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Nehemías y la reconstrucción de Jerusalem.

In document Cosenza, Domingo - Historia de Israel (página 70-73)

Dado que entre los inmigrantes judíos se estaban reiterando muchas de las malas costumbres preexílicas, se hacía necesario otra vez que una voz tan audaz como la de Jeremías denunciara la decadencia moral, y que como Ezequiel reclamara una mayor sensibilidad por la pureza del culto. Surgió en esas circunstancias un verdadero mensajero de YHWH (hebr. Malak-Yah) que se esforzó en sacudir la apatía de sus oyentes, procurando que todo el pueblo tomara conciencia del amor de YHWH y de la falta de correspondencia de Israel: "Os he amado, dice YHWH. Y vosotros decís: ¿En qué nos has amado? - ¿No era acaso Esaú el hermano de Jacob?, oráculo de YHWH. Sin embargo yo amé a Jacob, y a Esaú lo odié. Entregué sus montes a la desolación y su heredad a los chacales del desierto" (Mal 1,2-3).

Una por una, fue denunciando todas las negligencias de los sacerdotes: "Decís: ¿En qué hemos menospreciado tu Nombre? -Presentando en mi altar pan impuro. -Y decís ahora: ¿En qué te hemos manchado? - Pensando que la mesa de YHWH es despreciable. Y cuando presentáis para el sacrificio una res ciega, ¿no está mal? Y cuando presentáis una coja o enferma, ¿no está mal? Anda, ofrécesela a tu gobernador: ¿se te pondrá contento o te acogerá con agrado?, dice YHWH Sebaot" (1,6-8). Pero además del fraude en el culto reprochó la indiferencia ante el deber de enseñar al pueblo: "Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y la Ley se busca en su boca; porque él es el mensajero de YHWH Sebaot. Pero vosotros os habéis extraviado del camino,

habéis hecho tropezar a muchos en la Ley, habéis corrompido la alianza de Leví, dice YHWH Sebaot" (2,7-8).

También el comportamiento de los laicos custionó con firmeza. Volviendo a los tiempos de los reyes, los israelitas continuaban mezclando su raza con mujeres extranjeras, exponiéndose a caer en la idolatría: "¿No tenemos todos nosotros un mismo padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos los unos a los otros, profanando la alianza de nuestros padres? Judá ha traicionado; una abominación se ha cometido en Israel y en Jerusalem. Porque Judá ha profanado el santuario querido de YHWH, al casarse con la hija de un dios extranjero" (2,10-11). Y, por el contrario, la fidelidad asumida en el matrimonio contraído no era respetada, acudiendo con toda ligereza al divorcio: "YHWH es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza... Pues yo odio el repudio, dice YHWH Dios de Israel" (2,14.16).

En la raíz de la decadencia se podía advertir un cansancio y escepticismo, que desembocaba finalmente en el relativismo moral. El mensajero se hizo eco, entonces, de la indignación de YHWH: "Y todavía decís: ¿Qué hemos dicho contra ti? - Habéis dicho: Cosa vana es servir a Dios; ¿qué ganamos con guardar su mandamiento o con andar en duelo ante YHWH Seebaot? Más bien, llamamos felices a los arrogantes: aún haciendo el mal prosperan, y aún tentando a Dios escapan libres" (3,13-15).

Por eso el mensajero de YHWH anunció, como los profetas anteriores a él, una intervención salvadora de Dios que llegaría de un modo imprevisto y sorpresivo. En ese día se acabaría el mal y el culto sería recién entonces agradable a YHWH: "¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿ Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque es él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán para YHWH los que presentan la oblación en justicia. Entonces será grata a YHWH la oblación de Judá y de Jerusalem, como en los días de antaño, como en los años antiguos" (3,2-4). Y como la mayoría de los judíos pensaba que Elías no había muerto, sino que había sido arrebatado al cielo (2 Re 2,11-13), por eso el mensajero se sintió movido a vincular la salvación futura con la reaparición del antiguo profeta: "He aquí que yo les envío al profeta Elías antes que llegue el Día de YHWH, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que venga yo a herir la tierra de anatema" (Mal 3,23s). Elías sería el precursor del Mesías esperado por Israel.

En 465, después de morir asesinado Jerjes, llegó al trono persa su hijo Artajerjes, como resultado de las intrigas gestadas en el interior del harén real. No fue fácil su gobierno, ya que el Mediterráneo oriental se había convertido en un escenario de lucha por la supremacía entre los griegos y los persas. En el 460 los griegos apoyaron militarmente la sublevación de Egipto a cambio del abastecimiento de grano para sus ciudades. El centro de la resistencia se estableció en el oeste del Delta, mientras que el dominio persa fue más fácil de mantener en el valle del Nilo, pues a él se podía acceder directamente desde el Mar Rojo. En Elefantina, una isla del Nilo, los persas preocuparon por mantener una guarnición judía de manera permanente. La resistencia egipcia fue quebrada recién en el 454 y la flota de 200 barcos griegos que la apoyaban fue aniquilada por los fenicios.

