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LA DEFENSA DE LA VIDA CORPORAL (I)

In document Tihamer-Toth_Los-Diez-Mandamientos.pdf (página 177-183)

(Homicidio. Pena de muerte. Eutanasia.)

El célebre artista español del siglo XVII, Murillo, pintó en uno de sus momentos inspirados el cuadro de San Juan de Dios, el gran Santo enfermero. En la oscura noche se ve al Santo cargando sobre sus hombros un enfermo grave, y va precedido por Nuestro Señor Jesucristo, con una lámpara en la mano para alumbrar su camino...

Nosotros también cargamos a cuestas un enfermo grave: nuestros instintos que fácilmente se desordenan, multitud de deseos desordenados, nuestra naturaleza propensa al mal. Así quedamos después del pecado original, con una naturaleza gravemente enferma y así hemos de recorrer nuestra vida terrena, por caminos tortuosos y oscuros bordeados de precipicios... ¡Pero dichoso el

hombre que tiene por guía la luz de la leyes divinas!

Porque los que siguen el camino del Decálogo, siguen las huellas de Jesucristo, y no se apartan del camino del cielo.

Cada Mandamiento es como una antorcha que ilumina nuestro camino. También lo es el quinto Mandamiento, aparentemente tan breve: No matarás.

El hombre es un compuesto de cuerpo y alma. No matarás. No causes daño al cuerpo y al alma de tu prójimo, pero tampoco a ti mismo; porque ¿cómo puede amar al prójimo el que no se quiere bien a sí mismo? Jesucristo mismo nos lo ordena: Amarás al prójimo como a ti mismo (Mc 12,31).

El quinto mandamiento es propiamente la exposición resumida de la ley general del amor al prójimo.

I

EN QUÉ ALTA ESTIMA TIENE DIOS LA VIDA CORPORAL DEL HOMBRE

Dios ha querido levantar una muralla defensiva torno de la vida humana: el quinto, Mandamiento. Hay en el mundo, miles y miles de

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tesoros; pero Dios no ha protegido a ninguno de ellos de una forma tan especial como el tesoro de la vida humana. ¿Sólo ésta es digna de un mandamiento que la proteja? ¿Por qué razón?

"...porque a imagen de Dios fue hecho el hombre." (Gén 9,6).

La vida es el enigma más misterioso del mundo. La ciencia ha logrado penetrar muchas cosas, descubrir muchos misterios..., pero qué es en último término la esencia de la vida, no lo sabemos y acaso nunca lleguemos a saberlo.

El hombre fue creado a imagen de Dios. En nosotros, en nuestra vida, hay como un rasgo divino, que no se halla en ninguna otra criatura del orden sensible. Nosotros al ser creados recibimos una chispa divina, que nadie puede darnos sino Dios, y por lo tanto nadie puede quitarnos. Ved

cómo yo soy el solo y único Dios, y que no hay otro fuera de mí, Yo mato y doy la vida. (Deut 32,39) —dice el Señor. El que levanta la mano

contra la vida humana, ataca la propiedad de Dios... Respetémosla. La vida humana, nuestra vida mortal es también valiosa porque es

necesaria para la vida eterna.

Si, el camino de la vida terrena está empedrado de sufrimientos y amarguras. A veces no es más que una cadena ininterrumpida de desgracias y tribulaciones, que inducen a algunos a preguntarse en tono de queja desesperada: «¿Para qué sufrir tanto? ¡Mejor sería no haber nacido!»

Hermano que te quejas: no sabes lo que dices. Es verdad que si no hubieses nacido; no sufrirías. Pero si no hubieses nacido, no podrías

tener vida eterna. Condición de la vida eterna es la vida temporal...; por

esto es tan importante para Dios nuestra vida terrena, y por esto es también de un precio inestimable para el cristiano, porque es el tiempo de atesorar méritos para la vida eterna.

La vida humana es una chispa que salta de Dios; nadie tiene derecho a extinguirla. La vida humana es la posibilidad que Dios nos concede para alcanzar la vida eterna; nadie tiene derecho a quitárnosla.

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Que el homicidio es uno de los pecados más graves, está de tal modo en la conciencia de todos y en las leyes de todos los pueblos, cristianos o no, que no es menester probarlo con más argumentos. Nunca es lícito matar a un inocente. Si es Dios quien da la vida, sólo El puede quitarla (cf. Deut 32,39).

II

¿CUÁLES SON LAS CONSECUENCIAS?

Se puede atentar contra el quinto Mandamiento en cosas pequeñas o en cosas grandes.

¡No he matado a nadie! —dicen muchos con orgullo—. Pero meditándo- lo bien, se puede quebrantar este quinto Mandamiento de muchas maneras.

Ataca la vida del prójimo el empresario o comerciante que adulte- ra los alimentos para obtener mayor ganancia.

