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MOVIMIENTOS SOCIALES

In document DICCIONARIO DEL PODER MUNDIAL (página 193-200)

y del Mashrek. Hay movimientos que, aunque aparezcan muy localizados en distintos países, tienen una vinculación entre ellos: se trata principalmente de los movimientos de los jóvenes estu- diantes por los derechos a la educación en Chile, Quebec, Colombia o México. Estos movimientos, que están en gene- ral dinamizados por los sectores más jóvenes, se apoyan en las nuevas redes de comunicación -sobre todo en Inter- net y redes como Facebook, Twitter y otros sistemas de comunicación por teléfonos celulares- que permiten una comunicación mucho más horizontal, más fluida y al mismo tiempo con nue- vas formas de eficacia social.

Quizás lo que más caracteriza a estos “nuevos movimientos sociales” es el distanciamiento que tienen con los li- derazgos políticos y con los sistemas políticos. Aparece allí un abismo entre la práctica de los movimientos sociales y sus representantes en los sistemas po- líticos vigentes. Esto es evidente en los niveles nacionales y las instituciones propias al Estado-nación, pero también se manifiesta a nivel mundial porque no existen hoy representaciones políticas transnacionales de esos movimientos. Es por eso que los movimientos sociales expresan principalmente un sentimien- to de rebelión. Muchos buscan cam- bios de la manera más rápida posible, pero se mantienen dispersos y no son capaces de consolidarse en cambios de regímenes políticos ni de inventar una nueva institucionalidad. Éste es quizás uno de los mayores desafíos para la gobernanza mundial de nuestros días: poder articular estos movimientos so- ciales con los nuevos actores políticos institucionales que permitan superar las crisis y darle más consistencia a los cambios y a las transformaciones de los sistemas de gobernanza, no sólo a nivel nacional, regional o continental, sino también mundial.

L

a mundialización es un fenómeno histórico en curso que consiste en un incremento acelerado de las rela- ciones de interdependencia entre acti- vidades, actores, estructuras y procesos de diferentes partes del planeta. Este fenómeno produce acciones y reaccio- nes que conciernen ámbitos como la economía, la política, la tecnología, la cultura, los medios de comunicación, el derecho y el medio ambiente, entre otros. Entre los resultados más visibles destaca una reducción de las distan- cias y del tiempo en las interacciones, a pesar de que cada campo de acción desarrolla su propia temporalidad, y un peso creciente y hasta preponderante de la escala mundial en el conjunto de las actividades humanas, en compara- ción con las otras escalas del territorio como la continental, nacional o local. El proyecto neoliberal, surgido de la ideo- logía de la Escuela de Chicago y puesto en marcha con la aplicación de los princi- pios del Consenso de Washington en los años 1990, se encuentra en la actualidad en el núcleo de la mundialización, de manera que el concepto análogo globa- lización ha sido utilizado a veces para caracterizar el sistema económico do- minante, fruto del neoliberalismo. Éste se ha caracterizado por una importante apertura de todos los mercados en un espacio único global, a pesar de las res- tricciones en ciertos países y regiones; la privatización de un número creciente de sectores, antes considerados públi- cos; la presión sobre el mercado de tra- bajo, sobre el medio ambiente, y la ge- neralización e intensificación de la baja calidad de los productos (obsolescencia programada), entre otros aspectos. La unificación de los mercados, que ya era una realidad parcial antes de 1990, ha facilitado por su parte la asimilación de las culturas y de las sociedades me- diante procesos y hábitos similares en diferentes regiones del globo, que con- ciernen procesos lentos pero decisivos de homogeneización de las tecnologías de producción, de los modos de trans- porte, de las tendencias de consumo, de las herramientas de comunicación, de los hábitos de ocio y de la estructura

familiar y social de las personas, entre otros aspectos.

La mundialización se define también en lo tecnológico por el avance en los trans- portes y las telecomunicaciones, espe- cialmente la reducción de costos y la mayor rapidez que ha facilitado el incre- mento del comercio mundial así como la instantaneidad en la transmisión de datos de internet y otras tecnologías de la comunicación, que conlleva la masi- ficación en el uso de estos sistemas. En este contexto de liberalización económi- ca y rapidez de transportes y comunica- ciones, las corporaciones multinaciona- les han adquirido un rol predominante en el mercado productivo, eligiendo los países de fabricación, de ensamblaje, de facturación, de distribución, etc., en función de una búsqueda de salarios más bajos, acceso a materias primas y costes de transporte más baratos, mer- cados de consumo más prometedores o países con mejores facilidades fiscales. Por su parte, los Estados compiten entre ellos para atraer a las corporaciones y al gran capital, privatizando servicios pú- blicos y desposeyendo a los trabajadores y a los ciudadanos de sus derechos, en- tre otras medidas antisociales.

