Uno de los sabios más insignes del segundo siglo del cristianismo, CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (en su obra Paedagogus, 3, 4), hace mención de las damas romanas que saben educar con solicitud maternal a sus hijos, pero echan a la calle, sin el menor remordimiento, a los hijos de las esclavas, nacidos en su casa.
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¡Qué horror y espanto debió llenar el alma de este Santo Padre al escribir estas líneas! ¡Qué horror y espanto se apodera también de nosotros al ver los ataques que sufren hoy día los niños no nacidos!
Cuando el Faraón de Egipto no quiso libertar al pueblo hebreo, que tenía esclavizado, Dios castigó á los egipcios con varias plagas y por fin les infligió la más espantosa: envió a su ángel exterminador, que fue pasando de casa en casa matando a los primogénitos. Fueron
grandes los alaridos en Egipto: porque no había casa en donde no hubiese algún muerto (Ex 12,30).
Hoy día se propaga también entre nosotros esta plaga de Egipto. Acaso perdone la vida de los primogénitos —ni tampoco a éstos en todas partes—, pero estrangula inexorablemente a los demás niños, o suprimiéndolos en el vientre de la madre (es el pecado contra el quinto Mandamiento), o ni siquiera permitiéndoles que sean concebidos (es el pecado contra el sexto Mandamiento, el de la contracepción). Y oímos el grito que brota de los hombres más sensatos: Si se pierde la conciencia
moral, se pierde la nación; esto no puede seguir así.
Veamos en este capítulo de dónde brota este mal y dónde podríamos encontrar el remedio.
I
¿CUÁLES SON LAS CAUSAS DEL MIEDO QUE SE TIENE AL HIJO? Antes de todo mencionemos una ideología, embellecida con aparentes visos de modernidad, el llamado neomaltusianismo, de que se hace mención con harta frecuencia, y que quiere poner un dique a la humanidad que va creciendo, para evitar así que perezca de hambre.
Los portavoces de esta doctrina inquietan a los padres diciendo:
"¡Atención! ¡Ya hay demasiados hombres! Los productos de la tierra no
son proporcionados al aumento de población, y así un día u otro nos encontraremos con el hambre, si no limitamos la natalidad."
Naturalmente, esta teoría, consagrada como "científica", viene muy a propósito para los que quieren justificar su pecado.
Sin embargo, hoy día ya es un argumento sin valor. Ahora ya no cabe duda de que se puede intensificar la agricultura, cultivar inmensos territorios de barbecho, multiplicar la producción de alimentos, y por lo tanto, vivir muy bien, no la población actual de esta vieja Tierra, sino muchos miles de millones más.
¡De modo que la culpa no la tiene nuestro viejo globo terráqueo! Por este motivo nos quedamos asombrados al oír en muchos países se siguen presentando proyectos de ley inspirados en el neomaltusianismo. Se quieren suprimir las sanciones estableci-
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das contra el infanticidio, se quieren quitar de los Códigos penales los severos artículos qué —con muy buen criterio— persiguen este pecado de una manera oficial.
Hay que dar solución al problema. No atacar los síntomas en vez
de curar la enfermedad. El horror al niño es el síntoma; la enferme- dad es la pérdida de la conciencia moral. No hemos de contemporizar con las consecuencias, sino ir al fondo del problema, atacar la enfermedad en su raíz.
El aumento del pueblo nunca ni en ninguna parte ha significado la miseria del pueblo. Cuanto más numeroso es un pueblo, tanto
mayor es la intensidad económica y técnica con que trabaja: el pueblo nómada se vuelve agricultor, cambia su arado de madera con un arado de hierro. En cambio, la disminución de la población trae consigo la miseria material.
En muchos casos puede comprobarse que la causa del horror al hijo no está en la situación económica. Muchas veces en los departamentos alquilados (pequeños y apretujados) y en las míseras viviendas de los suburbios, todo retumba por el ruido de los niños, mientras que en los chalets de los ricos reina un silencio sepulcral. Se han contado los niños que hay en las cuarenta y cinco casas de la calle más distinguida de Nueva York: en estas casas,
que son las más ricas, se encontraron en total diecisiete niños. Y
yo sé de una casa elegantísima y opulenta, donde no hay niños y donde los galgos sé refocilan con golosinas procedentes del primer repostero de la ciudad. Cuanta más rica es la familia, tanto menor el número de hijos. ¿No es esto la refutación rotunda del neomaltusianismo? ¿No nos advierte con claridad meridiana que debemos buscar una causa más profunda del horror al hijo?
