2 DEL RESTABLECIMIENTO DEL BIEN MORAL
2.2 Del derecho del principio bueno al dominio sobre el hombre
Para hablar de la realización del principio bueno en el mundo, Kant recurre a algunos principios de la religión revelada y, a partir de una lectura cuidadosa del rol que desempeña la figura del hijo de dios en la historia, intenta analizar la manera como el bien se encarna y las dificultades que encuentra. Es inevitable reflexionar sobre esta actitud kantiana, pues hasta el momento la reflexión de nuestro filósofo se ha caracterizado por evadir constantemente lo referente a la doctrina religiosa; aún cuando ha procurado aclarar innumerables cuestiones de fe que podrían prestarse a errores de interpretación. Tal es el caso de fundar la religión en la moral y, por ende, de afrontar el problema de la consecuente necesidad de una idea de dios. También valoró en otros casos la utilidad de la religión, como cuando indaga por el origen del mal.
Pero ahora, nos encontramos con una nueva perspectiva filosófica que se desarrolla dentro del marco de la revelación bíblica; es decir, una reflexión que, considerando la idea de dios desde la razón, la utiliza como lo hace la teología, para postular el modo como el hombre puede salir del dominio del mal que le es connatural.
A partir de la idea que hemos configurado acerca de la moral, con fundamento en la razón, Kant afirma que la perfección moral de la humanidad es el fin último de la divinidad. La idea de dios es postulada por la razón práctica, y posee como único fin colaborar para que la humanidad lleve a término la ley moral. Por ende, la divinidad es entendida como el conjunto de todos los fines morales, humanos y naturales, así como el ente unificador entre el deber y la felicidad. Esta divinidad promueve la encarnación del principio bueno en el mundo. Y tal idea de divinidad contiene en sí misma la idea del
hombre bueno se caracteriza por ser aquella de quien se dice que cumple cabalmente
todos los principios morales. En este sentido, la divinidad posee en sí la figura arquetípica de lo que es el hombre moralmente bueno. De tal manera que la fe práctica que pueda tener -y es aconsejable que tenga- un ser humano en la divinidad, es decir en el arquetipo de hombre bueno, lo ayuda a hacerse consciente de la bondad de la ley
moral y a encarnar el bien en el hombre.
Kant no desea postular la fe como único modo de encarnar el bien en el mundo, simplemente reconoce que la fe es la forma óptima de hacerlo. La idea de dios es postulada por la razón y, en este sentido, existe una fe racional que sostiene tal idea; pero la fe racional no implica necesariamente la religiosidad de los seres humanos para cumplir con la ley moral. Veamos cuál es el estatus de tal fe racional, y hasta qué punto la idea de dios condiciona la encarnación del bien.
Es prudente reconocer que la religión cristiana considera la persona de Jesús como el arquetipo de hombre bueno, el cual reside en la idea de dios. Ante esta postura
cristiana, Kant presenta una lectura filosófica de los relatos bíblicos con lo cual pretende desmitificar la injerencia de dios en la humanidad, así como el papel que desempeña en la historia. Por ello, en primer lugar y como ya fue dicho, Kant reconoce que la existencia real del hombre bueno no otorga ni veracidad ni un mayor grado de
concreción al bien moral. Luego, que Jesús haya o no existido y, en consecuencia, que alguien crea o no en él, no implica que la razón deba acogerlo necesariamente. Es decir, creer en la persona de Jesús no es una condición necesaria para acoger la ley moral.
Teniendo claro, al mejor estilo de la crítica kantiana, el origen y función de la idea de un hombre bueno al momento de encarnar el bien en el mundo, analicemos
algunos problemas que surgen al interior de la razón cuando deseamos llevar tal idea a su realización. La primera dificultad consiste en que el hombre se ve abocado a la imposibilidad de actualizar totalmente la ley moral, debido al mal que habita en él, que no puede extirpar, y desde el cual debe partir: “…la distancia entre el bien que debemos efectuar en nosotros y el mal de que partimos es infinita y en cuanto tal no alcanzable en ningún tiempo por lo que toca al acto…” [Religión 1969: 72]. El ser humano se percata
de que la ley moral impresa en su razón le impele a la realización del bien, pero él mismo se sabe incapaz de hacerlo, debido a de la propensión al mal que también posee, la cual lo sitúa en una posición desventajosa para alcanzar los requerimientos de la razón.