Por otro lado, uno de los aspectos más peligrosos de la mundialización, por su carácter vertiginoso y desreglamentado, es la globalización financiera. La inter- dependencia financiera ligada a la ins- tantaneidad de las infinitas operaciones bursátiles diarias conlleva la volatibi- lidad de los mercados y el aumento de riesgos sistémicos. El resultado es una capacidad de contagio sin preceden- tes que deja al descubierto la absurda y monstruosa fragilidad de un sistema sin ley que puede conducir en cualquier mo- mento (el último ejemplo fue el acuerdo entre demócratas y republicanos en EUA que evitó el llamado “abismo fiscal” a fi- nal de 2012) a un colapso de la economía planetaria. Esta mundialización apela al establecimiento de reglas de juego finan- cieras radicalmente diferentes.

En materia ecológica, la multiplicación, intensificación y expansión del impacto

antrópico ha conllevado una crisis de proporciones globales (cambio climá- tico, agotamiento de ciertos recursos, proliferación de residuos, polución ge- neralizada, pérdida y alteración de la biodiversidad, etc.) y la urgencia con que se requiere reducirla o evitarla, ha contribuído al desarrollo del mayor tea- tro de negociaciones para una agenda mundial temática. Sin embargo, los fra- casos o la lentitud en los avances para la consecución de los objetivos persegui- dos (por ejemplo en las sucesivas Con- ferencias de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático) (ver *Kyoto, proto- colo de) muestran el callejón sin salida de una gobernanza sin lugar para el bien común. Una gobernanza dominada por intereses nacionales y continentales de- finidos por un espíritu de competición desarrollista en un contexto de liberali- zación del mercado.

En lo cultural, la mundialización com- porta la desaparición de lenguas y culturas y la aparición de una cultura común en los deportes, el idioma, la te- levisión, la música, el cine, entre otros. Este proceso de homogeneización planetaria es considerado a veces una occidentalización, a veces una combi- nación de una sociedad de consumo oc- cidentalizada que folcloriza elementos de otras culturas que asimila, o a veces la suma de los procesos originales de modernización de las diferentes cul- turas. Finalmente, la mundialización afecta muchos otros sectores de la vida pública y privada como el ámbito jurí- dico, de la salud, de la cooperación, de las migraciones o del turismo.

Desde una perspectiva histórica, no existe unanimidad respecto al periodo que abarca la mundialización. Algunos sitúan su inicio con la llegada de los europeos a América y con el comercio transatlántico que generó, mientras que otras consideran que se extiende a lo largo de la historia humana cubriendo periodos con movimientos de población e influencias culturales y tecnológicas decisivas entre diferentes regiones. Otros, en tanto, reducen la mundiali-

zación al período estricto de su acele- ración, cuyo inicio se puede ubicar ya en el siglo XIX con la revolución in- dustrial y la reducción de los precios del transporte, ya a partir de 1945 con la gobernanza onusiana y la paz más extensa en Europa y Norteamérica, o también desde el momento que la mun- dialización se reconoce como tal en los años 1990 con el fin de la Guerra Fría. Finalmente se han distinguido ciertos ciclos históricos de intensificación de la mundialización y otros de debilita- miento, relacionados en gran medida con la evolución de los intercambios comerciales.

En la actualidad, el debate sobre la mundialización conduce al eterno dile- ma sobre si el fin justifica los medios. La unificación económica del mundo obliga a la paz entre países por causa de sus interdependencias, pero al pre- cio de la marginación de las clases ba- jas, de los marginados y olvidados por el hambre, las enfermedades y las gue- rras. Pero en el debate actual la opción de rechazo a la mundialización ha que- dado descartada por anacrónica y en su lugar aparece con fuerza la cuestión del contenido. ¿Qué mundialización o mundializaciones alternativas al mo- delo actual? algunas respuestas para la corrección de la mundialización desde la perspectiva de la construcción de un planeta más justo y sostenible, son la relocalización, la regionalización, y la mundialización política:

- La relocalización es el resurgir de los territorios al servicio del bienestar de las personas y los pueblos. Implica el incremento de las interdependen- cias en ámbitos de proximidad, a nivel económico, social, cultural, de gestión ecológica, de cooperación tecnológica y de decisión ciudadana. Conlleva la reconstrucción de tejidos sociales fuer- tes con múltiples actores y procesos en territorios fuertemente articulados en el pasado, en regiones con economías de subsistencia y en países y comuni- dades que sufrieron las colonizaciones y cuya economía, cultura y consciencia actuales son aún exodependientes. La

relocalización no implica menos mun- dialización en términos absolutos ni una involución hacia la autarquía, sino la construcción de sociedades sosteni- bles, especialmente en regiones depen- dientes del comercio internacional, y en países o áreas inestables y con eco- nomías deterioradas o marginales. - La regionalización es la construc- ción o reconstrucción de realidades económicas y sociopolíticas cohesi- vas a escala de las regiones del mun- do. Las regiones en la actualidad han alcanzado grados muy diferentes de asociación, desde la integración po- lítica cuyo máximo exponente es la Unión Europea, a otros bloques en los que todavía no hay un interés evidente para superar la etapa de un mercado común como la SAARC de Asia del Sur. Igual que la relocalización, la re- gionalización ha de compensar territo- rial y socialmente una mundialización neoliberal excesivamente desigual y dependiente de grandes actores como las corporaciones transnacionales, las organizaciones financieras internacio- nales o algunos grandes Estados. Cada región ha de seguir su propio proceso en función de sus necesidades y pecu- liaridades, pero quizás algunos puntos en común de las integraciones pueden ser la creación de cartas de valores, principios y objetivos, de sistemas de solidaridad y distribución, de órganos comunes de gobernanza en los que puedan participen autoridades centra- les y locales y los actores no estatales con vocación de servicio público, y de un corpus legislativo más o menos am- plio en función del modelo de gober- nanza de cada región.

- La mundialización política es el pro- ceso que ha de conducir a la construc- ción de una comunidad mundial. Este proceso ha de complementar a la mun- dialización económica cambiando el signo acumulativo y predador de ésta, fomentando un comercio internacional justo y equilibrado entre los países, unas finanzas fuertemente reguladas al servicio de la economía real en lu- gar de incontroladas y amenazadoras,

y contribuyendo a la emergencia de sociedades capaces de coexistir armó- nicamente con la naturaleza. La orga- nización política de la escala mundial responderá también a unos principios comunes y a una articulación subsi- diaria con las otras escalas a niveles regionales y locales.

E

l nacionalismo es la ideología que ha propugnado a los Estados-nación como horizontes modernos de socializa- ción para el desarrollo de la humanidad durante los siglos XIX y XX. La expan- sión de las potencias europeas alrededor del mundo en los últimos cinco siglos ha ido acompañada de la generaliza- ción del capitalismo como modelo de relaciones económicas, un modelo que ha combinado la obtención de recursos y mano de obra a bajo coste gracias al colonialismo, la revolución industrial y el desarrollo de las economías de esca- la. La ideología nacionalista se desarro- lló en paralelo a la revolución industrial europea como respuesta a dos factores, en primer lugar frente a la concentra- ción internacional de poder económico fruto de las propias reglas de juego del capitalismo industrial emergente, y en segundo lugar, como un instrumento de las burguesías nacionales para legitimar la abolición del absolutismo en Europa y la instauración de nuevos regímenes parlamentarios, ya fueran monárquicos o republicanos.

El objetivo del nacionalismo era conse- guir la adhesión de las clases populares a los proyectos de desarrollo social de las nuevas élites burguesas en Europa, más tarde en América del Norte y del Sur, y durante el siglo XX, en África y Asia. Este imaginario contenía ele- mentos como las libertades y derechos ciudadanos, el Estado como aparato administrativo moderno de servicio público, y el carácter original de cada pueblo o los elementos singulares de su paisaje y de su territorio. Todos estos elementos cautivaron la imaginación de poetas, filósofos y artistas y sirvie- ron para crear una consciencia colec- tiva de lo nacional mediante la gene- ralización del sistema educativo y el ensalzamiento de tradiciones y valores considerados “nacionales”. El nacio- nalismo se convirtió así en la gasolina espiritual que garantizó la unidad y la fuerza de los Estados y que encendió el motor de la inteligencia colectiva de los pueblos, necesaria para que las na- ciones fueran competitivas en la nueva era industrial.