La horripilante matanza de niños que se hace ahora por toda Europa no es debida tan sólo a la precaria situación económica de la humanidad, sino a la quiebra que sufre la conciencia moral. Los hombres han perdido la fe religiosa. Y con el olvido de la vida eterna y de la responsabilidad que tenemos ante Dios corre parejas él afán de placeres y comodidades en este mundo, placeres que, como es natural, se ven impedidos por la llegada de un niño16. El cine y la
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CIC 2366: La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don mutuo, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que "está en favor de la vida" (FC 30), enseña que todo "acto matrimonial, en sí mismo, debe quedar abierto a la transmisión de la vida" (HV 11). "Esta doctrina, muchas veces expuesta por el magisterio, está fundada sobre la
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literatura chabacana, la calle y el ambiente frívolo que respiramos, llegan a destrozar el alma a los dieciocho años de edad, matando en ella no solamente la pureza del joven, sino aun el concepto justo y honrado del matrimonio. La generación actual oye hablar constan- temente de placeres, y rarísimas veces de obligaciones; se le dice que la vida es para gozar: "¡más goces y menos cargas!" Ved ahí la quiebra de la conciencia moral; vez ahí la causa del infanticidio.
Su causa es el espantoso concepto pagano que hoy día se tiene
del niño. Cito algunas líneas de cartas que me llegan. «Mi esposo es
de un carácter muy vehemente, y me mataría si llegase otro hijo...» Así se queja una esposa. Otra escribe de esta manera: «En la sociedad actual todos me dicen que es de tontos tener niños. ¿Que es pecado? ¡Qué ha de serlo! Es cosa tan inofensiva como hacerse empastar una muela. Dos, tres muelas; dos, tres operaciones al año... »
Así está en la carta: ¡dos, tres muelas; dos, tres operaciones! Palabras que hielan la sangre. Decidme: ¿exagero al afirmar que la última y principal causa del horror al niño es el modo de pensar cínico, la comodidad personal, la vida sin sentido, la posibilidad de ocupar un puesto más alto en la empresa, el deseo desenfrenado de vivir, en una palabra, el concepto frívolo y anticristiano de la vida?
Me parece oír las quejas que se levantan al leer este capítulo. «Para un sacerdote resulta fácil hablar y legislar…, no conoce las dificultades de la vida moderna... no sabe qué miseria pasan, cómo penan muchas familias... No hay trabajo, no se gana lo suficiente, no hay manera de vivir...»
¿Qué voy a contestar?
Tengo que reconocer —con dolor y espanto, pero es así—, debo reconocer, que en las actuales circunstancias sociales y económicas late una gran tentación a cometer este pecado, y que debido a la injusticia
del actual orden económico, a muchos esposos honrados les cuesta lo indecible llevar una vida matrimonial sana, irreprochable moralmente, conforme a la voluntad de Dios.
Sé, y lo digo sin rodeos —y es una terrible acusación contra el orden actual del mundo— que, en la situación angustiosa de hoy día muchas
veces no hay otro camino, aun para los esposos más serios y fervorosos, que este difícil dilema: ¡o pecado, o heroísmo! O se asustan de las cargas que acarrea el niño, y le cierran pecaminosamen- inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador" (HV 12; cf Pío XI, enc. "Casti connubii").
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te la puerta de la vida; o no quieren rebelarse contra los planes de Dios y aceptan los hijos, pero juntamente con ellos, las renuncias, las privaciones, los pesares sin número, que traen como cortejo. Sí: ¡pecado o
heroísmo!; pero ¿es lícito titubear siquiera un momento para saber qué
partido es preciso escoger?
¡Aceptar al niño!
—¡Oh! Fácil es decirlo. Pero hay una miseria extrema, y ya, no es posible vivir así. «No tenemos más que un cuarto y la cocina; y ya hay dos niños....» «Mi marido gana una miseria, y ya nos hemos cargado con cuatro hijos que llorando nos piden pan…» «¡Mi esposa es tan enfermiza! Seguro que no resistiría un nuevo parto...» «Ya nos gustaría tener más hijos, pero ¿vamos a exponerlos a la miseria? ¿En situación tan desesperada no nos es lícito poner todos los medios para que no nazca el niño?...»
