CONSTITUCIONAL: REFLEXIONES SOBRE TOCQUEVILLE J ON E LSTER
II. E L “M ACHTSTAAT” TOTAL: EL CONSTITUCIONALISMO COMO IDEOLOGÍA
Las varias disposiciones del Rechtsstaat antes esbozadas sirven para hacer más concreto el concepto central en la tradición constitucional de Locke y de Kant: el poder del Estado debe ser limitado y sujeto por normas legales. Sin embargo, este constitucionalismo liberal sólo tiene sentido si también suponemos un importante concepto político en la tradición de Maquiavelo y de Hobbes: el establecimiento del monopolio del poder del Estado.
Según Schmitt, Hobbes fundamenta su Estado político en el temor al estado de naturaleza. La meta que debe alcanzarse es la paz y la seguridad civiles, garantizadas por el Estado.[21] Ante el trasfondo de las guerras civiles religiosas y sus controversias por verdades
político-religiosas en competencia, Hobbes lanzó su Leviatán:
Para Hobbes, de lo que se trataba era de superar, por medio del Estado, la anarquía de los derechos de resistencia feudales, locales o eclesiásticos, así como el concomitante peligro de guerra civil: al pluralismo medieval, a las exigencias de dominio de la Iglesia y a otros poderes “indirectos” les opuso la unidad racional de un sistema de legalidad claro, eficazmente protector, y de un funcionamiento predecible. Ese racional poder del Estado debe, ante todo, correr todos los riesgos y, en ese sentido, asumir plena responsabilidad por la protección y seguridad de los súbditos del Estado. Si esta protección cesara, entonces el Estado mismo dejaría de existir y, con él, todo deber de obediencia. Entonces, el individuo recuperaría su libertad “natural”.[22]
El estado de naturaleza queda atrás no sólo por virtud de un contrato social basado en un consenso general: la paz social queda garantizada por el establecimiento de un contrato
estatal, en que se cede el poder político a una tercera instancia superior, “la única garante de la paz”:
La persona que representa al poder soberano es mucho más que la suma de los poderes de todas las voluntades individuales que entran en el contrato. La acumulada angst de individuos que temen por sus vidas hace surgir el Leviatán, un nuevo poder: un dios más conjurado que creado. Hasta aquí, este nuevo dios trasciende la suma total de los súbditos individuales, pero sólo en un sentido legal y no metafísico.[23]
Hobbes se preocupa por institucionalizar el monopolio del poder por el Estado: el Estado como modelo de la unidad política, “el portador del más asombroso de todos los monopolios: el monopolio de la toma de decisiones políticas, esa brillante creación de Europa y del racionalismo occidental”.[24] El Estado de poder hobbesiano —Machtstaat— concierne
a lo que Schmitt llama el aspecto estrictamente político del Estado moderno, “la decisión positiva acerca de la forma de la existencia política”: un aparato monopólico institucionalizado para la resolución pacífica de conflictos en una sociedad determinada, que vincula el ejercicio del poder político con la puesta en vigor de las decisiones políticas. Semejante Estado habría de tener, según Hobbes, un tipo único de autoridad. Pero al atribuir a este Estado una autoridad absoluta, Hobbes demuestra su antiliberalismo. El objetivo del Rechtsstaat liberal es supeditar el Machtstaat a unas normas generales, no eliminarlo. Aún queda un problema desde el punto de vista liberal, como lo observó Hobbes: un Estado lo bastante fuerte para proteger a todos es potencialmente lo bastante fuerte para asimismo reprimir a todos.[25] Según el Leviatán de Hobbes, el poder del Estado soberano,
por definición, no está limitado por normas. Para el poder soberano sólo existe una alternativa: la de autolimitarse, y esto no tiene sentido para Hobbes: nadie puede constreñirse a sí mismo, “porque el que puede atar puede desatar; por tanto, el que sólo está atado a sí mismo no está atado”.[26] Carl Schmitt ve en Hobbes un ejemplo clásico de
pensamiento decisionista:
Todo Recht, todas las normas y leyes, todas las interpretaciones de las leyes, todas las órdenes y disposiciones son para él [Hobbes] esencialmente decisiones del soberano: y “el soberano” no es un monarca legítimo o una autoridad competente, sino precisamente aquel que soberanamente decide. Recht es ley, y la ley es la orden que zanja la disputa sobre lo que es Recht: Auctoritas, non veritas, facit legem.[27]
La decisión soberana es, escribe Schmitt, el principio absoluto, y este principio es “nada si no toma decisiones soberanas”, es decir, “la dictadura del Estado que crea la ley y el orden”.
