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El reinado de Herodes

In document Cosenza, Domingo - Historia de Israel (página 99-104)

Marco Antonio estaba decidido a vengar la muerte de César y a continuar la obra comenzada por el dictador, y para eso contaba ampliamente con la adhesión del pueblo. Casio y Bruto, los promotores de la conspiración, se dirigieron a Oriente a reunir tropas para defender la permanencia del régimen republicano. Casio obtuvo el apoyo de los generales que habían sido partidarios de César, y con sus legiones formó un inmenso ejército, quedando como dueño de toda Siria. Esta misma situación le exigió reunir una inmensa fortuna para mantener en su bando tantas tropas, y el

único medio de obtenerla fue imponer pesados tributos a los pequeños países de la región. Judea se vio cargada con una contribución de 700 talentos. Antípatro y su hijo Herodes se mostraron muy solícitos con Casio, tanto como lo habían sido con César: "Casio y Murco habían reunido un ejército, y le encargaron el cuidado del mismo a Herodes, haciéndolo estratego de Celesiria y dándole una flota de naves y un ejército de jinetes e infantes. Y le prometieron que después que la guerra hubiese terminado ellos lo harían rey de Judea" (Josefo, Antig. XIV,280). En ese tiempo Antípatro fue envenenado por un tal Málico, que aspiraba a una posición influyente en Judea. En Roma había aparecido un sobrino de César que, habiendo sido adoptado por éste con el nombre de Octavio César, reclamaba ahora su herencia. Aunque el Senado había apoyado a este joven de 19 años para reducir el poder de Marco Antonio, ambos cesaristas se aliaron entre sí y asociaron a un tercero, formando un frente contra los republicanos. Este triunvirato implantó un régimen de proscripciones que le permitió asesinar legalmente a muchos senadores, incluyendo al célebre orador Cicerón. En Roma no quedaron anticesaristas y por eso los triunviros pudieron marchar a Oriente a combatir al importante foco republicano allí concentrado.

Su victoria en Filipos de Macedonia en el 42 provocó el suicidio de Bruto y de Casio y puso en manos de los cesaristas toda la provincia de Asia. El cambio de situación puso en apuros a los hermanos Herodes y Fasael, ambos (además de haber sido aliados de Casio) acusados por una delegación judía ante Marco Antonio: "ellos dijeron que aunque Hircano daba la apariencia de estar reinando, estos dos hombres tenían todo el poder" (Josefo, Antig. XIV,301). Pero Herodes se defendió personalmente ante Marco Antonio, haciendo que éste desoyera a los acusadores. Según Josefo "este favor lo había obtenido de Antonio mediante dinero" (idem 303). En otra ocasión, fue el mismo Hircano quien defendió la gestión de gobierno de los dos hermanos: Antonio "hizo a Herodes y a Fasael tetrarcas, y les encomendó los asuntos públicos de los judíos" (Antig. XIV,326). Esta entrevista sucedió en Tarso de Cilicia. Esta ciudad contaba con unos 300.000 habitantes, entre los que se mezclaban, como en todo puerto, los elementos más variados. Era sobre todo una ciudad universitaria: "Los habitantes de Tarso sienten tanta pasión por la filosofía y tienen un espíritu tan enciclopédico que su ciudad ha acabado por eclipsar a Atenas, a Alejandría y a todas las otras ciudades conocidas por haber dado origen a alguna secta o escuela filosófica... Lo mismo que Alejandría, Tarso tiene escuelas para todas las ramas de las artes liberales. Añadan a esto la cifra tan elevada de su población y la notable preponderancia que ejerce sobre las ciudades circundantes y comprenderán entonces cómo puede reivindicar el nombre y el rango de metrópoli de Cilicia" (Estrabón, Geografía XIV,5,13). Antes de que llegaran los acusadores de Herodes y Fasael, allí había tenido lugar un encuentro mucho más interesante para Marco Antonio. En el otoño del año 41, Cleopatra VII se encontró en Tarso con Marco Antonio, como relata Plutarco: "Ella llegó navegando por el Cydnus en una galera cuya popa era de oro; las velas eran púrpura, y los remos eran de plata. Éstos, en su movimiento, guardaban armonía con la música de flautas , trompetas y arpas. La reina yacía en un diván de brocado dorado, vestida como se representa a Afrodita en las pinturas. A su lado había muchachos bonitos, como cupidos, que la apantallaban, y doncellas vestidas como Nereidas y Gracias, y algunas hacían como que remaban, mientras otras se ocupaban de las velas. Toda clase de dulces perfumes se expandían hacia la costa desde la nave, y en la orilla miles se reunieron para contemplarla" (Marco Antonio).