Así se quejan algunos, aun gente buena.
¿Qué vamos a responder a estos hermanos? ¿Hemos de decirles que rebajen más aún sus pretensiones en el modo de vivir? Pero es que ya no se puede más. Aquí no hay más que una solución —voy a decirlo con toda sinceridad—, aquí la Iglesia reconoce también el derecho de defensa pero ¿cómo? Fijaos, ¿cómo lo reconoce? Aplicando a este caso las palabras de SAN PABLO, y es ésta la solución: Los que
tienen mujer, vivan como si no la tuviesen (I Cor 7,29). Es decir: el único modo lícito de defenderse, de evitar tener más hijos, es una vida continente —es decir, la abstinencia— dentro del matrimonio.
Sea que la esposa es enfermiza y no podría resistir un nuevo parto, sea que la miseria es extrema, la única defensa lícita es ésta: la abstinencia del esposo. Sí: ¡el dominio de sí mismo! Algo típicamente cristiano. Dominio de sí mismo; si es necesario, si así lo exigen las circunstancias económicas o el estado de la esposa lo reclama, el esposo renuncia por cierto tiempo a los derechos que le da el matrimonio.
¿Que es imposible? ¿Es el instinto tan fuerte que no hay manera de refrenarlo? Sin ayuda de Jesucristo es punto menos que imposible. ¡Si eres hombre y nada más, no te será posible! Pero si además eres
cristiano, ¡entonces sí, podrás hacerlo! Si acudes a Dios en tus
oraciones y procuras recibir en los santos sacramentos la fortaleza que necesitas, ¡es posible! La pasión sexual no es argumento; con el mismo derecho podrías decir: «No se puede pedir que si alguno me da un golpe, yo no le conteste con otro...» ¿Tan impetuoso es el instinto? «Si hay algo que me gusta en un supermercado, no se me puede pedir que no lo robe...» ¿Tan poderoso es el instinto?
Sin tener a raya, nuestras pasiones, ¿podemos hablar de cultura? ¿En qué consiste la cultura? En dominar las fuerzas naturales. Cultura es el dique, que detiene la corriente impetuosa. Cultura es la máquina, que
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encauza la energía para nuestros fines. El hombre moderno está orgulloso de dominar la naturaleza e ir venciendo una tras otra sus fuerzas indómitas. ¿Y serán precisamente los instintos los que no podremos dominar? En todo hemos querido ser dueños de la naturaleza, ¿y justamente en este punto hemos de permitir que la naturaleza señoree y
tiranice nuestra alma?
Hay que hablar claro: Según la moral católica, los medios que tratan de evitar la concepción de una nueva vida humana, no basados en la abstinencia o continencia dentro del matrimonio, constituyen un pecado grave; o contra el quinto (anticoncepción o contracepción y esterilización) o contra el sexto Mandamiento (aborto). O bien se usa del matrimonio tal como Dios lo dispuso, o ha de haber abstención; no hay término medio, no hay una tercera solución.
«Otra vez estamos en lo mismo: ¡o pecado o heroísmo!» Sí, estamos otra vez en esta disyuntiva. Así se titula el presente capítulo. Es lo que Jesucristo nos anunció: quien quiera seguirle ha de negarse a sí mismo, cargar con su cruz a cuestas... y así ¡adelante!, ¡a seguirle!
Bastaría que la Iglesia fuera menos exigente en este solo punto para ganar al momento miles y millones de adhesiones. Pero es imposible. ¿Por consideración a estos millones de hombres, es posible modificar en una sola tilde los principios? ¿Podría la Iglesia católica —la que ha de soportar tantos y tan amargos reproches por ser inexorable justamente en este punto—, podría la Iglesia católica cambiar algo en los planes del Señor, enmendarlos y permitir por lo menos a los matrimonios pobres, que no tienen más que una sola habitación para vivir, o a los enfermizos, usar del matrimonio sin comprometerse a acoger al niño? ¿No sería esta cesión una brecha por la cual entraría el diluvio de la maldad humana que busca acabar con todos los niños? El catolicismo no mitiga en nada las leyes dadas por Dios, para no traicionar a su divino Fundador. Y se ve forzado a hablar de esta manera: o vida matrimonial, y en este
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por lo menos en las fases fértiles), como único camino para evitarlos.17
«El catolicismo es demasiado riguroso, necesita reformarse» — así me escribió alguien. No es nuestra religión la que necesita ser reformada sino el la forma de vivir y de pensar de la sociedad.