Estas circunstancias sirvieron de apoyo a la oposición que los antiguos residentes del país de Judá presentaban a los judíos, pues a partir de entonces hicieron todo lo posible por sembrar en el corazón del rey persa la duda acerca de la fidelidad judía: "esta ciudad es una ciudad rebelde, molesta para los reyes y las provincias, y en ella se han fomentado insurrecciones desde antiguo. Por este motivo fue destruida esta ciudad. Nosotros informamos al rey que, si esta ciudad se reconstruye y se levantan sus murallas, bien pronto ya no tendrás más territorios en Transeufratina" (Esd 4,15-16). La maniobra dio resultado, pues Artajerjes no podía arriesgarse a perder el dominio sobre un territorio tan estratégico. La política conquistadora persa, en efecto, se venía distinguiendo claramente de las anteriores implementadas por los asirios y los babilonios. En lugar de recurrir a las deportaciones masivas para evitar rebeliones emancipadoras en las tierras conquistadas, los persas preferían depositar su confianza en los sometidos y procurárselos como aliados frente a las potencias rivales. Como, según esas denuncias, la fortificación de Jerusalem podía responder a un posible intento de alcanzar la autonomía respecto a Persia, el rey ordenó la

suspensión de todos los trabajos: "Ordenad, pues, que se interrumpa la empresa de esos hombres: esa ciudad no debe ser reconstruida hasta nueva orden. Guardaos de actuar con negligencia en este asunto, no sea que el mal aumente en perjuicio de los reyes" (Esd 4,21).

Los griegos prosiguieron su campaña contra Persia, intentando sin éxito la liberación de la isla de Chipre. Exigido por los conflictos con los espartanos, el nuevo gobernador de Atenas, Pericles, buscó un acuerdo de paz con los persas. Para eso envió al hábil diplomático Calias a la ciudad de Susa, quien acordó con los persas una forma provisional de convivencia, fijando las respectivas zonas de influencia. Persia no enviaría su flota más allá del Bósforo (límite entre Europa y Asia) y del sur de Asia Menor, y su ejército se mantendría a una distancia de por lo menos tres días de marcha respecto de la costa de Jonia. Atenas dejaba a los persas todo lo que estaba al este de esta línea, incluyendo Egipto y Chipre. El tratado significó apenas un cese de hostilidades, porque la línea fronteriza entre las ciudades jónicas y la satrapía persa de Sardes fue escenario de contínuos roces.

En la corte de Artajerjes un judío llamado Nehemías ocupaba un puesto importante. En el 445 llegó a Susa una delegación de judíos encabezada por su hermano Jananí, pidiendo a Nehemías que fuese intermediario suyo ante el rey. La cuestión planteada por la delegación era la derogación del decreto por el cual el rey había suspendido las obras de reconstrucción en Jerusalem. Artajerjes envió entonces a Nehemías en misión oficial con el encargo de retomar los trabajos interrumpidos. Pero su misión no fue sencilla porque, a pesar de las órdenes reales, las autoridades de Samaría no quisieron reconocer la nueva autonomía de Judá e hicieron lo posible para oponerse a la reconstrucción de las murallas de la capital. De este modo Jerusalem permanecería indefensa y el país de Judá seguiría sometido a su control. Debido a que samaritanos, ammonitas, árabes y asdoditas amenazaron con atacar la ciudad, los trabajadores se vieron obligados a funcionar como obreros y soldados a la vez: "Desde aquel día, sólo la mitad de mis hombres tomaban parte en el trabajo; la otra mitad, provistos de lanzas, escudos, arcos y corazas, se mantenía detrás de toda la casa de Judá que construía la muralla. También los cargadores estaban armados: con una mano cuidaba cada uno de su trabajo, con la otra empuñaba el arma" (Neh 4,10-11).

También era necesario ocuparse de construir viviendas dignas, porque debido al deterioro edilicio la población se resistía a instalarse en la ciudad. Fue mérito de Nehemías la repoblación de Jerusalem: "Los jefes del pueblo se establecieron en Jerusalem. El resto del pueblo echó a suertes para que de cada diez hombres habitase uno en Jerusalem, la Ciudad Santa, quedando los otros nueve en las ciudades. Y el pueblo bendijo a todos los hombres que se ofrecieron voluntarios para habitar en Jerusalem" (Neh 11,1-2).