Fue el comienzo de un apasionado amor para ambos y de una importante conquista para la reina helenista. La atracción experimentada hacia esa mujer de 25 años hizo que Antonio se marchara "arrastrado por ella a Alejandría, donde entretenido en las diversiones y juegos propios de un muchacho desocupado, desperdiciaba y malograba el gasto de mayor precio que es el tiempo, como decía Antifón; porque seguían la que llamaban comunión de vida inimitable. Y agasajándose alternativamente hacían un gasto desmedido" (Plutarco, Marco Antonio). Las provincias de Oriente fueron las que cargaron con los gastos de esa vida despreocupada y por eso, "viniendo a Frigia o a Misia, a los gálatas del Asia, a Capadocia o a Cilicia, a Celesiria o a Palestina, a Iturea o aquellos de entre los sirios, dondequiera que Antonio ponía sus pies se exigían pesados tributos" (Apiano,

Las guerras civiles V,7,31).

Pero no todo era frivolidad en aquella Alejandría. La numerosa y floreciente comunidad judía, que corría el riesgo de dejarse seducir por el lujo y por el brillo de la cultura pagana, recibió por esos años la exhortación de un hombre piadoso que los invitó a no despreciar los bienes que la

Sabiduría divina les dispensaba en su propia tradición. Los judíos habrían sido elegidos por Dios para comunicar a los demás pueblos "la luz incorruptible de la Ley" (Sab 18,4).

En esa capital del helenismo, demostrando ser un buen conocedor del pensamiento griego, el autor trató de establecer un puente entre ambas culturas. En este sentido los destinatarios de su obra fueron también los paganos, pues a ellos trató de convencerlos de que el Dios de Israel era también el Dios de ellos: "Tú enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento" (Sab 12,19). El amor de Dios era universal porque él era el Creador de todas las cosas: "Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieres llamado?" (Sab 11,25). A través de este universalismo intentó suavizar el enfrentamiento que tantas veces había ocasionado el particularismo judío desde los tiempos de Esdras. Porque, en efecto, no serán raras las situaciones de violencia que se generarán en aquella ciudad entre la mayoría pagana y la importante (y en algunos momentos poderosa) minoría judía. Las embajadas de judíos alejandrinos ante los soberanos romanos quejándose de discriminación y mal trato nos dan un panorama de esa difícil convivencia. Una carta del emperador Claudio del 41 d.C. nos sirve de testimonio al respecto: "Por eso una vez más ordeno a los alejandrinos que se porten con mansedumbre y humanidad con los judíos que desde hace mucho tiempo habitan en dicha ciudad, y que no impidan ninguna de las prácticas tradicionales con que honran a la divinidad, sino que les permitan seguir sus costumbres... Por otra parte, ordeno formalmente a los judíos que no intenten aumentar sus antiguos privilegios, que no se les ocurra en el futuro -algo que nunca se había visto- enviar una embajada opuesta a la vuestra, como si habitáseis en dos ciudades distintas, que no busquen inmiscuirse en los concursos organizados por los gimnastas o por el cosmeta, sino que se contenten con gozar de sus propias rentas y, siendo habitantes de una ciudad extranjera, se aprovechen de los bienes de su propia fortuna..." (Corpus papyrorum judaicarum II).