Perjudica la vida del prójimo el que promueve riñas y peleas entre los familiares, clases sociales, o los trabajadores de una empresa…

Todos estos pecan contra el quinto Mandamiento.

Pero hay cuestiones mucho más graves, que se mueven en el terreno de los principios que tocan directamente a la vida humana.

Una es, la cuestión de la pena de muerte.

La maldad humana tiene manifestaciones tan horrendas que el poder legal las castiga con la muerte. ¿Tiene el Estado este, derecho? La pena

capital ¿no se opone al quinto Mandamiento. En apariencia, sí. Pero sólo

en apariencia. No matarás es lo mismo que decir: «No asesinarás», es decir, «no quitarás la vida al inocente», con lo cual se destaca in- mediatamente el sentido del Mandamiento. Y este sentido no se opone a la pena capital, impuesta por el poder público.

Porque Dios mismo, que dio el quinto Mandamiento a Moisés —No

matarás—, enumera pecados que merecen la pena capital (por

ejemplo, Éxodo 21, 12), De modo que en el Antiguo Testamento, el mismo Señor de la vida y de la muerte dio al poder legal del Estado el derecho de imponer la pena capital. El cristianismo no ha abolido este derecho, como se puede ver por la exhortación de SAN PABLO:

¿Quieres no temer la autoridad? Obra el bien, y obtendrás de ella elogios, pues es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal (Rom 13,3-4).

Lo subrayamos: la pena capital en manos del Estado puede servir tan sólo como último recurso y en los casos límite; pero es

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un medio que puede utilizar en caso de extrema necesidad. Si uno de mis miembros está envenenado, procuro curarlo por todos los medios posibles; pero si no lo consigo, no me queda otra solución que amputarlo. Y si es lícito cortar el miembro enfermo, que pone en peligro la vida de todo el cuerpo, también es lícito quitar el miembro de la sociedad que pone en peligro la vida de los demás13.

El sentir cristiano quisiera que por nada se quitase a hombre la vida. Si en casos extremos la moral cristiana permite, por ejemplo, la misma guerra —de ello trataremos en el siguiente capítulo—, su ideal no deja de ser éste: educar a los pueblos de tal modo que la guerra no sea necesaria. Reconoce asimismo el derecho que en casos extremos tiene el Estado de imponer la pena capital; pero su ideal es éste: educar de tal modo a las personas que no tenga que llegarse jamás a la pena de muerte.

La Iglesia siente que se trata del arma extrema que tiene la sociedad para su propia defensa. Expresa este sentir de un modo peculiar con esta disposición: juzga inepto (irregular) para el sacerdocio al juez que firmó la sentencia de pena capital y al que ejecutó el fallo (CIC 984 can 6 y 7). La Iglesia preferiría que no se hubiese de recurrir a la pena de muerte. Pero en ciertos casos extremos esto no es posible. Tiene que haberla si no hay otra forma de proteger a la sociedad de los atentan alevosamente contra la vida del inocente.

Eutanasia.

El quinto Mandamiento exige que se respete la vida de los demás. La Iglesia fue la primera en fundar instituciones para ancianos, hogares para enfermos incurables, para desvalidos,

13

(S. Tomás de Aquino Summa Theol. 2ª, 2ª q 64, a. 2)

CIC 2267: La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo "suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos" (Evangelium vitae,

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porque reconocía el valor de toda persona humana, aún a la vida del tullido,

del desahuciado, del incurable.

Sin embargo, la vida de estas personas se ve amenazada por los partidarios de la eutanasia o de la "muerte f á c i l ”

¿En qué consiste?

En ciertos países —guiados al parecer por una malentendida compasión ante el sufrimiento del prójimo— se reclutan prosélitos para tal plan exterminador. Lo que en sustancia se pretende es que los enfermos graves sean examinados por médicos, y si estos los desahucian, si ya no tienen esperanza de salvarlos, se aboga porque se suministren a los enfermos drogas sedantes y narcóticos tan fuertes, que maten al paciente rápida y plácidamente, y así deje de sufrir.

Los pregoneros de tal idea argumentan que sólo tratan de ahorrar sufrimientos inútiles a un enfermo incurable, desahuciado. «De todos modos —arguyen—, una vida así no vale nada. Dentro de algunos días irremisiblemente morirá. ¿Por qué permitir que el pobre enfermo sufra tanto...?» Pretenden legalizar la eutanasia, para que los que maten a tales enfermos procedan según derecho y no se les pueda culpar de nada.

¿Cuál es el criterio cristiano?

Lo que a primera vista parece amor al prójimo, es una monstruosidad, disfrazada de una aparente compasión.

Aun desde el punto de vista meramente humano se pueden causar

males incalculables a la Humanidad, ya sea por la limitación de la ciencia médica y por la magnitud de la maldad humana.

