CONTRADICCIONES EN LA LUCHA POR EL BUEN
D. La democracia niveladora
Aunque pocos estadunidenses comunes ponen en entredicho estas amargas verdades políticas, los abogados no las combaten cuando tratan de descifrar el significado del gobierno constitucional en una democracia liberal. En cambio, la moderna sabiduría constitucional parte de un punto de vista muy distinto, derivado de la tradición progresista, en oposición a la tradición federalista. En vez de distinguir entre las conclusiones constitucionales a las que llegó una ciudadanía movilizada y los resultados ordinarios de la política normal, el jurista moderno utiliza implícitamente un modelo del proceso democrático que impide el reconocimiento consciente de los altibajos de la participación política. Este enfoque nivelador de la Constitución elimina la persistente angustia del dualista ante la manera problemática en que el gobierno democrático normal “representa” al pueblo en los tiempos de normalidad. En cambio, el nivelador propone una concepción monofacética de la jurisprudencia, que lleva la preocupación del dualista por la apatía, ignorancia y egoísmo de las masas hacia la periferia del pensamiento constitucional. Según esta visión monofacética, sólo hay un lugar en que puede encontrarse la voluntad política del pueblo estadunidense: el Congreso de los Estados Unidos. Si el Congreso promulga una ley, ha hablado el pueblo; en caso contrario, no. Así de sencillo es y no debería permitirse que ninguna palabrería acerca de la problemática de la representación viniera a oscurecer esta realidad fundamental.
No es que los niveladores siempre insistan en una visión absolutamente simplista de la legislación monofacética. Por ejemplo, podrían comentar la facilidad con que los políticos titulares pueden poner a sus competidores en una desleal desventaja electoral. En realidad, una preocupación elaborada ante este problema hasta podría reforzar el ideal nivelador. Es casi como si todo el objeto de un justo ritual electoral fuera a impedir toda investigación de la profundidad y el alcance de la participación popular subyacente tras un particular recuento de sufragios. Si en una pugna formalmente libre y leal cada votante escoge entre los
candidatos basándose en la atracción que ejercen sus respectivas sonrisas, el nivelador no trataría este resultado de manera distinta a como lo haría en otra elección en que cada votante escogiera entre los candidatos sobre la base de su actitud ante la esclavitud de los negros. En cada caso, todo lo que sabe el nivelador —y todo lo que necesita saber— es que por una votación de 51 contra 49 el pueblo escogió al candidato A sobre el candidato B; por tanto, será el representante A quien tenga plenos poderes de gobernar en nombre del pueblo hasta la próxima elección.
Esta categórica conclusión puede definirse como plausible en una discusión gracias a dos caracterizaciones diametralmente opuestas del electorado estadunidense. Por una parte, el nivelador puede mitologizar a la ciudadanía y tratar a cada uno de los votantes en cada una de las elecciones como si fuera Publio, preocupado fundamentalmente por los “derechos de los ciudadanos y los intereses permanentes de la comunidad”. Por otra parte, los niveladores pueden adoptar la actitud del encallecido realista y tratar a cada votante como si siempre velara exclusivamente por sí mismo.[57] El nivelador hasta puede perder el sosiego entre estas
imágenes tan diferentes del votante estadunidense. Sin embargo, lo fundamental no es que en el cuadro particular del votante se represente cada nivelador; antes bien, es la incapacidad del nivelador para discriminar entre las raras ocasiones en que muchas personas están poniendo mucho de sí mismas en su papel de ciudadano y aquellas otras frecuentes ocasiones en que disminuye su atención y preocupación por la política. De este modo, el trato dado por el nivelador al votante como ciudadano corre paralelo al trato que da al Congreso como legislador. En ninguno de los dos casos aporta el nivelador constitucionalista un vocabulario que permita al ciudadano privado o al político-estadista indicar que está tomando con especial seriedad sus responsabilidades para con el pueblo.[58]
Sin embargo, pese al carácter reduccionista del enfoque nivelador, no deseo negar que sí ofrece una solución al problema del privatismo cívico, el cual es muy superior al de la democracia coercitiva. En realidad, utilizaré la concepción niveladora de la democracia monofacética como base conceptual en mis esfuerzos por evaluar la alternativa dualista. Por ello, empezaré por subrayar las contribuciones importantísimas que hace el nivelador a la teoría de la democracia liberal, y sólo entonces consideraré si el dualista puede hacer algo mejor.
1. Contribución del nivelador a la democracia liberal. Empecemos, entonces, con las contribuciones simbólicas y sustantivas que la nivelación hace a la preocupación del demócrata liberal por el derecho del ciudadano a llevar una vida privada muy ajena a la política. Del lado del símbolo, el nivelador nos asegura a cada uno que nuestra posición como ciudadanos, con todos los derechos como tal, estará segura mientras estemos
dispuestos a pasar de cuando en cuando unos pocos minutos ante las urnas. Aun si depositamos nuestro voto en forma ignorante o egoísta, nuestros votos contarán como si fuesen producto del más concienzudo examen de la naturaleza del bien común. En lo tocante al ritual fundamental de una democracia de masas, se permite al ciudadano privado reafirmar su ciudadanía sin necesidad de plantearse preguntas embarazosas acerca de la calidad de su compromiso.
