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ESTADO-NACIÓN

In document DICCIONARIO DEL PODER MUNDIAL (página 99-103)

32. Definido de la siguiente forma: “Una unidad de área centralizada cuya soberanía, independencia y poder re- sultan todas de su territorialidad”. John H Herz, Interna- tional Relations in the Atomic Age, New York, Columbia University Press, 1959, pág. 58.

ESTADO-NACIÓN

parición del aparato estatal que sigue a la dictadura del proletariado, según En- gels y luego Lenin) que, en la práctica, terminó por lo general desvirtuándose en beneficio de intereses nacionalistas, empezando por los de la Unión Soviéti- ca. El nacional-socialismo mezcla a su manera diversas corrientes ideológicas y promete la creación de un Estado uni- versal impuesto a la fuerza por la nación alemana, definida esta última por el par- tido nazi según criterios históricos, cul- turales y raciales.

El Estado-nación es indisociable del Estado moderno. Éste se impone en los siglos XVII y XVIII con el surgimien- to de una nueva ola de países -Suecia, Francia, Inglaterra, Provincias Unidas/ Países Bajos- que asocian una orga- nización política y económica mucho más eficiente que la de los imperios, con una fuerte identidad nacional culti- vada por el centro neurálgico del poder. Las Revoluciones de 1776 y de 1789 imponen ese modelo reinventando nue- vas formas políticas y difundiendo las grandes ideas que luego gobernarían el mundo. Allí es donde toma cuerpo la ideología nacionalista que terminaría con los grandes imperios, con un traba- jo de debilitamiento progresivo que fue asociando desconstrucción y recons- trucción. La victoria casi absoluta del modelo político del Estado-nación tam- bién tendrá por efecto en el siglo XX aniquilar las ambiciones coloniales de los países que inventaron ese modelo y cuyas poblaciones, ganadas a la cau- sa del ideal nacionalista, se muestran cada vez más reticentes a las políticas intervencionistas perpetuadas por sus dirigentes. Incluso antes de la Primera Guerra Mundial, el presidente Wilson aporta a través de sus Catorce puntos un corolario a la Declaración de Inde- pendencia de Thomas Jefferson, impo- niendo un concepto que hará furor: el derecho a la autodeterminación de los pueblos (punto n°10). Con la Carta del Atlántico de 1941 y luego la Carta de las Naciones Unidas, el derecho de los pueblos a la autodeterminación se con- vertirá en una de las piedras angulares del derecho internacional y del mundo

contemporáneo. Todavía hoy que el Es- tado-nación ya parece haber sido supe- rado, el derecho a la autodeterminación sigue representando un nuevo horizonte identitario y político para muchos pue- blos. Esta paradoja aparente presenta varios ejemplos patentes: los catalanes y escoceses, entre otros, que aspiran a la creación de un Estado nacional so- bre el telón de fondo de la construcción europea.

El Estado-nación se articula en torno a dos elementos fundamentales: la sobe- ranía y la ciudadanía. La soberanía co- rresponde al derecho de los Estados a ejercer la autoridad política de manera exclusiva e indivisible sobre un territorio geográfico definido y sobre un pueblo o grupo de pueblos que residen sobre ese territorio. El concepto moderno de sobe- ranía encuentra su expresión teórica ori- ginal enunciada por el filósofo francés Jean Bodin en el siglo XVI: “el poder de dar ley a todos en general y a cada uno en particular”. El principio de soberanía se impuso como la partícula elemental del sistema geopolítico elaborado en el siglo siguiente por Richelieu y Mazarin. El respeto absoluto de la soberanía na- cional es la condición sine qua non de la estabilidad europea después de 1648 y se mantendrá como el fundamento de todas las formas de gobernanza trans- nacionales que surgen desde entonces (mecanismos del congreso de Viena, luego Sociedad de las Naciones y Orga- nización de las Naciones Unidas). El concepto de ciudadanía está inextri- cablemente vinculado con el de Esta- do. La ciudadanía es la forma legal del individuo, la que lo vincula exclusiva- mente a un Estado (o dos o más para los individuos que tienen varias nacio- nalidades). En derecho internacional, ciudadanía y nacionalidad son equiva- lentes. Ciudadano y Estado tienen de- beres específicos uno hacia el otro y es el Estado quien atribuye al ciudadano sus derechos (y de ser necesario, se los retira). A cambio, este último tiene teó- ricamente el derecho de cambiar de ciu- dadanía, pues no es sujeto ni pertenece a un príncipe. Fuera del caso, ya raro

en la actualidad, de los apátridas (“sin patria”), todos los habitantes del planeta son ciudadanos de un país o, si se pre- fiere, de un Estado-nación (el llamado pasaporte “europeo” es en primera ins- tancia un pasaporte nacional.)

