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DEMOCRACIA MUNDIAL

In document DICCIONARIO DEL PODER MUNDIAL (página 66-70)

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a aceleración del proceso de mun- dialización a finales del siglo XX y principios del XXI ha conducido a la humanidad a una situación inédita en la historia en la que un número creciente e importante de problemas necesitan una gestión a escala mundial, como la extrema pobreza, las desigualdades, el colapso financiero, la crisis climáti- ca y energética, la persistencia de los conflictos armados, la regulación del comercio, los derechos laborales y el desempleo, las migraciones, el agota- miento de los recursos, el cambio cli- mático o la gestión de las comunicacio- nes. Frente a ello, la actual gobernanza mundial se ha revelado incapaz de tra- tar adecuadamente estos desafíos. Este sistema consiste en una multiplicidad de actores y de acuerdos que constitu- yen un conglomerado en el que existe poca o mala cooperación a la par que enfrentamientos, y en que cada actor antepone sus intereses particulares al interés de la comunidad mundial. No existe una coordinación permanente entre las instituciones internacionales ni entre éstas y muchos países o auto- ridades sub estatales, y su organización interna no es suficientemente democrá- tica ni rinde cuentas a la ciudadanía. Estamos aún lejos de algo parecido a una democracia mundial, y ésta se mantiene en ese estado transitorio de las ideas cuya implementación es un asunto apremiante desde hace tiempo, pero que no puede concretarse por falta de voluntad y de consenso entre los di- ferentes actores concernidos para avan- zar en esa dirección.

El proceso de elaboración, consenso e implementación de un plan para llegar a una democracia mundial será largo. Una nueva organización política ha de ser legítima a los ojos de la comunidad humana, y para dar voz a las necesida- des humanas se debe sin duda adoptar una forma u otra de democracia. Por ello, para definir este proceso, las pre- guntas que cabe plantearse son ¿qué tipo de organización política precisa la comunidad humana? Y si ésta ha de ser democrática, ¿en qué puede consistir una democracia mundial?

Durante los siglos XIX y XX, algunos Estados modernos fueron capaces de construir democracias en el interior de sus fronteras. Estos regímenes repre- sentativos, parlamentarios y multipar- tidistas operan actualmente a escala de una mayoría de los 200 estados sobera- nos y constituyen el tipo de democracia dominante. Pero por un lado, la ley del más fuerte, que incluye la amenaza o el uso real de la violencia, continúa sien- do la lógica dominante en las relacio- nes internacionales, mientras que por otro, la capacidad de acción de estos Estados en sus propios territorios está crecientemente limitada si no se alinea con las directrices, consejos o tenden- cias dictados por los actores económi- cos que dominan el orden mundial, ta- les como las instituciones financieras, las grandes transnacionales o las redes y grupos de intereses diversos que con- centran a la élite mundial. Así, la de- mocracia de los Estados se somete en la práctica a la dictadura del mercado único y la ilegitimidad de los gobiernos que la practican es cada vez más insul- tante a los ojos del pueblo.

A pesar de todo ello, a lo largo de la his- toria, en cada época y cultura, no han faltado visiones y propuestas de orga- nización política del mundo. En África, el concepto Ubuntu expresaba la depen- dencia del individuo respecto al todo: “soy porque somos”. Los pueblos an- dinos elevaron la Pachamama o madre tierra a rango de divinidad organizando sus sociedades en el respeto a la natura- leza. En la China feudal (siglos VIII-V AdC), Confucio añoró la unidad perdida y soñó con un “Mandato del Cielo” con gobernantes legitimados por su buena conducta, mientras que Mozi apeló al amor mediante la ética de la solidaridad y la igualdad y sus discípulos desarrolla- ron las ideas de bienestar material, ne- cesidades humanas básicas y estabilidad social. Los filósofos estoicos acuñaron el concepto de cosmópolis o ciudad uni- versal esperando que el Imperio Roma- no evolucionase hacia esta cosmópolis ideal. La idea de “Umma” o comuni- dad islámica ha sido interpretada como el conjunto de la humanidad y el Islam

ensalza valores como la diversidad cul- tural y la coexistencia pacífica, junto a un sentido de justicia global. La filosofía hindú, por su lado, desarrolló en el siglo XII el concepto de “Vasudhaiva Kutum- bakan” (la Tierra entera como una sola familia). En esta época en Europa, Dante aspiró a un gobierno universal, indepen- diente del poder religioso. Con la llega- da de la modernidad, Hobbes definió en el Leviathan la situación anárquica que resulta de la aplicación de la ley del más fuerte, mientras Rousseau esbozó un primer modelo federal. En su proyecto de “Paz Perpetua”, Kant estableció la diferencia entre la ausencia de guerra y la verdadera paz mediante la necesidad de establecer un sistema jurídico inter- nacional capaz de hacer renunciar a los países de la época a sus intereses impe- rialistas o colonialistas. Para ello, los Estados, organizados cómo repúblicas (entendiéndose hoy en día como siste- mas democráticos), formarían una “Liga de Naciones”, precursora de la Sociedad de Naciones y de la ONU. Kant puso así los cimientos de la teoría de la paz de- mocrática según la cual las democracias no entran en guerra entre ellas.