En este diálogo el autor del libro de la Sabiduría aprovechó el lenguaje del pensamiento filosófico para exponer puntos centrales de la fe judía, como la doctrina de la creación: "A partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía a contemplar a su Autor" (13,5). Pero también supo aprovechar del pensamiento griego elementos novedosos respecto a su fe, pero compatibles con ella, para iluminar los temas de la Escritura judía. En este sentido la noción de

inmortalidad del alma, totalmente ausente hasta entonces en la reflexión israelita, le resultó útil

para explicar la recompensa de los justos que sufren. Si a partir de las experiencias de martirio la corriente apocalíptica judía ya había abierto el horizonte del juicio final, con el castigo de los impíos y la resurrección de los justos, ahora este autor alejandrino afirmó la existencia de una vida inmortal en la presencia de Dios previa a la resurrección: "Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los afectará ningún tormento. A los ojos de los insensatos parecían muertos; su partida de este mundo fue considerada una desgracia y su alejamiento de nosotros, una completa destrucción; pero ellos están en paz" (3,1-3).

Mientras que no dejaba de hablarse en todo lugar acerca del romance del romano más poderoso con la reina de Egipto, el pensador judío se atrevió a hablar de un amor más fecundo y duradero, que nada tenía que ver con las bajas pasiones ni con los intereses políticos. El amor a la sabiduría (gr. philosophía) era para este autor algo más que una metáfora: "Yo la amé y la busqué desde mi juventud, traté de tomarla por esposa y me enamoré de su hermosura" (8,2). Porque Sophía era la compañera de Dios antes de la creación del mundo, y era invocada por los justos que querían ser gratos a Dios: "Envíala desde los santos cielos, mándala desde tu trono glorioso, para que ella trabaje a mi lado y yo conozca lo que es de tu agrado: así ella, que lo sabe y lo comprende todo, me guiará atinadamente en mis empresas y me protegerá con su gloria" (9,10-11).

Finalmente el autor hizo una relectura de las tradiciones históricas de Israel, ampliando con sus propios comentarios (hebr. midrashim) el texto de la Escritura y adaptándolo a las nuevas situaciones. Se detuvo especialmente en los acontecimientos del Exodo para mostrar el contraste existente entre el Egipto idólatra y el Israel creyente. En toda la narración de la historia omitió los nombres de los personajes bíblicos, sustituyéndolos con la mención del justo, que llegaba a ser un prototipo de aquel hombre que quería alcanzar la Sabiduría.

Mientras Antonio seguía retenido en Egipto por Cleopatra en el año 40 tuvo lugar una gran invasión de los partos por todo el cercano Oriente. No habiendo encontrado apoyo en los romanos para sus reclamos del trono, Antígono recurrió a esta fuerza invasora. Con ayuda de los partos logró apoderarse de Jerusalem y ocupar el trono y convertirse en sumo sacerdote. A Hircano hizo cortar las orejas para que ya no fuese apto para las funciones sacerdotales, mientras que Fasael, habiendo sido hecho prisionero y atado de manos, "estrelló su cabeza contra una gran roca, y así acabó con su propia vida, pues pensó que era lo mejor que podía hacer en esa situación desastrosa, no dejando así que se lo sometiera a la muerte deseada por el enemigo" (Josefo,

Antig. XIV,369). Ni Herodes ni su familia fueron encontrados en la ciudad. Pero a Antígono esto no

le preocupó, ya que había conseguido por fin el trono del que su padre había sido privado 23 años antes por Pompeyo.