Por ello, Kant reconoce que el hombre debe procurar, cada vez más, adecuarse a la ley moral por medio de la determinación del libre albedrío en esa dirección; de tal manera que, si bien los actos no están sujetos del todo al principio bueno que los anima, el hombre confía en que el ser supremo, que todo lo conoce, valora el camino de progreso que emprende. Es decir, pese a que en este mundo el hombre no podrá desembarazarse del mal que lo acompaña, también es cierto que en la medida en que procura acoger máximas morales se estará encaminando hacia la idea de “hombre bueno”. La respuesta kantiana no soluciona el problema, lo único que logra es llevar el centro de atención a la actitud moral, más que a la realización plena del bien en el mundo.
La segunda dificultad es la posibilidad de coexistencia entre el derecho legítimo de la razón humana a la felicidad y la propensión al mal en el hombre. Antes de adentrarnos en la consideración kantiana sobre este asunto, es necesario señalar qué entiende el filósofo cuando habla de felicidad en este punto. Kant define la felicidad moral en contraposición con la felicidad física. La segunda es entendida como la posesión perpetua de la satisfacción propia del estado físico. La primera se caracteriza por ser la realidad efectiva y persistente de una intención que impulsa continuamente al
bien [Religión 1969]. Entendiendo de esta manera la felicidad moral, resulta que ella no es un estado que se obtiene, como sí lo es la felicidad física por cuanto está más relacionada con la satisfacción del deseo. La felicidad moral, por el contrario, radica en la actitud permanente del ser humano de progresar hacia lo mejor. Y esta actitud de
progreso será la que dé satisfacción a la legítima pregunta por la felicidad.
La respuesta a la pregunta por la felicidad, que es de por sí legítima en la naturaleza del ser humano, forzosamente refiere a la necesidad de pensar la felicidad de acuerdo con el proceso de conversión moral, en lugar de relacionarla con un
determinado estado de fenómenos. Por ello, la idea de progreso hacia lo mejor será esclarecedora y de gran ayuda, puesto que el hombre puede y debe suponer que en la medida en que adopta principios buenos, progresivamente va adquiriendo la bondad de su intención y se va constituyendo de esta manera en un sujeto digno de ser feliz. Del mismo modo, en la medida en que el hombre se aleja de los buenos principios cae en el mal y en la desesperanza. Las dos posibilidades son una mirada hacia lo inalcanzable, lo primero es hacia lo deseado y dichoso, mientras que lo segundo es una miseria. Esa mirada hacia lo inalcanzable traspasa de hecho los límites de la inteligencia, pero la buena intención que no busca certeza sino que posibilita cierta confianza racional es
conveniente. “(pero la naturaleza del hombre, valiéndose de la oscuridad de todas las
perspectivas que van más allá de los límites de esta vida, cuida ella misma de que el
desconsuelo no vaya a parar en salvaje desesperación)” [Religión 1969: 75].
Esto no quiere decir que la felicidad sea entregada directamente como contraprestación de los actos realizados, a la manera de una doctrina de la compensación, sino que, gracias a la adopción de principios buenos, el hombre se constituye en digno de ser feliz. Ser digno moralmente es ante la razón el estado óptimo del ser humano, si bien puede que tal dignidad no coincida en este mundo con el estado de felicidad deseado. La moral Kantiana no aspira a entregar la felicidad a los hombres, sólo pretende instruirlos sobre cómo hacerse dignos de la felicidad. [Aramayo 1992]
Una tercera dificultad surge al reconocer que el hombre se encuentra en el mal por deseo propio, pues si bien existe la propensión al mal, lo malo en el hombre no es esa propensión sino la actitud de ordenar las máximas de forma contraria a la ley moral. Por ende, es necesario preguntar por cuáles son las motivaciones que tendrá todo sujeto para desear cambiar la motivación de sus máximas, y así acoger la moral. Ante esta objeción, Kant reafirma la solidez y dignidad de los argumentos morales en tanto que son de razón. Todo ser humano racionalmente sano experimentará el deseo de acatar la ley moral, debido a la fuerza de la razón y al respeto que ésta suscita.
Habiendo analizado estas dificultades, y luego de postular algunas aclaraciones a propósito de la fuerza interior de la ley moral en relación con la presencia del mal en el
hombre, el filósofo de Königsberg termina reconociendo que el hombre posee el deber de luchar contra el principio malo, para alcanzar de esta manera la libertad; “…„ser liberado de la esclavitud bajo la ley del pecado, para vivir a la justicia‟, es la ganancia suprema que [todo ser humano] puede alcanzar” [Religión 1969: 93]13. Si bien hemos reconocido alagunas dificultades analíticas para la encarnación del bien en el mundo, ahora es necesario afrontar aquellas dificultades prácticas que pueden aparecer en su realización. Esto con el fin de observar la manera en que Kant relaciona la concreción de estructuras racionales con la constitución de estructuras sociales.
2.3 El triunfo del principio bueno se da en la configuración de una sociedad