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Una Iglesia instaurada por hombres requiere de un servicio verdadero

2 DEL RESTABLECIMIENTO DEL BIEN MORAL

2.6 Características y función de la comunidad ética

2.6.2 Una Iglesia instaurada por hombres requiere de un servicio verdadero

instauración de la religión verdadera, surge la pregunta sobre cómo se da tal instauración. La realización de una comunidad ética requiere de algunos

administradores que organicen a los miembros de tal comunidad. Pero, ¿por qué son

necesarios servidores en una comunidad ética, dónde el llamado a constituir una comunidad proviene de un deber privado? ¿No basta acaso con la cohesión que emerge del deber personal? Kant se enfrenta al problema de justificar el uso de medios institucionales, como el servicio específico de algunos miembros, para la realización efectiva de un deber que experimenta cada individuo en la privacidad de su razón. ¿Por qué algo que se experimenta de modo individual debe ser regulado u organizado por elementos externos?

El deber de constituir una comunidad ética es de índole particular y ese deber lleva a los sujetos a constituir una comunidad caracterizada por una concordancia contingente entre los miembros. Cuando cada sujeto cumple el deber de constituir una

comunidad, se genera una primera cohesión que es en sí misma débil y requiere del negocio o pacto explícito de todos los miembros en orden a constituir una comunidad bajo leyes morales. Como esa comunidad ética posee como fin el reino de dios pareciera que es dios mismo quien ha de organizar y administrar tal comunidad. Sin embargo, la razón humana no puede conocer las acciones que dios realiza con miras a este fin, aunque sí conoce lo que debe hacer cada hombre con el fin de hacerse apto para ser miembro de ese reino. Por ende, la idea de aptitud moral que poseen los hombres les servirá de vínculo para configurar una Iglesia que tiene como fin llegar a ser el reino de dios. Esa Iglesia tendrá como fundador a dios y como organizadores a los seres humanos.

Aún así, no queda del todo claro cómo es que la religión racional requiere de administradores o servidores, cuando hemos afirmado hasta el cansancio que la religión verdadera por ser racional no requiere de ningún medio o ayuda, de servidores ni de funcionarios, pues la razón es suficiente para acoger y cumplir el deber moral. Kant afronta este dilema diferenciando dos momentos en el progreso de la Iglesia verdadera. La religión de razón requiere en un principio de una fe eclesial para introducirse en la historia del mundo, tal fe es un escalón necesario que posteriormente será desechado cuando la fe de razón logre establecerse en cada sujeto de la comunidad ética. Gracias a esta distinción, de la fe eclesial y la fe de razón, puede afirmarse coherentemente que la religión de razón no requiere de servidores públicos, pues todo ser humano que cumpla con el deber moral es en sí mismo un servidor de esa religión. Así mismo, es coherente afirmar que la fe eclesial sí necesita de servidores públicos para su organización.

Una Iglesia erigida sobre leyes estatutarias, como lo es aquella fundada en una fe eclesial, sólo será verdadera en la medida en que se encuentre encaminada hacia la fe racional pura. Es legítimo, en consecuencia, pensar leyes y servidores que encaminen y orienten la doctrina de la fe eclesial hacia aquel fin último: una fe religiosa pública.

El deber de la humanidad para consigo misma respecto de una comunidad ética sólo puede ser cumplido mediante la fundación de una Iglesia, lo que a su vez no es posible sin leyes estatutarias, esto es, sin una revelación; la revelación histórica es por tanto un medio para cumplir

con el deber (de la humanidad) para consigo misma, y por eso resulta impensable la interpelación de la pura religión racional. [Ricken 2007: 458]

La función de los servidores es encaminar la Iglesia hacia el reino de dios, donde ya no serán necesarios, es decir, su función es propedéutica y únicamente se justifica con miras a lograr la religión verdadera. Por esta razón, Kant es extremadamente crítico al afirmar que tanto la institución eclesial como la justificación de sus servidores depende del fin que cumplen, de lo contrario han de ser eliminados pues no poseen ningún valor en sí mismos.