Sin embargo Herodes, a pesar de que ya había comenzado la temporada de tormentas en el mar, se encontraba navegando hacia Roma. Había logrado abandonar a tiempo Jerusalem con su familia, y la había dejado segura en la inexpugnable fortaleza de Masada, mientras que él había seguido camino a Alejandría para embarcarse. En Roma contó obviamente con el apoyo de Marco Antonio; también con el de Octavio, pues éste reconocía que el padre de Herodes había auxiliado a César en la guerra de Alejandría; y finalmente contó con la fama de sedicioso que pesaba sobre Antígono desde hacía años, agravada ahora por su alianza con los partos. Como Herodes no era de sangre real, sólo esperaba (según Josefo) el apoyo romano para expulsar a Antígono y para entronizar a Aristóbulo III, nieto de Hircano, y para socorrer a su propia familia. Sin embargo Antonio lanzó una sorprendente propuesta: "a él le resultaría provechoso en la guerra contra los partos que Herodes fuera rey. Esto pareció bien a todos los senadores, y así ellos hicieron un decreto de común acuerdo" (Antig. XIV,381).

El flamante rey de Judea reclutó en Palestina en el 39 un poderoso ejército para conquistar el reino que había recibido de Roma. Al año siguiente todo el país, a excepción de Jerusalem, estaba en sus manos. Junto con el ejército romano procedente de Siria puso sitio a la ciudad, pero en medio de las operaciones contrajo matrimonio con Mariamne, la nieta de Hircano. Sabía que sólo así podría llegar a ser aceptado por el pueblo, pues él era un "simple particular e idumeo, es decir, sólo un semi-judío" (Josefo, Antig. XIV,403). Cuando la ciudad cayó en sus manos en el 37, Antígono fue llevado por los romanos a Antioquía ante la presencia de Antonio: allí lo "hizo decapitar, no habiéndose impuesto antes esta pena a ningún rey" (Plutarco, Antonio 36).

Como Hircano (a causa de la mutilación sufrida) no podía oficiar el culto, su nieto Aristóbulo III fue hecho sumo sacerdote. Pero a fines del 35 el joven se ahogó mientras tomaba en Jericó un baño con unos amigos de Herodes. Aunque el rey logró derramar algunas lágrimas, su llanto no lo libró de sospecha ante el pueblo. Al morir así el último varón de la familia Hasmonea el sumo sacerdocio, concedido por César a perpetuidad a los descendientes de Hircano, quedó en manos de Herodes, que lo fue otorgando a quien a él le convenía.

Tan difícil como la consolidación interior de su reino fue la afirmación de su soberanía respecto al vecino reino de Egipto. Cleopatra aprovechó su influencia sobre Antonio para adueñarse de nuevos territorios: "le concedió y añadió a sus provincias, no una cosa pequeña y despreciable, sino la Fenicia, la Celesiria, Chipre y mucha parte de la Cilicia, y además toda la parte de Judea que produce el bálsamo, y de la Arabia Nabatea todo lo que toca al mar exterior" (Plutarco, Antonio 36). Herodes, privado de la soberanía sobre el rico oasis de Jericó debió pagar una renta de 200 talentos a la reina para poder extraer los frutos de su propio territorio. Además, se vio obligado a recibir con honores a Cleopatra cuando ésta visitó Judea a su regreso del Eufrates, a donde había acompañado a Antonio. Sin embargo, cuando ella trató de seducirlo descaradamente, Herodes fue lo suficientemente astuto como para no llegar a intimidades con ella: "tal vez ella en alguna medida sintió alguna pasión por él, o lo que es más probable, ella le tendió una trampa al intentar obtener de él tal relación adúltera; sin embargo ella parecía rendida de amor por él" (Josefo, Antig. XV,103). La astucia de Herodes le faltó evidentemente a Marco Antonio, que no tuvo la suficiente lucidez para sustraerse del dominio de la ambiciosa reina. De todos los sucesores de Alejandro, tan sólo ella seguía con su sueño de la fusión entre el Oriente y el Occidente. Su pasión por el poder había encontrado en su inteligencia y seducción los medios aptos para conseguir sus fines. Esto no se les escapaba a los romanos, pero por si acaso no había sido suficiente para asustarlos, el hábil

