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Gioacchino Assereto

2. De camino a la ciudad: hacer justicia

2.4. Desmontar una falsa analogía

Para Wittgenstein, “la filosofía muestra las analogías desorientadoras en el uso de nuestro lenguaje (BT §87)”, de la mano con la idea de que “no encontramos en

absoluto problemas filosóficos en la vida cotidiana (como encontramos, por ejemplo, los de la ciencia natural) (BT §91)”, estos – los problemas filosóficos – aparecen

cuando, dice Wittgenstein en el mismo apartado, “al construir nuestras oraciones, nos dejamos guiar, no por una finalidad práctica, sino por ciertas analogías del lenguaje”.

Una falsa analogía se introduce cuando, por decirlo de la forma más simple, pasamos de un juego de lenguaje a otro inadvertidamente, haciendo un símil entre usos de expresiones, pero olvidando o descuidando el hecho de que se realizó una analogía. Veamos el caso que nos propone Wittgenstein como ejemplo en el Cuaderno azul:

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“Following a rule” (Baker y Hacker Vol 3. del Analytical commentary on the Philosophical Investigations)

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Este tipo de falta se presenta una y otra vez en filosofía149; por ejemplo, cuando nos

sentimos confusos sobre la naturaleza del tiempo, cuando el tiempo nos parece una cosa extraña. Nos sentimos fuertemente inclinados a pensar que aquí hay cosas ocultas, algo que podemos ver desde fuera, pero dentro de lo cual no podemos mirar. Y sin embargo, no sucede nada de esto. No son nuevos hechos sobre el tiempo lo que queremos conocer150. Todos los hechos que nos conciernen se hallan patentes ante

nosotros151. Pero es el uso del sustantivo “tiempo” el que nos desconcierta. (BB 33)

El problema al que Wittgenstein se refiere con la palabra “tiempo” es el mismo que

tuvo San Agustín (Cfr. BB 54; PI §90a) y, por extensión, podríamos pensar en muchos filósofos que pusieron la misma cuestión en sus investigaciones152. El

problema surge cuando se plantea la pregunta: “¿qué es el tiempo?”. Para

Wittgenstein, el caso que trabaja con San Agustín, tiene, por decirlo de alguna forma, dos planos: uno, descansa en la pregunta que se formula y, el otro, en la respuesta que se da y donde se introduce la falsa analogía en relación con la pregunta formulada.

En el primer plano tenemos que la pregunta “¿qué es el tiempo?” nos pone en una

situación incómoda, puesto que lo que buscamos, a primera vista, parece ser una definición y, al no encontrarla153, es la gramática de la palabra tiempo la que nos deja perplejos (Cfr. BB 54). Wittgenstein explica que “al hacer una pregunta ligeramente

desorientadora, la pregunta „¿qué es…?‟, solamente estamos expresando esta perplejidad (BB 54-55)”. Se trata de una pregunta donde falta la claridad sobre el uso de una palabra se convierte en una molestia que, para Wittgenstein, San Agustín

149Ha venido hablando de la falta que se comete cuando, al filosofar acerca del fenómeno de “pensar”,

el sustantivo “pensamiento” se convierte para nosotros en una especie de medio físico donde suceden cosas extrañas inexplicables (Cfr. BB 32-48).

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La tentación que ya habíamos enunciado (Cap. II) de parte del filósofo por decir siempre algo nuevo del fenómeno del que se quiere ocupar.

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Cap. III, 1.2.

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Por poner algunos ejemplos: Platón en el Timeo, Aristóteles en la Física, Locke en el Ensayo sobre el intelecto humano, Kant en la Crítica de la razón pura, Heidegger en su conferencia El concepto de tiempo. En Agustín aparece en el libro XI de las Confesiones. Ahora bien, estos ejemplos, son solo para mostrar la carrera que ha hecho la pregunta “¿Qué es el tiempo?” a partir del uso del sustantivo “tiempo” y no porque Wittgenstein arremeta o se esté ubicando críticamente ante la historia de la filosofía. De hecho, uno de los rasgos más característicos del genio de Wittgenstein es haber hecho de la ignorancia de la historia de la filosofía una virtud (Cfr. Flórez 2004: 1).