Limitación de la ciencia médica. Se quiere delegar en la ciencia médica

la facultad de otorgar permiso para el asesinato oficial. Pero ¿es tan segura la ciencia médica? ¿No conocemos todos a hombres desahuciados por los médicos como "casos perdidos", que a pesar de todo se pasean hoy alegres por las calles?

¡Y la maldad humana! ¿Qué sucederá, por ejemplo, si herederos

impacientes tienen un gran interés en que su tío ricachón ya no se recupere? ¿O somos tan ingenuos creemos que la maldad y la astucia humana no encontrarán la manera de procurarse un "permiso para matar"? Si en un solo caso rompemos el dique que defiende la vida humana, no habrá ya manera de parar la corriente.

Y con esto no hacemos más que ponderar argumentos meramente terrenos.

¿Qué. pasará si además tomamos en consideración los argumentos religiosos, si nos levantamos a los horizontes que abrió Jesucristo para

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Jesucristo acortará a alguien la vida; pero sí, nos consta, que resucitó muertos.

«De todos modos, aquel enfermo incurable sufre sin ningún objetivo» —dicen los defensores de la eutanasia.

¿Qué sabes tú? ¡Cuántos hombres hay tras una vida de pecado, se convirtieron y volvieron a Dios justamente en el lecho de la agonía! ¿No conoces la historia de la conversión del famoso escritor francés; Francisco Coppée, quien recobró su fe, justamente por el sufrimiento, por "el buen sufrimiento", "la bonne souffrance", que tal título dio después a su libro?

¿Sufre sin motivo? ¿Y si alguno necesita los dolores de la agonía para expiar sus muchos defectos, las innumerables caídas de su vida pasada? ¿Y si Dios le concede justamente por el sufrimiento la gracia, que solía implorar con tanto fervor uno de nuestros grandes Santos: ¡Dios mío, hiéreme, castígame en esta vida, con tal

que me perdones en la otra! (SAN AGUSTÍN)?

¿Por qué te metes en los planes de Dios? ¿Cómo sabes tú si el alma del enfermo no necesita justamente la fuerza purgativa del sufrimiento de aquellas pocas horas, que todavía le quedan? ¿Hay entre nosotros quien pueda decir con tranquilidad que no le espanta el recuerdo de los pecados graves que cometió durante su vida? ¿De los pecados que confesó y por los cuales no puede ya condenarse, pero que aun no están del todo expiados y han de saldarse con un sufrimiento purgativo? No hay otra alternativa: sufrir aquí, o en el otro mundo.

Quita la vida a un enfermo grave por una compasión mal entendida, es hacerle un triste servicio, pues puede causarle el mayor mal.

Y no se me diga que la moral cristiana es cruel porque deja sufrir al enfermo. Es lícito mitigar los sufrimientos con medicinas adecuadas, aunque le quiten el sentido, y aunque hasta cierto punto, indirec- tamente, aceleren la muerte, pero nunca es lícito matar a un enfermo

directamente.

Por otra parte, aguardar con plena conciencia el momento de la

muerte y ofrecer también con plena conciencia el sacrificio de nuestra vida a Dios, es la coronación más hermosa de una vida cristiana. ¡Qué

mejor que poner nuestra vida en las manos del. Señor, en las manos

del que nos creó!

***

Más que el mismo dolor físico, es muchas veces más terrible el sentimiento de abandono espiritual que se apodera del enfermo, cuando

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se ve privado, acaso durante meses o años, de poder asistir a la iglesia y poder recibir los sacramentos. Para paliar este problema, hace unos años los fieles de Holanda y de Bélgica introdujeron una práctica, que ha resultado muy eficaz, para confortar a los enfermos. El amor al prójimo, rico en iniciativas, supo encontrar un medio de ayudar a los enfermos en este sentido. Un día al año se celebra el «día de los enfermos»; y en este día los que tienen auto o camioneta, lo ponen a disposición los enfermos, para que puedan ser llevados a la iglesia. Los enfermos así pueden asistir a una misa especial para ellos, oír la palabra de Dios, y recibir a Jesús Eucaristía. La luz del Evangelio viene a iluminar y fortalecer a los enfermos para que puedan acoger con fe el misterio del dolor.

Es lo que los enfermos necesitan. No se trata de quitar la vida al enfermo, sino de confortar su espíritu, fortalecer su alma. No hay más que ver con que alegría y esperanza vuelven a su casa después de la santa misa. Es posible que los padecimientos corporales no disminuyan, pero lo que sí se acrecienta es la fuerza de resistencia del alma para soportar con paciencia y humildad el sufrimiento.

¡Señor, haz que sepamos sufrir con humildad todas nuestras enfermedades; y que en la última podamos poner con filial confianza nuestras almas en tus manos paternales, esperando tu misericordia!

C a p í t u l o 3 0 º

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