Analizando el servicio divino dentro de una fe eclesial Kant encuentra que existen dos graves errores en los cuales fácilmente puede incurrir el hombre de fe: la ilusión17 religiosa y el clericalismo.

a) La ilusión religiosa consiste en creer que la fe estatutaria, de la religión histórica, es esencial para el servicio de dios y, por ende, es condición necesaria para complacer a la divinidad. La ilusión radica en confundir el medio con el fin, la fe eclesial con la fe de razón o cumplimiento del deber moral. Veamos cómo puede originarse tal falta. Dijimos que el ser humano no puede conocer a dios, pero como moralmente es necesario, la razón postula una idea de un ser superior con las características de dios. La idea de dios se origina en la razón humana, la cual difícilmente puede escapar a cierto antropomorfismo. Debido a ese antropomorfismo el hombre considera que dios es servido por medio de actos que sólo están encaminados a complacer a la divinidad, bajo el supuesto de que la divinidad es un ser distinto del hombre pero sujeto a pasiones como el ser humano y por ello susceptible de ser gratificado.

El antropomorfismo, que en la representación teorética de Dios y de su esencia es apenas evitable para los hombres y, por otra parte, bastante inocente (con tal que no influya en los conceptos del deber), es atendiendo a nuestra relación práctica a la voluntad de Dios y para nuestra moralidad sumamente peligroso; pues en él nos hacemos un Dios en el modo en que creemos poder con la mayor facilidad ganarlo para nuestro provecho y ser dispensados del oneroso esfuerzo ininterrumpido de obrar sobre lo íntimo de nuestra intención. [Religión 1969: 165]

17 Kant en una nota al pié de página define la ilusión como “el engaño consistente en tener la mera representación de una cosa por equivalente a la cosa misma.” [Religión 1969: 164. Nota pie de página 63]

Que la idea de dios esté enmarcada en una determinada forma humana, hace que la razón pretenda ganar la benevolencia de dios por medio de actos que estén dirigidos exclusivamente al servicio de la divinidad. Kant está acentuando la crítica en el fin de los actos y no tanto en el modo de los mismos, pues la ilusión religiosa consiste precisamente en creer que un acto es más grato a la divinidad porque ha sido realizado con el único fin de servirle. Pareciera entonces que cuanto más inútiles son los actos realizados por amor de dios, éstos le son más agradables y por consiguiente hacen del sujeto un ser más santo. La ilusión religiosa oscurece el verdadero valor moral de los actos, pues los hombres so pretexto de agradar a dios olvidan el deber racional de rectificar sus intenciones conforme a la ley moral inscrita en sus corazones.

La fuente del problema se encuentra en olvidar que la figura de dios ha sido postulada por la Razón como un elemento útil al cumplimiento del deber moral. Por consiguiente, la única manera de complacer a dios como idea de razón es por medio del cumplimiento de la moral. Pero como el hombre posee la tendencia natural a moldear la idea de dios desde una figura humana, este ser superior termina capturando toda su atención, de tal manera que se siente obligado a complacerle por medio del falso servicio, “todo lo que, aparte de la buena conducta de vida, se figura el hombre poder hacer para hacerse agradable a Dios es mera ilusión religiosa y falso servicio de Dios

[Religión 1969: 166].

En este punto Kant introduce la posibilidad de que existan obras originadas por la divinidad con miras a suplir la deficiencia del ser humano. El hombre que se esfuerza por realizar actos con el único propósito de obedecer el deber moral, posee también el derecho de esperar que aquello que no realiza por sus propias acciones sea suplido de alguna manera por dios. Esto deja entrever dos cosas: en primer lugar, que los actos del hombre poseen cierta deficiencia con respecto a lo que el deber ordena, lo cual se sostiene en lo afirmado respecto de la naturaleza corruptible del hombre. En segundo lugar, que puede haber algo que sólo dios puede hacer para constituir al ser humano como grato ante él. Esta obra de dios es lo que entiende Kant como gracia. Lo primero,

la deficiencia de los actos humanos, es conocido por la razón humana, mientras que lo segundo (la gracia) es una esperanza del hombre mas nunca un conocimiento.