En 1815 Europa materializó en el Con- greso de Viena un primer ensayo de entente internacional, acordando inter- venir en terceros países en defensa de la estabilidad que beneficiaba a los re- gímenes que vencieron a Napoleón. El equilibrio de poder entre potencias en Europa fue el principio rector de esta alianza y se perpetuó a lo largo del siglo XIX y principio del XX. La Sociedad de Naciones (1919-1946) lo substituyó por la idea más generosa de seguridad colec- tiva. Con su amplia batería de normas, agencias e instituciones internacionales, la ONU amplió sus objetivos más allá de asegurar la paz entre los Estados y, a pesar de fracasar en muchas interven- ciones, en parte debido a la política obs- tructiva de los propios Estados, continúa siendo considerada por muchos como la única instancia internacional legíti- ma. Después de 1991, una vez acabada la guerra fría, no se definieron nuevas reglas de juego, sino que la geopolítica ha ido bailando al ritmo de la geoecono-

mía, evolucionando desde el unilatera- lismo “imperial” norteamericano (años 1990-2000) hacia la crisis económica de los países centrales (2008-2012) y la irreversible entrada en escena de las lla- madas potencias emergentes.

Las Naciones Unidas, así como lo fue- ron anteriormente la Sociedad de Na- ciones o el Congreso de Viena, es una estructura confederal con una represen- tación de los diferentes gobiernos na- cionales. Paralelamente a la puesta en marcha de la ONU, se desarrolló, espe- cialmente en los años 1940 y 1950 un movimiento internacional que aspiraba a instaurar otro modelo: el federalismo mundial. Basado en la idea de que sin unidad no hay paz, este movimiento concebía una organización política con una estructura central de gobierno a es- cala planetaria, el desarrollo de los po- deres ejecutivo, legislativo y judicial, un sistema de sufragio universal, especial- mente para la Asamblea o Parlamento Mundial y la presencia de otros contra- poderes, a imagen de los Estados-na- ción. Este Estado mundial democráti- co dirigido por un gobierno legítimo, sería capaz de desarrollar las políticas públicas mundiales necesarias para el progreso de la humanidad. Se trataría de un modelo bicameral, similar al de algunos países, en el que el Parlamento Mundial sería una segunda cámara aña- dida a la Asamblea General de la ONU. Este parlamento también podría crearse independientemente de la ONU y tener un rol consultivo o ser aceptado por un número limitado de Estados durante los primeros años, siguiendo un camino de legitimación similar al de la Corte Pe- nal Internacional. Por otro lado, el Se- cretariado General de la ONU podría evolucionar hacia un verdadero poder ejecutivo con monopolio de propuesta sobre las decisiones a escala mundial. El federalismo mundial pecó de excesi- vo idealismo y se desinfló ante las rea- lidades del dilema ideológico de la gue- rra fría y de la complejidad del proceso de construcción de la Unión Europea, entre otros. Como alternativa a la inge- nuidad que suponía pretender copiar y

pegar a escala planetaria la democracia federal de algunos Estados, apareció en las últimas décadas del siglo XX el cos- mopolitismo, una corriente intelectual no menos ambiciosa, pero que no ha ignorado tan alegremente el peso aún decisivo de los Estados y otros actores en la escena internacional. Los cosmo- politas proponen el despliegue progre- sivo de un marco legal que garantice una ciudadanía múltiple a diferentes escalas y la consagración de un dere- cho compartido en las constituciones nacionales y en instituciones interna- cionales reforzadas. Como en el federa- lismo mundial, se defiende la creación de un gobierno central legítimo con un poder ejecutivo y legislativo, en coordi- nación con poderes regionales también legítimos, a la vez que coexistiendo y articulándose con los actuales Estados. Se plantea un Consejo de Seguridad representativo y sin derecho de veto, un ECOSOC reconvertido en Conse- jo de Seguridad Económico, Social y Medioambiental y con control sobre las instituciones financieras y comerciales (FMI, BM y OMC), una coordinación de la justicia desde la escala local a la mundial, y mantienen la propues- ta bicameral con la actual Asamblea General y un futuro Parlamento Mun- dial. También proponen un sistema de referendos mundiales vinculantes, una participación activa de la sociedad ci- vil en asambleas específicas y, a nivel económico, la cancelación de la deu- da externa, un sistema fiscal mundial, la eliminación de los paraísos fiscales y un Fondo de cohesión mundial para el desarrollo. Finalmente, una fuerza militar transnacional formada por una parte de las fuerzas nacionales, o por voluntarios de diferentes países.