En otro orden de ideas, el concepto ge- neroso de “ciudadano del mundo” es un bello ideal pero que no se corresponde con ninguna realidad legal, o casi (ver la entrada Pasaporte Nansen/Pasaporte Mundial). El individuo se define pues legalmente por su nacionalidad y por su vinculación a un Estado (la nacionalidad también es, al menos a través de la mira- da del otro, la primera definición identi- taria del individuo). Desde esta perspec- tiva, el concepto de Estado-nación cobra todo su sentido legal.

Hemos visto de qué modo el individuo está ligado a un Estado en tanto ciudada- no, que el Estado se define a través de la soberanía que ejerce sobre su territorio y sus nacionales y que el Estado nacional es la única entidad política legítima en el tablero geopolítico actual. Examine- mos ahora las consecuencias de ese es- tado de la situación sobre la gobernanza mundial.

En primer lugar, evitemos la confusión que podría surgir de la visión popular de la ONU. La ONU es un organismo de seguridad colectiva que no sustituye legalmente en nada al Estado soberano. Por ello la ONU no es, contrariamente a lo que se cree con mucha frecuencia, un organismo supranacional que ejerce- ría una autoridad política superior a la que tienen los Estados. El Estado po- see el monopolio legítimo del uso de la fuerza (los terroristas, por ejemplo, hacen de ella un uso “ilegítimo”) y es a través del Estado, o más exactamen- te de un grupo de Estados, que la ONU puede iniciar una intervención militar, tanto en términos de decisión como de logística. En el mismo orden de ideas, el problema principal de la “soberanía” de la Unión Europea es que esta última no dispone de ese monopolio (no tienen ni ejército ni política exterior), no cumple con los deberes tradicionales del Estado en relación al ciudadano (concretamente

el de protección, incluso en relación al Estado), ni se beneficia directamente (lo hace indirectamente) con los deberes del ciudadano para con el Estado (por ejem- plo, sus obligaciones fiscales). A pesar de todo, no es inexacto decir que los Es- tados que han elegido adherir a la UE se ven obligados a delegar algunas par- celas de soberanía a Bruselas, sabiendo también que nada impide a un miembro retirarse de la Unión si así lo desea. Hasta hace poco tiempo el Estado-na- ción lograba cubrir de manera más o me- nos satisfactoria las necesidades básicas del ciudadano. Las grandes diferencias que podían existir entre los países en cuanto a sus respectivas capacidades para cumplir con sus obligaciones se debían principalmente a la calidad del aparto estatal y a la competencia de los regímenes políticos (la gobernanza). Eso todavía es válido en la actualidad, donde Finlandia o Dinamarca cumplen mucho mejor con sus obligaciones que Somalia o Corea del Norte por ejemplo. Pero un Estado podía por sí solo cumplir con el deber de proteger al ciudadano, garantizarle un mínimo (o más) de segu- ridad social, médica y económica. Sólo el problema de la paz y de la guerra re- quería de un ejercicio que sobrepasara el estrecho marco del Estado nacional. De allí nacieron los diversos intentos por encontrar una solución a ese problema espinoso, cuya fuente principal había que buscarla, por otra parte, en la esen- cia misma del Estado-nación, puesto que éste ubica su “interés nacional”, o al menos la percepción que de ese interés tengan los dirigentes por encima del in- terés colectivo.

En la segunda mitad del siglo XX el con- cepto de interés colectivo ya se fue am- pliando, con la creación de organismos destinados a responder a la creciente interdependencia económica. Pero sólo a comienzos del siglo XXI salieron a la luz los múltiples problemas que afectan no sólo a los Estados sino a todos los Estados colectivamente, problemas ta- les como el calentamiento global y las consecuencias del efecto invernadero, las crisis económicas y financieras pro-

fundas que afectan a amplias regiones del planeta, la insoportable desigualdad que se instaló duraderamente entre los pueblos, las migraciones, la inestabili- dad crónica de algunas zonas del plane- ta, el terrorismo transnacional, la proli- feración nuclear, etc. Al igual que para el cambio climático, del que resultamos ser en parte responsables, los proble- mas del mundo están de ahora en más interconectados de manera inextricable e irreversible. Y la época en la que un Estado podía jactarse de ser capaz de resolver todos los problemas que lo in- volucraban ha quedado definitivamente en el pasado.

