No hay fiesta más entrañable y alegre, sobre todo para los niños, que la Navidad, la fiesta del Nacimiento del Niño Jesús. Sin embargo, llama la atención que cuatro días después la Iglesia celebre la fiesta de los "Santos Inocentes", fiesta que nos recuerda un crimen terrible: Herodes manchándose las manos de sangre al ordenar la muerte de niños inocentes, quitándoles la vida sólo porque estorbaban, porque turbaban su tranquilidad y comodidad.
Herodes murió, pero ¡su pecado continúa! Se sigue cometiendo después de dos mil años del cristianismo. Es el pecado del aborto. Nuevos Herodes pasean por las calles, bien vestidos, pero con las manos manchadas de sangre de tantos niños inocentes. Nuevos Herodes que incluso se ufanan de sus crímenes, pero cuyos actos los ve el
Señor de la vida y de la muerte, por los cuales un día los juzgará.
Porque los abortos cometidos por estos seguidores de Herodes en una sola ciudad, sobrepuja cien veces a la matanza de los santos inocentes.
La rebasa en número, y la supera también en maldad. Herodes no era padre de aquellos niños; mas ahora son los padres quienes matan a sus propios hijos. Herodes los asesinó en un momento de turbación, movido por el miedo; los Herodes modernos asesinan muchas veces a sangre fría, sin darle la menor importancia.
El quinto Mandamiento defiende la vida del hombre desde la concepción, desde el momento en que el alma es creada por Dios y anima el cuerpo del recién concebido. El aborto es un pecado gravísimo porque masacra de forma horrible los cuerpecitos de niños indefensos e inocentes; un pecado que clama al cielo y que devasta el mundo.
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EL ABORTO EN EL MUNDO
Se publican estadísticas abrumadoras con respecto a los fallecidos en las guerras; y leemos con dolor que en ellas mueren millones de hombres. Y, sin embargo, ¿qué significa esto si se
compara con el número de las víctimas inocentes ocasionadas por el aborto, número que los supera con creces. Niños que Dios destinaba para
llenar la tierra, pero los detuvo aquel nefasto pecado antes de su nacimiento.
Son numerosos los patronatos, instituciones, y leyes que se han erigido en defensa del niño. Nunca como hasta ahora se ha hablado tanto de los derechos del niño, mientras de forma silenciosa y organizada se desarrolla una guerra sangrienta contra él. Hemos llegado a un extremo que en muchos países se dan más abortos que nacimientos, más féretros que cunas. Una época en que tanto se han adormecido las conciencias, que una mujer puede desvivirse por cuidar a su perrito, pero "sus nervios no resisten" el lloriqueo de un niño.
¿Nos damos cuenta de lo monstruoso que es el aborto? No sólo asesina al niño sano que lucha por nacer, muchas madres mueren también como consecuencia del mismo. Pero lo que siempre muere es el alma de la mujer, el corazón de la madre.
¿Quieres hacerte una idea de cuán horrible es este pecado? Dime: ¿tienes algún hijo en casa? ¿Un niño de seis años, parlanchín y juguetón? ¿Una niñita de cinco, traviesa y cariñosa? Coge al niño o a la niña y siéntalo en tus rodillas... Y ahora mira profundamente sus ojos angelicales: ¡Oh! ¡Qué celestial hermosura irradian! ¡Mira con qué indecible amor te abraza y te besa! Y ahora ve... coge un cuchillo de la cocina... ¡y córtale la cabeza! ¡Tú, su padre, o tú, su madre! ¡Sí, córtale la cabeza a este pequeñín adorable... échale de la vida, mátalo, asesínalo!
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Pues esto está ocurriendo actualmente con los niños por nacer. ¡Y los medios de comunicación nada dicen de ello! ¡Y los hombres no se escandalizan! ¡Y en las sociedades más opulentas se legaliza sin ningún disimulo!