Sin embargo estos dos modelos, fede- ralista y cosmopolita, han sido critica- dos por diferentes motivos. En primer lugar, una excesiva centralización de la toma de decisiones podría intensificar los vicios de los Estados-nación tales como la acumulación de poder, la exce- siva burocracia, la corrupción, la falta de transparencia, o las violaciones de derechos humanos. La escala mundial

implicaría además la dificultad de man- tener contrapoderes extraoficiales ante el riesgo de un comportamiento tiránico de esta fuerte autoridad, a ejemplo de la distopía de la novela 1984 de George Orwell. Se les puede criticar también por no cuestionar el modelo económi- co, ecológico o el hecho de limitar los cambios democráticos a elecciones de representantes y referendos, ignorando otras posibilidades de profundizar la democracia. Finalmente, cabe añadir un riesgo de homogeneización cultural, fruto en parte de la inspiración excesi- vamente occidental de estos modelos. Una alternativa a un gobierno mundial unificado puede ser un modelo en red sometido a una participación ciuda- dana permanente. H. G. Wells definió esta posibilidad como un conjunto de sistemas de control mundial de dife- rentes áreas funcionales. Este modelo desarrollaría en primer lugar debates y consultas ciudadanas regulares para el establecimiento de agendas internacio- nales y mundiales. Una vez definidas las orientaciones básicas en cada perío- do, se legislaría siguiendo sus dictáme- nes. Los procesos de consulta podrían ser similares a las “conferencias de ciudadanos”, siguiendo una frecuencia que permita alcanzar una operatividad razonada del sistema en la elabora- ción de propuestas que determinen las orientaciones fundamentales del traba- jo legislativo del Parlamento Mundial y de otras instituciones concernidas. En cuanto a las innovaciones institucio- nales, serían en parte similares a la de los modelos federalista y cosmopolita, incluyendo entre otros no sólo el Parla- mento Mundial sino también un Conse- jo Económico, Social y Medioambien- tal, un sistema de justicia y un ejército internacional reducido y rápido de in- tervención. Sin embargo, en lugar de un poder ejecutivo unificado se esta- blecería un mecanismo democrático en red para la implementación descentra- lizada de las decisiones, apoyándose en las nuevas tecnologías para trabajar a distancia de forma simultánea, perma- nente, efectiva y rápida.

En la base jurídica de este modelo, una Constitución Mundial definiría los ob- jetivos comunes como, por ejemplo, lu- char contra la pobreza y la exclusión, establecer las libertades y la dignidad, alcanzar una paz justa y respetuosa de los derechos humanos y crear las con- diciones de un poder legítimo. A con- tinuación, un sistema de regulación organizado en contratos sociales basa- dos en el conjunto de derechos cívicos, políticos, sociales, económicos, cultu- rales y ambientales, así como contratos sociales y otras reglas más específicas, formando parte de una arquitectura ju- rídica unificada, definirían un trabajo sistemático de cooperación entre agen- cias y organizaciones autónomas e in- terdependientes a la vez. El mismo tipo de cooperación regular se organizaría entre las instituciones mundiales y las otras escalas del territorio, correspon- sabilizándose del bien público junto a bloques regionales, Estados, autorida- des locales, ciudadanía, sociedad civil y diversas instituciones sectoriales y profesionales. Todo ello conduciría a un reparto efectivo de la soberanía en- tre escalas. Finalmente se desarrolla- rían auditorías ciudadanas permanentes de todas las instituciones, aplicando instrumentos de medición de transpa- rencia, responsabilidad, participación y dinamismo institucional.

Como resultado, estaríamos hablando de una democracia mundial híbrida (directa, deliberativa y representativa), capaz de usar diferentes procedimien- tos para diferentes tipos de acciones y de toma de decisiones. Por otro lado, la participación y la subsidiariedad per- mitirían abordar abierta y legítimamen- te otros aspectos necesarios para el pro- greso de la humanidad tales como una “democracia económica” como alter- nativa al capitalismo, una “democracia ecológica” como alternativa al actual modelo de crecimiento depredador, y una “democracia cultural”, capaz de armonizar el desarrollo plural de cada civilización y cada pueblo con el pleno desarrollo de los derechos humanos y de valores éticos comunes consensua- dos interculturalmente.

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