[28]
En el estudio científico de la política, Schmitt expone el principio del situacionalismo metódico: es decir, sólo se pueden comprender todos los conceptos políticos sobre la base de la situación concreta y polémica a la que pertenecen. De otra manera, se vuelven “abstracciones sin sentido, falsamente interpretables”:
Por tanto, no es admisible abstraerse de la situación concreta, es decir, del antagonismo político concreto. Esto también se aplica a las consideraciones teóricas de fenómenos políticos. Todo concepto político es un concepto polémico. Todo concepto político tiene en mente un enemigo político, un enemigo que determina gran parte de su posición intelectual y su poder, así como su importancia histórica. Términos como “soberanía”, “libertad”, “Rechtsstaat” y “democracia” reciben su valor político sólo por medio de una antítesis concreta.[29]
En Der Begriff des Politischen, Schmitt presenta un resumen crítico de la idea de constitucionalismo liberal:
La teoría sistemática del liberalismo se preocupa casi exclusivamente por la lucha interna contra el poder del Estado; consiste en una serie de métodos por los cuales desviar, reducir, equilibrar o controlar este poder del Estado para la protección de la libertad individual y la propiedad privada. El liberalismo trata de convertir al Estado en un pacto, y a los acuerdos y preocupaciones del Estado en una “válvula de seguridad”. A esto no se le puede calificar como forma de gobierno ni teoría de gobierno, aun cuando habitualmente se refiera a sí mismo como una teoría del “Rechtsstaat”.[30]
La teoría liberal del Rechtsstaat debe interpretarse, subraya Schmitt, sobre la base de su contexto polémico, de su “situación”: el siglo XIX y su fe positivista en la legalidad, “la
creencia en la racionalidad y en la idealidad de los sistemas de normas”.[31] El positivismo,
inicialmente polémico, empezó como una lucha contra toda forma de ley superior, contra todo cuerpo de derecho no positivo. Gradualmente, el positivismo fue cambiando el énfasis en su legitimación: desde el intento del legislador, por vía de la intención de la ley, hasta la ley misma, finalmente, “la norma autocontenida”: “El hombre sólo se somete a la norma y a su contenido especificable. En apariencia, esto dota al positivismo legal de la mayor objetividad, estabilidad, inviolabilidad, certidumbre y calculabilidad: en suma, su calidad misma de positividad”.[32] La afirmación de Schmitt de que todo concepto político también
es un concepto polémico debe aplicarse, asimismo, a su propia teoría. Para Schmitt, el liberalismo es el enemigo, al velar la realidad política concreta. La realidad política no es gobernada por “instituciones abstractas y sistemas de normas”, sino por gentes y organizaciones tangibles.[33] Schmitt ataca lo que considera como los efectos neutralizadores
y despolitizadores del liberalismo, su “negación de lo político”:
El liberalismo del siglo pasado alteró y desnaturalizó singular y sistemáticamente todas las ideas políticas […] El pensamiento liberal evita por completo o ignora todas las cuestiones relacionadas con el Estado y la política. En cambio, el liberalismo se mueve en una polaridad recurrente entre dos esferas heterogéneas: la ética y la económica, el alma y el comercio, la cultura y la propiedad.[34]
La perspectiva liberal ya es caduca, dada la nueva situación —es decir, la “metamorfosis” del Estado moderno de un Estado liberal a uno total—. En un artículo escrito en 1931, “El giro hacia el Estado total”, Schmitt describe el actual sistema de gobierno como producto de una tensión entre las normas, los valores y las instituciones del siglo XIX y una situación
constitucionalismo liberal: a saber, el dualismo del Estado y de la sociedad. Ya no tiene ningún significado; es “irrelevante”. Esta distinción se ve atacada por ambos flancos: “La sociedad convertida en Estado” se transforma en “el Estado Económico, el Estado de Cultura, el Estado Cuidador, el Estado Benefactor, el Proveedor”. Al mismo tiempo, “el Estado como la autoorganización de la sociedad” interviene en todos los aspectos de la vida social. Esta erosión de la distinción entre las funciones previamente discretas del Estado y de la sociedad convierte al Estado neutral y liberal en un Estado “potencialmente total”.[35] En
un artículo de 1929, Schmitt afirma que las principales naciones industriales aún se aferran al tradicional programa constitucional de 1789 y 1848. Hay dos excepciones: la Rusia bolchevique y la Italia fascista. Éstos son los únicos estados que han intentado “romper con los heredados clichés constitucionales del siglo XIX. Mediante sus constituciones escritas, han
expresado los grandes cambios ocurridos en las estructuras económica y social de sus naciones, en la organización misma del Estado”.[36]
