Por Ruth Carlino*
tártela en un suspiro. Es aquí donde toma fuerza la teología del pecado, de lo malo, de la desobediencia a dios; todo ello infundido por el maligno, por esa otra imagen distorsionada del mal al que llamamos satanás. Y es con esta doble cara de la imagen de dios como las igle- sias muchas veces tratan de manipular a sus fieles con la nefasta pedagogía del miedo, del temor a la ira de dios.
Y es cuando entramos en la esfera de la con- ciencia, cuando intentamos comprender esta imagen del dios incomprensible, cuando nos damos cuenta de que realmente Dios no puede ser así, porque tampoco casa con el Dios de las Escrituras, en las que muchas veces encontra- mos contradicciones y distintas imágenes de un mismo Dios. Enfrentarse a ello nos exige salir de nuestra zona de confort; abandonar la comodidad y seguridad de esa imagen de dios para adentrarse en lo desconocido en busca del Dios del misterio, aquel que no podemos ex- plicar: El Dios inexplicable. Esta nueva ima- gen de Dios nos muestra otra realidad muy distinta a la que conocemos, ya no es la forma segura de creer en Él, que se nos proyecta so- cialmente, sino otra forma en la que nos encon- tramos andando entre arenas movedizas, tratando de explicarnos aquello que no pode- mos porque se escapa al limitado entendi- miento humano. Si bien es cierto que aquello que no somos capaces de entender nos infunde temor, también lo es el hecho de que a medida en que nos adentramos en esta nueva imagen de Dios, encontramos una paz distinta y más reconfortante que la que anteriormente tenía- mos con el “dios de la varita mágica”. Dios es un misterio y lo será siempre, nuestro vano intento de antropomorfizarlo no sirve ni de lejos para explicar dicho misterio. En nues- tro caminar por estas arenas movedizas nos damos cuenta de que Dios no es algo ajeno a nosotros mismos, no es algo o alguien que esté fuera esperando que le pidamos para intervenir en nuestras vidas, sino todo lo contrario, Dios está en cada persona, no está con nosotros sino en nosotros, llevamos su semilla en nuestro in- terior, forma parte de nuestro ADN, y su única forma de intervenir es por ende, a través de nosotros mismos, siendo cada uno, Dios para los demás; dejándonos tocar y moldear por el misterio, ese que no podemos explicar pero que sabemos que está ahí. Ese misterio que da
la vida y que tantas veces tratamos de silenciar llenando nuestro brocal del pozo de imágenes absurdas.
El Dios misterio es inexplicable, pero es el que realmente es capaz de transformar vidas, de to- carnos y bendecirnos desde otros parámetros que no estamos en condiciones de entender, ante el cual solo podemos entregarnos, dejar- nos hacer, sin chantajes ni trampas, sin necesi- dad de intercesores ni mediadores; es el Dios que te mira de frente, el que te confronta ante tu propia realidad, el que te exige mayores cotas de fe, porque no te ofrece contrapartida alguna, sólo la confianza de estar en ti, de reír contigo, de sufrir a tu lado, de apretar los dien- tes al mismo tiempo que tú, solo es cuestión de dejarse hacer, de deslumbrarse ante el misterio que emana de un Dios que es puro amor, un Dios incapaz de salvar a unos y abandonar a otros, un Dios honesto y fiel.
El Dios misterio, es el Dios de los valientes, de aquellos que se arriesgan sin esperar nada a cambio, de aquellos que no caen en la tenta- ción del vil chantaje hacia Dios. Son muchas las personas que llegan a entender que la ima- gen del Dios incomprensible no es fiel reflejo de Él mismo, pero que aun así no son capaces de completar el tránsito hacia el mínimo acer- camiento al Dios inexplicable, y por ende se quedan con una imagen vacía de Dios, la cual también moldean a su imagen y semejanza lle- gando a justificar lo injustificable. No debemos confundir ni confundirnos; la falta de ética y de moral no proviene de ningún Dios, ni de ninguna de sus imágenes; desechar una imagen concreta de Dios no significa que podamos crear la que nos convenga según soplen los vientos de nuestra vida. Dios es y será siempre el mismo, el del gen de bondad, el que infunde lo bueno de la condición humana, todo lo demás es pura distorsión, muchas veces ma- quiavélica por nuestra parte.
Acercarse al Dios misterio inexplicable es la aventura más fascinante que podamos vivir, porque ya no se trata de un dios definido que nos muestran y nos dan desde el nacimiento, sino del descubrimiento paulatino de Él mismo. R
1.1 La infiltración judía en los Tercios
españoles
Uno de los principales componentes de la introducción de la Reforma en España fue- ron los conversos judíos y moros, marranos y moriscos o cristianos nuevos. Sin em- bargo, otros fueron también los lugares por donde penetró tempranamente el lutera- nismo y el calvinismo, como fueron los Ter- cios españoles con muchos soldados judeoconversos. La infiltración judía en el clero, con monasterios como los jerónimos llenos de conversos fue otro de los lugares de penetración del protestantismo, que consideraremos en otro apartado más abajo. No nos olvidaremos de la repercu- sión de los extranjeros europeos en la Es- paña del siglo XVI que activarían algunos sectores artesanales, introducirían la Re- forma y aliviarían las arcas de la Hacienda pública que estaba en bancarrota (1575 y 1597) y que trataremos en otro capítulo. Dice Julio Caro Baroja que el capitán de los ejércitos del emperador Carlos V, Gonzalo Fernández Oviedo, a principios de del siglo XVI, había visto que en las compañías de soldados alemanes que pululaban por Italia existía una proporción regular de soldados judíos y por ellos se extendían las herejías luteranas. Menéndez y Pelayo tratando del luterano Francisco de San Román dice que “algunos arqueros de la guardia del empe- rador, contagiados de las nuevas doctrinas, recogieron los huesos y cenizas del muerto, a quien tenían por santo y mártir.”
Evaristo de San Miguel en su Historia de Fe- lipe II, también dirá que el luteranismo no solo se concretó en Alemania, sino que pasó a Francia, Italia y España traído por los soldados luteranos de Carlos V “pues en las filas imperiales tenían cabida todas las sec- tas y naciones”. San Miguel culpabiliza a las tropas de Carlos V de las profanaciones en el saqueo de Roma. Dice: “Una gran parte de los excesos, sobre todo de las profana- ciones que se cometían en Roma durante su ocupación por las tropas de aquel príncipe, se atribuye a los soldados luteranos”. Este autor también busca un chivo expiatorio de este saqueo en los “soldados luteranos” y defiende al emperador frente al Papa di- ciendo que “los mismos soldados de Carlos V y enseguida de Felipe II eran los introduc- tores de la peste (luterana) en cuya extirpa- ción mostraban con tanto afán ambos príncipes”.
Hablando del saqueo de Roma, Menéndez Pelayo no acusará a los soldados luteranos como lo hace San Miguel, sino que lo con- siderará el justo castigo de Dios ante los vi- cios y torpezas de la corte de Roma. Sin embargo, cita al secretario de Carlos V, Francisco de Salazar, diciendo: “Y este se- cretario, que debía de parecerse algo a (Al- fonso) Valdés y estar un tanto contagiado de doctrinas reformistas, añade: “Es gran dolor de ver esta cabeza de la Iglesia univer- sal tan abatida y destruida, aunque en la verdad, con su mal consejo se lo han bus- cado y traído con sus manos. Y si de ello se ha de conseguir algún buen efecto, como se debe esperar, en la reformación de la Igle-
Manuel de León
Historiador y Escritor