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Diferente de cuando se pregunta “¿qué es un caballo?” o “¿qué es una silla?”, donde la gramática de estas palabras no nos pone en aprietos, al menos inicialmente, porque podemos dar una definición que los describa en el diccionario, o una definición ostensiva, que sería la que primero se nos ocurriría.

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complementa con la pregunta “¿cómo es posible medir el tiempo? Pues el pasado no puede ser medido, por estar pasado; y el futuro no puede medirse porque no ha llegado todavía. Y el presente no puede medirse porque no tiene extensión (BB 55)”154.

Por un lado, tenemos un signo que se usa como sustantivo en la gramática (la palabra

“tiempo”) y que, al usarse de esta forma, parece compartir cierta condición con sustantivos como “lápiz”, “silla” o “caballo”155. Por otro lado, con la segunda pregunta, se introduce una analogía con la palabra “medida” por un conflicto de dos

usos diferentes de una misma palabra (Cfr. BB 55). “San Agustín, podríamos decir,

piensa en los procesos de medición de una longitud: por ejemplo, la distancia entre dos señales sobre una banda móvil que pasa ante nosotros y de la cual solo podemos ver un minúsculo trozo (el presente) frente a nosotros (BB 55)”. La solución a este

problema no es otra que fijarnos en el uso del signo “medida”, en lo que se quiere decir con “medición”, puesto que la falsa analogía se ha introducido cuando

queremos aplicar esta palabra en el mismo sentido en dos campos diferentes del discurso: cuando hablamos de acerca de una banda móvil y cuando hablamos acerca del tiempo (Cfr. PI §90b).

Sin embargo, dice Wittgenstein al respecto: “el problema puede parecer simple, pero

su extrema dificultad se debe a la fascinación que la analogía entre dos estructuras similares de nuestro lenguaje puede ejercer sobre nosotros (BB 55)”. La dificultad reside específicamente por una confusión en las reglas (Cfr. BB 55), donde, en primer

lugar se cree que la palabra “tiempo” por ser utilizada como sustantivo, funciona

154 En el BT, Wittgenstein ofrece otra forma de pensar el asunto: “El sentimiento es este: el presente se

desvanece en el pasado sin que podamos detenerlo. Y aquí nos servimos obviamente de la figura de una cinta que constantemente se mueve sobrepasándonos y que no podemos parar. Pero es igualmente claro que la figura se usa de mala manera. Que uno no pude decir „el tiempo fluye‟ cuando por „tiempo‟ se quiere decir la posibilidad de cambio (§91g)”.

155 Queremos, por así decirlo, forzar aquí una analogía entre signos que denotan objetos físicos como

“libro” o “mesa” y signos como “tiempo” o “número”. Sucede sin embargo que lo que denota la palabra “tiempo” nos resulta algo muy extraño. (Valdés 2007:41)

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igual que otras palabras que también son sustantivos156 en otros juegos de lenguaje,

pero cuya gramática no nos pone en aprietos, de forma que al preguntar “¿qué es el tiempo?” se busque una definición y, al no hallarse, esta se sublime y se quiera

imponer una. En palabras de Wittgenstein:

[Si la respuesta que se da es]: “el tiempo es el movimiento de los cuerpos celestes”. El siguiente paso consiste en ver que esta definición no es satisfactoria. Pero esto solo

quiere decir que no utilizamos la palabra “tiempo” como sinónimo de “movimiento

de los cuerpos celestes”. Sin embargo, al decir que la primera definición es errónea, sentimos la tentación de pensar que tenemos que remplazarla por una diferente por la correcta. (BB 56)

En este tipo de casos se ve con claridad la idea de Wittgenstein donde lo difícil no radica en hacer una renuncia del entendimiento, sino de la voluntad (Cfr. PO §86b),

puesto que “puede ser tan difícil no usar una expresión como contener las lágrimas, o

un arrebato de cólera (PO §86a)”157 como ha sido inevitable transgredir la gramática

de la palabra “medida” para usarla en otro ámbito que no tiene que ver con la

longitud de una banda158 y pueda llegar a ser inevitable tratar de imponer una definición.

Lo que hace más complejo el asunto es que “en la mayoría de los casos es imposible

mostrar un punto exacto en el que una analogía comience a equivocarnos (BB 57)”159.