II
¿DÓNDE. ENCONTRAR EL REMEDIO?
El rechazo al niño está tomando tales proporciones que el mismo Estado se ve obligado a buscar con diligencia un remedio contra este mal. Porque la nación está en trance de perecer.
No cabe duda de que el temor al hijo tiene también sus causas económicas —afirmo que en los matrimonios honestos es su única causa—; y por esto sería necesario, para solucionar el problema, que el
Estado hiciera todas las reformas necesarias. Y para ello no basta
organizar fiestas, condecorar y festejar a las madres que tienen muchos hijos... —esto sólo es una minucia—, sino que sería menester
todo un cuerpo compacto de profundas disposiciones legislativas.
¿Cuáles han de ser éstas? Las siguientes, por ejemplo: apreciar en todos los órdenes a las familias numerosas, dándoles compensaciones. Dar más facilidades a las embarazadas para encontrar un empleo. Disminuir la cuota de impuestos en proporción a los hijos que se tienen. Hacer más campos de deporte y parques donde puedan jugar los niños. Procurar viviendas sanas. Castigar la pornografía. Castigar inexorablemente a los que hacen de verdugos de Herodes. Tratar de que las necesidades básicas familiares sean menos costosas. Eximir a las mujeres de los horarios rígidos de trabajo... Todas estas cosas serían necesarias.
Pero, reconociendo la importancia y la necesidad de todas estas medidas, no podemos pasar en silencio una observación. Todo esto
es necesario, pero... no es suficiente. No basta; porque la llave de la
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CIC 2370: La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos (cf HV 16) son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala "toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación" (HV 14)…
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solución definitiva del problema no es la biología, ni la salud, ni la política social, sino la ética, la moral cristiana.
Estamos muy lejos de despreciar la importancia de las reformas sociales y económicas. La cuestión es tan vital, en ella se juega tanto la vida o la muerte, que todos han de hacer lo posible para darle solu- ción. Pero todas estas medidas serán inconsistentes cuando se desate la tempestad de las pasiones y las justificaciones del egoísmo y del amor a la comodidad, si no se toman en cuenta las prescripciones inquebrantables de los Diez Mandamientos.
De otra forma el problema no tiene solución, pues el interés del individuo choca con el de la sociedad. Es punto menos que imposible que la persona asegure a costa de su sacrificio el bien de la nación si sólo se tiene en cuenta esta vida terrena. Sólo lo podrá lograr la fe religiosa, que atenta a la voluntad del Legislador supremo, saca al individuo de su reducido círculo de egoísmo y lo levanta a las alturas de la esperanza y de la caridad. No caigo, por tanto, en exageración si digo, que hoy día es solamente esta entereza exigente de la Iglesia, la que puede salvar a la
Humanidad de su extinción.
En primer lugar, la Iglesia defiende a la humanidad por la vía coercitiva: mediante el castigo. Si hay hombres que no descubren la indecible bajeza de su proceder pecaminoso, entonces les abre los ojos la magnitud del castigo al que se verán expuestos. La Iglesia castiga con severa pena, con excomunión reservada al Obispo, el pecado de la madre y del médico y de todos los que toman parte en el infanticidio. El que va a confesarse de semejante pecado, sabe ya de antemano que no podrá obtener la absolución, sino a costa de dura penitencia, ¿No es verdad, que el hombre que todavía es creyente, aunque su fe sea débil, se espantará y dejará de cometer el pecado al ver tan duro castigo? Podemos hacer constar con orgullo, que en los países y en las regiones en que se vive una verdadera vida católica, proliferan los niños.
Pero además de esta fuerza prohibitiva, coercitiva, además de este medio negativo, tiene la Iglesia otro positivo: el inculcar el amor al niño,
porque es mensajero de Dios, porque es una bendición del Señor.
Los esposos cristianos reconocen que la excelsa dignidad de ser padres y las graves responsabilidades que involucra, ambas proceden del mismo Dios creador.
Realmente son graves las responsabilidades de los padres, llenas de sacrificios. Los alemanes tienen un proverbio —que aunque algo exagerado— tiene un gran fondo de verdad: "El que vive sin hijos, no sabe lo que es sufrir." Es verdad. ¡Cuántos sacrificios, cuántas fati- gas, cuántas noches de insomnio trae consigo el cuidado de los hijos