Y viene ahora la cuestión sustancial. El nivelador ha logrado evitar los evidentes peligros que hay en obligar a las personas a ser buenos ciudadanos. Nadie está obligado a pasar el tiempo discutiendo tediosamente el destino de la república cuando preferiría estar haciendo otra cosa. A nadie se le encarga la peligrosa tarea de encabezar ejercicios de despertar las conciencias por la fuerza. Aunque evitar la democracia coercitiva pueda parecer a algunos un objetivo demasiado modesto, el liberal considera que se trata de un logro de importancia fundamental.
Ahora, veamos la otra cara de la moneda y consideremos los argumentos democráticos liberales en favor de la nivelación. Empezando esta vez por la sustancia, el sistema nivelador dificulta a una camarilla política monopolizar el dominio político. Aunque los “de dentro” puedan derrotar a los “de fuera” en una, dos o tres elecciones sucesivas, un electorado democrático sigue siendo notoriamente un cuerpo veleidoso. Con el tiempo, los comicios darán una victoria a los “de fuera”, aunque sólo sea porque los candidatos de la oposición hayan logrado convencer a los votantes sobre la mayor brillantez de sus sonrisas o sobre la mayor profundidad de su material de propaganda. Así pues, la elección niveladora más trivial sirve para funciones importantes, de hecho, fundamentales. Aun si las élites quedan desestabilizadas por unos tropiezos electorales casi fortuitos, el sistema de la democracia niveladora da realidad al concepto de gobierno popular y dificulta el que un mismo círculo cerrado gobierne siempre.
La nivelación también promete recompensas simbólicas al demócrata liberal. En lugar de enfatizar el carácter problemático del compromiso de los ciudadanos, el nivelador puede considerar cada día las elecciones como otro triunfo inequívoco para el ideal democrático. Mirad: millones y millones de ciudadanos han desempeñado una vez más la parte designada en el ritual de la democracia. Al fin y al cabo, ¡nadie los obligó a apagar sus televisores durante el tiempo que requirieron para acudir a las urnas!
No deseo negar la importante verdad inseparable del simbolismo democrático del nivelador. Es significativo que tantos de nosotros hayamos coincidido en las urnas para demostrar que no hemos olvidado que podemos hablar como nosotros, el pueblo de los Estados Unidos.
2. La nivelación y sus inadecuaciones. Y sin embargo, con todas sus ventajas, hay un lado oscuro en ese compromiso democrático liberal que es la democracia niveladora. Empecemos, una vez más, por el lado liberal del asunto. Cierto que el asunto nivelador garantiza a cada persona privada su posición de ciudadano, aun cuando pase su vida echando sólo una mirada de reojo a la política. No obstante, la democracia niveladora puede ser una cuestión muy arriesgada. Mientras casi todos enfocamos nuestra preocupación en otros asuntos, algunos de nuestros conciudadanos dedican todo su tiempo a las cuestiones del gobierno. Y bien pueden utilizar sus considerables inversiones políticas para obtener el máximo de ventajas a expensas de nosotros. Cuando los ciudadanos privados despierten ante el peligro que corren sus intereses fundamentales, podría ser demasiado tarde para emprender una eficaz acción política. Los políticos de tiempo completo pueden haberse atrincherado en los niveles de mando mientras ejercen por completo la autoridad legislativa del pueblo, como es su derecho en una democracia monofacética. En este punto, podría ser imposible que la movilización política anulara las consecuencias de la negligencia anterior. Es más, aun si una contramovilización tuviera éxito, el esfuerzo requerido desviaría al ciudadano privado de sus objetivos más preciados. Por definición, esas metas no se alcanzan en el foro público, ni serán alimentadas por un compromiso devastador para la ciudadanía. En pocas palabras, lo que el ciudadano privado encuentra que falta en la democracia niveladora es una garantía adecuada contra un triunfo electoral aplastante preparado por grupos de intereses especiales bien organizados, que hablarían con toda la autoridad del pueblo.
Aunque su diagnóstico sea muy diferente, el liberal demócrata podría simpatizar con la insatisfacción de su gemelo. Por muy agradecido que esté a las contribuciones reales del nivelador al símbolo y sustancia del gobierno popular, hay en la democracia más de lo que el nivelador concedería. A veces el ciudadano privado está tratando de hacer más que expresar su claro desagrado por los “de dentro” para remplazarlos por los “de fuera”. A veces está tratando de formarse un juicio considerado sobre una cuestión de principios; juicio al que sólo se llega después de años de movilización popular y de trascendente debate. Es precisamente esta concepción afirmativa de la democracia la que trasciende los límites de la teoría niveladora. Pues, por definición, el nivelador trata todos los actos de participación política como si estuvieran acompañados por el mismo grado de seriedad cívica. Por consiguiente, no puede detectar aquellas raras ocasiones en que el pueblo estadunidense no se limita a remplazar a un conjunto “de dentro” por otro y, en cambio, anuncia un cambio fundamental en los principios constitutivos de la república.
El problema, tal vez insoluble, es éste: ¿podemos idear un régimen que conserve los muy sustanciales logros de la nivelación, pero que de alguna manera suavice sus desventajas
liberal-democráticas?