Al reconocer la existencia de actos producidos por dios, la ilusión religiosa conduce a varias formas de error, por ejemplo el fanatismo y la superstición. El fanatismo consiste en pretender distinguir los efectos que produce el ejercicio de la virtud (naturaleza) de los efectos que produciría la intervención de dios (gracia), mas

aún, el fanatismo cree poder producir la gracia mediante ejercicios de virtud. La superstición radica en pretender hacerse agradable a dios, merecedor de su gracia, por medio de acciones que nada tienen que ver con la moral. El fanatismo religioso pretende obligar a la divinidad por medio de actos virtuosos, para que obre de cierto modo, presuponiendo que el sujeto pude conocer los actos de dios. La superstición religiosa también pretende lograr la gracia de dios, pero esta vez por medio de actos que ni siquiera son virtuosos, sino por medio de acciones que todo hombre puede hacer sin tener que ser un hombre bueno. Por todo esto, Kant señala que la única forma de evitar tantos errores y falsas ilusiones de la religión, que lo único que han logrado es pervertir la voluntad del hombre, es por medio de un principio que contenga en sí como única meta a la verdadera religión.

b) El clericalismo se define como al constitución de una Iglesia en la cual rige el servicio de la ley estatutaria sobre la ley moral. El clericalismo se funda en la creencia de que las leyes estatutarias por sí mismas agradan a la divinidad. Por ello, Kant recuerda las creencias de los antepasados, quienes ponían su confianza en la protección de ciertas criaturas que accedían a sus ruegos a cambio de algunas prácticas externas. Kant dirá que el clericalismo es la exacerbación de las leyes externas con miras a coaccionar el proceder de Dios. Debido a este terrible mal, que ha aquejado a múltiples creencias, es necesario volver a dar la justa medida a las leyes estatutarias dentro de la fe eclesial. Dijimos que la fe eclesial es un primer escalón que posteriormente habrá de ser retirado; por tal razón el cumplimiento de las leyes estatutarias estará siempre condicionado por el fin último que es la fe racional, la moral. Invertir este orden se denomina fetichismo, el cual consiste en considerar las leyes estatutarias como

necesarias para la religión de razón, posponiendo el esfuerzo en orden a una buena conducta de vida. Las leyes estatutarias son acogidas desde la libertad racional del sujeto, que constantemente mira el deber moral como fin de los actos. De esta manera, la ley se acoge no porque ella sea en sí misma la voluntad de dios, sino porque es el medio para lograr la gracia divina.

Al dar este valor a las leyes estatutarias, Kant está haciendo un juicio de valor respecto de lo concerniente a la organización institucional de la fe eclesial. Elementos distintivos como los dogmas o la jerarquía del cristianismo, son considerados como simples medios para la consecución del bien moral, por lo cual resultan irrelevantes al momento de juzgar la beatitud de una conciencia. Con ello, el filósofo de Königsberg está mostrando la dureza de su protestantismo, al relativizar toda la estructura esclerotizada que el catolicismo construyó a lo largo de la historia en temas como los sacramentos, la institución y la verdad.

Por todo lo dicho, el origen del clericalismo se ubica en una discusión que fue tratada con anterioridad en este trabajo en lo concerniente al orden en que se han de ubicar la fe y las obras; Kant dirá al respecto, ¡Tanto importa, cuando se quiere ligar dos cosas buenas, el orden en que se las liga! Allí la discusión fue zanjada al dejar de

lado las categorías de fe eclesial y fe racional, para acoger la fe viva que permitía pensar la fe en la gracia como primera en el orden teorético, así como la realización de las obras moralmente buenas como primeras en el orden práctico. El clericalismo lleva al extremo esta distinción y muestra lo que puede ocurrir cuando las obras, primeras en el orden práctico, se separan absolutamente del fin que las motiva, a tal punto que se convierten en motivo autónomo para agradar a dios. Le clericalismo puede ser equiparado con lo que el catolicismo denomina legalismo, que es la primacía de las obras sin tener en cuenta el motivo que las impulsa.

El servicio verdadero en una fe eclesial con miras a fe de razón posee un rasgo fundamental en lo que respecta a su contenido. El contenido de la doctrina que ha de impartir la fe eclesial parte de un preclaro reconocimiento de la naturaleza humana, como el que se ha desarrollado en este trabajo, para de esta manera proponer las

enseñanzas adecuadas para que los seres humanos se orienten hacia la religión de razón. Kant vuelve a reconocer que en el ser humano en general, antes de cualquier norma externa, existe ya un conocimiento moral independiente de cualquier religión o doctrina, conocimiento que posee la fuerza del deber por el deber.