Porque el mundo teme a los niños. El horror al niño es la bancarrota del
cristianismo y la vuelta del paganismo.
Mirad sino los monumentos clásicos de Roma o de Grecia: raras veréis en ellos estatuas de niños. Es que el paganismo menospreciaba a los niños y a las madres. En cambio el cristianismo surgió de la cuna de un niño; y así su imagen predilecta es la Virgen Madre, teniendo en brazos al Niño Jesús.
Si el paganismo desprecia a los niños, cualquier época, sea la que
sea, que también los desprecie, debe ser tildada de pagana.
Pero Dios ha puesto en el corazón de la mujer tales sentimientos maternales —ternura, cuidado de los más pequeños…— que si no hay niños, estos sentimientos no se satisfacen y buscan su compensación en el cuidado de perros y gatos domésticos….
Entendámonos. No digo que no sea lícito tener un perro o un gato y cuidarlo con esmero. El muro de defensa que levanta el quinto Mandamiento protege también en cierto sentido a los mismos animales, porque no está bien causarles daño o torturarlos sin motivo.
Pero no se puede entender cómo puede haber personas cultas e instruidas, que pasan indiferentes junto a sus prójimos víctimas del hambre y la miseria, mientras se afligen conmovidas porque un gatito se hirió en la patita... Yo no puedo comprender que mientras millones de hombres viven en la más absoluta miseria, que haya hombres paseando en auto a sus perritos, o festejando con una gran comilona el cumpleaños de su gato…
En algunas ciudades hay mayor número de perros que de bebés. ¡Hay
más perros que niños! Los perros están desplazando a los niños del
regazo de las madres. ¿No es esto una forma de paganismo cruel?
En las grandes ciudades hay centros especializados para perros, gatos y demás mascotas, que son atendidos por veterinarios, peluqueros y masajistas En París hay un magnífico cementerio de perros, con avenidas y criptas de mármol con artísticos bajorrelieves; y en muchos monumentos se ve la fotografía del perro extinto.
Mientras tanto, en los diarios aparecen anuncios de empleos en los que se solicita, para tal o cual colocación un matrimonio pero con una condición, que no tenga hijos. Otra forma más de desprecio de los hijos
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¿Y no es paganismo el hecho de que, cuando una persona quiere alquilar una casa o departamento, el dueño ponga como condición "que no haya perros, ni gatos, ni niños...; sobre todo que no haya niños"?
¡Que no haya niños! Pero ¿puede haber una familia ideal sin niños? Una familia sin hijos es como un jardín sin flores, un árbol sin fruto, un pájaro que no canta, una campana que no suena. Es el triunfo del paganismo, de la cultura de la muerte.
II
CONSECUENCIAS DE LA MENTALIDAD ANTINATALISTA
El miedo al hijo es ya tan espantoso, que bien podría decirse que ha estallado una "huelga de madres".
¡Qué terrible azote para una nación! Numéricamente hablando es
peor que una guerra. El número de nacimientos no llega a reemplazar el número de de fallecimientos. Y la población no sólo no deja de crecer, sino que disminuye.
Y no sólo son los causantes de esta despoblación las familias sin hijos, también las que tienen uno, o dos. Porque donde no hay más que un hijo, si mueren el padre y la madre, se liquida con déficit. Y las familias con dos hijos tampoco suponen una ganancia para la nación: no hacen más que perpetuar la situación precedente; mueren dos viejos y en su lugar quedan dos jóvenes. El país no sale ganando.
¿A dónde va a parar la nación por este camino? Aunque no tenga enemigos, aunque no se meta en ninguna guerra, perece. ¡Perecen las
naciones en que hay más féretros que cunas!
Pero no hemos de fijarnos tan sólo en la pérdida numérica.
¡Pensemos cuántos hombres geniales, cuántos inventores, científicos, santos, pierde una nación por los niños que los padres no dejaron que naciesen!
