Conocí a un hombre que había sido oficial durante la Primera Guerra Mundial. Me contó que uno de sus mayores problemas había sido conseguir que sus hombres llevaran el casco cuando se hallaban expuestos al fuego enemigo. El argumento de aquellos hombres iba sobre balas «que llevaban tu número escrito». Si una bala llevaba tu número escrito, no tenía sentido tomar precauciones, pues igualmente te iba a matar. Por otro lado, si ninguna bala llevaba tu número escrito, estabas a salvo un día más y no necesitabas llevar el incómodo y fastidioso casco.
Hay quien llama a este argumento el «sofisma perezoso». Si voy a tener un cáncer, pues voy a tenerlo, dice el fumador. No se puede escapar al destino. Y si el determinismo está en lo cierto, ¿acaso no está atado el futuro por la cadena interminable de los acontecimientos del pasado? El futuro nace de ellos: está escrito inevitablemente en el curso del tiempo. Y si el futuro ya está escrito, ¿acaso no deberíamos resignarnos a nuestro destino? ¿Acaso no pierde la acción su sentido? ¿Acaso no
es mejor retirarse y quizá sentarse con un chal naranja diciendo «Om» todo el día?
Existen muchas historias que nos recuerdan la imposibilidad de escapar al destino. Veamos una versión de la famosa parábola islámica Cuando la Muerte llegó a Bagdad:
El discípulo de un sufí de Bagdad estaba un día sentado en un rincón de una posada, cuando oyó hablar a dos personajes. Por lo que decían, se dio cuenta de que uno de ellos era el Ángel de la Muerte.
«Tengo varias visitas que hacer en esta ciudad durante las próximas tres semanas», le decía el Ángel a su compañero.
Aterrorizado, el discípulo se escondió hasta que ambos hubieron partido. Para escapar a la Muerte, alquiló el caballo más veloz disponible y lo espoleó día y noche en dirección a la lejana ciudad de Samarcanda.
Mientras tanto la Muerte se encontró con el maestro sufí y hablaron sobre diversas personas. «¿Y dónde está tu discípulo tal y tal?», preguntó la Muerte.
«Debe de estar en algún lugar de esta ciudad, empleando su tiempo en contemplación, quizás en una posada», dijo el maestro. «Qué extraño», dijo el Ángel, «pues se halla en mi lista. Sí, aquí está: tengo que recogerlo dentro de cuatro semanas, nada menos que en Samarcanda.»6
El discípulo intenta escapar a su destino, pero le alcanza igualmente. La historia de la huida imposible resuena por todo el mundo. En la tragedia Edipo Rey, de Sófocles, el rey Layo de Tebas escucha la profecía de que su hijo matará a su padre y se casará con su madre. Cuando tiene un hijo, Edipo, Layo trata de escapar al destino y lo abandona a su
suerte, lisiado, en el monte. Pero Edipo es rescatado por un pastor y crece en Corinto, convencido de ser el hijo del rey de aquella ciudad. Oye rumores acerca de su destino y consulta el oráculo de Delfos, que lo confirma, de modo que huye en dirección contraria a Corinto, donde cree que se encuentra su padre. Y así, en un lugar del bosque donde se encuentran tres caminos, encuentra a Layo... El doble intento de frustrar el destino es precisamente lo que hace que se convierta en realidad.
Los soldados de mi amigo pensaban que tomar precauciones en su caso era tan inútil como la huida de Edipo de su desgracia. Pero hay una diferencia crucial. Se supone que Edipo conocía su destino, aunque intentaba evitarlo igualmente. En cambio, los soldados no sabían si morirían aquel día o no. Eso habría de permitirles encontrar la respuesta correcta, que consiste en decir que si una bala lleva o no tu nombre escrito puede ser que dependa de si decides llevar casco. Una bala que de otro modo hubiera llevado tu nombre escrito puede seguir sin nada escrito con sólo tomar esta simple precaución. Y desde el momento en que no sabes si hay alguna bala que lleve tu nombre escrito, y te gustaría que ninguna lo llevara, sería mejor que tomaras la precaución.
No hacer nada —dejar de ponerse el casco, ponerse un chal naranja y decir «Om»— constituye una elección. Tener los módulos de elección configurados de acuerdo con el sofisma perezoso significa tener tendencia a esta clase de elección. Podemos formular el sofisma perezoso del
siguiente modo:
El futuro será el que será. Lo que haya de suceder ya está escrito en el curso del tiempo.
Luego, no hagas nada.
Pero, ¿por qué habríamos de dejarnos impresionar por este argumento antes que por este otro?
El futuro será el que será. Lo que haya de suceder ya está escrito en el curso del tiempo.