…hay un conocimiento práctico que, aun reposando únicamente en la Razón y no necesitando de ninguna doctrina histórica, sin embargo está tan cerca de todo hombre, incluso del más simple, como si estuviese escrito literalmente en su corazón: una ley que no hay más que nombrar para entenderse en seguida con cualquiera acerca de su autoridad, y que comporta en la conciencia de todos obligación incondicionada, a saber: la ley de la moralidad. [Religión 1969: 178]

Aceptar que todo ser humano posee un conocimiento práctico del deber moral, permite señalar el papel específico que ha de desempeñar la fe eclesial. Ya que el ser humano parte de un conocimiento práctico de lo que es el deber, la fe eclesial debe limitarse a crear el ambiente comunitario propicio y adecuado para que la moral se

consolide, “Así pues, no sólo es prudente empezar por esta fe, y hacer que le siga la fe histórica que armoniza con ella, sino que es también deber hacer de ella la condición suprema…” [Religión 1969: 178].

Teniendo claro el punto de partida y el fin que se pretende, entonces es posible preguntar sobre cuál será el contenido de la exposición religiosa que la fe eclesial promueve. Kant distingue dos tipos de contenido: la doctrina de la piedad yla doctrina de la virtud. La doctrina de la virtud hace referencia al deber moral y su cumplimiento

bajo la única influencia de la razón. La doctrina de la piedad se puede definir a partir de dos determinaciones respecto de la relación del hombre con dios: temor a dios y amor a dios. En la primera determinación el hombre actúa por el deber en sí y Kant lo identifica con la obediencia del súbdito. En la segunda determinación el hombre actúa por libre elección y complacencia de la ley, esta es concebida como la obediencia del hijo. El filósofo de Königsberg se pregunta por cuál de las dos doctrinas –virtud o piedad- es más natural exponer en la primera instrucción de la juventud. La pretensión no radica en excluir una de las dos para exaltar la otra, pues es claro que se encuentran en ligazón necesaria. Kant está indagando sobre cuál de las dos ha de ser enseñada primero, el

deber de razón independiente de cualquier otra determinación o el deber de razón en relación con la idea de dios.

Dado que las dos opciones son necesarias, interrelacionadas pero diferentes, Kant afirma que la mejor solución será pensar una de ellas como medio y la otra como fin. La doctrina de la virtud posee consistencia en sí misma, incluso sin la idea de dios, luego puede decirse que es independiente. Por el contrario, la doctrina de piedad depende de la idea de dios que la razón ha postulado en virtud de la incapacidad humana para alcanzar el fin último. Así las cosas, debido a su dependencia formal, la doctrina de piedad no puede constituir por sí misma el fin de la labor moral, sólo ha de servir como medio para fortalecer la intención de virtud. De otro modo, la doctrina de virtud, al ser tomada del alma del hombre, posee en sí y sin necesidad de nada la fuerza del deber racional, por lo cual ha de ser vista como el fin del obrar moral. Con este proceder, la moral está ubicándose como el punto de gravedad en torno al cual gira todo lo relacionado con la

religión, ya sea en su estadio eclesial o en el racional. “En lo que toca a la intención moral, todo depende del concepto supremo al que uno subordina sus deberes.” [Religión

1969: 181]

Antes de terminar lo relacionado con el servicio en la religión de razón, es necesario hacer el debido hincapié en lo concerniente a la gracia. Este tema fue abordado al referir el paso necesario de la fe eclesial a la fe racional, así como al enumerar los errores en que la ilusión religiosa puede incurrir. En esos dos momentos la gracia es analizada desde su uso, por lo cual es necesario observarla con mayor detenimiento en su proceder propio. La gracia aparece en contraposición a las obras realizadas por naturaleza. Las obras que realiza el hombre por sí mismo conforme a sus facultades son denominadas obras naturales. Las obras naturales realizadas según la ley moral tienden a la instauración del bien universal en el mundo; pero tales obras son insuficientes para lograr su fin, en tanto que provienen de un ser contingente y marcado por una naturaleza en la que cohabitan tanto una propensión al mal como una disposición al bien. En virtud de esto, la razón postula la posibilidad de que la idea de dios actúe en el curso de los actos completando lo que a las obras morales realizadas por los hombres les hace falta.

A esta intervención divina con el ánimo de perfeccionar las obras humanas se le denomina gracia.

Las obras de naturaleza se rigen por las leyes físicas, y en esta medida pueden ser conocidas así como previstas y programadas. Por el contrario las obras de gracia o lo que puede denominarse „gracia divina‟ al proceder de lo sobrenatural no están condicionadas a las leyes física, por ende escapa por completo al conocimiento humano,

“…tratándose de lo sobrenatural en general (a lo cual pertenece la moralidad como

santidad), la Razón está privada de todo conocimiento de las leyes, según las cuales