Pero debido a su carácter altamente inflamable, esta substancia ideológica prendió fuego en múltiples ocasiones, conduciendo a varias contiendas en Europa durante el propio siglo XIX y a las guerras mundiales del siglo XX, entre otros conflictos. El nacionalismo había estado fundamentando narrativas abiertamente belicistas como el im- perialismo colonial o el racismo, y su combinación con el desarrollo indus- trial armamentístico, revelaron su lado más mortífero y esquizofrénico en con- flictos que ocasionaron millones de víc- timas. La doctrina de lo nacional mos- tró con ello sus enormes limitaciones como discurso conductor del desarrollo de la humanidad. Al final de la Segun- da Guerra Mundial un humanismo in- ternacionalista emergente se plasmó en la creación de la ONU, sucesora de la fracasada Sociedad de Naciones, pero su acción sucumbió al enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría durante las décadas siguientes, y a la agenda neoliberal desde 1989 hasta la actuali- dad. Mientras, los Estados-nación han perdido protagonismo en beneficio de otros actores como las corporaciones transnacionales, las instituciones inter- nacionales y la sociedad civil. El asalto definitivo al poder estatal llegó a partir de los años 1990 con las oleadas neo- liberales de privatización de los servi- cios públicos en todo el mundo. El na- cionalismo ha sobrevivido a todos estos acontecimientos no sin dificultades, pero ha perdido su razón de ser y es necesario transformarlo o remplazarlo por visiones que respondan mejor a las necesidades humanas contemporáneas. La matriz comunitarista del discurso nacional establece una distinción in- salvable entre seres humanos, de un lado los “nuestros” y del otro lado los “otros”, y con ello impide la posibili- dad de aplicar allende las fronteras, otros valores más inclusivos como la justicia, la libertad y la solidaridad. El nacionalismo establece para los ciu- dadanos de la comunidad nacional, un sistema de derechos, y narrativas de liberación, de solidaridad, de bienes- tar y de desarrollo compartido. Estos

beneficios son negados por principio a los extranjeros. Ante éstos, el Esta- do-nación ha ejercido históricamente la indiferencia, la ignorancia, la exclu- sión, la rivalidad, el enfrentamiento, e incluso la violencia y el genocidio. El sistema westfaliano de no injerencia en los asuntos internos, que es un meca- nismo de equilibrio entre Estados-na- ción cuyo propósito es salvaguardar la paz global, está siendo substituido en algunas partes del mundo por la más inclusiva doctrina onusiana R2P (Res- ponsabilidad de Proteger), de manera que ambos principios se desarrollan en paralelo alrededor del mundo en fun- ción de diversos intereses y equilibrios geopolíticos, sin responder en primer lugar a una protección altruista de las víctimas de los conflictos, tal como lo demuestran los casos de Libia y Mali por un lado y el de Siria por el otro. To- davía se está lejos de una obligación de asistencia mutua en caso de atentado a la seguridad humana que asocie a todos los países y a sus recursos económicos y humanos.

El modelo nacionalista de ordenación política del mundo está actualmen- te agotado. El nacionalismo tiene una presencia importante en muchos paí- ses, pero ha dejado de ser una fuerza motriz de progreso para convertirse casi siempre en un factor que entor- pece el desarrollo de las necesidades humanas. Anclado en el mito decimo- nónico de la robustez de un puñado de Estados-nación, ya fuera en la versión de los imperialismos colonizadores oc- cidentales o en la del romanticismo de las nuevas naciones libres de América Latina y Europa Central y Oriental que alcanzaban la modernidad, en la actua- lidad este pensamiento camina a con- tracorriente de los intereses ciudadanos y representa el discurso de los conglo- merados de intereses público-privados que se forman alrededor de los Estados. Pero estos conglomerados no son total- mente autónomos sino cada vez más subsidiarios de los grandes entramados financieros e industriales multinacio- nales, y ya no responden a la defensa de los intereses económicos o cultura-

les de los pueblos de los que formaban parte.

En ciertas regiones del mundo la no correspondencia generalizada entre etnicidad y Estado ofrece poco futu- ro a los nacionalismos estatales. En América Latina el mapa identitario se está enriqueciendo más allá de los Estados-nación mediante la descen- tralización y la aparición de solucio- nes plurinacionales que reflejan mejor la defensa de las culturas, los modos de vida y la diversidad económica, al tiempo que las integraciones regiona- les apuntan a la eventual emergencia de sistemas de solidaridad continenta- les. África podría seguir el mismo ca- mino en el futuro, a condición de de- sarrollar también sistemas sólidos de resolución de conflictos en el interior de los Estados y de reparto de benefi- cios en su desarrollo. En Europa, en paralelo a una avanzada integración regional, algunos separatismos como los de Cataluña y Escocia intentan defender sus culturas de la marea glo- balizadora, pero para ello anteponen valores ciudadanos, pacíficos y demo- cráticos. Son ejemplos que, junto con el de Quebec, pueden influenciar posi- tivamente en la modificación de otros esfuerzos secesionistas de tipo étnico, violento o antidemocrático en otras partes del mundo. En Asia Oriental el perseverante discurso nacionalista de los Estados alimenta ocasionalmente roces territoriales, especialmente en- tre China y sus vecinos, y ralentiza con ello la integración regional en un escenario de Guerra Fría regional con Estados Unidos, sin que por otro lado sea previsible a corto plazo un escena- rio de conflicto armado.

Esta disparidad entre regiones no ocul-

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