B. Modelos cognitivos basados en diversos modelos de representación
1.3 Trauma y salud mental
1.3.3 Trauma y crecimiento postraumático
1.3.3.1 Delimitación conceptual del crecimiento postraumático
La idea del cambio positivo consecuencia del enfrentamiento a la adversidad aparece ya en la Psicología existencial de autores como Frankl (2014), Maslow (1972), Rogers (1987) o Fromm (1985) y la psicología ha empleado distintos términos para describir este fenómeno, como por ejemplo crecimiento relacionado con el estrés (Park, Cohen y Murch, 1996), crecimiento tras la adversidad (Linley y Joseph, 2004), florecimiento (Keyes y Haidt, 2003; Ryff y Singer, 2000), beneficios percibidos (Calhoun y Tedeschi, 1999), cambios positivos (Joseph y Butler, 2010) y cambios psicológicos positivos (Yalom y Lieberman, 1991), entre otros. Además, la concepción del ser humano capaz de transformar la experiencia traumática en aprendizaje y crecimiento personal ha sido un tema central en siglos de literatura, poesía, filosofía, etc. (Saakvitne, Tennen y Affleck, 1998), pero ignorada por la Psicología clínica científica durante muchos años.
Sin embargo, en los últimos años se ha constituido dentro del ámbito de la psicología una corriente especializada en el estudio de los procesos salutogénicos que pueden proteger al individuo antes las diferentes situaciones adversas que pueda experimentar. Este tipo de aproximación al ser humano, llamada Psicología Positiva y encabezada en Estados Unidos por Martin Seligman de la Universidad de Pennsylvania, ha cambiado el foco
de atención de los investigadores de la enfermedad a la salud, de la debilidad y el daño a la fuerza y la virtud (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). El tratamiento, por su parte, no se centra en el síntoma o en el trastorno, sino en el desarrollo de lo que es mejor para el sujeto (Carrobles y Benevides-Pereira, 2009). No obstante, el estudio de los cambios positivos resulta muy complejo y su campo de investigación permanece abierto y es objeto de crítica y debate (Vázquez, 2013).
Desde esta aproximación, uno de los constructos que más importantes para dar cuenta de los cambios positivos tras las experiencias adversas es el crecimiento postraumático. El término crecimiento postraumático apareció por primera vez en la literatura psicológica en 1995 (Tedeschi y Calhoun, 1995) y hace referencia al cambio positivo que un individuo experimenta como resultado del proceso de lucha que emprende a partir de la vivencia de un hecho traumático. Para estos autores, este concepto, aunque está estrechamente relacionado con otros como hardiness o resiliencia no es sinónimo de ellos, ya que, al hablar de crecimiento postraumático no sólo se hace referencia a que el individuo enfrentado a una situación traumática consigue sobrevivir y resistir sin sufrir trastorno alguno, sino que además la experiencia opera en él un cambio positivo que le lleva a una situación mejor respecto a aquella en la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Tedeschi y Calhoun, 2004).
Las investigaciones se han centrado en delimitar qué características de personalidad facilitan o impiden un desarrollo o un cambio positivo a raíz de experiencias traumáticas. Calhoun y Tedeschi (1999, 2006), dos de los autores que más han aportado a este concepto, dividen en tres categorías el crecimiento postraumático que pueden experimentar las personas: cambios en uno mismo, cambios en las relaciones interpersonales y cambios en la espiritualidad y en la filosofía de vida.
• Cambios en uno mismo: es un sentimiento común en muchas de las personas que afrontan una situación traumática el aumento de la confianza en las propias capacidades para afrontar cualquier adversidad que pueda ocurrir en el futuro. Al lograr hacer frente a un
suceso traumático, el individuo se siente capaz de enfrentarse a cualquier otra cosa. Este tipo de cambio puede encontrarse en aquellas personas que, por sus circunstancias, se han visto sometidas a roles muy estrictos u opresivos en el pasado y que a raíz de la lucha que han emprendido contra la experiencia traumática han conseguido oportunidades únicas de redireccionar su vida. Estas ideas son consistentes con los trabajos que indican que las convicciones políticas e ideológicas son el principal factor positivo de resistencia en presos políticos y torturados (Pérez-Sales, Vázquez y Arnoso 2009). No obstante, en esta categoría reside la coexistencia de elementos positivos y negativos; esta sensación de fortaleza está unida con un sentimiento adquirido de vulnerabilidad, de saber que uno puede estar en el “ojo del huracán” en cualquier momento (Tedeschi et al., 2004).
• Cambios en las relaciones interpersonales: muchas personas ven fortalecidas sus relaciones con otras a raíz de la vivencia de una experiencia traumática. Suele ser común la aparición de pensamientos del tipo "ahora sé quiénes son mis verdaderos amigos y me siento mucho más cerca de ellos que antes". Muchas familias y parejas enfrentadas a situaciones adversas dicen sentirse más unidas que antes del suceso. Por ejemplo, la muerte de un familiar puede hacer que miembros de la familia se acerquen más entre sí al darse cuenta de la posibilidad de perderse (Vázquez y Pérez-Sales, 2003). Por otro lado, puede surgir la necesidad de compartir lo ocurrido y expresar sentimientos. Finalmente, el haber hecho frente a una experiencia traumática despierta en las personas sentimientos de compasión y empatía hacia el sufrimiento de otras personas y promueve conductas de ayuda. Asimismo, también se puede ver acrecentada la necesidad de pedir ayuda, por lo que se puede ver aumentado el uso de apoyo social (Pina et al., 2008).
• Cambios en la espiritualidad y en la filosofía de vida: las experiencias traumáticas tienden a sacudir de forma radical las concepciones e ideas sobre las que se construye la forma de ver el
mundo (Janoff-Bulman, 2006). Es el tipo de cambio más frecuente. Cuando un individuo pasa por una experiencia traumática cambia su escala de valores y suele apreciar el valor de cosas que antes obviaba o daba por supuestas, tomándose la vida de un modo más sencillo y disfrutando más de las pequeñas cosas. Se aprecia más lo que se tiene, se valoran más los detalles y se discierne entre lo que es importante y lo que es secundario o accesorio (Calhoun, Cann, Tedeschi y McMillan, 2000; Pérez-Sales, 2006).