Por otro lado, es claro que la analogía se introduce por una especie de descuido gramatical que nos lleva a transgredir ciertas reglas del uso de las palabras: para el

156 Otra forma de decirlo, como lo hace el mismo Wittgenstein con la palabra “significado”, es que

“tiempo” es una palabra de tarea rara (Cfr. BB 74).

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Dice el parágrafo completo: “Como he dicho a menudo, la filosofía no me lleva a ninguna renuncia, puesto que no me abstengo de decir nada, sino que prescindo de una cierta combinación de palabras como carente de sentido. Pero en otro sentido la filosofía exige una renuncia, si bien del sentimiento, aunque no del intelecto. Y esto es quizás lo que la hace tan difícil para muchos. Puede ser tan difícil no usar una expresión como contener las lágrimas, o un arrebato de cólera //ira//”.

158“Por esto las cosa más evidentes pueden convertirse en las más difíciles de comprender de todas. Lo

que ha de vencerse no es una dificultad del entendimiento sino de la voluntad (PO §86b)”.

159 El efecto de una analogía falsa introducida en el lenguaje: significa una lucha e intranquilidad

constantes (casi un estímulo constante). Es como si una cosa pareciera ser un hombre desde lejos, puesto que no percibimos nada determinado, y de cerca vemos que es una tueca. (PO §87e)

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caso, llegar a considerar que todos los sustantivos piden un mismo tipo de

definiciones y, la confusión entre el empleo de la palabra “medida” cuando se refiere

a longitudes y cuando se refiere al tiempo, al pensar que en ambos casos la palabra se usa en un sentido unilateral160.

Lo que Wittgenstein nos ha ofrecido no es un dictamen donde diga cuándo se puede

usar la palabra “medida” y cuándo no, porque esto sería tratar de fundamentar el

lenguaje, sino mostrar que en esta palabra hay una cierta normatividad cuando vemos que se puede trabajar con ella en ciertos contextos y que en otros es absurdo.

Sin embargo, Wittgenstein sabe que llegar a las reglas no es un asunto sencillo, en especial porque no las consideramos en la mayoría de las actividades donde usamos el lenguaje (Cfr. BB 54); esto también exige del filósofo un examen juicioso de los casos particulares, puesto que las reglas no se dan como un gran listado que determina todos los casos de la utilización de las palabras (Cfr. PI §567), sino que es cuando el filósofo recela algún engaño en el lenguaje, o ve que las palabras no están trabajando bien, que debe evidenciar las reglas. Como dice Wittgenstein en las PI:

“Los conceptos nos conducen a investigaciones. Son la expresión de nuestro interés y

guían nuestro interés (§570)”.

La finalidad no es delimitar claramente los conceptos sino hacer desaparecer los malentendidos en los que nos pone el lenguaje, como en este caso salir de una falsa

analogía al ser justos con el uso de las palabras “tiempo” y “medida”, haciendo más exactas nuestras formas de expresión (Cfr. PI §91b). Tampoco se trata de definir de una vez, y por todas, los conceptos que utilizamos, “no porque no conozcamos su verdadera definición, sino porque no hay „definición‟ verdadera para ellos. Suponer que tiene que haberla, sería como suponer que siempre que los niños juegan con una pelota juegan un juego según reglas estrictas (BB 54)”.

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Dice Wittgenstein: “Acuérdate de cuán difícil les resulta a los niños creer (o reconocer) que una palabra tiene realmente //puede tener // dos significados diferentes. (BT § 90k)

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Ahora bien, todo lo que hemos visto a lo largo de este capítulo: las distintas formas en las que Wittgenstein apunta a la claridad, con el fin de hacer desaparecer ciertas intranquilidades, que son los problemas filosóficos, es lo que se conoce como la(s) manera(s) en que se hace terapia en filosofía; esto, en la medida en que el mismo Wittgenstein nos ofrece el símil donde el filósofo “trata una pregunta [filosófica]

como una enfermedad (PI §255)”. Sin embargo, qué deba entenderse con mayor claridad por terapia filosófica es el tema que me ocupa en el siguiente y último apartado de este capítulo.