No son meras elucubraciones. Lo prueba la experiencia. Esta nos dice que muchísimos héroes de la ciencia y de la vida religiosa, los mayores por cierto, salieron de familias numerosas. Causa espanto sólo el pensarlo: ¡cuántos científicos, cuántos bienhechores de la sociedad, cuántos santos se pierden por el miedo que los esposos tienen al hijo! Porque si en otras épocas hubiesen tenido la misma mentalidad antinatalista que ahora, no habrían vivido —para no mencionar más que unos pocos— ni Santa Catalina de Siena, cuyos padres tuvieron veinticinco hijos; ni San Clemente Hofhauer, el gran apóstol de Viena, cuyos padres tuvieron doce hijos; ni Santa Teresita del Niño
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Jesús, cuyos padres tuvieron nueve. San Ignacio de Loyola tenía diez hermanos, Santo Tomás de Aquino, cinco; San Bernardo, seis.
Y si mencionamos hombres famosos: Frauenhofer, el gran físico, tenía diez hermanos; Lessing, el gran poeta, trece; Handel, el músico, diez; Haydn, otro compositor de fama mundial, doce; Benjamín Fnanklin, el inventor del pararrayos, diecisiete; Durero, el pintor, diecisiete...
Con esto se puede barruntar lo que pierde una nación por culpa del aborto. Pierde su fuerza vital, al disminuir su población, y al perder muchos hombres sobresalientes.
Pero este pecado no es tan sólo una plaga para la nación, sino también para el individuo. Es dañoso al hijo único, aunque se le haya perdonado la
vida, y perjudica gravemente a los mismos padres.
Es perjudicial al hijo único, por quien, según dicen los padres, se
hace todo: para "darle una educación esmerada", para que "no se disperse la fortuna"...
Aunque parezca que los padres pueden formar mejor y educar más esmeradamente al hijo único, en realidad los miembros más valiosos de la nación, los grandes hombres y las mujeres eminentes no suelen salir de familias de un solo hijo, sino regularmente de familias
numerosas. ¿A qué se debe esto?
A que al hijo único los padres no le educan, sino le deseducan, lo miman, lo ablandan, hacen de él un juguete. El pobrecito hijo único quisiera ser niño, pero no puede: no tiene compañeros, camaradas de juego, a quienes confiar en secreto sus alegrías y pesares; no tiene compañeros, con quienes pueda pegarse y reconciliarse de nuevo; no tiene hermanos mayores, que serían sus mejores educadores. Sí; los hermanos que juegan, que se pelean, que riñen, que lloran juntos, se educan, se pulen asperezas mediante la concordia, la renuncia y el amor, del mismo modo que los guijarros, impulsados por la corriente, se rozan en el cauce del arroyuelo y se pulen y se moldean.
De ahí que salgan mejor educados los hijos de familias numerosas. Suelen ser más generosos y realistas porque mientras crecían juntos, hubieron de tenerse atenciones, ejercitar el espíritu de perdón; y la vida les enseñó que no gira el mundo para ellos solos, y que por amor a sus hermanos deben renunciar a muchas cosas.
En cambio, donde no hay más que un solo hijo, ¿qué suerte le cabe? No tiene otros hermanitos; por tanto, se ve recluido exclusivamente a convivir con adultos. No tiene hermanos con quienes jugar y compartir ilusiones. Está sobreprotegido por los adultos, y esto le lleva a creerse una “personita”, a volverse egoísta y cerrado, pues todos los adultos giran alrededor de él.
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Así pues, el hijo único, por quien se hace todo, termina por pagar caro la falta de hermanos.
Pero la pagan también los padres. La pagan en sus relaciones con el hijo; en sus relaciones mutuas; y en las que tienen con Dios.