heredero de César se encargó de aportar la chispa necesaria para la explosión. Octavio se encargó de hacer conocer "el repartimiento que en Alejandría Antonio hizo a los hijos, y que pareció trágico, orgulloso y anti-romano. Porque introdujo un gran gentío en el Gimnasio, donde sobre una gradería de plata hizo poner dos tronos de oro, uno para él y otro para Cleopatra, y otros más pequeños para los hijos. De allí en primer lugar proclamó a Cleopatra reina de Egipto, de Chipre, de Africa y de la Siria inferior, reinando con ella Cesarión, el cual era tenido por hijo de César (Ptolomeo XV), que había dejado a Cleopatra embarazada. En segundo lugar, dando a los hijos nacidos de él y de Cleopatra el título de reyes, a Alejandro le adjudicó Armenia, Media y el reino de los partos para cuando fueran sometidos; a Ptolomeo Fenicia, Siria y Cilicia" (Plutarco,

Antonio). Al suscitar así el disgusto de todo el pueblo, consiguió que su enfrentamiento personal

con Antonio se convirtiera en una guerra declarada por el Senado de Roma al reino de Egipto: "se decretó hacer la guerra a Cleopatra y privar a Antonio de una autoridad que cedía a una mujer" (idem).

El 2 de septiembre del 31 se libró la batalla naval decisiva en Accio. La flota egipcia abandonó el combate cuando éste podía definirse en su favor, y Marco Antonio, una vez más, se fue detrás de la reina hacia Alejandría. Octavio debía reunir muchas fuerzas para poder atacar a Antonio en Egipto, y las encontró en todos aquellos que abandonaron a Antonio: "supo que Herodes, rey de Judea, que tenía algunas legiones y cohortes, se había pasado a (Octavio) César; y que todos los demás potentados lo habían abandonado igualmente, sin que le hubiese quedado nada fuera de Egipto" (Plutarco, Antonio). En el verano del 30 Octavio se dirigió desde Asia Menor a Egipto, a través de la costa fenicia. Herodes se preocupó de recibirlo con toda pompa en Ptolemaida y cuidó que no le faltase nada a su ejército durante el viaje en la estación más calurosa del año.

Cuando Octavio se aproximaba a la frontera egipcia y su flota a Alejandría, Antonio contempló con sus propios ojos una nueva traición: "se puso a mirar las naves que zarpaban del puerto dirigiéndose hacia las enemigas; y esperando ver alguna acción importante, se paró; pero sus gentes de mar no bien estuvieron cerca, cuando saludaron a las de César con los remos, y al corresponderlas éstas al saludo, se les pasaron; y la armada reducida ya a una sola con todas las naves, volvió las proas hacia la ciudad. Estába viéndolo Antonio cuando también lo abandonó su caballería, pasándose a los enemigos; y vencida su infantería, se retiró a la ciudad" (Plutarco,

Antonio). Antonio se suicidó con su espada y Cleopatra, a pesar de haber sido puesta bajo custodia

para mantenerla viva, logró hacerse picar por una serpiente para no tener que sufrir la humillación de desfilar en Roma durante el triunfo de Octavio.

Cuando inmediatamente visitó en Egipto al vencedor, Herodes recuperó los territorios que habían sido entregados antes a Cleopatra. Su reino comprendía así un territorio considerable (el actual Estado de Israel y los territorios ocupados, parte de Jordania y Siria actual; faltaba sólo el Neguev, la franja costera al norte del Carmelo y las ciudades al sur del Mar de Galilea, que siguieron dependiendo de la provincia romana de Siria). Herodes engrandeció por dentro el país, creando nuevas ciudades y puertos. La ciudad portuaria de Torre de Estratón fue reconstruída, llegando a ser el nuevo puerto mayor que el Pireo (Atenas): "Frente a la entrada del puerto se elevaba sobre una colina el templo de César, admirable en su belleza y su tamaño. Contenía una estatua colosal

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