Luego, ponte en marcha.
Sería preferible el primer argumento si supiéramos que las acciones humanas no tienen la menor influencia en el curso de los acontecimientos a lo largo del tiempo. Sería como si contempláramos desde detrás de una pared de espejo un juego en el que nunca podríamos participar, y cuyos jugadores fueran sordos y ciegos para nosotros. Pero las cosas no son así normalmente. Los acontecimientos siguen su curso, efectivamente, pero en secuencias harto predecibles. El hecho de que alguien se coma una tortilla viene siempre precedido por el hecho de que alguien rompa un huevo. El hecho de que alguien alcance la cima de una montaña viene siempre precedido por el hecho de que alguien se pone en camino. No hacer nada significa invariablemente que no se come ninguna tortilla o que no se alcanza ninguna cima. Lo que vaya a suceder depende de lo que nosotros hagamos: esto es lo que significa la idea del control interno que ejerce una persona o un termostato.
Nuestros módulos de elección están implicados en el proceso, a diferencia de lo que sucedería si fuéramos meros espectadores.
¿Podemos considerar que esta respuesta al «sofisma perezoso» es definitiva y concluyente?
Pienso que sí, si interpretamos el sofisma perezoso como un argumento en favor de una determinada forma de actuar. No hay razón para preferir la conclusión de «no hacer nada» a la de «ponerse en marcha». Dicho de otro modo, aceptar uno de los dos argumentos significa lo mismo, desde un punto de vista práctico, que admirar o querer parecerse a una persona cuyos módulos tengan una determinada configuración. Y en uno de ellos tal configuración sería el resultado de seguir el siguiente consejo: piensa en el futuro y en el curso del tiempo, y no hagas nada. Pero ¿por qué habría de admirar alguien a una persona que siguiera genuinamente este consejo? No sería más que un inútil: una persona que no haría tortillas ni alcanzaría cimas, y que ni siquiera lo intentaría.
Sin embargo, tal vez podemos interpretar de otra forma esta línea de pensamiento. Habitualmente, se considera que el fatalismo, más que recomendar un tipo de elección frente a otra, lo que hace es disolver cualquier posible elección. Pretende demostrar que nuestra capacidad de elegir no es más que una ilusión.
Pero ¿qué se supone que significa eso? Hemos defendido ya que cierta concepción de la elección es una ilusión. Se trata de la elección intervencionista, es decir, la intervención
incausada y a gran escala del Verdadero Yo en el orden físico y neurofisiológico de los hechos. Nos hemos retirado a una reflexión acerca de los módulos flexibles de elección que se hallan implicados en nuestras acciones. ¿Cómo es posible que una serie de reflexiones acerca del paso del tiempo revelen que sus operaciones son irreales o ilusorias? Resulta tan poco plausible como decir que a causa del paso del tiempo el funcionamiento de los ordenadores, de los termostatos y de las sierras mecánicas es ilusorio.
Cuando no sabemos lo que va a suceder, y creemos que nuestras acciones influirán en los acontecimientos, lo que hacemos es deliberar acerca de lo que podemos hacer. Hemos visto ya que el fatalismo no aporta ningún argumento que pueda orientar esta deliberación en un sentido o en otro. Y tampoco aporta ningún argumento que demuestre que el proceso es en sí mismo irreal, a menos que concibamos el proceso en los términos especulativos que antes hemos considerado y rechazado.
Sin embargo, supongamos que no sabemos lo que va a suceder, pero que alguien lo sabe, tal vez Dios. O simplemente que es algo cognoscible. Cuando deliberamos, consideramos que el futuro está abierto, mientras que el pasado es algo fijo. Pero supongamos que el futuro estuviera tan fijado como el pasado. En tal caso pensaríamos del siguiente modo:
—donde las flechas representan posibilidades abiertas, que se despliegan a partir del presente—. Pero tal vez esta forma de pensar sea ilusoria. Tal vez la verdad se vea sólo desde la perspectiva del «ojo de Dios», o lo que se ha llamado la «perspectiva desde el no tiempo». Desde esta perspectiva, el tiempo se despliega como una película de celuloide; un fotograma de la película corresponde a los sucesos de cualquier momento determinado. Tal como funciona el mundo, sólo somos conscientes de los fotogramas del pasado (hay gente que cree que los profetas pueden «ver» los fotogramas del futuro). Pero no hay ninguna asimetría metafísica entre el pasado y el futuro:
«ojo de Dios»
Presente en movimiento
Si eso fuera verdad, sería seguramente tan inútil tratar de influir sobre el futuro como tratar de hacerlo sobre el pasado. Si Dios dispone de esta perspectiva, debe de estar riéndose al contemplar nuestros esfuerzos. Eso es lo que se desprende de la parábola sufí. La Muerte ya tiene escrita su lista. Y por eso los soldados de mi amigo usaban la metáfora de una bala que «llevaba un número escrito», lo que implica que «ya llevaba un número escrito», es decir, con independencia de lo que pudieran hacer.