Sin embargo, los atavismos políticos son tenaces y el “interés nacional” sigue primando por sobre el interés colectivo. Y en tanto y en cuanto los pueblos no coloquen el interés colectivo por delan- te del interés nacional, los dirigentes políticos seguirán complaciéndose en las antiguas prácticas. En este campo, la actitud de los Estados Unidos, por ejemplo, es característica y hasta carica- turesca. No obstante ello, en ausencia de mecanismos nuevos elaborados a partir de estos nuevos desafíos transnaciona- les, el Estado-nación sigue siendo indis- cutible en la actualidad, aunque se vea cada vez más desfasado e impotente. En consecuencia, los cambios necesarios para afrontar colectivamente el presen- te y el futuro sólo pueden proceder de dos fuentes: o bien una transformación radical de las mentalidades que permi- tiría que el Estado-nación se reinventa- ra, manteniendo su estatuto, o bien el desarrollo de mecanismos adaptados y la intervención de nuevos actores que permitan paliar en forma eficaz las in- suficiencias y deficiencias del Estado nacional (o una mezcla de los dos). Sea como fuere lo que nos reserva el futuro, y aun cuando apareciera a largo plazo un Estado mundial o una arquitectura de la gobernanza radicalmente distinta a la de hoy en día, es más que probable que el Estado-nación tenga todavía unos largos años de existencia por delante.

D

esde finales de la Primera Guerra Mundial ningún país en el mundo ha tenido más influencia sobre la evo- lución de la gobernanza mundial que los Estados Unidos de América. Desde su independencia en 1776, los Estados Unidos han buscado cambiar las reglas del juego internacional, primero diferen- ciándose de Europa, luego proponiendo un modelo alternativo de gobernanza internacional que buscaron imponer a partir de 1918.

La relación entre los Estados Unidos y la gobernanza mundial es central en la historia contemporánea y hay dos razo- nes para ello. La primera se vincula con la potencia de los Estados Unidos y, la segunda, con las características particu- lares de la sociedad de ese país.

Cuando los Estados Unidos conquistaron su independencia a fines del siglo XVIII el país era una potencia media, muy infe- rior a los grandes países europeos como Inglaterra, Francia, Rusia o Austria. Cien años más tarde, el efecto combinado de la industrialización, la expansión territo- rial y el crecimiento demográfico (por la inmigración masiva) convierten al país en una de las primeras potencias econó- micas al lado de Inglaterra y Francia y también de los dos países emergentes de entonces, Alemania y Japón.

Tras el derrumbe de Europa entre 1914 y 1945, los Estados Unidos salen de los dos conflictos con el estatus de mayor potencia del momento junto a la URSS, que desaparece en 1991 mientras las nuevas potencias emergentes como Chi- na o India todavía no alcanzaron el ni- vel de los Estados Unidos en términos de capacidades económicas y militares. Pero mientras que Inglaterra, primera superpotencia del siglo XIX, había ex- plotado su superioridad para extender su imperio colonial, garantizando la estabi- lidad de Europa, los Estados Unidos tie- nen un proyecto radicalmente diferente. El proyecto estadounidense tiene sus raíces en la cultura puritana que impreg- na a esa sociedad. Deseosos de huir de la impureza moral de una Europa que a sus

ojos era decadente, los puritanos quieren crear una nueva sociedad que se atenga a los principios alimentados por la lectura del Antiguo Testamento. Pero ese pro- yecto también se ve marcado por el pro- selitismo acérrimo de los puritanos, que pretenden iluminar al mundo desde su “ciudad iluminada sobre la colina” para purificarlo y garantizar la redención de toda la humanidad. Se trata pues de un proyecto universal y universalista. Desde la independencia en adelante la política extranjera de los Estados Unidos se define a través de esa visión mesiáni- ca, que se traduce en la práctica por la voluntad, en primer lugar, de tomar dis- tancia con respecto a Europa -George Washington y Thomas Jefferson denun- cian las “alianzas entrelazadas” (entan- gling alliances)- y luego de garantizar la libre circulación de los bienes y de las personas. La primera decisión estadou- nidense en la materia consistirá en sa- car del Mediterráneo a los berberiscos a principios del siglo XIX. Con su rápido ascenso, los Estados Unidos se embar- can sin combates en una política inter- vencionista sobre el continente ameri- cano (Doctrina Monroe, “Corolario” de T. Roosevelt) antes de imponerse sobre el gran escenario internacional durante las dos Guerras Mundiales. Después de 1945, la Guerra Fría consiste en un duelo ideológico con la Unión Soviética, donde la política de EEUU del “containment” se basa sobre la superioridad del modelo estadounidense, que a largo plazo debe- ría vencer a su adversario. Después de 1991 el triunfalismo norteamericano no se ve reflejado sin embargo en el terreno por la victoria del modelo único, y a los Estados Unidos les cuesta influir en el curso de la historia mundial mientras que la ideología neoliberal queda debilitada por el peso de la crisis de 2008.

Señalemos que, paralelamente al inter- vencionismo político y militar estadou- nidense -difícil de distinguir a veces de una política profundamente imperialis- ta- las múltiples agencias del gobierno federal (Departamento de Estado pero también la CIA, USAID, etc.) como también las grandes fundaciones pri-

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