Habiendo logrado los objetivos de su misión, Nehemías volvió a la corte de Susa en el año 433. Pero al cabo de un tiempo regresó a Jerusalem y tomó una serie de medidas en orden a la organización del culto y al afianzamiento de la identidad nacional judía. Su primera acción fue suprimir el privilegio por el cual se había concedido al gobernador judío de Ammón (cf. Neh 2,10), una importante habitación del Templo: "Eché fuera del aposento todos los muebles de la casa de Tobías, y mandé purificar los aposentos y volver a poner en ellos los utensilios de la Casa de Dios, las oblaciones y el incienso" (Neh 13,8-9). Luego aseguró el sustento de los levitas que habían dejado el servicio cultual por tener que trabajar: "Los reuní de nuevo y los restablecí en sus puestos. Y todo Judá trajo a los almacenes el diezmo del trigo, del vino y del aceite" (13,11-12). Y tuvo especial cuidado en que el descanso del sábado fuese respetado: "Ordené que cuando la sombra cubriese las puertas de Jerusalem, la víspera del sábado se cerrasen las puertas, y que no se abriesen hasta después del sábado. Y puse junto a las puertas a algunos de mis hombres para que no entrase carga alguna en día de sábado" (13,19). Los comerciantes extranjeros que se instalaban fuera de las murallas ese día fueron seriamente amenazados. Pero la medida más severa fue contra quienes habían contraido matrimonio con mujeres extranjeras: "Yo los reprendí y los maldije, hice azotar a algunos de ellos y arrancarles los cabellos, y los conjuré en nombre de Dios: "¡No debéis dar vuestras hijas a sus hijos ni tomar ninguna de sus hijas por mujeres ni para vuestros hijos ni para vosotros mismos! ¿No pecó en esto Salomón, rey de Israel? Entre tantas naciones no había un rey semejante a él; era amado de su Dios; Dios lo había hecho rey de todo Israel. Y también a él lo hicieron pecar las mujeres extranjeras" (13,25-26).

Esta severidad no era una excepción en esa época. Por la misma época, en la democrática Atenas Pericles decretaba "una ley para que sólo se tuviese por atenienses a aquellos que fuesen hijos de padre y madre ateniense. Como luego el rey de Egipto hubiese enviado de regalo para el pueblo cuarenta mil fanegas de trigo, habiéndose de repartir a los ciudadanos, por esta ley se iniciaron contra los no legítimos muchos pleitos, que hasta entonces habían estado olvidados y en descuido; y aún muchos fueron juzgados calumniosamente; de manera que llegaron hasta cerca de 5000 los que resultando no tener la calidad, fueron vendidos como esclavos; y los que permanecieron con los derechos de ciudadanos por haber sido declarados atenienses subieron a 14040" (Plutarco,

Pericles VII,9).

En el año 400, siendo rey Artajerjes II desde el 404, los egipcios se sacudieron definitivamente el yugo persa, motivo por el cual el territorio de Judá se convertía en el muro defensivo en esa frontera del imperio. Hasta entonces los judíos habían servido a los persas en la guarnición de la isla Elefantina (cerca de la actual Asuán) como lo atestigua una carta escrita al gobernador de Judá en el 407, durante el reinado de Darío II: "Si le parece bien a nuestro señor, preocúpate de que se construya el santuario, ya que a nosotros no se nos permite construirlo. Mira qué personas agradecidas y qué amigos tienes aquí en Egipto; envíales una carta a propósito del santuario de YHO Dios para que se le construya en la fortaleza de Elefantina como se le había construido antes; y ofreceremos en tu nombre sobre el altar de YHO Dios la oblación, la incensación y el holocausto y rezaremos por ti en todo tiempo, nosotros, nuestras mujeres, nuestros hijos y todos los judíos de aquí". Artajerjes II decidió entonces fomentar el crecimiento y la unidad de esa zona fronteriza. Para eso en el 398 dio autorización al sacerdote-escriba Esdras para partir con un nuevo contingente de judíos llevando al país todas sus pertenencias: "Estas son mis órdenes: Todo aquel que en mi reino pertenezca al pueblo de Israel, a sus sacerdotes o a sus levitas, y quiera volver a Jerusalem, puede partir contigo, ya que tú eres enviado por el rey y sus siete consejeros para inspeccionar a Judá y Jerusalem en lo referente a la Ley de tu Dios que está en tus manos, y para llevar la plata y el oro que el rey y sus consejeros han ofrecido voluntariamente al Dios de Israel, cuya morada está en Jerusalem, así como toda la plata y el oro que hayas reunido de toda la provincia de Babilonia, con las ofrendas voluntarias que el pueblo y los sacerdotes hayan hecho para la Casa de su Dios en Jerusalem" (Esd 7,13-16). Esdras recibió, pues, el mandato de establecer y hacer cumplir la Ley del Dios de Israel como ley del Estado persa para todos los judíos. Es decir, que un texto religioso adquiría valor civil por decisión de un rey extranjero y dominador de los judíos. Y este rey hacía, además, su aporte para el culto de Jerusalem.

In document Cosenza, Domingo - Historia de Israel (página 70-73)