hizo cargo de la situación y emprendió la reconstrucción de su reino. Logró recuperar parte de los territorios del reino del norte (2 Cro 34,6) aprovechando que desde el final del reinado de Assurbanipal el imperio asirio había comenzado debilitarse ante el crecimiento sus vecinos del golfo pérsico. Además emprendió una profunda reforma religiosa (cf. 2 Re 22-23) y una vuelta al yahwismo estricto:
Hizo desaparecer todo culto extranjero, destruyendo sus respectivos altares..
Desautorizó todos los santuarios fuera de Jerusalén (en especial el de Betel, símbolo del cisma religioso), centralizando así el culto.
Renovó la alianza de Siquem, invitando a observar la Alianza de YHWH y a celebrar de nuevo la pascua en Jerusalén.
Los levitas venidos del norte debieron someterse a los sacerdotes de Jerusalén como simples servidores en el culto del templo.Por todo eso, después del reinado de reyes tan impíos, el pueblo se podía alegrar con la llegada de Josías ¿Sería Josías ese nuevo David esperado?