Supongamos que Dios dispone de una perspectiva intemporal. Sigue siendo cierto que no puede ver una tortilla en un determinado momento sin que nadie haya roto un huevo en un momento ligeramente anterior. Dios sabe si en un determinado fotograma de la película nos comeremos una tortilla. Pero en ese caso también sabe si en un fotograma ligeramente anterior nos pondremos a preparar la tortilla. No hay razón para que sepa cómo será el futuro con independencia de lo que hagamos, como tampoco puede saber que cierto árbol va a caer con independencia de lo que haga el viento. Desde la atalaya intemporal, todo lo que se ve es el viento y la destrucción. Dios no es, según todos los indicios, algo así como un médico que supiera que nos iba a matar un cáncer con independencia de lo que hiciéramos. Eso significaría que habría fotogramas en los que la gente se comportaría de formas muy distintas y, sin embargo, moriría igualmente de cáncer. La «perspectiva desde el no tiempo», exterior al tiempo, permite ver nuestras acciones y sus resultados, pero no resultados sin acciones. Dios nos ve comer una tortilla porque nuestros módulos de elección nos pusieron a romper un huevo. Y sólo puede vernos comiendo una tortilla si en un fotograma anterior nos ha visto romper un huevo.
Lo que se desprende de la parábola sufí es que la Muerte tenía al discípulo en la lista antes de que éste decidiera huir, de modo que, según parece, le habría ido a buscar allí donde estuviera, fuese en Bagdad o en Samarcanda. Por
este motivo, su huida era inútil. Pero quizá la Muerte lo tenía en su lista precisamente a causa de su huida, por ejemplo porque a su llegada a Samarcanda fuera a parar bajo las ruedas de un autobús. En tal caso, habría sido el hecho de huir lo que le habría llevado a su destino, aunque eso no nos dice nada acerca de si el discípulo se comportó de un modo razonable. Si la Muerte estaba haciendo su agosto en Bagdad, por ejemplo porque hubiera una epidemia en la ciudad, entonces la huida habría sido bastante racional, aunque desafortunada en el caso concreto. Podría haber ocurrido que la muerte no lo tuviera en su lista, precisamente a causa de su huida.
¿Qué podemos decir entonces acerca de la asimetría entre el pasado y el futuro? Si son simétricos a los ojos de Dios, ¿qué tiene de racional tratar de cambiar el futuro? ¿Cómo puede ser más racional que esforzarse por cambiar el pasado? Pues bien, tal como he dicho, ni siquiera Dios puede ver cómo nos disponemos a preparar una tortilla, si poco antes nos ha visto comerla, a menos que nos vea preparar y devorar ávidamente segundas tortillas. Así pues, es inútil tratar de influir sobre el pasado. Eso abre, sin embargo, un enorme e impracticable problema filosófico. Pues, ¿acaso el hecho de que no seamos capaces de influir sobre el pasado no podría ser una cuestión puramente fáctica, una contingencia que podría no haberse dado o que podría ser de otro modo en regiones distintas del espacio y el tiempo? Si todo ello depende simplemente de las pautas que se advierten desde la perspectiva intemporal, parece
que debería ser así. ¿Es posible que las pautas sean distintas en otros lugares?
Por el momento dejaré este problema como ejercicio para el lector (un ejercicio extremadamente difícil). Volviendo a la cuestión del fatalismo, hay que concluir que no tiene en realidad ninguna justificación general de tipo filosófico o racional. Corresponde a cierta actitud, un estado de ánimo en el que nos vemos impotentes y nos sentimos como meros espectadores de nuestras propias vidas. Eso no siempre resulta injustificado. A veces las personas se ven en buena medida impotentes, por motivos políticos o incluso psicológicos (porque no tengan la debida flexibilidad, a causa de un lavado de cerebro, o porque estén atrapados por extrañas obsesiones a las que no puedan sustraerse). En los momentos de impotencia, es natural que recaigamos en el fatalismo como actitud mental. Si nuestros mejores esfuerzos fracasan demasiado a menudo, necesitamos un consuelo, y la idea de un destino infinito en constante despliegue, un karma, puede ser a veces un consuelo.
Sin embargo, no es una actitud aconsejable cuando se trata de actuar. Cuando conducimos un coche, no es seguro pensar que es indiferente si giramos el volante o tocamos el freno. Nuestros esfuerzos no son indiferentes.