Es más difícil mandar a un solo hijo, que mandar a varios. Esto se debe en gran parte a que los padres que no han tenido una familia numerosa por falta de generosidad, son menos abnegados y ejemplares, y esto les quita autoridad. Por eso en vano le mandan, de nada sirve. ¿A qué se debe? Muy sencillo; el niño quiere a sus padres sin reserva, si los padres también se dan a él de un modo absoluto y no retroceden ante el sacrificio; pero si el niño, con su fina sagacidad, siente que falta de algún modo en sus padres ese espíritu de abnegación, allí termina su amor sumiso y obediente.
La educación de los hijos cuesta ciertamente, muchas fatigas; pero tiene sus compensaciones. Y no pensemos sólo en la vejez,
cuando los padres necesiten el apoyo de sus hijos. Apunto ahora a una cosa muy distinta: ¡cuántas veces los esposos pasan por días de tribulación, en que parece que no se aman y sólo hay riñas y desavenencias! ¡Días tristes y nublados, en los cuales el único consuelo para los padres lo constituye el candor de sus hijos pequeños, quienes hacen de ángeles custodios de su matrimonio. Tristes desavenencias que, si no desembocan en el distancia- miento definitivo, es única y exclusivamente por la fuerza invencible del amor de los hijos.
¡Cuántas veces se ha repetido el caso de matrimonios en riña diaria y constante, en riesgo de divorciarse, en que la llegada de otro hijo consolida definitivamente la familia! Los datos lo prueban: en proporción la mayoría de los matrimonios que se divorcian no tienen hijos o como mucho un hijo único. Estos números hablan con clari- dad: cuando el niño es recibido con alegría y se aceptan de buen grado los pesares que su educación supone, el amor y el aprecio mutuo de los padres aumenta también y se refuerzan los vínculos matrimoniales.
P a r a l o s p a d r e s c r i s t i a n o s h a y o t r o a r g u m e n t o , más importante que los anteriores, para tener hijos: la voluntad de Dios. El niño es un don de Dios, una «bendición del Cielo» —decían en otros tiempos en un mundo más embebido de savia religiosa. El hecho de aceptarlo y educarlo se imputaba como mérito para la vida eterna; en cambio, se consideraba un pecado tremendo el hecho de rechazarlo.
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El aborto es horrible también porque impide a los niños por nacer que reciban el bautismo. Y de esto son culpables principalmente sus padres.
La Iglesia, para destacar la gravedad de la culpa por haber abortado, reserva al obispo la facultad de perdonarla; no puede absolver de tal pecado un sacerdote, sino sólo el obispo o al confe- sor que se le haya facultado expresamente para ello.
Llega el día en los que cometieron el aborto se dan cuenta de su pecado, y ahí viene su mayor castigo aquí en la tierra: las acusaciones de la propia conciencia, los crueles remordimientos. Se dan cuenta que el clamor de la sangre derramada clama al Señor:
La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra. Maldito, por tanto, serás tú desde ahora sobre la tierra, que abrió su boca y recibió la sangre de tu hermano...; errante y fugitivo vivirás sobre la tierra (Gén 4,1012).
SAHKESPEARE, en la obra Macbeth, escribe respecto del asesinato: «Todos los perfumes de Arabia no son capaces de quitar de las manos asesinas el olor de la sangre; no hay agua que lave sus rojas manchas. Aparece y reaparece la figura ensangrentada de la víctima y el asesino grita: ¡Preferiría que viniesen tigres, con tal que no venga tal visión!»
¡Con tal que no venga tal visión! Y sin embargo, surge hasta en los
sueños. La tranquilidad se esfuma; la felicidad de la vida conyugal está envenenada... ¡Y el alma se agita sin sosiego! Habría un camino — un solo camino— para recuperar la paz perdida: una confesión sincera. Pero prefieren no reconocer su pecado, prefieren seguir así... y los corazones se endurecen y se alejan cada vez más de la Iglesia. ¡Y qué terrible debe ser morir en este estado!
Dios nos pedirá cuenta del quinto Mandamiento: No matarás. Perece la nación en que hay más féretros que cunas. No tiene futuro.