Según Schmitt, el desarrollo hacia un Estado total se puede seguir a lo largo de dos lineamientos. Primero, está el Estado que es total “en un sentido puramente cuantitativo, en el sentido de su simple volumen”. Éste es el Estado que interviene “indiscriminadamente” en todos los aspectos de la vida social. En este sentido, escribe Schmitt a comienzos del decenio de los treinta, la República de Weimar es un Estado total. Su expansión es resultado de su debilidad, no de su fuerza. Es total “por su debilidad y su falta de capacidad de resistir, por su incapacidad de soportar los asaltos de intereses y facciones organizados”.[37] La
terminología de Schmitt puede parecer confusa, pues está sugiriendo que el resultado de estos acontecimientos es la desintegración del poder del Estado: “Con el tiempo, esto conduce a una pluralidad de nexos y obligaciones morales, a una ‘pluralidad de lealtades’ por la cual se endurecen cada vez más las divisiones pluralistas, y la formación de la unidad del Estado se encuentra en peligro cada vez mayor”.[38] Schmitt considera que los teóricos
socialdemócratas, como G. D. H. Cole y Harold Laski, son los ideólogos del pluralismo. No sólo se preocupan por la pluralización del poder del Estado, sino también por combatir la noción de que este poder “en cierto modo es de un orden diferente y superior” al de otros tipos de organización social: “El Estado se convierte en un grupo social de organización que, en el mejor de los casos, se encuentra al mismo nivel de otras organizaciones. En sus consecuencias éticas, esto hace que el individuo tenga que vivir en una multiplicidad de deberes y lealtades sociales desorganizadas y en competencia”.[39] En segundo lugar, tenemos
el Estado que es total “en un sentido cualitativo”.[40] Éste es el Estado que explota
sistemáticamente las posibilidades de la tecnología moderna para fortalecer su propio poder. Tanto el fascismo como el comunismo intentan, de diferentes maneras, retener la “supremacía” del poder del Estado en este sentido. Contrariamente a las suposiciones del
liberalismo, no existe, según Schmitt, una distinta esfera “política”. Lo específicamente político, en que se originan todas las acciones y motivos políticos, se encuentra en la dicotomía entre amigo y enemigo. Éste es, pues, el equivalente político de la dicotomía entre el bien y el mal en lo moral, entre lo bello y lo feo en la estética, y entre lo lucrativo y no lucrativo en la economía. La dicotomía amigo-enemigo representa “toda la gama de la intensidad entre unión y separación, entre asociación y oposición”. Para Schmitt, la política sólo es autónoma en el sentido de que la validez de las categorías políticas es independiente de las categorías morales, económicas u otras:
El enemigo político no tiene que ser moralmente malo, ni tiene que ser estéticamente feo. No tiene que aparecer como un competidor financiero; en realidad, hasta podría ser ventajoso hacer negocios con él. Esencialmente, es el “otro”, el ajeno. Basta que sea existencialmente distinto y ajeno en una forma particularmente intensa. Así, en circunstancias extremas pueden ocurrir conflictos con él. Éstos serán conflictos que no puedan resolverse ni por referencia a unas normas comúnmente sostenidas ni por la intervención de una tercera parte desinteresada y, por tanto, imparcial.[41]
La dicotomía amigo-enemigo tiene un significado existencial. Sólo los propios actores políticos pueden, en una situación concreta, decidir si la “otredad del ajeno” amenazará “con negar nuestro propio modo de existencia”.[42] La distinción amigo-enemigo expresa la
“conciencia de una situación grave”: “Los conceptos ‘amigo’, ‘enemigo’, ‘lucha’, reciben su verdadero significado por el hecho de que implican la auténtica posibilidad de la muerte física”.[43] Schmitt insiste en que el enemigo político no es un adversario privado: no existe
una antipatía personal. Antes bien, es el enemigo público: es hostis, no inimicus; es polemios, no echthros. Por tanto, tener enemigos políticos es perfectamente compatible con el mandamiento cristiano “Ama a tus enemigos”, pues un “enemigo es aquí inimicus o echthros.[44]
Las categorías políticas de Schmitt son existenciales en la medida en que la política se analiza en términos existenciales y no en términos sustanciales. Ese existencialismo político es total, ya que es universalmente aplicable, y la única norma es “la más intensa de todas las distinciones: el agrupamiento en amigos y enemigos”:
Existencialmente, esta dicotomía es tan fuerte y decisiva que, en el instante mismo en que surge, sobrepasa todos los anteriores antagonismos no políticos, como los basados en motivos y criterios “puramente” religiosos, económicos o culturales. La situación se vuelve política, aunque, desde el punto de vista puramente religioso o económico, sus consecuencias y conclusiones a menudo puedan parecer contradictorias e irracionales.[45]
Schmitt trata de ahondar bajo la superficie de las “ficciones y la normatividad” del liberalismo, bajo su “sistema de conceptos desmilitarizados y despolitizados”, para llegar a la realidad brutal de la política: la lucha entre amigo y enemigo. Sólo en una verdadera lucha quedan en claro las consecuencias finales de la relación amigo-enemigo: “las tensiones específicamente políticas en la vida humana se alcanzan en estas extremas circunstancias”.
Un mundo sin esta lucha entre amigo y enemigo sería “un mundo totalmente conciliador”, o sea, un mundo sin política.[46]
Schmitt fundamenta en Hobbes su posición teórica. Pero ve mejor a Hobbes a través de los ojos de Rousseau. Para Hobbes, el estado de naturaleza con su “guerra de todos contra todos” fue proscrito con la introducción de la dimensión política, es decir, el monopolio del poder por el Estado. Sin embargo, Schmitt intenta reintroducir el estado de naturaleza como condición política prevaleciente. Como buen romántico, Schmitt discierne tras el desplome del liberalismo “un regreso a una naturaleza impoluta, prístina”, “silenciosa y oscura”.[47] Así
pues, a este respecto tal vez sea más preciso describir a Schmitt como un rousseauniano de la escuela hobbesiana.
El pensamiento político de Schmitt combina la “intensidad” del existencialismo con la “lucha” del militarismo. Más que ningún otro teórico del siglo XX, defiende la posición
maquiavélica: la política es una batalla por conquistar y conservar el poder político, impaciente con toda obligación normativa. Por su crudo realismo político, Hobbes y Maquiavelo son los teóricos políticos ideales.
Schmitt sólo aspira a describir la realidad política tal como existe tras el velo del normativismo. Empero, en su intento por apartar este velo, Schmitt lanza otra teoría normativa: el realismo maquiavélico. La política queda ultimada y necesariamente sobreseída por la guerra interna o externa; así, por la posibilidad del “asesinato físico de otros seres humanos”: “no hay objetivo tan racional, norma tan correcta, ideal social tan bello, no hay legitimidad o legalidad que pueda justificar que los seres humanos se maten entre sí por ellos”.[48] De acuerdo con el pensamiento maquiavélico, Schmitt cree que el Machtstaat
sobresee al Rechtsstaat. En un estado de emergencia, el Rechtsstaat debe ceder: “El estado de emergencia revela claramente la naturaleza de la autoridad del Estado. Aquí, la decisión se separa de la norma legal y (dicho paradójicamente) la autoridad muestra que crea el Recht, pero no tiene que ser Recht”.[49] Siendo un existencialista político, Schmitt se siente atraído
por las situaciones políticas extremas y excepcionales. Por ejemplo, el concepto de soberanía sólo puede ser definido a la luz de semejante situación: “quienquiera que resuelva el estado de emergencia es soberano”.[50] El estado de emergencia no debe considerarse como un
predicamento marginal o de última instancia sino, antes bien, como “un concepto universal, central al conocimiento político”: “El control de la emergencia es, en un sentido muy real, el poder de decidir”.[51] Contemplado desde este punto de vista, no se puede considerar al
estado de emergencia como un estado de caos o de anarquía. En cierto sentido, es un orden, un orden impuesto por el puro poder, no por la justicia: “La existencia del Estado demuestra aquí ser de mayor importancia que la validez de las normas jurídicas. La toma de decisiones queda liberada de toda obligación normativa y, en un sentido muy real, se vuelve absoluta”.
[52] El que detenta el poder monopoliza así la decisión “última”. En ello reside la “esencia de
la soberanía del Estado”, que Schmitt define como un “monopolio de toma de decisiones” y no como un “monopolio de la fuerza o dominación”.[53] El Estado como unidad política tiene
la fuerza del jus belli, es decir, en ciertas circunstancias puede definir los elementos hostiles “basado en la fuerza de sus propias decisiones” y combatirlos.[54]
Como alternativa al dogmatismo del constitucionalismo, Schmitt abraza un escepticismo extremo. En su Politische Theologie aclara su forma de escepticismo, a la que llama “decisionismo”: la validez de una decisión política queda establecida “independiente de su contenido”; la decisión es, “desde un punto de vista normativo, surgida de la nada”. Una vez tomada una decisión, no puede haber más discusión, “aunque subsistan dudas”.[55] Una
decisión política es el resultado de una pugna entre opciones que no pueden ser apoyadas por razonamiento o discusión. La política auténtica, es decir, la lucha por el poder empieza donde termina la comunicación; en política es importante que se tomen decisiones, no cómo se tomen. Según la teoría del decisionismo de Schmitt, los que toman las decisiones políticas no están obligados desde abajo, por las demandas de la ciudadanía, ni desde arriba, por las normas de la ley:
El argumento jurídico último de todo valor y validez legales debe encontrarse en el acto de voluntad —la decisión— que como las decisiones en general primero crea el Recht, y cuya fuerza de ley (Rechtskraft) no se deriva de la fuerza de la ley de la regla de decisión, ya que hasta una decisión no compatible con los preceptos legales es justa. Esta fuerza de ley de